Amigos, no siervos

En este tiempo la liturgia de la Iglesia nos ha presentado un conjunto de relatos de las apariciones de Jesús resucitado. Luego nos ha recordado pasajes evangélicos en los que se da el sentido de la victoria sobre la muerte: el amor.

Como yo los he amado

El capítulo quince de Juan está marcado por la ternura del Señor hacia sus discípulos. Su mensaje es: permaneced en el amor que os tengo, es el mismo que el Padre me tiene a mí (cf. 15, 10 y 12). Esa debe ser la fuente de nuestra alegría (cf. 15, 11). Jesús expresa este mundo de relaciones con una palabra clave: amistad. Ser cristiano es ser amigo del Señor. Amigo, no siervo. El siervo hace las cosas porque recibe una orden, no porque conoce y comulga con las intenciones del amo (cf. 15, 15). Se trata de algo frío y formal. El comportamiento del amigo viene de dentro, la amistad supone comunicación, haber hecho nuestros los objetivos y sentimientos de aquel que apreciamos y amamos.

El calor de la amistad implica un compartir que crea una igualdad y rompe las categorías de dominación y servidumbre. No hay amor sino entre iguales. En la capacidad para hacer de los demás nuestros amigos, se juega nuestra vida cristiana. Si nos aferramos a pretendidas o aparentes superioridades que consideren a los otros como inferiores, no podremos compartir el evangelio con ellos (cf. Hech 10, 26). La solidaridad cristiana no es impersonal. No hay compromiso con los pobres y oprimidos si no hay amistad con ellos. Sólo así permaneceremos en el amor.

Conocer a Dios

El Señor nos dice que nos llama amigos «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (15, 15). Nos ha comunicado las motivaciones profundas de su testimonio. Así nos ha «igualado» con él. Es decir, nos ha hecho saber lo que él sabe, que «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Eso es conocerlo. En la Biblia conocer a Dios significa amarlo. La primera razón para ello es que Dios es amor, él nos eligió, nuestro amor es respuesta a su iniciativa libre y gratuita (cf. 15, 16).

Quien no ama no lo conoce (cf. 1 Jn 4, 8). Ese amor debe dar frutos (cf. 15, 16). El envío del Hijo nos manifiesta el amor del Padre (cf. 1 Jn 4, 9). Ahora comprendemos mejor su mandamiento: «Que os améis unos a otros» (15, 17). Esa es la manera de acoger el amor que Dios nos tiene. Todo el que se compromete con las necesidades y aspiraciones del hermano está cerca de Dios. «Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme, y practica la justicia, sea de la nación que sea» (Hech 10, 35). Vivir la igualdad y practicar la justicia es obra de los amigos de Dios. «En esto consiste el amor» (1 Jn 4, 10).

Gustavo Gutiérrez