Lunes V de Pascua

Hoy es 30 de abril, lunes de la V semana de Pascua.

Al comenzar la oración te siento vivo y aquí conmigo, Jesús, compartiendo este momento y dispuesto a escucharme, a susurrarme, a disfrutar de tu presencia. Tienes tantas cosas que contarme y es tan escaso el tiempo que te doy, que no quieres que nadie distraiga estos minutos. Señor, gracias por estar ahí, por ser palabra, descanso, luz, encuentro, guía, camino y aliento en cada jornada.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 14, 21-26):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»

Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»

Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.»

No te bastan las palabras por bellas y acabadas que sean. Tú no fuiste un charlatán, ni quisistes hacer grandes discursos. No fuiste un maestro al uso. Te gustaba enseñar, desde el ejemplo y la entrega, desde el amor y el trabajo, desde la escucha y la pausa. Tarda la semilla en convertirse en grano. Tarda la corriente de agua en encontrar el mar. Tarda la palabra en traducirse en obras. Pero sólo las obras serán una palabra verdadera que engendre vida y otorgue credibilidad.

No te gusta hacerte presente en lo espectacular. No buscas las calles principales, ni las audiencias masiva, no te gustan la portadas de revistas, ni figurar en las listas de los más leídos y admirados. Es en lo escondido de un corazón que ama, que sirve, que sufre, que reza, donde te gusta hacerte fuerte y visible.

Cómo me gustaría tener lista mi casa, y poder dejarte unas llaves para que llegues cuando quieras, que entres y salgas con libertad y nos digamos hola y adiós cada vez que nos vamos o volvemos. Que no pasara más de un día sin saber el uno del otro, sin hablar o preguntarnos por las cosas o conocidos, por la vida que nos ocupa y ver la tele o hacer la cena los dos, así como lo hacen dos amigos. Dos que comparten una misma habitación.

Al leer de nuevo el texto, cae en la cuenta de ese espíritu de Dios valedor, que tenemos día y noche. Descubre su presencia y acción en tu vida, en tu entorno, en el mundo. Escucha su brisa entre las cosas y tareas que tienes entre manos. Atiende a sus susurros y gemidos. Y no tengas miedo, que aunque una y otra vez te rindas, o no acabes de entender, él nunca se alejará de tu lado.

Me despido de ti llevándote conmigo. Porque al habitar en mis entrañas no puedes salirte de mi mundo. Y me despido de ti con la promesa de sembrarte en cada hora, en cada encuentro, en cada espera y en cada acción. Aunque a veces no te sienta, no te buscaré, porque sabré que estás ahí en el silencio de mi ruido, en la calma de mi prisa, en el pan de cada día y en la noche de mis sueños.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Liturgia 30 de abril

LUNES. SAN PÍO V, papa, memoria libre

Misa de la memoria (blanco)

Misal: 1ª oración propia y el resto del común de pastores (para un papa), Prefacio Pascual o de la memoria.

Leccionario: Vol. I

  • Hch 14, 5-18. Os anunciamos esta Buena Noticia: que dejéis los ídolos vanos y os convirtáis al Dios vivo.
  • Salmo 113B. No a nosotros, Señor, sino a tu nombre da la gloria.
  • Jn 14, 21-26. El Paráclito, que enviará el Padre, será quien os lo enseñe todo.

Antífona de entrada
Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño. Aleluya.

Oración colecta
OH, Dios,

que suscitaste providencialmente en tu Iglesia
al papa san Pío,
para proteger la fe y darte culto más dignamente,
concédenos, por su intercesión,
participar en tus misterios
con fe viva y caridad fecunda.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
SUBAN hasta ti, Señor, nuestras súplicas

con la ofrenda del sacrificio,
para que, purificados por tu bondad,
nos preparemos para el sacramento de tu inmenso amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión
          Cf. Jn 14, 27

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo, dice el Señor. Aleluya.

Oración después de la comunión
DIOS todopoderoso y eterno,

que en la resurrección de Jesucristo
nos has renovado para la vida eterna,
multiplica en nosotros los frutos del Misterio pascual
e infunde en nuestros corazones
la fortaleza del alimento de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Pío V

SAN PIO V

(† 1572)

Bosco Marengo es una villa del norte de Italia, cercana a Alessandría; en ese paisaje melodiosamente umbrío, equidistante del mar de Génova y de los Alpes suizos, hay una casita humilde, cuidada, blanca; el 17 de enero de 1504, fiesta de San Antonio Abad, nació allí un niño predestinado a la gloria de este mundo y, lo que es mejor, a la gloria de los santos.

 El matrimonio de Pablo y Dominga Augeria era cristiano y pobre; la familia de los Ghislieri había venido a menos en lo económico, pero sin perder el rango espiritual. Al niño le pusieron el nombre del santo abad y le educaron en el temor de Dios. Antonio mostró en aquella infancia oscura anhelos de buscar el camino vocacional del claustro; pero la pobreza era tanta que tuvo que dedicarse a pastorear un rebaño. El pastorcillo cumplía resignadamente el oficio y, entre el ganado, no se cansaba de levantar el corazón a Dios en oración limpia. Y su oración fue oída. El señor Bastone, natural también de Bosco Marengo, le ayudó generosamente, enviándole a la escuela de los dominicos en compañía de su hijo Francisco. Antonio, redimido de su ocupación pastoril, y Francisco, el vástago del señor Bastone, iban todos los días muy de mañana a la escuela juntos. Antonio reveló unas excepcionales condiciones para el estudio y un alma transparente, en la que ardía de antiguo la llama de la vocación. Los padres le allanaron las dificultades, y el joven Antonio, con catorce años al hombro y un mundo de sueños, recibió el hábito de dominico en Voghera, no muy lejos de Bosco; de Voghera le destinan a Vigevano, donde hace el noviciado y profesa el 18 de mayo de 1521; el pastor Antonio Ghislieri es ya fray Miguel de Alejandría. Bolonia, con sus torres y sus cátedras, guarda los restos mortales de Santo Domingo de Guzmán; junto a la celda y al sepulcro del fundador, fray Miguel, estudia filosofía, teología y santidad. En 1528 está ya en Génova y allí recibe el orden sacerdotal.

 Empieza una nueva etapa de su vida: la de la acción. Si buscásemos un símbolo para definir la entrega y fidelidad con que fray Miguel de Alejandría se dedicó a la enseñanza, a la predicación, a la pobreza, a los oficios divinos, al destierro de la herejía en Pavía, en Alba, en Como, no sería menester alejarse del primitivo empleo que tuvo en la infancia, recreciendo el significado vulgar con el concepto evangélico del “buen pastor”. Austero y tenaz en todo, le comparaban a San Bernardino de Siena en la pobreza y a San Pedro Mártir en el celo por la verdad y por la fe. Más se pareció a éste, pues estaba cortado por el mismo patrón dominicano y, como él, fue inquisidor en la diócesis de Como; caminaba a pie siempre, vestido con su hábito, el hatillo al hombro, la mirada puesta en el cumplimiento del deber. No le arredraban los peligros, ni los trabajos, ni las amenazas. Se enfrentaba, si era preciso, con el lucero del alba y le cantaba las cuarenta a los nobles y a los herejes cuantas veces era preciso, sin intimidarse nunca. El conde de la Trinidad, furibundo, le dijo en Alba que le arrojaría a un pozo; no se inmutó. En Como tuvo que refugiarse en casa de Bernardo Odescalchi porque los mercaderes de libros heréticos habían promovido una algarada contra él, pues decomisó sus mercancías; en otra ocasión, le aconsejaron que se disfrazase para no ser reconocido por los herejes en tierras de grisones. “Preferiría —contestó— ser mártir con el hábito puesto.”

 A fines de 1550 se fue fray Miguel a Roma para justificar su conducta de inquisidor. Las acusaciones de mala fe le estaban formando en la Ciudad Eterna un ambiente difícil. El cardenal Caraffa supo comprenderlo y admirarlo. No salió solamente justificado; aumentó su prestigio. Un año más tarde Julio III, a instancias de Gian Pietro Caraffa, le nombró comisario general de la Inquisición; con Caraffa y con Cervini fue fray Miguel el mismo de siempre: un austero religioso, un hombre de oración, un pastor vigilante.

 En 1555 falleció Julio III; el 9 de abril del mismo año es elegido Sumo Pontífice el cardenal Cervini —Marcelo II—; el reinado fue breve: murió el 30 de abril; el 23 de mayo la triple corona recae en Gian Pietro Caraffa: Paulo IV. El nuevo Papa confirmó a fray Miguel en el cargo de comisario general de la Inquisición, le preconizó obispo de Sutri y Nepi el 4 de septiembre de 1556; pero el dominico no deseaba más que la paz de su convento; le infundían pavor los cargos. Paulo IV dijo que sería preciso ponerle cadenas en los pies pira evitar que se encerrase en el claustro. Mas no fueron cadenas lo que le puso, sino el capelo cardenalicio: 15 de marzo de 1557. Un año más tarde le nombra inquisidor mayor de la Iglesia.

 El sucesor de Paulo IV fue Pío IV, Médicis de pura cepa, que fue coronado el 6 de enero de 1560. Pío IV fue el último Papa del Renacimiento; el cardenal Ghislieri —nuestro fray Miguel— le amonestó en más de una ocasión, ganándose el desprecio y la desgracia del Papa, que le postergó cuanto pudo. Ignoraba Pío IV que aquel cardenal inflexible, amante de la pobreza, despegado del mundo y de los honores, celoso por la gloria de la casa de Dios, iba a ser su sucesor; se llamaría también Pío, en gesto magnánimo a la memoria del papa difunto; pero sólo heredaría de él el nombre. El programa del pontificado seria totalmente distinto. Más que papa del Renacimiento, Pío V sería el Pastor de la Iglesia.

 Pío IV falleció el 9 de diciembre de 1565. El Cónclave para elegirle sucesor, después de los funerales acostumbrados, iba a celebrarse en la Torre Boria; Aníbal Altemps, con sus tercios de infantería, montó la guardia para que el curso de la elección no se enturbiase por las Intrigas externas. Más de medio centenar de cardenales se encerraron en cónclave el 20 de diciembre. Era la medianoche. El frío congeló la argamasa con que se tapió el Cónclave, según rito y usanza antiguos. Fuera, conjeturas, expectación, nerviosismo de los embajadores. Dentro, Borromeo, Farnesio y Este eran cabezas de los tres partidos más fuertes; Borromeo representaba a los cardenales creados por su tío Pío IV, que le aconsejó, ya en el lecho de muerte, que trabajase por la candidatura de uno de ellos; Este era el adalid de los cardenales adictos a Francia; Farnesio ejercía un influjo poderoso por su riqueza y su estirpe. Los tres cabezas bregaron como pudieron; Borromeo como un santo; Este y Farnesio como dos príncipes del Renacimiento. Cayó, por imposibilidad nacida de las oposiciones de los grupos, la candidatura de Morone —que había tenido que habérselas con la Inquisición”—, la de Farnesio —que se resignó a la fuerza, forjándose esperanzas para mejor ocasión—, la de Riccia —quien se opuso Borromeo por no parecerle digno por su vida anterior—, la de Sirleto, etcétera. Por fin, Farnesio y Borromeo, remontándose sobre los egoísmos, optaron por Ghislieri. La tarde del 7 de enero de 1566 quedó decidida la elección. Al anochecer, una teoría de púrpuras se encaminó a la celda del austero fraile. A la fuerza le condujeron a la capilla Paulina y allí le proclamaron Papa. Un momento de angustia se produjo cuando el cardenal decano, Pisani, le preguntó si aceptaba y Ghislieri guardó silencio: le instaban todos. Por fin, dijo: “Estoy conforme.”

 El Cónclave se abrió. La Iglesia tenía Papa. Todos reconocían en el cardenal Ghislieri al hombre de magníficas virtudes, acérrimo defensor de la verdad, pero las intrigas de algunos soberanos y de algunos electores le habían excluido de antemano. “Nos llevó el Espíritu Santo sin padecerse presión —apunta Pacheco a su rey Felipe II—, como se ha visto hoy en muchos hombres, que, cuando entraron en Cónclave, antes se cortaran las piernas que ir a hacer Papa a Alejandrino y corrieron a hacerle los primeros.” Los cardenales se alegraron. Pío V era el Papa que la Iglesia necesitaba.

 La fiesta de la coronación se fijó para el 17 de enero, sexagésimo segundo cumpleaños de Pío V; el júbilo del pueblo fue enorme. Diez días después tomó posesión de San Juan de Letrán. El Papa —mediana estatura, enjuto de carnes, de ojos pequeños y mirada aguda, nariz aguileña, barba nevada y cabeza venerablemente calva— vio aquel día entre la gente que le aclamaba a su antiguo condiscípulo Francisco Bastnne, que, desde Bosco, había acudido a Roma para asistir a la entrada de Pío V en San Juan de Letrán; el nuevo Pontífice le llamó y, en agradecimiento a su padre, le dio el cargo de gobernador del castillo de Sant-Angelo. Toda Roma se enteró así del humilde origen del Papa, maravillándose que Dios hubiese elevado al pastorcillo de Bosco a Pastor supremo de la cristiandad.

 La vida íntima de Pío V redobló el ritmo de la austeridad y de la oración; la tiara era su gran cruz; no se quitó la tosca ropa interior de fraile, fue muy parco en el comer, incansable en el trabajo; visitaba las iglesias a pie, ahuyentó del palacio a los bufones, vivía alla fratesca. Sus devociones preferidas eran la meditación de la Pasión, el Santísimo —decía misa todos los días— y el Rosario. En la procesión del Corpus llevaba la custodia a pie, descubierta la cabeza y arrobado en éxtasis adorante. La gente se asombraba de aquel recogimiento. El embajador español Requeséns opinaba que desde hacía trescientos años la Iglesia no había tenido mejor Pastor. Era enemigo de los aduladores y gustaba que le dijeran las verdades del barquero. Dadivoso en extremo con los pobres, les repartía con gozo cuanto estaba en sus manos.

 Las razones políticas no existían para él; sí, en cambio, las razones de Dios y del bien de la Iglesia. “Raras veces —comenta el autor de la Historia de los Papas— en un papa el príncipe temporal ha quedado tan por entero atrás del sacerdote, como en el hijo de Santo Domingo que estaba ahora sentado en la silla de San Pedro.”

 No quiso saber nada de nepotismos, mal del tiempo. Cuando le indicaron que convenía elevar a sus parientes, respondió con firmeza: “Dios me ha llamado para que yo sirva a la Iglesia, no para que la Iglesia me sirva a mí”. Inexperto en los negocios políticos, que no le atraían, cedió a los ruegos de todos los cardenales y del embajador español, nombrando cardenal y secretario de Estado a fray Miguel Bonelli, O. P., sobrino segundo, suyo; pero le obligó a seguir viviendo como un mendicante y le exigió una “vida parecida a la suya”; le reprendió tan severamente una vez, que el joven cardenal enfermó de tristeza; al cardenal Farnesio, que le sugería que fortificase Anagni, le replicó que la Iglesia no necesitaba cañones ni soldados, sino oración, ayuno, lágrimas y estudio de la Sagrada Escritura. La independencia de criterio de Pío V se debía a su carácter, pero también influyó en ello la desconfianza en los cardenales, a quienes, por otra parte, trataba con inaudita afabilidad y respeto, aunque pronto pensó purificar el Sacro Colegio con la elevación de hombres dignos de tal honor.

 Con denuedo trabajó Pío V para convertir a Roma en un dechado de ciudades cristianas, visitó las parroquias, como obispo; castigó los escándalos, sin acepción de personas; dio ejemplo con su santa vida. Roma, cuentan los embajadores, cambió por completo: la ciudad del lujo y de la frivolidad renacentistas parecía ahora un “convento seglar”.

 El reinado de Pío V se centró o se abrió en cuatro dimensiones capitales: primera, la puesta en marcha de los decretos tridentinos, o sea la reforma de la Iglesia; segunda, la lucha contra los herejes; tercera, la cruzada contra los turcos, pesadilla de la cristiandad, y cuarta, el fomento de las ciencias eclesiásticas.

 El espíritu de Trento parecía haberse encarnado en la persona de Pío V. Todo el mundo estaba convencido de esta verdad. A raíz de su elevación al trono pontificio un observador extranjero comentó: “Tiene vida para diez años y planes de reforma para ciento y mil”. Empezó por la cabeza, ayudado de Ormaneto, instado por San Carlos Borromeo, dando a la Corte ejemplo incontrovertible de rigor y de vida austera, Reformó el Breviario, y el Misal, publicó el famoso Catecismo de Trento —llamado también de San Pío V—, que apareció ya en 1566 en la imprenta de Pablo Manucio; urgió la obligación de la residencia a los obispos, les impulsó a celebrar sínodos y visitas pastorales, adelantándoseles con el ejemplo. Tiépolo decía que el nuevo Papa no hacía otra cosa que reformar.

 Como Paulo IV, con quien estuvo tan compenetrado, sabía que la fe es sustancia y fundamento del cristianismo; los que esperaban que no se llevasen a la práctica los decretos tridentinos se equivocaron de punta a punta. Peor agüero fue Pío V para los herejes, pues los persiguió sin descanso. El viejo inquisidor no les concedió ni una sola tregua. El palacio inquisitorial, demolido a la muerte de Paulo IV, fue reedificado con mayor suntuosidad; el 2 de septiembre de 1566 atronaban el aire las salvas de los cañones de Sant-Angelo. Se estaba colocando la primera piedra del nuevo edificio. El Papa asistía a las sesiones de la Congregación de la Inquisición y creó una nueva —la del Indice de libros prohibidos— para velar por la ortodoxia. Otro medio eficaz fue el fomento de las ciencias eclesiásticas. Destinó crecidas sumas de dinero a la reedición de las obras de San Buenaventura y de Santo Tomás; a éste le declaró Doctor de la Iglesia por bula de 11 de abril de 1567, pues había sido el “gran teólogo” de Trento. Ningún concilio se celebraba sin el Aquinas; comisionó a San Pedro Canisio, a quien apreciaba grandemente, a refutar los centuriadores de Magdeburgo y la Confesión de Augsburgo; favoreció a Sixto Senense, autor de la Bibliotheca Sancta; desterró, cuanto pudo, las ponzoñas del Renacimiento y levantó la Universidad de Roma: la “Sapientia”.

 Aquel fraile, que nada anhelaba más que la paz del claustro, soñó con una cristiandad bien hermanada, procurando que los príncipes cristianos estuviesen unidos. Pero, por fuerza de este anhelo, tuvo que convertirse en el Papa de las grandes batallas. El poderío turco era la pesadilla de la cristiandad. Pío V fue el paladín de la Liga Santa. Exhortó con machacona insistencia a España, a Venecia, a Francia…, incluso a Rusia, con cartas personales, con legados, con promesas. Las miras del Papa se clavaban en la defensa y expansión de la fe —aventajó a sus predecesores en el celo por las misiones— y en el robustecimiento de la paz, pues sólo así se podía llegar a una Europa robusta y cristiana. El 31 de julio de 1566 ordenó una procesión de rogativas para que el Señor alejase el peligro temible de los turcos; Pío V caminó a pie, rezando y llorando. Era conmovedor ver llorar al Papa. Si fuese posible remediar la amenaza con su sangre propia, dijo, la daría de buen grado. Ayudó al emperador, a los caballeros de Malta; visitó personalmente las fortificaciones que mandó hacer en Ancona, Civitavecchia y Ostia. Pero no se contentó con la defensa; la mejor manera de librar al Occidente del poderío de la media luna era aplastar ese poderío. Para ello se necesitaba una acción naval conjunta de todas las naciones cristianas.

 Después de mil intentos y mil fracasos, la constancia de Pío V logró ganar a Venecia y a España para la Liga; no fue fácil, pues Felipe II tenía que atender a sus amplísimos dominios, y Venecia jugaba constantemente a la traición. La tenacidad y las lágrimas de Pío V pudieron sobreponerse a todas las infidelidades y deserciones. El 27 de mayo de 1571 se publicó en San Pedro la noticia de la triple alianza: La Santa Sede, España y Venecia lucharían juntas contra el Islam; se acuñó una medalla conmemorativa Y se publicó un jubileo general para que el Dios de las batallas bendijese al ejército cristiano. Pío V mandó legaciones especiales al emperador y a los reyes.

 El 21 de junio la escuadra pontificia, al mando de Marco Antonio Colonna, se hizo a la vela rumbo a Messina, lugar de cita de las tres potencias; el 23 de julio llegó la escuadra veneciana, mandada por un viejo lobo de mar: Sebastián Veniero; la escuadra española hizo escala en Nápoles el 8 de agosto; don Juan de Austria fue nombrado almirante general de la empresa. Allí recibió el bastón de mando y el estandarte —damasco de seda azul, imagen del Salvador crucificado, escudos enlazados con cadenas de oro— de manos del cardenal Granvela. El almirante era un joven gallardo, de ojos azules y blondos rizos; contaba solamente veinticuatro años. El 24 de agosto arribó a Messina. Dos gloriosos marinos le acompañaban: Andrea Doria y Alvaro de Bazán. La tropa se preparó a la lucha confesando y comulgando. Pío V mandó decir a don Juan que iba a combatir por la fe católica y por eso Dios le concedería la victoria. Zarpó la escuadra hacia Corfú; los espías anunciaron que los turcos esperaban en Lepanto.

 El 7 de octubre, a la hora del alba, habían dejado atrás las islas Equínadas y entraban en el golfo de Patrás; don Juan dio, con un cañonazo, la señal de prepararse para el ataque y enarboló la bandera de la Liga en el palo mayor de su navío. Un grito cristiano resonó en las olas: ¡”Victoria, victoria”!

 Estadística de las fuerzas que iban a chocar:

 Turcas:

 222 galeras, 60 buques, 750 cañones, 34.000 soldados, 13.000 marineros, 41.000 galeotes.

 Cristianas:

 207 galeras, 30 buques, 6 galeazas, 1.800 cañones, 30.000 soldados, 12.900 marineros, 43.000 remeros.

 A mediodía chocan las escuadras: los representantes de Cristo y los secuaces de Alá. Se lucha por las alas y en el centro. Don Juan, con trescientos veteranos, adelanta su nave hacia la del generalísimo turco, que tiene a su lado a 400 jenízaros; el cielo está limpio, el mar en calma asustada; la pelea sigue indecisa. A las cuatro de la tarde cae muerto el gran almirante Alí. Los turcos se desalientan y huyen en retirada. Sobre las aguas del mar; sangre, cadáveres, naves rotas.

 Ocho mil turcos perdieron la vida, 10.000 cayeron prisioneros, 50 de sus galeras hundidas, 117 dejaron como botín con sus estandartes y artillería; los vencedores también pagaron tributo: 12 galeras, 7.500 muertos, otros tantos heridos; pero habían vencido. Doce mil esclavos condenados al remo hallaron la libertad; 2.000 eran españoles. La cristiandad respiró a pulmón, lleno. Lepanto fue, como dijo Miguel de Cervantes, que allí luchó mordido por la fiebre y perdió un brazo, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados y esperan ver los venideros”. Pío V, que había estado en constante oración ante el crucifijo y la Virgen del Rosario, supo por revelación la noticia del triunfo y exclamó como el anciano Simeón: “Ahora, Señor, dejas ya a tu siervo en paz”. La fiesta del Rosario quedará en la Iglesia como recuerdo de la victoria sin par. Y en las letanías se añadirá un piropo: “Auxilio de los cristianos ruega por nosotros.”

 En realidad, Pío V podía morir tranquilo. Consumido por la penitencia y el trabajo, postrado en el lecho del dolor y de la muerte, exclamaba: “Señor, aumentad mis dolores, pero aumentad también mi paciencia”. El día 1 de mayo de 1572 pasó a la vida bienaventurada. Había muerto un santo. La víspera de su tránsito ordenó que le vistiesen el hábito de su Orden para morir como un simple dominico. Su voluntad era que le diesen sepultura en Bosco, lugar donde nació y pastoreó, como el más humilde de los mortales. Pero Sixto V, que le debía el cardenalato, hizo trasladar sus restos, enterrados provisionalmente en el Vaticano, a un grandioso mausoleo en Santa María la Mayor, donde aún está revestido con vestiduras pontificias y cubierto el cráneo con una mascarilla de plata. A su lado está un libro viejo y usado: el libro de los decretos del concilio Tridentino, que siempre estuvo abierto en su mesa de trabajo. El 22 de mayo de 1712, Clemente XI le canonizó. Hasta San Pío X era San Pío V el último papa elevado a los altares. El humilde pastor de Bosco señaló una etapa nueva en la historia de la Iglesia. Los papas que le sucedieron seguirían sus huellas. Vencida la frivolidad del Renacimiento, la Iglesia ganó prestigio y hermosura, encauzada por el espíritu de Trento, que San Pío V encarnó en su vida y lo irradió a todos los estratos de la grey cristiana.

 ALVARO HUERGA, O. P.

Laudes – Lunes V de Pascua

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

  1. Señor abre mis labios
    R. Y mi boca proclamará tu alabanza

    Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

    Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

    Venid, aclamemos al Señor,
    demos vítores a la Roca que nos salva;
    entremos a su presencia dándole gracias,
    aclamándolo con cantos.

    Porque el Señor es un Dios grande,
    soberano de todos los dioses:
    tiene en su mano las simas de la tierra,
    son suyas las cumbres de los montes;
    suyo es el mar, porque él lo hizo,
    la tierra firme que modelaron sus manos.

    Venid, postrémonos por tierra,
    bendiciendo al Señor, creador nuestro.
    Porque él es nuestro Dios,
    y nosotros su pueblo,
    el rebaño que él guía.

    Ojalá escuchéis hoy su voz:
    «No endurezcáis el corazón como en Meribá,
    como el día de Masá en el desierto;
    cuando vuestros padres me pusieron a prueba
    y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

    Durante cuarenta años
    aquella generación me repugnó, y dije:
    Es un pueblo de corazón extraviado,
    que no reconoce mi camino;
    por eso he jurado en mi cólera
    que no entrarán en mi descanso»

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

    Himno: LA BELLA FLOR QUE EN EL SUELO

    La bella flor que en el suelo
    plantada se vio marchita
    ya torna, ya resucita,
    ya su olor inunda el cielo.

    De tierra estuvo cubierta,
    pero no fructificó
    del todo, hasta que quedó
    en un árbol seco injerta.
    Y, aunque a los ojos del suelo
    se puso después marchita,
    ya torna, ya resucita,
    ya su olor inunda el cielo.

    Toda es de flores la fiesta,
    flores de finos olores,
    mas no se irá todo en flores,
    porque flor de fruto es ésta.
    Y, mientras su Iglesia grita
    mendigando algún consuelo,
    ya torna, ya resucita,
    ya su olor inunda el cielo.

    Que nadie se sienta muerto
    cuando resucita Dios,
    que, si el barco llega al puerto,
    llegamos junto con vos.
    Hoy la Cristiandad se quita
    sus vestiduras de duelo.
    Ya torna, ya resucita,
    ya su olor inunda el cielo. Amén.

    SALMODIA

    Ant 1. Se alegrarán los que se acogen a ti. Aleluya.

    Salmo 5, 2-10. 12-13 – ORACIÓN DE LA MAÑANA DE UN JUSTO PERSEGUIDO

    Señor, escucha mis palabras,
    atiende a mis gemidos,
    haz caso de mis gritos de auxilio,
    Rey mío y Dios mío.

    A ti te suplico, Señor;
    por la mañana escucharás mi voz,
    por la mañana te expongo mi causa,
    y me quedo aguardando.

    Tú no eres un Dios que ame la maldad,
    ni el malvado es tu huésped,
    ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

    Detestas a los malhechores,
    destruyes a los mentirosos;
    al hombre sanguinario y traicionero
    lo aborrece el Señor.

    Pero yo, por tu gran bondad,
    entraré en tu casa,
    me postraré ante tu templo santo
    con toda reverencia.

    Señor, guíame con tu justicia,
    porque tengo enemigos;
    alláname tu camino.

    En su boca no hay sinceridad,
    su corazón es perverso;
    su garganta es un sepulcro abierto,
    mientras halagan con la lengua.

    Que se alegren los que se acogen a ti,
    con júbilo eterno;
    protégelos, para que se llenen de gozo
    los que aman tu nombre.

    Porque tú, Señor, bendices al justo,
    y como un escudo lo rodea tu favor.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Se alegrarán los que se acogen a ti. Aleluya.

    Ant 2. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, tu eres rey y soberano de todo. Aleluya.

    Cantico: SÓLO A DIOS HONOR Y GLORIA 1Cro 29, 10-13

    Bendito eres, Señor,
    Dios de nuestro padre Israel,
    por los siglos de los siglos.

    Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
    la gloria, el esplendor, la majestad,
    porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra,
    tú eres rey y soberano de todo.

    De ti viene la riqueza y la gloria,
    tú eres Señor del universo,
    en tu mano está el poder y la fuerza,
    tú engrandeces y confortas a todos.

    Por eso, Dios nuestro,
    nosotros te damos gracias,
    alabando tu nombre glorioso.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, tu eres rey y soberano de todo. Aleluya.

    Ant 3. El Señor se sienta como rey eterno. Aleluya.

    Salmo 28 – MANIFESTACIÓN DE DIOS EN LA TEMPESTAD.

    Hijos de Dios, aclamad al Señor,
    aclamad la gloria y el poder del Señor,
    aclamad la gloria del nombre del Señor,
    postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

    La voz del Señor sobre las aguas,
    el Dios de la gloria hace oír su trueno,
    el Señor sobre las aguas torrenciales.

    La voz del Señor es potente,
    la voz del Señor es magnífica,
    la voz del Señor descuaja los cedros,
    el Señor descuaja los cedros del Líbano.

    Hace brincar al Líbano como a un novillo,
    al Sarión como a una cría de búfalo.

    La voz del Señor lanza llamas de fuego,
    la voz del Señor sacude el desierto,
    el Señor sacude el desierto de Cadés.

    La voz del Señor retuerce los robles,
    el Señor descorteza las selvas.
    En su templo un grito unánime: ¡Gloria!

    El trono del Señor está encima de la tempestad,
    el Señor se sienta como rey eterno.
    El Señor da fuerza a su pueblo,
    el Señor bendice a su pueblo con la paz.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. El Señor se sienta como rey eterno. Aleluya.

    LECTURA BREVE   Rm 10, 8b-10

    «Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón», es decir, el mensaje de la fe que nosotros predicamos. Porque, si proclamas con tu boca a Jesús como Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón creemos para obtener la justificación y con la boca hacemos profesión de nuestra fe para alcanzar la salvación.

    RESPONSORIO BREVE

    V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.
    R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.

    V. El que por nosotros colgó del madero.
    R. Aleluya. Aleluya.

    V. Gloria al Padre,y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.

    CÁNTICO EVANGÉLICO

    Ant. Aquel que me ama será amado por mi Padre; yo también lo amaré, y a él me daré a conocer. Aleluya.

    Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

    Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
    porque ha visitado y redimido a su pueblo.
    suscitándonos una fuerza de salvación
    en la casa de David, su siervo,
    según lo había predicho desde antiguo
    por boca de sus santos profetas:

    Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
    y de la mano de todos los que nos odian;
    ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
    recordando su santa alianza
    y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

    Para concedernos que, libres de temor,
    arrancados de la mano de los enemigos,
    le sirvamos con santidad y justicia,
    en su presencia, todos nuestros días.

    Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
    porque irás delante del Señor
    a preparar sus caminos,
    anunciando a su pueblo la salvación,
    el perdón de sus pecados.

    Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
    nos visitará el sol que nace de lo alto,
    para iluminar a los que viven en tiniebla
    y en sombra de muerte,
    para guiar nuestros pasos
    por el camino de la paz.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Aquel que me ama será amado por mi Padre; yo también lo amaré, y a él me daré a conocer. Aleluya.

    PRECES

    Glorifiquemos a Cristo, a quien el Padre ha enaltecido dándole en herencia todas las naciones, y digámosle suplicantes:

    Por tu victoria, sálvanos, Señor.

    Señor Jesucristo, que en tu victoria destruiste el poder del abismo, venciendo la muerte y el pecado,
    haz que también nosotros venzamos hoy el pecado.

    Tú que alejaste de nosotros la muerte y nos has dado nueva vida,
    concédenos andar hoy por la senda de esta vida nueva.

    Tú que diste vida a los muertos, haciendo pasar a la humanidad entera de la muerte a la vida,
    concede el don de la vida eterna a cuantos se relacionarán hoy con nosotros.

    Tú que llenaste de confusión a los que hacían guardia ante tu sepulcro y alegraste a los discípulos con tus apariciones,
    llena de gozo a cuantos te sirven.

    Se pueden añadir algunas intenciones libres

    Porque deseamos que la luz de Cristo alumbre a todos los hombres, pidamos al Padre que su reino llegue a nosotros:

    Padre nuestro…

    ORACION

    Señor Dios, que unes en un mismo sentir los corazones de los que te aman, impulsa a tu pueblo a amar lo que pides y a desear lo que prometes, para que, en medio de la inestabilidad de las cosas humanas, estén firmemente anclados nuestros corazones en el deseo de la verdadera felicidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

    CONCLUSIÓN

    V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
    R. Amén.

Oficio de lectura – Lunes V de Pascua

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: CRISTO EL SEÑOR

Cristo el Señor,
como la primavera,
como una nueva aurora,
resucitó.

Cristo, nuestra Pascua,
es nuestro rescate,
nuestra salvación.

Es grano en la tierra,
muerto y florecido,
tierno pan de amor.

Se rompió el sepulcro,
se movió la roca,
y el fruto brotó.

Dueño de la muerte,
en el árbol grita
su resurrección.

Humilde en la tierra,
Señor de los cielos,
su cielo nos dió.

Ábranse de gozo
las puertas del Hombre
que al hombre salvó.

Gloria para siempre
al Cordero humilde
que nos redimió. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Sálvame, Señor, por tu misericordia. Aleluya.

Salmo 6 – ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?

Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.

Apartaos de mí los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.

Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sálvame, Señor, por tu misericordia. Aleluya.

Ant 2. El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. Aleluya.

Salmo 9 A I – ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo
y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!

Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho
sentado en tu trono como juez justo.

Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.

Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.

El será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. Aleluya.

Ant 3. Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. Aleluya.

Salmo 9 A II

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda,
y no olvida los gritos de los humildes.

Piedad, Señor; mira como me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.

Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.

Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
El no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.

Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. Aleluya.

V. Mi corazón y mi carne. Aleluya.
R. Se alegran por el Dios vivo. Aleluya.

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los apóstoles 17, 1-18

PABLO EN ATENAS

En aquellos días, pasando por Anfípolis y Apolonia, Pablo y sus compañeros vinieron a Tesalónica, porque allí había una sinagoga de judíos. Según su costumbre, Pablo fue a verlos allí y, durante tres semanas, departió con ellos, tomando como punto de partida las Escrituras. Les explicaba y probaba que el Mesías debía padecer y resucitar de entre los muertos; y añadía:

«El Mesías es Jesús, el mismo que yo os anuncio.»

Llegaron a convencerse algunos judíos, y se unieron a Pablo y Silas, lo mismo que una gran multitud de prosélitos griegos y no pocas mujeres principales. Pero los judíos, instigados por la envidia, reunieron una chusma de gente vil; fueron en grupos alborotando la ciudad y se presentaron ante la casa de Jasón, con el propósito de llevar a Pablo y a Silas ante la asamblea del pueblo. Como no los hallaron allí, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos ante los magistrados, gritando al mismo tiempo:

«Estos hombres, que están revolviendo el mundo entero, han venido también aquí, y Jasón los ha hospedado en su casa. Todos ellos conspiran contra los edictos del César y dicen que hay otro rey, que es Jesús.»

Con estos clamores, pusieron en conmoción a la ciudad y a los magistrados, que los estaban oyendo. Pero los magistrados, recibida fianza de Jasón y de los demás, los dejaron ir libres. Aquella misma noche, los hermanos hicieron salir para Berea a Pablo y a Silas, quienes, apenas llegaron allá, se dirigieron a la sinagoga de los judíos. Eran éstos de carácter más noble que los de Tesalónica, y acogieron con toda avidez el Evangelio, investigando un día tras otro en las Escrituras para comprobar si efectivamente era verdad. Muchos de ellos abrazaron la fe, y también no pocos griegos, tanto hombres como mujeres distinguidas. Pero en cuanto se enteraron los judíos de Tesalónica que también en Berea había predicado Pablo la palabra de Dios, vinieron allí y alborotaron y pusieron en revuelo a la gente. Al punto, los hermanos hicieron salir a Pablo camino del mar, quedando allí Silas y Timoteo. Los que conducían a Pablo lo llevaron hasta Atenas y regresaron con el encargo de comunicar a Silas y a Timoteo que se le juntasen lo más pronto posible.

Mientras Pablo los esperaba en Atenas, se consumía su espíritu, viendo la ciudad llena de ídolos. Discutía en la sinagoga con los judíos y con los prosélitos; y todos los días en la plaza pública con cuantos le salían al paso. Algunos filósofos, epicúreos y estoicos, discutían” con él; unos decían:

«¿Qué es lo que querrá decir este charlatán?»

Otros pensaban:

«Parece que es un predicador de dioses extranjeros.»

Porque les hablaba de Jesús y de la resurrección.

RESPONSORIO    Cf. Hch 17, 2-3a; Lc 24, 45

R. Pablo, tomando como punto de partida las Escrituras, explicaba y probaba * que el Mesías debía padecer y resucitar. Aleluya.
V. El Señor les hizo ver el sentido que tenían las Escrituras.
R. Que el Mesías debía padecer y resucitar. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De las Disertaciones de san Gregorio de Nisa, obispo
(Disertación 1 Sobre la resurrección de Cristo: PG 46, 603-606. 626-627)

EL PRIMOGÉNITO DE LA NUEVA CREACIÓN

Ha llegado el reino de la vida y ha sido destruido el imperio de la muerte. Ha hecho su aparición un nuevo nacimiento, una vida nueva, un nuevo modo de vida, una transformación de nuestra misma naturaleza. ¿Cuál es este nuevo nacimiento? El de los que nacen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.

Sin duda te preguntarás: «¿Cómo puede ser esto?» Pon atención, que te lo voy a explicar en pocas palabras. Este nuevo germen de vida es concebido por la fe, es dado a luz por la regeneración bautismal, tiene por nodriza a la Iglesia, que lo amamanta con su doctrina y enseñanzas, y su alimento es el pan celestial; la madurez de su edad es una conducta perfecta, su matrimonio es la unión con la Sabiduría, sus hijos son la esperanza, su casa es el reino y su herencia y sus riquezas son las delicias del paraíso; su fin no es la muerte, sino aquella vida feliz y eterna, preparada para los que se hacen dignos de ella.

Éste es el día en que actuó el Señor, día en gran manera distinto de los días establecidos desde la creación del mundo, que son medidos por el paso del tiempo. Este otro día es el principio de una segunda creación. En este día, efectivamente, Dios hace un cielo nuevo y una tierra nueva, según palabras del profeta. ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. ¿Qué tierra? El corazón bueno de que habla el Señor, la tierra que absorbe la lluvia, que cae sobre ella, y produce fruto multiplicado.

El sol de esta nueva creación es una vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire es una conducta digna; el mar es el abismo de riqueza de la sabiduría y ciencia; las hierbas y el follaje son la recta doctrina y las enseñanzas divinas, que son el alimento con que se apacienta la grey divina, es decir, el pueblo de Dios; los árboles frutales son la observancia de los mandamientos.

Éste es el día en que es creado el hombre verdadero a imagen y semejanza de Dios. ¿No es todo un mundo el que es inaugurado para ti por este día en que actuó el Señor? A este mundo se refiere el profeta, cuando habla de un día y una noche que no tienen semejante.

Pero aún no hemos explicado lo más destacado de este día de gracia. Él ha destruido los dolores de la muerte, él ha engendrado al primogénito de entre los muertos.

Cristo dice: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza.

RESPONSORIO    1Co 15, 21-22; 2Pe 3, 13

R. Por un hombre hubo muerte y por otro hombre hay resurrección de los muertos; * y lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la vida. Aleluya.
V. Nosotros, conforme a la promesa del Señor, esperamos cielos nuevos y tierra nueva.
R. Y lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la vida. Aleluya.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios, que unes en un mismo sentir los corazones de los que te aman, impulsa a tu pueblo a amar lo que pides y a desear lo que prometes, para que, en medio de la inestabilidad de las cosas humanas, estén firmemente anclados nuestros corazones en el deseo de la verdadera felicidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

II Vísperas – Domingo V de Pascua

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: AL FIN SERÁ LA PAZ Y LA CORONA

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Ant 2. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

Salmo 113 A – ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO; LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

Ant 3. Aleluya. Reina el Señor, nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya. Reina el Señor, nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta «hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies». Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Si permanecéis en mí, pediréis lo que queráis, y se os dará. Aleluya

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Si permanecéis en mí, pediréis lo que queráis, y se os dará. Aleluya

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que has querido fueran testigos de tu resurrección en el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza
y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
y haz que con todos nuestros hermanos obtengamos el premio y el descanso de nuestros trabajos.

Tú que has vencido a la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo Salvador, tú que te hiciste obediente hasta la muerte y has sido elevado a la derecha del Padre,
recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

Unamos nuestra oración a la de Jesús, nuestro abogado ante el Padre, y digamos como él nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que nos has enviado la redención y concedido la filiación adoptiva, protege con bondad a los hijos que tanto amas, y concédenos, por nuestra fe en Cristo, la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

El amor de Dios

1.- Irrumpe la figura de San Pablo en la primera lectura de este domingo sacada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Es una figura que sorprende profundamente a todo aquel que, desde una posición intelectual ya desarrollada, comienza leer los escritos de Pablo de Tarso con un doble sentido: histórico y espiritual. Existe la tendencia, desde esa vertiente intelectualizada, a magnificar la importancia de Pablo y, tal vez, sacarle de contexto. La investigación sobre la realidad histórica de los Evangelios, dio, durante mucho tiempo, una aparición más  temprana a las cartas de San Pablo. Más tarde hay datos como para pensar que los Evangelios propiamente dichos –en sus primeras redacciones– son anteriores a los escritos de Pablo.

2.- Esto viene a cuento porque una tendencia crítica contraria a la realidad de Cristo, a su muerte y resurrección, plantea a San Pablo como inventor del mensaje cristiano. La lectura continua y conjuntada de todo el Evangelio descubre una especie de graduación cronológica que culmina con la lectura del texto de San Juan, escrito mucho más tarde y con una serie de ingredientes necesarios para combatir las primeras herejías. Pablo de Tarso tuvo que recibir una enseñanza basada en otros textos y ello con anterioridad a la “edición” de los Hechos de los Apóstoles.

3.- Datos sobre la Resurrección o el pasaje de la Primera Carta de los Corintios sobre la institución de la Eucaristía parecen un resumen de los otros textos evangélicos que citan esos momentos y, en ninguno de los casos, un origen de los mismos. De todas formas, y para los efectos que nosotros buscamos, poca importancia tiene esa disputa fundacional o cronológica. Jesús es Jesús y Pablo es Pablo. Jesús reina en Pablo de tal manera que no es extraño que el antiguo fariseo consiga esas cotas imponentes de concreción teológica, moral, doctrinal. Nunca, después, nadie ha superado ese nivel de interpretación de las verdades de nuestra fe.

4.- Existe, sin duda, la forma y el fondo. Este fondo es indiscutible y constituye la base para el descubrimiento armónico del paso de Jesús por la tierra y sus consiguientes efectos sobre la transcendencia espiritual de la Encarnación de Dios. La forma es, tal vez, el añadido de la importancia cultural del mundo grecolatino. El barniz de alta capacidad filosófica ayuda a Pablo, aunque fracasara ruidosamente en Atenas, centro de esa tendencia. Tal vez, esa capacidad de expresión habría que compararla también con la de San Agustín, hombre que era un prototipo del intelectual crecido en el Imperio Romano y que supo adaptar ese camino de conocimiento a la realidad de Cristo, combatiendo con eficacia situaciones absurdas como la de los maniqueos o arremetiendo contra los creadores de horóscopos, quienes, por cierto, deberían ser — entonces— más “científicos” que los individuos que hoy producen esas adivinanzas para las páginas de los periódicos.

5.- Pero entremos en el Evangelio de hoy que es lo que más nos interesa: Jesús va a emplear un ejemplo muy propio de la sociedad agrícola y ganadera en la que vivía. La semana pasada se declaraba pastor bueno de todas las ovejas y hablaba de la puerta estrecha del redil. Hoy nos pone un ejemplo típico de la cultura de la vid. Él es la Vid y su Padre el Viñador. Y la unión de los discípulos se ha producir por la técnica del injerto. Unir nuevos sarmientos a la planta principal da, por un lado, vida a esos sarmientos, los cuales, a su vez, en contacto tan estrecho con el tronco darán fruto mucho fruto. Hoy, probablemente, los ejemplos más adecuados para nosotros serían informáticos y con la posibilidad de añadir potencia y memoria a un ordenador mediante el adosamiento de discos duros exteriores… En fin, pero resulta, sin duda, muy poético el ejemplo de la vid. Y, claro, los ordenadores no tienen vida. La Vid, sí; y los inertes esquejes necesitan de la savia de la Vid que vive.

6.- La unión de los conceptos que emergen de las lecturas del domingo –Dios es Amor, la conversión de Pablo y su trabajo en Jerusalén, y esa Vid que es realidad de vida y unión— nos ayuda a caminar en estos tiempos intermedios de la Pascua que nos conduce a Pentecostés, fiesta que esperamos porque, como buen dice Jesús de Nazaret, será el Espíritu Santo quien nos lo enseñará todo. Y la verdad es que falta nos hace aprender, a todos, a los pequeños y a los grandes, a los buenos y a los malos…

7.- La vida en la calle parece muy distinta. No vemos amor ninguno y cada uno anda a su aire. No es verdad. La vida moderna ha dado un aspecto exterior a las gentes que no se corresponde con la realidad. Por un lado, el hermetismo facial que impide cualquier contacto, por otro el aislamiento físico que trae –por ejemplo— que mucha gente se sienta nerviosa cuando sube en un ascensor y eso solamente porque tiene personas más cercanas de lo que puede soportar. Esas dos “figuras” lo que traen es una soledad más que evidente o, por lo menos, una lejanía moral de todo lo que nos rodea.

8.- Si los hermanos nuestros que andan solos y tensos por la vida no compartieran nuestra fe pues tendría una explicación más lógica, además de la obligación nuestra de comunicarles nuestras creencias. Pero si esas mismas personas son creyentes y cumplidoras de los caminos de seguimiento de Cristo, ahí sí que se está entrando en una contradicción terrible. Es necesario meditar sobre la expresión continuada de nuestro amor y de nuestra solidaridad respecto a los otros. Y eso mucho antes de decidir si son correligionarios nuestros o si nos gustan sus modos y sus costumbres. Para evitarlo usemos más de la más eficaz arma secreta que disponemos: el amor a todos en la cercanía a Jesús y en el amor que Él nos tiene.

Ángel Gómez Escorial

Pascua, período de gozo y de esperanza

1.- CONVERSIÓN.- “Cuando llegó a Jerusalén, intentaba unirse a los discípulos…” (Hch 9, 26) Pablo había sido uno de los más tenaces perseguidores de la Iglesia de Cristo. Hacía poco que marchó hacia Damasco “respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor”, con cartas para la Sinagoga, dispuesto a encadenar a los que creían en Cristo, tanto hombres como mujeres.

Pero ese Cristo que él perseguía se le cruzó en el camino y Pablo cayó a tierra, deslumbrado por el fulgor del Señor. Y cuando comprendió que era el Mesías prometido por los profetas, cuando supo que Jesús de Nazaret había resucitado de entre los muertos, Pablo se entrega totalmente, emprende el camino que Dios le señalaba. Un camino con una dirección contraria a la que él traía. Y toda la fuerza de su personalidad la pone al servicio de ese Jesús que le ha derrumbado. Pablo es un hombre auténtico, consecuente con sus principios, enemigo de las medias tintas, audaz y decidido. Ejemplo y estímulo para nuestra vida de cristianos a medias, para nuestro querer y no querer, para esta falta de compromiso serio y eficaz de quienes decimos creer.

“Entonces Bernabé lo tomó consigo y lo llevó a los apóstoles; y les refirió cómo en el camino Saulo había visto al Señor, que le había hablado…” (Hch 9, 27) No le creían. Era imposible que aquel terrible perseguidor quisiera ahora vivir entre los cristianos, que fuera verdad que se había convertido. Fue preciso que Bernabé, uno de los predicadores de más categoría, intercediera presentándolo a los mismos Apóstoles. Y a pesar de ello Pablo tendrá que sufrir durante toda su vida el recuerdo, siempre vivo en sus detractores, de sus pecados pasados. Siempre será un sospechoso, una presa fácil para la calumnia y la maledicencia. Y sus enemigos se empeñan en mantener la mala fama de su actuación anterior.

Cierto que es difícil que los hombres cambien. Pero lo que para el hombre es imposible, para Dios no lo es. Por eso el hombre más perverso puede acabar siendo un santo. Y viceversa… Para los que intentan rectificar sus vidas, uno de los obstáculos más difíciles de superar es precisamente la sospecha de los “buenos”, la desconfianza, la duda sobre la rectitud de su conducta.

Señor, danos la humildad suficiente para no juzgar mal a nadie. Para no desconfiar de los que, habiendo sido antes pecadores, ahora quieren dejar de serlo. Que no pongamos zancadillas a los que quieren caminar hacia Dios, persuadidos de tu poder ilimitado para cambiar al hombre y de tu amor incansable por él.

2.- COMO SARMIENTOS VIVOS.- “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador” (Jn 15, 1). Dios conoce muy bien el barro de que estamos hechos, sabe la capacidad limitada de nuestra inteligencia. Por eso utiliza palabras sencillas, metáforas sacadas de la vida ordinaria, imágenes fáciles de entender para todos. En especial para nosotros, meridionales al fin y al cabo, sus referencias al mundo rural y agrícola nos resultan sumamente familiares.

Hoy nos habla de la vid, esa planta tan frecuente en nuestras tierras llanas, de fruto tan rico y cuyo mosto, convertido en vino que, en frase de la Escritura, alegra el corazón del hombre. Jesús nos dice que él es la vid y nosotros los sarmientos. Partiendo de esta realidad mística, el Maestro nos expone una serie de enseñanzas para que las vivamos cada uno de nosotros.

En primer lugar afirma que su Padre es el labrador que poda a todo sarmiento para que dé más fruto. Es lo mismo que en otro pasaje nos dice la Biblia: “El Señor, a quien ama, le reprende, y castiga a todo aquel a quien tiene por hijo”. De ahí se desprende que hemos de ver las contrariedades y sinsabores de la vida con espíritu de fe. Hay que comprender que son una buena ocasión para purificar nuestras almas, para templar nuestro espíritu lo mismo que se templa el hierro con el fuego.

“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí -nos sigue diciendo Jesús-, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. La comparación y la enseñanza que se desprende no pueden ser más claras. El que no vive unido al Señor es un hombre frustrado, incapaz de hacer nada que realmente sirva. La vida de ese hombre pasará como un soplo, como nube que cruza el espacio sin dejar la menor huella. En cambio, el que vive unido a Dios, por medio de la gracia santificante, convierte en algo meritorio y valioso cualquier acción que realice, por nimia que sea. A los ojos del Señor, juez al fin y al cabo de nuestros actos, la vida humana se eleva a divina.

Pero hay más. No se trata sólo de llenar una vida vacía. Se trata también de librarse del fuego que arderá eternamente con los sarmientos secos, con los que, por baldíos, serán arrojados lejos de Dios. Las palabras de Jesús nos ponen en sobre aviso, una vez más, para que no nos llamemos a engaño y tratemos de ser sarmientos vivos y no ramas muertas.

Estamos en la Pascua, período de gozo y de esperanza, época en la que la naturaleza se reviste del esplendor de sus verdes vivos y la policromía de mil flores. Tiempo por otra parte de honrar a María en este mes de mayo que está en su cenit. Vamos, con su ayuda, a llenar nuestra existencia de buenos deseos y de mejores obras, vamos a ser sarmientos muy unidos a la cepa que es Cristo, para dar frutos de vida eterna.

Antonio García-Moreno

Todos los cristianos somos sarmientos de la misma vid

1.- Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Todos los que creemos en Cristo y queremos ser sus discípulos somos sarmientos del mismo Cristo. La pregunta es: si todos somos sarmientos de la misma Vid, ¿por qué entre nosotros hay tantas divisiones? Si todos somos miembros del mismo cuerpo, ¿por qué unos miembros del cuerpo luchan contra otros, en perjuicio del mismo cuerpo? Este relato evangélico del evangelista Juan debe obligarnos a todos los cristianos hacia un ecumenismo cristiano real y efectivo. Ecumenismo religioso no quiere decir que todos los cristianos hagamos nuestros cultos religiosos de la misma manera, en todas las partes del mundo. El culto religioso debe estar siempre adaptado a las costumbres y características de cada lugar en sus formas y en sus ritos. Pero nuestra relación con Cristo en nuestras creencias esenciales y en nuestras relaciones religiosas humanas y personales deben ser siempre unánimes, fraternas y cordiales. Lo ideal es que un católico pueda sentirse a gusto en cualquier celebración cristiana en cualquier sito del mundo donde se esté celebrando la expresión cristiana de su fe. Los frutos que se nos piden a todos son los mismos: el amor mutuo y la expresión concreta de ese amor en nuestras obras y relaciones humanas. Sin Cristo no podemos hacer nada que sea auténticamente cristiano; con Cristo lo podemos hacer todo.

2.- A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Todos necesitamos ser podados por Dios, nuestro Padre, que es el mejor labrador, porque es el que mejor nos conoce y el que más nos quiere. Pero debemos colaborar cada uno de nosotros en la poda, porque Dios actúa siempre a través de medios humanos. Una enfermedad, cualquier disgusto o contratiempo, problemas familiares, las relaciones sociales, políticas y económicas en las que nos vemos diariamente envueltos, una gran alegría personal o familiar, todo puede y debe contribuir a purificar y perfeccionar nuestro espíritu cristiano y nuestra relación viva con la Vid que es Cristo y con Dios nuestro Padre, el Labrador. El principal fruto, naturalmente, son las obras que manan de nuestro amor cristiano al prójimo con el que convivimos y a cualquier prójimo que pueda necesitar nuestra ayuda. Nadie nace tan perfecto que no necesite poda alguna a lo largo de su vida. Todos somos imperfectos mientras vivimos en este mundo, por eso necesitamos estar continuamente podándonos y dejando que Dios nos pode.

3.- Bernabé presentó a Pablo a los apóstoles… y Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Este relato del libro de los Hechos de los Apóstoles no nos dice nada nuevo sobre el Saulo que ya conocíamos: el apóstol de los gentiles. Es interesante resaltar el papel de Bernabé, cuando presenta a Saulo a los apóstoles. Entre los discípulos de Jesús había algunos que no se fiaban nada del Saulo que ellos habían conocido en Jerusalén y en Damasco, antes de que este se convirtiera. Por eso ahora el papel de Bernabé ante los apóstoles fue determinante. También es bueno que nosotros sepamos defender a los que sabemos que ahora son buenos cristianos, aunque antes les hubiéramos conocido como enemigos de nuestra fe. Los que somos cristianos desde que nacimos debemos dar gracias a Dios por todas aquellas personas convertidas al cristianismo. Pablo fue siempre sincero y consecuente con su fe, primero con la fe judía y después de su conversión con la fe cristiana. La fe que profesamos debe ser siempre un verdadero y auténtico motor de nuestro comportamiento. Una fe que no influye eficazmente en nuestro comportamiento no es verdadera fe.

4.- Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. Es bueno comprobar cómo san Juan Evangelista nos insiste en la necesidad de las obras para seguir el mandamiento del Señor: “amaos unos a otros como yo os he amado”. Porque muchas veces, a lo largo de los tiempos, se ha insistido en las frases del evangelista san Juan diciéndonos que “el que cree en el Hijo del Hombre ya está salvado y el que no cree ya está condenado”. También debemos saber que una fe sin obras es una fe muerta, como nos dice el apóstol Santiago. Claro que es Dios el que nos salva, no nuestras obras, porque la salvación excede nuestras solas fuerzas. Pero debemos tener siempre en cuenta que “creer” en Cristo supone querer cumplir sus mandamientos. La verdadera fe exige siempre fidelidad, compromiso, con lo que creemos. El que diga que ama a Cristo y no haga lo posible por cumplir sus mandamientos es un mentiroso. También esto lo dijo san Juan.

Gabriel González del Estal

Ecclesia in Medio Oriente – Benedicto XVI

38. El concepto de Iglesia «católica» contempla la comunión entre lo universal y lo particular. Hay una relación de «mutua interioridad» entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, que identifica y concretiza la catolicidad de la Iglesia. La presencia «del todo en la parte» pone la parte en tensión hacia la universalidad, tensión que se manifiesta, por un lado, en el impulso misionero de cada una de las Iglesias y, por otro, en el aprecio sincero de la bondad de las «otras partes», que incluye el actuar en sintonía y en sinergia con ellas. La Iglesia universal es una realidad antecedente a las Iglesias particulares, que nacen en y por la Iglesia universal[32]. Esta verdad refleja fielmente la doctrina católica y, en particular, la del Concilio Vaticano II[33]. Ella nos introduce en la comprensión de la dimensión «jerárquica» de la comunión eclesial, y permite que la rica y legítima diversidad de las Iglesias particulares se articule siempre en la unidad, como lugar donde los dones particulares se convierten en una auténtica riqueza para la universalidad de la Iglesia. Una renovada y vivida toma de conciencia de estos puntos fundamentales de la eclesiología permitirá redescubrir la especificidad y la riqueza de la identidad «católica» en la tierra de Oriente.


[32] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28 mayo 1992), 9: AAS 85 (1993), 843-844; sobre todo el primer parágrafo, donde se dice: «“La Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares”. No es el resultado de la comunión de las Iglesias, sino que, en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular».

[33] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.