1Jn 4, 7-10 (2ª lectura Domingo VI de Pascua)

La primera Carta de Juan es, como vimos en los domingos anteriores, un escrito destinado a las Iglesias joánicas de Asia Menor, afectadas por las enseñanzas de ciertas sectas heréticas. Esas sectas (que negaban elementos fundamentales de la propuesta cristiana a propósito de la encarnación de Cristo y del “mandamiento del amor”), tenían a los cristianos confusos y enredados, sin descubrir el camino de la verdadera fe. En ese contexto, el autor de la carta va a presentar una especie de síntesis de la doctrina cristiana, deteniéndose especialmente en esclarecer las cuestiones más polémicas.

Una de esas cuestiones polémicas (y a la que el autor de la primera carta de Juan da gran importancia) es la cuestión del amor al prójimo. Los herejes pregnósticos afirmaban que lo esencial de la fe residía en la vida de comunión con Dios y olvidaban las realidades del mundo. Afirmaban que se podía descubrir “la luz” y estar cerca de Dios, incluso odiando al prójimo (cf. K Jn 2,9). Sin embargo, de acuerdo con el autor de la Carta de Juan, el amor al prójimo es una exigencia central de la experiencia cristiana. La esencia de Dios es el amor; y nadie puede decir que está en comunión con él si no se deja contagiar y embeber por el amor.

El texto que se nos propone, pertenece a la tercera parte de la carta (cf. 1 Jn 4,7-5,12). Ahí, el autor establece como criterio de la vida cristiana auténtica la relación entre el amor a Dios y el amor a los hermanos. En esa doble dimensión es donde los cristianos deben buscar y encontrar su identidad.

Como telón de fondo de la reflexión el autor de la primera Carta de Juan sitúa la convicción de que “Dios es amor”. La expresión sugiere que la característica más fuerte del ser de Dios es el amor; la actividad más específica de Dios es amar. La prueba incuestionable de que Dios es amor es el hecho de haber enviado a su único Hijo al encuentro de los hombres, para liberarlos del egoísmo, del sufrimiento y de la muerte (v. 9). Jesucristo, el Hijo, cumpliendo el plan del Padre, mostró en gestos concretos, visibles, palpables, el amor de Dios por los hombres, sobre todo por los más pobres, por los excluidos, por los marginados. Luchó hasta la muerte por liberar a los hombres de la esclavitud, de la opresión, del egoísmo, del sufrimiento; aceptó morir para mostrarnos que el camino de la vida eterna y verdadera es el camino de la donación de la vida, de la entrega a Dios y a los hermanos, del amor que se da completamente sin guardar nada para sí. Más aún: ese amor se derrama sobre el hombre incluso cuando él sigue caminos errados y rechaza a Dios y sus propuestas. El amor de Dios es un amor incondicional, gratuito, desinteresado, que no exige nada a cambio (v. 10).

Los creyentes son “hijos de Dios”. Es la vida de Dios la que circula en ellos y la que debe transparentarse en nuestros actos. Ahora, si Dios es amor (y amor total, incondicional, radical), el amor debe ser una realidad siempre presente en la vida de los “hijos de Dios”. Quien “conoce” a Dios, esto es, quien vive una relación próxima e íntima con Dios, tiene que manifestar con gestos concretos esa vida de amor que llena su corazón (v. 8). Los que “nacen de Dios” deben, pues, amar a los hermanos con el mismo amor incondicional, desinteresado y gratuito que caracteriza el ser de Dios (V. 7). El amor a los hermanos no es, pues, algo accesorio, secundario para el creyente, sino que es algo esencial, obligatorio. Ser “hijo de Dios” es vivir en comunión con Dios, exige que el amor se transparente en la vida y en las relaciones que establecemos los unos con los otros.

“Dios es amor”. El autor de la primera Carta de Juan no llegó a esta definición de Dios a través de razonamientos académicos y abstractos, sino mediante la constatación del modo de actuar de Dios para con los hombres. Sobre todo, él “vio” lo que sucedió con Jesús y cómo Jesús mostró, en gestos concretos, ese increíble amor de Dios por la humanidad. Juan nos invita a contemplar a Jesús y a sacar conclusiones sobre el amor de Dios; nos invita, también, a reparar en esas mil y una pequeñas cosas que traen a nuestra existencia momentos únicos de alegría, de felicidad, de paz y a percibir en ellas signos concretos del amor de Dios, de su presencia a nuestro lado, de su preocupación por nosotros. La certeza de que “Dios es amor” y que él nos ama con un amor sin límites, es el mejor camino para derrumbar las barreras de la indiferencia, del egoísmo, de la autosuficiencia, del orgullo que tantas veces nos impiden vivir en comunión con Dios.

¿Qué significa “nacer de Dios” o ser “hijo de Dios”? ¿Es haber sido bautizado y tener el certificado, por un acto institucional, de pertenecer a la Iglesia? “Nacer de Dios” es recibir vida de Dios y dejar que la vida de Dios circule en nosotros y se transforme en gestos de vida. No somos “hijos de Dios” porque un día fuimos bautizados; sino que somos “hijos de Dios” porque un día optamos por Dios, porque continuamos día a día acogiendo esa vida que él nos ofrece, porque vivimos en comunión con él y porque damos testimonio de ese Dios que es amor a través de nuestros gestos.

Si somos “hijos” de ese Dios que es amor, “amémonos unos a los otros” con un amor igual al de Dios, amor incondicional, gratuito, desinteresado. Un creyente no puede pasar la vida mirando hacia el cielo, ignorando los dolores, las necesidades y las luchas de los hermanos que caminan por la vida a su lado. Tampoco puede cerrarse en su egoísmo y comodidad e ignorar los dramas de los pobres, de los oprimidos, de los marginados. No puede, tampoco, ser selectivo y amar solamente a algunos, excluyendo a los demás. La vida de Dios que llena los corazones de los creyentes debe manifestarse en gestos concretos de solidaridad, de servicio, de entrega, en beneficio de todos los hermanos.