Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48 (1ª lectura Domingo VI de Pascua)

El episodio del libro de los Hechos de los Apóstoles que la lectura de hoy nos propone forma parte de una sección (cf. 9,32-11,18) cuyo principal protagonista es Pedro. El tema central de esta sección es la llegada del cristianismo a los paganos.

La escena nos sitúa en Cesarea, la gran ciudad de la costa palestina donde residía, habitualmente, el procurador romano de Judea. En el centro de la escena está Cornelio, un centurión romano, que era “piados y temía a Dios”. El episodio se refiere a la visita que Pedro hace a Cornelio, durante la cual le anuncia a Jesús. Como resultado de ese anuncio, se produce la conversión de Cornelio y de toda su familia.

Este episodio tiene una especial significación en el esquema imaginado por Lucas para la expansión de la Iglesia. Cornelio es el primer pagano oficialmente admitido en la comunidad de Jesús (en Hch 8,26-40 se habla de un etíope que fue bautizado por Felipe, pero ese etíope era ya “prosélito”, esto es, simpatizante del judaísmo. En relación con el pagano Cornelio no hay indicación de que estuviese ligado a la religión judía) su conversión marca un viraje decisivo en la proclamación del Evangelio que, a partir de este momento, se abre también a los paganos.

Para los primeros cristianos (oriundos del mundo judío), no era claro que los paganos tuviesen acceso a la salvación y que pudiesen entrar en la Iglesia de Jesús. El pagano era un ser impuro, en casa del cual el buen judío tenía prohibido entrar para no contaminarse. ¿Querría Dios que la salvación fuese también anunciada a los paganos?

Para Lucas, está claro que Dios también quiere ofrecer la salvación a los paganos. Para dejar eso bien claro, Lucas sitúa a Dios dirigiendo toda la trama. Es Dios quien, en una visión, pide a Cornelio que mande llamar a Pedro (cf. Hch. 10,1-8); y es Dios quien arrebata a Pedro “en éxtasis” y le prepara para ir al encuentro de Cornelio (cf. Hch 10,9-23). La conversión de Cornelio será, básicamente, histórica; las “visiones” y los detalles son, probablemente, el escenario que Lucas monta para presentar su catequesis. Fundamentalmente, Lucas está interesado en dejar claro que Dios quiere que su propuesta de salvación llegue a todos los hombres, sin excepción.

Después de describir la recepción de Pedro en casa de Cornelio, Lucas pone en boca de Pedro un discurso (del cual, sin embargo, la lectura que se nos propone solo presenta un pequeño extracto) donde resuena el kerigma primitivo. En ese discurso, Pedro anuncia a Jesús (v. 38a), su actividad (“pasó haciendo el bien y curando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”, v. 38b), su muerte (v. 39b), su resurrección (v. 40) y la dimensión salvífica de la acciónd e Jesús (v. 43b). Este es el anuncio que Jesús encargó a los primeros discípulos que testimoniaran por el mundo entero.

Nuestro texto acentúa, especialmente, el hecho de que el mensaje de salvación está destinado a todas las naciones, sin distinción de personas, de razas o pueblos. Al iniciar el discurso, Pedro reconoce que “Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (vv. 34-35). Por tanto, el anuncio sobre Jesús debe llegar a todos los lugares de la tierra. Después del anuncio hecho por Pedro, se produce la efusión del Espíritu “sobre todos los que escuchaban sus palabras” (v. 44), sin distinción entre judíos y paganos (v. 45) El resultado del don del Espíritu es descrito con los mismos elementos que aparecieron en el relato del día de Pentecostés: todos “hablaban lenguas” y “glorificaban a Dios” (v. 46). Es la confirmación directa de que Dios ofrece la salvación a todos los hombres y mujeres, sin ninguna acepción. Pedro es el primero en sacar de ahí las debidas consecuencias bautizando a Cornelio y a toda su familia.

Los primeros cristianos, oriundos del mundo judío y marcados por la mentalidad judía, consideraban que la salvación era, sobre todo, un don de Dios para los judíos; los paganos podrían, eventualmente tener acceso a la salvación, una vez que se convirtiesen al judaísmo y aceptasen la Ley de Moisés y la circuncisión. El Espíritu Santo vino, con todo, a mostrar que la salvación ofrecida por Dios, traída por Cristo y testimoniada por los discípulos, no es patrimonio o monopolio de los judíos o de los cristianos oriundos del judaísmo, sino que es un don ofrecido a todos los hombres y mujeres que tengan el corazón abierto a las propuestas de Dios.

Nuestro texto pretende dejar claro que la salvación ofrecida por Dios a través de Jesucristo es un don destinado a todos los hombres y mujeres. Para Dios, lo decisivo no es la pertenencia a una raza o a un determinado grupo social, sino la disponibilidad para acoger la oferta que el realiza. La salvación únicamente no llega a aquellos que se cierran en el orgullo y en la autosuficiencia, rechazando los dones de Dios. El Bautismos fue, para todos nosotros, el momento de nuestro “sí” a Dios y a la salvación que él ofrece, pero es necesario que, en cada momento, renovemos ese primer “sí” y que vivamos en una permanente disponibilidad para acoger a Dios, sus propuestas, sus dones.

A nosotros, la idea de que Dios no excluye a nadie de la salvación y no hace acepción de personas, nos parece algo perfectamente lógico y evidente. No obstante, la lógica universalista de Dios debe invitarnos a reflexionar acerca de cómo, en la práctica, acogemos a los hermanos que caminan a nuestro lado. El Dios que ama a todos los hombres, sin excepción, nos invita a acoger a todos los hermanos, también los “diferentes”, los incómodos, con bondad, con comprensión, con amor; el Dios que derrama sobre todos su salvación, nos invita a no distinguir “buenos” y “malos”, “santos” y “pecadores” (frecuentemente, nuestros juicios acerca de la “bondad” o de la “maldad” de los otros hablan claramente); el Dios que invita a cada ser humano a formar parte de la comunidad de la salvación nos dice que tenemos que acoger y amar a todos, independientemente de su raza, del color de su piel, de su origen, de su preparación cultural, de su lugar en la escala social. No sólo en teoría sino, sobre todo, con gestos concretos, estamos llamados a anunciar el mundo de Dios, sin exclusión, sin marginar a nadie, sin intolerancia, sin prejuicios.

Cuando Pedro llega a casa de Cornelio, este fue a su encuentro y se postró a sus pies. Pero Pedro le alzó diciéndole: “Levántate, que soy un hombre como tú” (vv. 25-26). La actitud humilde de Pedro nos hace pensar en lo ridículas y faltas de sentido que son ciertos intentos de afirmación personal ante los hermanos, ciertas poses de superioridad, la búsqueda de privilegios y de honras, las luchas por los primeros lugares. Aquellos a quienes, en una comunidad, se les ha sido confiada la responsabilidad de presidir, de coordinar, de organizar, de animar, deben sentirse sencillos hombres, humildes instrumentos de Dios. Su misión es testimoniar a Jesús y no buscar privilegios o la adoración de los hermanos.