El evangelio y las formas culturales

«El género humano se halla hoy en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados… Se puede hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también sobre la vida religiosa» (Vaticano II, «Gaudium et Spes», núm. 4).

 

1.- Los cambios de nuestro tiempo

Cambios que se han producido en la sociedad:

• En las maneras de concebir la convivencia familiar, las relaciones sociales, en el resurgimiento de las conciencias de los pueblos y de los grupos.

• El nuevo estilo de la civilización urbana está barriendo el mundo varias veces milenario del campo. Ha surgido la llamada civilización técnica.

• Muchos hombres se encuentran hoy ante opciones nuevas de tipo político, cada vez en dirección más clara hacia la izquierda, aunque ésta se descomponga en una gama de mil colores.

• La sicosociología está descubriendo un nuevo modo de comprenderse el hombre a sí mismo, que revoluciona la moral tradicional, el comportamiento del sexo, el modo de tomar posiciones ante la injusticia.

Hay un profundo cambio en el ambiente cultural que nos envuelve: la pintura, la música, los medios de expresión, la filosofía, el pensamiento, las ciencias…

Todo esto repercute directamente sobre la vida religiosa (ídem, número 7). El clima de la Iglesia anda revuelto y no es por obra del azar.

• Se desea la configuración de una forma nueva de la Iglesia. La forma actual, herencia de la cristiandad, herida ya de muerte, no nos sirve, por desfasada y anacrónica.

• Un estilo nuevo apunta en la manera de realizar el misterio de la misma comunidad.

• Pedimos cambios en la manera de entender y expresar los dog- mas inmutables. Las formulaciones actuales en lugar de revelarnos el misterio de Dios y del hombre, nos desconciertan. La revelación debe ser una iluminación. Casi todos los dogmas se nos antojan demasiado ininteligibles, misteriosos, además de que percibimos que hemos sido iniciados a ellos de un modo demasiado infantil.

Ante todo esto nuestro espíritu anda perplejo, inseguro y con miedo. Hemos sentido el impulso de lanzarnos, como Pedro, al mar de la época, pero sentimos naufragar. Espontáneamente gritamos: ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! (Mt 14, 28-31; 8, 23-27). Y no es que nos estemos hundiendo, sino que todo lo que nos parecía seguro, pertenecía a esa débil categoría de lo convencional: la forma de la sociedad se consideraba como algo inamovible; la Iglesia era baluarte inconmovible frente a los cambios del mundo efímero; el cristianismo animaba una cultura, se encontraba encajado y pretendía confundirse con ella.

Pero el proceso acelerado de cambio que caracteriza al mundo moderno, hace que la Iglesia se haya quedado sin la base cultural, y produce la sensación de que se escapa la fe y el sentimiento de que nos vamos a hundir. ¿Qué hacer? ¿Una nueva cultura cristiana? ¿Poner los cimientos a una nueva cristiandad? ¿Qué es el Evangelio y cuál la relación que entabla con la cultura de los tiempos?

 

2.- Relación entre el Evangelio y la cultura

El tema de hoy es: la relación entre el Evangelio y la cultura. Entendemos por cultura todo ese conjunto de formas artísticas, filosóficas, económicas, sociales y políticas según las cuales se afirma y expresa el hombre de una época.

La lectura de los Hechos (10, 25-35), que nos ha sugerido este tema, nos ilumina.

Pedro se encuentra ante Cornelio, que no es judío y quiere conver- tirse a la fe. Esto plantea una larga crisis en la Iglesia conservadora de Jerusalen, que fue solucionada por el Concilio de los Apóstoles (Hech 15, 6 ss.). El cristianismo, nacido en el seno del judaismo, tenía la tendencia a confundirse con las formas culturales del A. T., con sus instituciones religiosas y su pensamiento. De tal manerayque al que creía en el Evangelio, si no era judío le obligaban también a circuncidarse y a cumplir la ley de Moisés.

Con ocasión de la conversión del pagano Cornelio, Pedro descubre que el evangelio es esa fuerza de Dios para la salvación del hombre (Rom 1, 16), que no hace acepción ni de naciones, ni de culturas, ni de personas. El evangelio no se confunde con ninguna forma cultural concreta para poder llegar a informarlas todas. De ahí la fuerza universalista del evangelio: puede vivirse por todo hombre y en todo tiempo. «El don de Espíritu Santo se derramaba también sobre los gentiles. ¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu como nosotros?» (Hech 10, 45-47).

 

3.- Evangelio es un Espíritu

El Evangelio de Jesús es un Espíritu que alienta al hombre de todo tiempo y cultura en el camino de su edificación. Es la religión del corazón, no sólo en estructuras, sino, sobre todo, en «espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). Este espíritu intenta formarlo lodo, purificar la vida, las estructuras, la misma cultura, dándoles, respetando su propia autonomía, un sentido profundo.

La cultura, las formas, las instituciones, son creación de los hombres y de los condicionamientos de la época. La dinámica, la energía, el poder, el sentido y la fuerza para realizarlo vienen del poder de Dios y de su Espíritu.

Cuando este poder se manifiesta, cuando en la vida humana hay signos de la presencia del Espíritu, no hay forma cultural que pueda ser despreciada por un creyente. Todo puede ser informado por el Espíritu. No se puede negar el reconocimiento alos que reciben el Espíritu del mismo modo que la cultura más sacralizada por la Iglesia. Hay un criterio en el evangelio que nos sugiere que lo malo no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del interior (Mt 15, 10-20). Lo malo y lo bueno no reside en las formas culturales o en las estructuras, en el exterior, sino en el corazón, en el sentido, en la intención, en el espíritu que todo lo anime.

 

4.- El amor, única estructura

Hay, sin embargo, una estructura evangélica fundamental, que constituye su mismo espíritu: el amor. Es el mandamiento cristiano. Lo demás: la Iglesia, estructura de comunión en el amor, los dogmas, los ritos, las instituciones, son formas pedagógicas para que podamos llegar a vivir este espíritu El amor coincide con el Espíritu. Dios que es Espíritu, es amor. Pasará el tiempo de los dogmas y de la fe, desaparecerán todos los carismas de la Iglesia, pero lo único que permanecerá es el amor (1Cor 13, 1 ss.).

Las formas religiosas, también la Iglesia, apuntan hacia este espíritu de amor. Si la forma se hace centro, se absolutiza, se convierte en un ídolo, se sirve a sí misma; cuando toda forma religiosa debe ser mediadora. La Iglesia y lo religioso, al institucionalizarse en demasía, corren el peligro en convertirse en una forma cultural más, reduciendo así el Espíritu del Evangelio a una actividad más del espíritu humano, en medio de otras muchas actividades. El Espíritu, sin embargo, lo debe informar todo.

Toda forma que esté inspirada por el amor ha nacido de Dios. La Cruz, que ha coronado tan ostensible y externamente tantas obras y culturas, tiene que encontrar el medio de llegar a ser una fuerza interior del mundo, para ayudarle a responder a ese gesto salvador e insólito de Dios: «que entregó al mundo a su Hijo, para que vivamos por El» (Jn 3, 16). En esto consiste el amor (1Jn 4, 10).

La labor del discípulo consiste en permanecer a lo largo de toda actividad en el amor (Jn 15, 9). Hacer que todo nazca, se sustente y se transforme por el amor. Este es el mandamiento: que nos amemos unos a otros. Esto es el Reino de Dios, lo demás se da por añadidura (Mt 6, 33). No es vana la frase: ama y haz lo que quieras. El creyente es un hombre libre de consignas, no está condicionado por nada, precisamente porque su espíritu es el amor, que es fuente de libertad.

Revisemos en esta Eucaristía, a la luz de la Palabra, nuestra resistencia al pluralismo, la tendencia que tenemos al integrismo. Descubramos cómo el evangelio no es una institución más junto a otras, ni una forma cultural más. El evangelio es la revelación de la profundidad de todas las cosas para que se realicen en el mundo según el plan de Dios, manifestado en toda la vida de Jesús de Nazaret.