Anticipos eucarísticos en el Antiguo Testamento

La Eucaristía definida por el Concilio Vaticano II como fuente de la cual mana toda la gracia de Dios en vistas a la santificación del ser humano y a la glorificación de Dios (Sacrosanctum Concilium 10), constituye un momento fundamental de encuentro con el Dios Trinidad (Aparecida). Y, en este año 2018 y a nivel nacional, la Eucaristía tendrá un lugar central en las reflexiones y proyectos pastorales. Este año celebraremos un Congreso Eucarístico, un tiempo propicio para revisar cuáles son nuestras actitudes ante el Misterio del Cuerpo de Cristo y también como la Eucaristía posee consecuencias sociales, políticas, ecológicas, evangelizadoras, culturales. No celebramos sólo el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús cada domingo, sino que hemos de vivir toda nuestra vida como una “Eucaristía prolongada” (Alberto Hurtado).

Pero para amar de verdad el Misterio del cual somos partícipes, casi “consanguíneos” de Jesús, hemos de buscar en la Palabra de Dios, en la teología y en la espiritualidad algunas claves para entender más lo que celebramos. Así, y durante las próximas entregas de Rumbos, compartiré algunas reflexiones que surgen sobre la Eucaristía, comenzando por la lectura del Antiguo Testamento.

Un Dios creador del fruto de la tierra

La primera afirmación del Credo dice: “Creo en Dios Padre creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y de lo invisible”. Comprender la Eucaristía es asumir que la materia, que el mundo y lo que lo compone ha sido creación de Dios, y más específicamente, una creación bondadosa. El Dios que ha creado las cosas que nos rodean ha dejado su huella impresa en su creación, y por ello –y al decir de Leonardo Boff- “las cosas comienzan a hablar de Dios y Dios habla a través de las cosas”. Éste es el principio básico de la teología sacramental, entendido por sacramento todo signo visible, tangible –comible y bebible en el caso de la Eucaristía- que comunica la gracia invisible de Dios. Dios se vale de la materia creada por Él para invitar a los hombres a su compañía. Por lo tanto, la Eucaristía tiene que ver con un aspecto ecológico. Dios creador invita a que el hombre responda por la cocreación. Cada uno de nosotros estamos unidos a la tierra, a nuestro origen, representado en el pan y en el vino. Con la Eucaristía volvemos a la tierra de donde venimos porque el fruto de la tierra ingresa a nosotros. Por ello Dios invita al hombre a reconocerle en su creación, y lo realiza porque ella ya es revelación. Como sostiene Ruiz de la Pena (1996), la creación es “alocución comunicativa de Dios, comienzo de la historia salvífica y punto de partida del proceso de autodonación divina a sus criaturas”. El concepto de autodonación es profundamente llamativo. ¿Qué es el don de Dios? ¿Qué relación existe entre el don de la creación y el don de la Eucaristía? ¿Por qué podemos hacer dialogar creación, tierra, pan, uvas, manos que trabajan y Eucaristía? En primer lugar “don” significa regalo, y regalo está asociado a cumpleaños, navidades, aniversarios. Pero, ante todo el “donde Dios” es Dios mismo dándose en las cosas creadas. Y donándose de manera suprema en su Hijo Jesús (cf. Jn 3, 16), quien a su vez se dona en el sacramento eucarístico.

Comer: aspectos sociales y prescripciones divinas

El biblista belga André Wenin sostiene que “desde la primera página de la Biblia se trata de comida”, y ese comer remite a la creación de la tierra y del mismo Adán, nombre que en hebreo significa “Tierra”. A su vez, la comida remite a la hospitalidad. Queremos detenernos en este último aspecto y para ello centrar nuestra atención en el capítulo 18 del Génesis, capítulo en el cual Dios se sienta a la mesa de Abraham y promete el nacimiento de Isaac. Estamos en presencia de un texto al que podemos llamar de “banquete divino” (Luis Maldonado, “Eucaristía en devenir”). Para Luis Maldonado existen dos tipos de banquete sagrado: uno, en el cual la comunidad religiosa tiene la convicción de que Dios es el comensal del banquete. El segundo tipo en el cual la comunidad interpreta que Dios no es sólo comensal, sino que Él mismo es la comida que se recibe y comparte.

Con el encuentro de convivencia entre Abraham y Dios estamos en presencia del primer tipo de comida sagrada. Dios es el peregrino que, viniendo de lejos, se sienta en nuestras mesas y comparte nuestros alimentos. La mesa, por lo tanto, y la comida compartida y su natural conversación, son espacios para encontrarnos con Dios y con los otros. Por ello, el comer tiene aspectos sociales y también prescripciones divinas. De hecho, podemos postular que la comida celebrada por Abraham es parte integradora de un evento mayor: la Alianza. El Dios de la Biblia es el que pacta acuerdos o alianzas con su pueblo. Dios promete tierra, descendencia y bendición y el pueblo se compromete a vivir en obediencia con Él a través de la atención y de la hospitalidad con el extranjero. Entonces, pareciera que la Eucaristía tiene que ver con una práctica social y política mayor. En la Eucaristía los creyentes debemos evaluar cuáles son nuestros niveles de humanidad, sobre todo con los extraños, con los migrantes, con los distintos. En la mesa de Abraham fueron los extranjeros los que tomaron sitio de honor, y todos tenemos un lugar en la mesa de la esperanza.

De esta manera, el comer y reunirse no adquieren sólo un carácter fisiológico o biológico, sino que posee un carácter social, político y cultural. La fe en el Dios de la Biblia pasa por reconocer cómo nuestras prácticas de humanidad manifiestan concretamente a ese mismo Dios. Las prescripciones bíblicas no pueden reducirse a un conjunto de ideas, sino que deben configurar nuestras brújulas para acceder a la realidad y, desde ella, al Misterio de Dios.

La Pascua: liberación de la esclavitud y paso a la libertad celebrada en la comida

Si la comida con los extranjeros y la práctica de la hospitalidad la hemos propuesto como uno de los elementos centrales de la Alianza que Dios pactó con su Pueblo, esta Alianza tendrá su punto álgido en el acontecimiento de la Pascua. El gran mito fundacional de Israel, a saber, el paso de la esclavitud a la libertad se realiza en un contexto festivo, ritual, de comida y danza. El ser humano crea símbolos, ritos, fiestas para actualizar un acontecimiento de relevancia tal en su historia que exige ser recordado. Es lo que acontece con la Pascua judía. Es tal la carga simbólica y sacramental que autores como George Auzou habla de “el sacramento de la pascua liberadora”. La Pascua significa salida, movimiento de donación. Dios, en el gran Éxodo, camina con su Pueblo. La Pascua también es revelación: Dios muestra su poder a través de los signos realizados por su enviado Moisés. Dios es capaz de cruzar la frontera, escuchar el lamento de Israel y bajar a liberarlo para subirlo a una tierra que mana leche y miel (cf. Ex 3). Y ese acontecimiento, dice el Éxodo, debe realizarse para siempre como memorial perpetuo de la Alianza que Dios ha pactado con Israel y que debe celebrarse con una comida comunitaria (cf. Ex 12). Por ello, el ritual de la Pascua hasta el día de hoy repite: “Y contarás a tu hijo, en aquel día, diciéndole: A la vista de todo esto, Adonai actuó para mí, cuando yo salí de Egipto”. Por ello, la Pascua posee un carácter de esperanza en cuanto anticipa la liberación definitiva a la que aspira todo el género humano. Pascua que tendrá su culmen en la entrega definitiva del Hijo de Dios en la cruz.

Para la reflexión:

1.- ¿Estamos practicando una hospitalidad eucarística?

2.- ¿Qué lugar le damos a los ritos, la las celebraciones y a la fiesta en nuestra vida familiar y eclesial?

 

Juan Pablo Espinosa Arce