La Iglesia, futuro del mundo

Para que los hombres entren en comunión con él, Dios quiere darse a conocer o, según la palabra bíblica, revelarse, desvelarse. Para lograrlo, y siguiendo el instinto de todo amor, Dios busca los medios de vivir con el ser amado. Se hace hombre: sale de sí mismo y se despoja, de alguna manera, de su trascendencia. Ese es el misterio. Su extravagancia racional provoca precisamente en nosotros lo que llamamos la fe. La fe no es consentimiento teórico a una verdad abstracta, sino participación del ser de Dios, dado en comunión.

Sobre este trasfondo hay que captar el misterio de la Iglesia. A través de los tiempos, la Iglesia es la historia de la Palabra única entregada por Dios en Jesucristo. «¡El Reino ha llegado a vosotros!». La Palabra de Dios no tiene más palabra para hacerse oír que palabras de hombres que balbucean el misterio revelado; pero en estas palabras que dudan se puede ya oír la Voz eterna. El Amor no tiene otro lugar donde realizarse que los gestos de los hombres y mujeres que intentan amar; pero en estas vidas aún confusas se efectúa ya el gran gesto de Dios.

El tiempo de la Iglesia se confunde con el de la espera y la esperanza. La referencia de la Iglesia a lo Por-venir, al Reino, es tan decisiva como la referencia al hecho pasado de Jesús. Sin duda, la Iglesia recuerda, y su fe es memoria, herencia; pero, al mismo tiempo, está orientada a la futura consumación. Y aunque viva ya la totalidad del misterio de Cristo, no lo vivirá en plenitud mientras no alcance la visión del cara a cara. Dios se ha revelado de una vez por todas y, sin embargo, a la Iglesia no le bastará toda su dilatada vida para descubrir la profundidad y la riqueza de esta revelación. El tiempo de la Iglesia es el de la humilde invocación: «¡Venga tu Reino!». Con la seguridad que le da Cristo, ella ofrece ya al Reino la posibilidad de llegar a los hombres, pero sin jamás poder agotarlo.

* * *

<

p style=”text-align:center;”>Sois el Cuerpo de Cristo,
¡y no hay que profanar el amor!
Sois la Viña plantada por Dios,

¡y no debéis nutriros de fuentes estériles!
Sois el pueblo consagrado,
¡y no podéis coquetear con el mundo caduco!
¡Señor, ten piedad de nosotros!

Marcel Bastin