El testamento de Jesús

Querido amigo: Hoy tú y yo nos vamos al Cenáculo nuevamente. Jesús se está despidiendo con dolor, con amor, con sentimiento, con tristeza, y les da a sus discípulos las últimas recomendaciones, les da el último discurso que ellos podrán oír de Él en la tierra. Tú y yo, presentes allí, en esta escena, oímos el calor, el sentimiento y las palabras de Jesús; y vemos también cómo los discípulos y cómo nosotros nos quedamos sobrecogidos y admirados y tristes, pero a la vez agradecidos, de las palabras que nos dice Jesús, sus últimas palabras, su testamento. Vamos a escucharlo en el texto de Juan 15, 9-17:

“Como el Padre me amó, así os he amado Yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Estas cosas las he dicho para que mi gozo esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como Yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe qué hace su señor. A vosotros os he llamado amigos porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os elegí y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis unos a otros”.

Bien, querido amigo, Jesús nos ha expresado todo lo que siente y todo lo que tiene en estos momentos su Corazón. Pero yo creo que en este encuentro conviene que oigamos cómo se dirige Jesús a nosotros y a sus discípulos, y noscomenta lo que Él siente: “Mirad —nos dice—, os amo tanto… me da tanta penadejaros, que Yo no puedo irme y quiero estar con vosotros. Pero mirad, os amo como mi Padre me ha amado y para estar con vosotros sólo os digo una cosa: permaneced en mi amor. «Pero ¿cómo?», me diréis. Si guardas mis mandamientos, permaneces en mi amor —nos dirá a cada uno y nos dice a ti y a mí—. Yo he guardado los mandamientos que mi Padre me ha dicho y permanezco en su amor. Y he sido alegre y he sido feliz, y esta alegría os la quiero comunicar, para que vosotros, llenos de esta felicidad, seáis plenos en vuestra vida.

»Mira —te dice a ti y a mí—, éste es mi único mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como Yo os he amado. No quiero nada más. En esto Yo sé que me estáis queriendo, que permanecéis en mi amor, que estáis conmigo. Pero es un amor nuevo, un mandamiento nuevo, porque lleva el matiz de «como Yo os he amado»: hasta la muerte, hasta entregar mi vida. Y nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Vosotros no sois siervos —tú y yo también, nos dice Jesús—, tú no eres siervo, eres mi amigo. Pero mira, eres mi amigo porque Yo te he elegido y Yo os he elegido. Y os he elegido para que viváis en mi amor y vuestra vida dé fruto. Pero no podéis dar fruto si no os amáis unos a otros. No dudéis: amaos unos a otros como Yoos he amado”.

Estas palabras de Jesús, que las oímos en nuestro corazón y que las sentimos también y vemos con qué cariño nos lo dice, calan en nuestro interior y vemos el mucho amor que nos tiene Jesús y el amor que nos deja de su Padre. Y medice: “Yo soy Amor, puramente Amor, totalmente Amor. Mi Padre ha creado el mundopor amor. Tiene providencia y cuidado de cada uno de vosotros por amor. Si juzgo, si veo… si veo lo que haces, te miro con mucho amor, te perdono, porque te amo. Enesto quiero que comprendas que Yo soy el Amor. Y mi amor ha sido tanto que he dado mi vida por ti, y la he dado hasta la muerte. Por esto hoy te digo: sé amor, siembra amor. Donde vayas, siembra amor”.

Querido amigo, ante estas palabras de Jesús entramos en pleno silencio, las oímos de nuevo en nuestro corazón y volvemos a nuestra propia vida con ese sentido que Jesús me ha dicho que nos quiere. Y me pregunto y pienso un poco en cómo yo puedo ser amor y cómo yo puedo amar (en esa apreciación de lo que es el verbo«amar»: amar, que significa estimar, apreciar, aceptar). “Amaos… —este mandamiento nuevo que me da Jesús— …amaos unos a otros”. Y es un mandato. Y ese mandato loquiero cumplir en mi vida. A veces tengo pena del poco amor que tengo ni a Jesús ni a los demás. Tengo un amor vacío y Tú quieres que sea un amor nuevo. Cuántas veces estoy acurrucada bajo el caparazón de mi «yo» y si me miro, mi norte soy yo, mi sur soy yo, mi este soy yo y mi oeste soy yo. Pero cuando Tú me das la gracia de salir de este caparazón, cuando me doy cuenta de lo que Tú me estás queriendo y cómo yoactúo y decido, con tu gracia, salir… todo son ventanas, todo es luz, todo es nuevosrostros: veo el sufrimiento en el otro, veo el dolor, veo la humanidad. No tendré queoír esa queja: “Apartaos de mí porque tuve hambre y no me diste de comer, estuve enfermo, sediento, etc.”

Recuerdo también en Éfeso, cuando San Juan era muy ancianito, y era llevado en una silla a la iglesia y repetía: “Hijitos míos, amaos los unos a los otros”. Cansados de oírle decir siempre el mismo tema, le dijeron: “Maestro, pero ¿por qué dices siempre lo mismo?”. “Porque es lo único que el Señor nos ha dejado. Si se cumple esto, basta”.

Querido amigo, hoy tú y yo nos vamos a cuestionar fuertemente el amor, y vamos a coger ese testamento de ese Jesús bueno que tanto me quiere y vamos a pedirle que nos haga sembradores de amor, instrumentos de amor. Que el entorno, las circunstancias, las oportunidades sean para mí un crecer en el amor. Porque como dicela canción: “Amar es entregarse / pensando en los demás, / buscando lo que a los otros / les da la felicidad”. Y ese coro que repetía: “¡Qué lindo es vivir para amar! /¡Qué lindo es tener para dar! / Dar alegría y felicidad, / darse uno mismo: / eso es amar. / Si amas como a ti mismo / pensando en los demás, / verás que no hay egoísmo / que no puedas superar”. Esa canción de Amar es entregarse resuena hoy en nuestro encuentro.

Y no nos podemos apartar del Cenáculo. Siempre que nos apartamos del Corazón de Dios, del Corazón de Jesús, entramos en un proceso de raciocinio, de pensar. Pero no, yo no me puedo ir de tu Corazón, de ver cómo estás, de lo que sientes; la alegría de darles esta entrega, este testamento; la alegría de que les has dejado la Eucaristía, todo lo que les has dejado. Y me lo ha dejado a mí también. Por eso yo eneste encuentro, contigo ahí, Jesús, después de escucharte… y quedarme muy en silencio… escuchando a ese Jesús que me dice: “Sí, hijo mío, hija mía, amaos… ama,acepta, quiere, enfoca tu vida hacia el amor, sé tolerante, perdona, supera las heridasde los demás, acógete al perdón, ten fruto… Os he elegido para que deis fruto.”

Sí, Jesús, que yo me dé cuenta de esa soledad de los que están a mi lado y que los llene de amor, que los llene de la presencia tuya. Y, Señor, en cada circunstancia, en cada oportunidad, que aproveche todo y que sea un instrumento de amor. Y cuando me veas que me siento tentado a impacientarme, párame; ayúdame a ser paciente. Cuando me sienta tentada a convertirme en una persona desagradable, hosca, seria, sin calor, ayúdame a ser bueno. Cuando me sienta tentada a ponerme con ira, ayúdame a ser tolerante. Y cuando me crea que soy algo más y sea jactanciosa, ayúdame a ver tu gloria y a darte tu gloria. Que no sea egoísta, dame el don de la ternura. Cuando me sienta tentada a ofenderte y a ofender a los demás, ayúdame a darme cuenta y a no ser así. Ayúdame a tener el don del perdón, que yo siempre sepa amar, que sepa quitar el juicio, la crítica; que vea lo bueno, como Tú.

“Amaos…”. Amar es crear lazos, amar es apreciar al otro, amar es estimar alotro sin ninguna excepción. Somos don del amor y el don es para entregarlo. Todo don viene de ti y Tú eres mi único don. “Amaos…”. Que yo ame así y que sepa acoger esetestamento, que lo guarde en mi corazón, que lo selle, que no lo pierda nunca, que lo abra muchas veces y lo vea y lo lea, y que Tú me lo leas y me lo digas. Que te recuerdesiempre… que sólo a ti se te puede encontrar amando. El amor es tan bonito, pero tansutil… Se pierde tan pronto…, se empaña tan pronto…, es tan cristalino…

Querido amigo, tú y yo todas las noches nos tenemos que examinar del amor y no pasar más de unos días sin volver a leer ese testamento del amor de Jesús. Que yo sepa también orar, amar, aceptar, querer, perdonar y llenar todo de la presencia de tu amor. Gracias por este testamento, Jesús. Gracias por todo lo que me estás diciendo en esta Cena.

Me quedo pensando contigo, mirándote, viendo el gran amor que tienes, viendo el exceso de amor que tienes en estos momentos, y cómo no te quieres separar de cada uno de nosotros; y viendo también mi debilidad y lo inútil que soy. Pero soy feliz porque sé que tu amor misericordioso fortalece mi fragilidad. Siempre sabré aprender a amar, caer, levantarme. Pero siempre llevaré en mi corazón, ahí, biencerradito, bien metidito, el tesoro de tu testamento, que sólo dice: “Amaos unos aotros. Quiere como Yo he querido y os quiero hasta dar la vida en cada momento, ydeja tu «yo» para fundirte en el amor de los demás”. Gracias, Jesús, por este bellísimo testamento de amor. Me quedo ahí en silencio, en el Cenáculo de tu Corazón, con todos los discípulos, saboreando, agradeciéndote, pidiéndote fuerza, aprendiendo a convertir la vida en una canción de amor continua. Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

 

II Vísperas – Domingo VI de Pascua

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: AL FIN SERÁ LA PAZ Y LA CORONA

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentar en su gloria. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentar en su gloria. Aleluya.

Ant 2. Habéis renunciado a los ídolos para consagraros al Dios vivo. Aleluya.

Salmo 113 B – HIMNO AL DIOS VERDADERO.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria;
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Habéis renunciado a los ídolos para consagraros al Dios vivo. Aleluya.

Ant 3. Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta «hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies». Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Aleluya

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Aleluya

PRECES

Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exaltó a su derecha, y digámosle:

Haz que participemos, Señor, de la gloria de Cristo.

Padre justo, que por la victoria de la cruz elevaste a Cristo sobre la tierra,
atrae hacia él a todos los hombres.

Por tu Hijo glorificado, envía, Señor, sobre tu Iglesia al Espíritu Santo,
a fin de que tu pueblo sea en medio del mundo signo de la unidad de los hombres.

Conserva en la fe de su bautismo a la nueva prole renacida del agua y del Espíritu Santo,
para que alcance la vida eterna.

Por tu Hijo glorificado, ayuda, Señor, a los que sufren, da la libertad a los presos, la salud a los enfermos
y la abundancia de tus bienes a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A nuestros hermanos difuntos, a quienes mientras vivían en este mundo diste el cuerpo y la sangre de tu Hijo glorioso,
concédeles la gloria de la resurrección en el último día.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con amor ferviente estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Domingo VI de Pascua

En el Evangelio del Domingo pasado, decía Jesús a sus discípulos: “Yo soy la vid y vosotros sois los sarmientos”. Y les recordaba que tan sólo quien permanezca en él dará frutos. En el Evangelio de hoy que no es más que la continuación del mismo discurso, expresa Jesús esa misma preocupación de que sus discípulos den frutos: “Yo os he escogido y establecido a fin de que vayáis, de que deis fruto y ese vuestro fruto permanezca”

La revelación de Jesús sobre la naturaleza de la relación entre él y sus discípulos, ha pasado, no obstante, a otro registro. Ya no se trata simplemente de una relación semejante a la del sarmiento y la cepa, sino más bien de una relación interpersonal de amistad: “Ya no os llamo siervos…os llamo mis amigos” No se trata simplemente de que los lazos afectivos de Jesús con los suyos se hagan más intensos en el momento en que siente que su muerte se acerca. Se trata más bien de una revelación nueva sobre los lasos qe le unen a su Padre y a sus discípulos.

Lo que aquí se nos revela es una cadena de amistad: El Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre como es amado por Él. De igual manera, ama él a sus discípulos como es amado por el Padre y como ama él a su Padre, y así pide a sus discípulos no sólo que le amen a Él y amen a su Padre, sino que se amen mutuamente con ese mismo amor. Cuando nos dejamos encadenar en esa cadena de amistad sin restricción alguna es cuando podemos tener con Dios esa relación de amigo a amigo, a semejanza de Moisés que conversaba con Dios cara a cara como un amigo con su amigo.

Todos, sin excepción alguna, hemos quedado llamados a esta danza del amor, ya que, como le quedó manifestado a Pedro cuando envió a buscar a Cornelio, “Dios no hace acepción de personas”. Nos encontramos aquí con un tema clásico que se repite en toda la Biblia, incluso en el Antiguo Testamento. (Dt 10, 17; 2 Cr 19, 7; Sir 35, 13; Rom 2, 11; Gal 2, 6; Ef 6, 9; Col 3, 25; 1 P 1, 17). Todos somos objeto de la atención paternal de Dios. Y sin en algún caso somos privilegiados, lo somos precisamente cuando más necesitados nos hallamos.

Otro aspecto de la revelación que aquí nos ha hecho Jesús, es la de la relación entre amor y conocimiento. Como lo expresará más adelante el apóstol Juan en la primera de sus cartas: “Dios es amor, y quien no ama no conoce a Dios” Ya en el Antiguo Testamento podemos ver que Dios revela sus secretos y sus proyectos a sus siervos los Profetas. De la misma manera afirma Jesús a sus discípulos que, ya que son sus amigos, les ha revelado cuanto ha llegado a conocer de su Padre. Entre amigos se da la más plena confianza, y no hay secretos.

Por otra parte la amistad de que nos habla Jesús no es una amistad de novela rosa. Es una amistad que tiene sus exigencias. Tras de decir “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, hace Jesús alusión a la cruz añadiendo: “No hay amor más profundo que el de dar la vida por los amigos”. Lo que equivale a decir que nos vemos llamados a amarnos mutuamente hasta el punto de dar la vida los unos por los otros.

Ahí tenemos nuestro modelo, pero también la fuente de nuestra alegría. Precisamente en vísperas de su muerte habla Jesús de su gozo y dice a sus discípulos que les ha revelado todas estas cosas para que también ellos tengan el mismo gozo y queden llenos del mismo. Ojalá podamos, también nosotros hallar la plenitud de nuestro gozo entregándonos enteramente a Dios en una vida de servicio mutuo que acepta todas las exigencias del amor.

A. Veilleux

Cuatro alegrías

Una de las palabras que más veces, y con más fuerza, aparece en el evangelio es el vocablo amor. Jesús estaba sensiblemente obsesionado por inyectar este concepto, y esta actitud, en el corazón de los apóstoles. El amor fue su razón de vivir… y de morir. Comenzó recomendándonos que amásemos al prójimo “como a nosotros mismos”; elevó después el listón de exigencia señalándonos que lo amásemos “como Él nos habla amado”; y concluyó con la apoteosis final afirmando que el culmen del amor residía en “dar la vida” por la persona a la que amamos.

En una ocasión, charlando con un amigo, doctor en Sicología, acerca de la complejidad del ser humano, sintetizó con una claridad meridiana todo aquel fárrago de vivencias, tendencias, aspiraciones, formas de conducta…, con esta frase sencilla: “El ser humano -dijo-, desde que nace y durante toda la vida, para ser feliz, precisa satisfacer fundamentalmente dos necesidades: la de sentirse amado y la de sentirse útil.

Efectivamente, cuando nace un bebé, ya está la madre esperándolo para brindarle su amor. Esa criatura contará con lo necesario para su manutención; sus padres le ofrecerán su corazón y su tiempo y le ayudarán a aprender la asignatura del vivir, le proporcionarán una educación adecuada y lo pondrán en camino hacia cotas más altas; y contemplarán, con la sonrisa en los labios, cómo va creciendo y desarrollánse hasta alcanzar la adolescencia, la juventud, convirtiéndose en un hombre o una mujer de provecho. Y este hombre o mujer, en sus relaciones sociales, encontrará sin duda gente maravillosa con la que amasará amistad y reconocimiento. En definitiva, experimentará la vivencia de ser amado o amada.

Pero el amor posee la mágica condición de la reciprocidad: el reverso de la moneda de ser amado no es otro que amar, es decir, corresponder al afecto recibido; y ello da origen a dos alegrías: la de querer y la de sentirse querido.

Y, sin darnos cuenta, estamos ya en la segunda necesidad que señalaba el sicólogo: la de sentirse útil. El vivir sin hacer nada es tedioso y aburrido y genera la vivencia de la inutilidad. La persona humana se realiza en plenitud solamente cuando experimenta que, de alguna manera, es útil al prójimo, a la sociedad. Y hay tantas necesidades en nuestro mundo, que podríamos formular un listado de problemas, angustias, calamidades, situaciones dramáticas e infrahumanas, injusticias, violencias… Y nos faltaría papel para concluir esa dolorosa letanía… Indudablemente, se nos pide colaboración.

Sugiero que, cada mañana, al estrenar la jornada, podríamos preguntarnos: ¿En qué puedo ser útil hoy para ayudar al prójimo ofreciéndole mis servicios o aliviando sus penas, con el convencimiento de que una palmada en el hombro y una sonrisa son más eficaces que cualquier medicina adquirida en la farmacia? Si comenzamos el día con esta disposición, experimentaremos la satisfacción de haber paliado el dolor de la persona agobiada y de haber hecho brotar semillas de esperanza en quien la había perdido… Nos sentiremos útiles y comprobaremos que nos hemos topado con la tercera alegría… Y por último, la persona beneficiada con nuestra pequeña atención respirará aire fresco de alivio y esperanza que le dará ánimos para seguir viviendo: es la cuarta alegría de la colección.

Nunca hubiera sospechado que daba tanto de sí la maravillosa aventura de amar.

Pedro Mari Zalbide

Domingo VI de Pascua

Lo que más llama la atención, al leer un texto como este, es que Jesús, precisamente cuando se estaba despidiendo de sus discípulos y, por tanto, les estaba diciendo lo último que les tenía que decir, les habla de lo que más le gusta oír a cualquier ser humano. Jesús, en efecto, habla de relaciones humanas, concretamente de amor, de alegría, de amistad. Y si les habla de Dios, ni siquiera menciona ese nombre. Jesús les habla del Padre, que le quiere a él y que les quiere a ellos, les cuida y les dará lo que le pidan.

Pero hay algo más interesante. El criterio de Jesús es que las buenas relaciones humanas son el único medio posible para que sean buenas también nuestras relaciones con lo que llamamos “lo divino”. Da la impresión, oyendo a Jesús, que lo humano y lo divino está todo tan unido, tan mezclado, tan fundido, tan hecho una sola cosa, que no es posible ni pensar que estamos en buena relación con Jesús o con el Padre, si las relaciones entre nosotros los humanos no están claras, ni son limpias, ni transparentes.

Es evidente que Jesús veía la religión de forma muy distinta a como la vemos nosotros. Es más, parece que la religión de Jesús se parecía muy poco a la nuestra. El problema fuerte que hoy tenemos los cristianos no está en que la Iglesia esté en crisis y el laicismo sea cada día más fuerte. El problema está en que nuestra religión ha puesto sus preocupaciones en cosas que ni menciona el Evangelio, mientras que el centro del Evangelio ha quedado desplazado y está a merced de las manías o intereses de cada cual.

José María Castillo

Madre de la Divina gracia

Oración a María

Querida Madre.
Acompáñame todos los días.
Ayúdame a portarme bien
y ser un buen hijo, servicial y atento
para lo que necesiten mis papás.
Quiero ser un buen hermano,
que no discuta ni me pelee tan fácil
por cosas que no son importantes.
Dame una manito en las cosas de la escuela
y ayúdame a tener siempre
una sonrisa para todos los que me rodean.
Ayúdame a vivir haciendo el bien,
como le enseñaste a tu hijo Jesús.
Ayúdame a ser como El y quererle con el alma y la vida.

– Le cuento a la Virgen

MADRE DE LA DIVINA GRACIA. Sólo Dios es la fuente de Gracia, por donde pasa va derramando gracia tras gracia . Aunque sea un grado (así de poquito) de este fabuloso regalo «vale más que todos los universos creados y por crear» Cuándo pienso que a ti María, te LLENO de gracia, me emociono, porque no es que te dio una gran cantidad grandota de gracia, como a otros santos, sino que te puso full, repleta sin que hubiera espacio para un poquito más. Con razón todo el que se acerca a ti se siente feliz y le dan ganas de portarse bien, tu eres la mamá de LA DIVINA GRACIA y te la pasas pidiendo a tu Hijo gracia para nosotros. 

– Le pido por todos

– Dile a Dios que gracias por inventar los sacramentos para regalarnos su gracia.

– Enséñanos a vivir en gracia de Dios o sea portándonos bien. 

– Ayúdanos a recordar y celebrar que el día de nuestro Bautizo nacimos a la Vida de la Gracia. 

– «Ruega por nosotros para que seamos dignos de alcanzar y gozar las promesas y gracias de Dios».

–  Pienso y rezo

Ahora cierro los ojos y el corazón para pensar y rezar un misterio del Rosario que corresponda al día de hoy. 1 Padrenuestro, 10 Avemarías y el gloria.

Ecclesia in Medio Oriente

Los sacerdotes, los diáconos y los seminaristas

45. La ordenación sacerdotal configura al sacerdote con Cristo y le convierte en un estrecho colaborador del patriarca y del obispo, participando de su triple munus[42]. Precisamente por eso, es un servidor de la comunión; y el cumplimiento de esta tarea requiere una relación constante con Cristo y su celo en la caridad y en las obras de misericordia para con todos. Así podrá irradiar la santidad, a la que todos los bautizados están llamados. Educará al Pueblo de Dios a construir la civilización del amor evangélico y la unidad. Para eso, renovará y fortalecerá la vida de los fieles mediante la transmisión sabia de la Palabra de Dios, de la Tradición y de la doctrina de la Iglesia, así como por los sacramentos[43]. Las tradiciones orientales han tenido la intuición de la dirección espiritual. Que los sacerdotes, los diáconos y los consagrados la practiquen ellos mismos y abran con ella a los fieles los caminos de la eternidad.


[42] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, 4-6.

[43] Cf. Mensaje final (22 octubre 2010), 4, 3.

Lectio Divina – 6 de mayo

Lectio: Domingo, 6 Mayo, 2018

El mandamiento de Jesús
Juan 15,9-17

1. Oración inicial

O Padre, tú que eres fuente de vida y nos sorprendes siempre con tus dones, danos la gracia de responder al llamado de tu Hijo Jesús que nos llamó amigos, para que siguiéndoLe a El, nuestro maestro y pastor, aprendamos a observar sus mandamientos, la nueva y definitiva Ley que es El mismo, camino para llegar a ti y permanecer en ti. Por Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro.

2. El texto

Juan 15,9-179 Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. 11 Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado.
12 Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15 No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 16 No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. 17 Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.

3. Lectura

El contexto de estos versículos del Evangelio de Juan contribuye a determinar el tono: nos encontramos ante el largo discurso de Jesús a los discípulos en la última cena, tras haber cumplido aquel gesto que, según el relato de Juan, califica el ministerio de Jesús como amor hasta el fin: lavar los pies a sus discípulos (Jn 13,1-15). Mirando estos intensos capítulos podemos reconocer en ellos un dinamismo que va desde el gesto como tal, el lavatorio de los pies, – un gesto en línea con las obras que Jesús ha realizado como signo que expresa su identidad y que llama a la fe a quien ve y escucha, – al largo discurso dirigido a los discípulos, expresión de despedida pero también indicación de posturas que hay que asumir y realidades que hay que atender, hasta la oración “sacerdotal” de Jesús al Padre (Jn 17), oración que supera los confines del grupo de sus discípulos para dirigirse en beneficio de todos los creyentes de todos los tiempos. Un movimiento ascensional del relato con el enaltecimiento de Jesús sobre la cruz, enaltecimiento percibido y puesto en evidencia por Juan como glorificación salvífica de Jesús y que califica ulteriormente la Pascua como paso del Verbo que desde los hombres vuelve al Padre.

En el discurso de Jesús las frases se subsiguen, se concadenan en un vértigo comunicativo que sin embargo no oprime con su ritmo, no cansa. Cada una de las expresiones es completa e incisiva en sí, y se inserta en el mundo expresivo de Jesús según Juan, en la continuidad de los temas y de los términos preferentemente usados.

En el contexto inmediatamente previo Jesús ha hablado de sí mismo como vid verdadera (Jn 15,1); esta imagen tiene como marco dos relaciones: el Padre es el viñador y los discípulos son los sarmientos. Es una imagen reveladora: antes de ser una exhortación dirigida a sus discípulos, es expresión de un hecho: el Padre cuida de la planta preciosa, de la relación instaurada entre Jesús y los suyos, así como los discípulos viven una realidad de comunión que los califica desde ahora. La exhortación se expresa con las palabras mismas que explicitan la imagen y se centra en el verbo “permanecer”; los discípulos están llamados a permanecer en Jesús así como lo hacen los sarmientos en la vid, para tener vida y dar fruto. El tema de dar fruto, pero también el tema de pedir y obtener que vamos a encontrar en los versículos que comentamos, ha sido anticipado aquí, ofreciéndonos un ejemplo del estilo de Juan, que retoma los temas profundizándolos. Ciertamente en el verso n. 9 en el tono del discurso se percibe un cambio: no hay imágenes, sino la referencia directa a una relación: “Como el Padre me amó, yo también os he amado”. Jesús se pone en medio de un recorrido descendiente que va de Dios a los hombres. El verbo “amar” lo habíamos encontrado ya en el capítulo 14 al hablar de la observancia de los mandamientos; y ahora despunta de nuevo para llevar a una nueva síntesis en nuestro relato allí donde los “mandamientos” dejan paso al “mandamiento” que es el de Jesús: “Esto es lo que os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,17). La relación de reciprocidad se retoma inmediatamente tras un imperativo: “Permaneced en mi amor”; se pasa del verbo “amar” al sustantivo “amor” para indicar que la acción procedente del Padre y que pasa por el Hijo a los hombres ha creado y crea un nuevo estado de cosas, una posibilidad que era impensable hasta ese momento. Y en el verso 10 la reciprocidad se realiza en sentido contrario: la observancia de los mandamientos de Jesús es para los discípulos la manera de responder a su amor, en analogía y en continuidad real con la actitud del Hijo que ha observado los mandamientos del Padre y por esto él también permanece en su amor. Entonces, la perspectiva es muy distinta de aquel legalismo que había monopolizado los conceptos de “ley” y “mandamientos”: Jesús vuelve a colocar todo en su perspectiva más verdadera: una respuesta de amor al amor recibido, el anuncio de la posibilidad de estabilidad en la presencia de Dios. También la frase en el v. 11 se convierte en una salida ulterior de la perspectiva legalista: el fin es el gozo, un gozo, eso sí, de relación; el gozo de Jesús en sus discípulos, su gozo presente en plenitud.

En el v. 12, como ya se ha dicho, el discurso se hace más apremiante: Jesús afirma que sus mandamientos se reducen a uno sólo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”; notamos como la línea relacional sea la misma, siempre en clave de respuesta: los discípulos se amarán como Jesús los ha amado. Pero lo que sigue restablece en términos absolutos el primado del don de Jesús: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida para los amigos” (v. 13). Es ésta la obra insuperable de su amor, una acción que levanta a su nivel más alto el grado de implicación: el don de la vida. De aquí una importante digresión sobre este nuevo nombre dado a los discípulos: “amigos”; un término que se ve ulteriormente circunstanciado en contraposición con otra categoría, la de los “siervos”; la diferencia está en la falta de conocimiento del siervo respecto de los proyectos de su señor: el siervo es llamado a ejecutar y basta. El discurso de Jesús sigue su lógica: justamente porque ha amado a sus discípulos y está a punto de dar la vida por ellos, él les ha revelado el proyecto suyo y de su Padre, lo ha hecho mediante signos y obras, lo hará en su obra más grande, su muerte en la cruz. Una vez más Jesús señala su íntima relación con el Padre: “Os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (v. 15). Y sin embargo, en el corazón de la afirmación de Jesús sobre los discípulos como amigos no se olvida lo que se ha expresado antes: “Sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (v. 14).

Los últimos versículos de nuestro texto vuelven a lanzar la imagen de la vid, con además lo que ha sido afirmado: es Jesús que ha elegido a sus discípulos, no el contrario, la iniciativa sale de él. Sin embargo la imagen se ha dinamizado un poco: al contrario de una vid plantada en tierra, los discípulos están llamados para que vayan y para que en este ir den fruto; el fruto está destinado a permanecer (mismo verbo usado para invitar a permanecer en el amor de Jesús), otra calificación de estabilidad que vuelve a dar equilibrio al dinamismo.

Su identidad de discípulos se fundamenta en la elección hecha por Jesús y presenta un camino que recorrer, un fruto que dar. Entre el pasado de la llamada, el presente de la escucha y el futuro de la fructificación, el cuadro del discípulo parece completo. Sin embargo, hay que arrojar luz sobre Alguien, hay todavía una actitud que proponer. “Dar fruto” puede llevar a los discípulos a un actuar unilateral; la partícula “para que” enlaza el fruto con lo que sigue: pedir y recibir, experimentar la indigencia y el don dado con abundancia (“todo lo que pediréis”) y gratuitamente. Aquel Alguien que Jesús revela es el Padre, fuente del amor y de la misión del Hijo, el Padre al cual es posible dirigirse en nombre del Hijo ya que hemos permanecido en su amor. Y la conclusión se plantea de manera solemne y lapidaria: “Esto os mando: que os améis unos a otros”.

4. Meditación

Las palabras de Jesús poco antes de su glorificación indican a la Iglesia el sentido del seguimiento y sus exigencias. Son palabras fuertes, que reflejan la gloria de Aquel que se entregará y dará su vida, libremente, para la salvación del mundo (cfr. Jv 10,17-18); pero al mismo tiempo son palabras íntimas, y por esto mismo sencillas, esenciales, cercanas, concadenadas, típicas de un discurso de despedida donde la repetición se convierte en llamada apremiante. Ser discípulos de Cristo es ante todo un don: es El que ha elegido a los suyos, es El que les ha revelado su misión y está revelando el gran “trasfondo” del proyecto de salvación: el querer del Padre, el amor entre el Padre y el Hijo que ahora se comunica a los hombres. Los discípulos ahora conocen, a diferencia del pasado de los primeros pasos de la historia de salvación y del presente de los que se han encerrado en si mismos optando por no comprender el valor de las obras realizadas por el Hijo por voluntad del Padre; este conocimiento pide e pedirá opciones coherentes para no quedarse en una pretensión vacía y estéril (cfr. 1Jn 4,8.20). “Permanecer” en el amor de Jesús y observar sus “mandamientos” es ante todo una revelación, el don de una suprema posibilidad que libera al hombre de la condición servil respecto de Dios mismo para ponerlo en una nueva relación con El, marcada por la reciprocidad, la relación típica de la amistad. “Permanecer en su amor” es lo que los Sinópticos llamarían el reino de Dios”, nueva situación en la historia antes herida por el pecado y ahora liberada.

En la cultura hebrea la observancia de los mandamientos iba unida a unos preceptos que iban hasta los más nimios particulares; todo esto tenía y tiene su valor, testimoniando así el esfuerzo de fidelidad a Dios de parte de los israelitas, llenos de celo; el riesgo, común a todas las realidades humanas, era el de perder de vista la iniciativa de Dios enfatizando la respuesta humana. En el evangelio de Juan Jesús restaura y por lo tanto renueva el campo semántico de la “ley” y de los “mandamientos” con el concepto de “permanecer”. Renueva y personaliza, ya que anuncia y muestra el amor del Padre dando su vida para salvar el mundo; es amor que revela la calidad no en abstracto, sino en el rostro concreto y cercano de Cristo que ama “hasta el fin” y vive en primera persona el amor más grande. Más de una vez Jesús ha descrito su relación con el Padre; el hecho que el se ponga bajo la señal de la obediencia al Padre califica la obediencia misma; no es la obediencia de un siervo, sino la del Hijo; es la obra que realizar, los “mandamientos de mi Padre”, no son algo exterior a Jesús, sino lo que El conoce y desea con todo su ser. El Verbo, que estaba con el Padre, está siempre con él haciendo lo que le complace en una comunión de operatividad que engendra vida. Y es justamente esto que Jesús pide a sus discípulos, teniendo en cuenta que aquel “como el Padre me amó… como yo os he amado” no queda a nivel de ejemplo, sino que se pone a nivel generativo, originario: es el amor del Padre la fuente de amor expresado por el Hijo, es el amor del Hijo la fuente de amor que los discípulos podrán dar al mundo.

Conocimiento y praxis están pues íntimamente enlazados en perspectiva del “Evangelio espiritual”, así como ha sido definido el Evangelio de Juan desde los tiempos de los Padres de la Iglesia. La fe misma, cuando es auténtica, no soporta dicotomías ante la vida.

Los discípulos aparecen en estos versículos como objeto del amor entrañable de su maestro; él no los olvidará ni siquiera al acercarse de la prueba, cuando rezará al Padre por ellos y “por todos aquellos que por su palabra creerán…” (Jn 17,20). En el horizonte de la escucha, de la acogida y del compromiso está su gozo, que es el mismo que el del maestro. Es El quien los ha elegido, con los criterios que sólo Dios conoce, una elección que recuerda la opción de Israel, el más pequeño de todos los pueblos. Es Jesús quien los ha constituido, instruido, fortalecido. Todo esto asume un significado todavía más intenso si leído a la luz de Pascua y de Pentecostés. Parece una paradoja, pero es justamente a esto a lo que están llamados: ser firmes/permanecer, y sin embargo ir. Firmeza y dinamismo cuya fuente sigue siendo el misterio de Dios, por el cual el Verbo estaba con el Padre, y sin embargo puso su morada entre nosotros (cfr. Jn 1,2.14).

Ser constituidos en esta solidez, ir y dar fruto define así el cometido de los discípulos después de la Pascua del Señor Jesús. Pero todo esto lo tenemos en los versículos unido a la invitación a pedir al Padre, en nombre de Jesús. Del Padre, en Cristo y con la fuerza del Consolador se espera, pues, la gracia para amar y, amando, testimoniar.

5. Oración

Del texto emergen algunos elementos que pueden renovar nuestro estile de oración:
– una oración que sea realmente “trinitaria”, no solamente en el sentido de conciencia o expresión, sino que también en el sentido de la dinámica inherente a la oración misma;
– la exigencia de unidad entre oración y vida; la oración como reflejo, expresión y verificación de la vida de fe;
– el gozo que tiene que acompañar la actitud de la oración;
– la valoración de todo lo que es humano (conciencia de la relación, gusto de la oración, experiencia de gozo, percepción de unión con Dios), pero también el saber relativizar en la perspectiva de que todo es don.

Salmo 119,129-136

Tus dictámenes son maravillas,
por eso los guarda mi alma.
Al manifestarse, tus palabras iluminan,
dando inteligencia a los sencillos.
Abro bien mi boca y hondo aspiro,
que estoy ansioso de tus mandatos.
Vuélvete a mí y tenme piedad,
como es justo con los que aman tu nombre.
Afirma mis pasos en tu promesa,
que no me domine ningún mal.
Rescátame de la opresión humana,
y yo tus ordenanzas guardaré.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
y enséñame tus preceptos.
Ríos de lágrimas vierten mis ojos,
porque no se guarda tu ley.

6. Contemplación

La Palabra de Dios nos llama a reiterar en el corazón y con hechos la novedad de nuestro ser discípulos del Hijo. Los cuatro aspectos de relación con Dios, de lectura de la realidad, de compromiso en la realidad y de atención a la vida de la Iglesia serían como semillas de contemplación, ya que raíz de actitudes y de posibles opciones.
Relación con Dios: crecer en la conciencia de estar insertos en la relación trinitaria: somos pensados, queridos, dados, salvados entre el Padre y el Hijo en el Espíritu; plantear siempre nuestras acciones como respuesta al amor de Dios que nos amó primero.
Lectura de la realidad: reconocer el reflejo en lo privado de parte de personas e instituciones, así como el acatamiento del concepto de “amor” tanto en su interpretación materialista como también en huidas espiritualistas. Percatarse, por otro lado, de las expectativas de relación gratuita y liberadora, así como de las experiencias de don auténtico que quedan en la sombra en la mayoría de las veces.
Compromiso con la realidad: dar la vida (en todas sus formas) como expresión concreta y que da valor al amor; la importancia de nuevas comunicaciones de experiencias y de sabiduría, fruto del testimonio del Evangelio en el mundo que Dios quiere salvar.
La vida de la Iglesia como vida de relación en relación; percibir la Iglesia no sólo como imagen de la Trinidad, sino “dentro” de la Trinidad misma. Recuperar el sentido de la libertad y del gozo en la comunidad de los creyentes.

7. Oración final

Señor Jesucristo, te damos gracias por el amor con que has instruido y sigue instruyendo a tus discípulos. Alabado seas, Señor, vencedor del pecado y de la muerte, porque te has entregado totalmente, implicando también tu infinita relación con el Padre en el Espíritu. Tú nos has puesto esta relación delante y nosotros corremos el riesgo de no comprenderla, de achatarla, de olvidarla. Nos has hablado de ella para que comprendiéramos ese gran amor que nos ha engendrado. Haz, Señor, que permanezcamos en ti como los sarmientos a la vid que los sostiene y los alimenta y que por ello dan fruto. Danos, Señor, una mirada de fe y de esperanza que sepa pasar de las palabras, de los deseos a lo concreto de las obras, a tu imagen, Tú que nos amaste hasta el fin, dándonos tu vida para que tuviéramos vida en ti. Tú que vives y reinas con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Un mundo confortable

Salto del obstáculo

El cura, alguna vez, es habilísimo para esquivar o incluso saltar los obstáculos (podría ir a las olimpiadas; dada la moda, y vistos curas y frailes juguetones y monjas alegres participar en una ridícula competición canora televisiva, en la que pretendían hacer reír y que les hacía simplemente ridículos, se llegará también a esto).

El domingo, por ejemplo, había una frase un poco indigesta puesta en labios de Jesús: «El mundo los ha odiado porque no son del mundo». No sabría decir si el predicador ha evitado el obstáculo (le haya «rechazado», como hacen algunos caballos en las competiciones hípicas), o ha volado por encima haciéndose el loco.

Yo, sin embargo, he ido a dar contra él. E inmediatamente han surgido las preguntas.

¿Hay que preocuparse cuando el mundo nos odia, o más bien cuando nos mima, nos halaga?

¿Es mejor que seamos respetados, reverenciados, o es mejor que sea tomado en serio el evangelio?

Jesús declara: «Yo les he dado tu palabra…». ¿No sucede a veces que el mundo nos cubre de honores para que tengamos escondida o incluso perdida su palabra?

¿Es peor ser perseguidos o ser dejados de lado, ignorados?

¿Constituye un signo tranquilizador y positivo ser temidos por nuestra fuerza y nuestro número, o no es más bien un síntoma alarmante de nuestra debilidad?

¿Debemos estar en el mundo como realidad decorativa, o es necesario reencontrar la capacidad ser signo de contradicción, elemento de contrariedad, factor desestabilización?

¿Es todavía posible hacer sonar las alarmas cuando se dé caso (y se da cada vez con más frecuencia), si nos dejamos adormecer por la música de moda?

¿Acaso no existe el riesgo de hacernos aceptar por motivos equivocados? Nosotros somos acogidos con todos los respetos., pero el evangelio se queda a la puerta, o se deja en el guardaropa, junto con el abrigo…

¿Ciertos triunfos que se celebran, con aparato militar y de; files de autoridades políticas, importan a Cristo o no tiene nada que ver con él? ¿promueven la gloria de Dios o estimula la ambición humana?
 

¿Sacarlos del mundo? Ni pensarlo…

«No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal…». Rezaba mentalmente: «Señor, si los retirases de verdad del mundo, para ellos no sería una liberación, o una gracia, sino una desgracia. En el mundo se han instalado óptimamente. Porque, además, han descubierto una manera sutil de estar en él: por una parte se condena el mundo, se deplora la sociedad desgraciada en que les ha tocado vivir, y por otra gozan de él desenvueltamente y reivindican todos los privilegios y las comodidades ofrecidas por el mundo.

Se combate, con las palabras, contra la mentalidad dominante, pero al mismo tiempo se absorbe esa mentalidad (baste pensar en cierto mercantilismo, en la manía de aparecer, en la anexión y reclutamiento de divos del espectáculo, en la búsqueda convulsiva del consenso superficial, en el culto de la fachada, en la alergia a la crítica, en la asfixia de las voces discordantes).

En una palabra, dicen que están en el mundo, pero que no son del mundo. En realidad, a la hora de la verdad, esta distinción es más bien dudosa y la línea de confín postiza y confusa».

Caigo en la cuenta de que he hablado de los demás, como si yo estuviese inmune de esos peligros y contaminaciones denunciadas. Pero no es así. También yo encuentro muy difícil alcanzar ese equilibrio, y no siempre lo consigo. Existe el riesgo de una separación radical, de un replegarse sobre sí mismos (o en el propio cenáculo), preocupándose menos de la función de levadura, sal, luz, fuerza transformante dentro de la sociedad. Pero existe también el peligro opuesto de dejarse absorber por la masa. Para evitar ser unos fugitivos, unos emboscados, se termina por convertirse en integrados.

Es difícil permanecer dentro del mundo, tomando al mismo tiempo las distancias. Desempeñar una función crítica, sin perder los contactos. Ser elemento de disenso, sin interrumpir el diálogo. Condenar, pero también comprender. Oponerse con el no, pero con cuidado para dejar una puerta abierta, o al menos entreabierta. Ser intransigentes en los principios, sin por eso hacerse intolerantes. Luchar por la causa de la verdad, respetando a las personas. Tener celo, pero sin transformarlo en fanatismo.

O también ser tolerantes sin aparecer condescendientes, permisivos, cómplices del mal. Intentar entender las razones y las situaciones ajenas, sin bajar a compromisos.

Es difícil «amarse los unos a los otros» dentro de la comunidad (¡lo que no siempre sucede!). Y, al mismo tiempo, sentirse a disgusto por los que faltan.

Echar suertes

A propósito de comunidad. Siempre me ha intrigado mucho la escena de la elección de Matías como sustituto de Judas. La elección no debe haber sido fácil, porque, además, al otro candidato se le «apellidaba», significativamente, «Justo».

Al final, para resolver el asunto, se echaron suertes, pero después de haber rezado debidamente, y después de que los dos nombres habían sido propuestos por una asamblea de ciento veinte personas.

Hoy se ha abandonado ese método, aunque parece que en los primeros tiempos funcionaba muy bien.

Nuestro párroco, cuando se tocan ciertos temas delicados sobre determinados nombramientos y los relativos criterios de elección, se adelanta afirmando resueltamente que «la Iglesia no es una democracia». A veces precisa que es un misterio (y alguno, interpretándolo mal, sonríe maliciosamente).

De acuerdo. Pero defiendo también que la Iglesia no puede reducirse a ser el lugar en donde se invita simplemente a los fieles a rezar para que el Espíritu santo ilumine a los que están acostumbrados a tomar las decisiones.., en otra parte, sin tener en cuenta, no digo los gustos, sino al menos las propuestas de una comunidad.

¿Es de verdad absurdo pretender que haya una ligazón más estrecha entre los que rezan y el que decide? ¿es excesivo esperar que, además de exigir obediencia, se pidan también sugerencias (y, sobre todo, que se les tenga en cuenta)?

Si he de decir toda la verdad, yo me sentiría mucho más tranquilo si se «echasen suertes» (en las circunstancias descritas en el libro de los Hechos) que no viendo ciertas maniobras y cálculos demasiado visibles en algunas elecciones que afectan a todos.

A. Pronzato

Un amor como el suyo

Hace unas semanas, nos conmocionaba y admiraba la noticia del gendarme francés que fue asesinado tras intercambiarse por la mujer que un terrorista mantenía como rehén. En el homenaje que se le tributó, se ensalzó su valentía y su compromiso como miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Pero a raíz de su asesinato se conoció también su historia personal, que hizo comprender mejor el gesto de su entrega: el agente había nacido en una familia poco religiosa, pero a los 33 años vivió un proceso de conversión: recibió la primera Eucaristía y la Confirmación tras un proceso de catecumenado, y él y su esposa, casados civilmente, estaban preparando la celebración del Sacramento del Matrimonio. Como dijo un monje amigo suyo, para él ser policía significaba proteger; y sabía que, como dice Jesús, nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Por eso sólo una fe cristiana animada por el amor podía pedirle el sacrificio sobrehumano de entregar su vida para salvar a otros.

En el Evangelio de hoy hemos escuchado esas mismas palabras de Jesús, en uno de los pasajes más bellos del Evangelio. Jesús abre su corazón a sus discípulos: como el Padre me ha amado, así os he amado yo… Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos… Y les indica qué espera de ellos ahora que pronto dejará de estar físicamente a su lado: permaneced en mi amor… os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto…

Estamos en el sexto domingo de Pascua; estamos llegando al final de este tiempo litúrgico, que es el verdadero “tiempo fuerte” para un cristiano. Y en la oración colecta hemos pedido que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras. Hemos oído muchas veces que ser cristiano no consiste en “creer” intelectualmente una serie de verdades y en “cumplir” una serie de preceptos: ser cristiano ha de transformarnos interiormente y se nos tiene que notar externamente, tenemos que “dar fruto”, como nos pide el Señor.

El comienzo y el motor de esa transformación interior no es un acto de la propia voluntad ni un empeño personal: es, o debería ser, nuestra respuesta de amor al Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Y ese Amor es posible para cualquiera que se acerque a Cristo porque como hemos escuchado en la 2ª lectura: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo… Podemos amar porque previamente Dios nos ha amado.

Por eso, Jesús no pide solamente que os améis unos a otros, ya que esto sería una exigencia difícil de cumplir y estaría limitada a unas cuantas personas de nuestro entorno; Jesús añade: como yo os he amado. Nuestro modelo de amor es el propio Jesús, que nos ha amado hasta el extremo, y para ser de verdad cristianos debemos amar como Él. Y entonces descubriremos, en primer lugar, la necesidad de “permanecer en su amor”, como el sarmiento permanece unido a la vid (domingo pasado), y la necesidad de ser sus amigos, y no unos simples siervos que “cumplen lo mandado”.

Y en segundo lugar descubriremos la necesidad de manifestar ese amor más grande con nuestros actos de amor y entrega generosa, “dando la vida” poco a poco o, como hemos visto, totalmente.

El amor, en sus múltiples formas y concreciones, es el camino para que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras. El amor nos hace permanecer unidos a Cristo y por eso nos hace capaces de cumplir su mandamiento, como hemos escuchado en la 2ª lectura: Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… porque Dios es amor. Las obras de amor serán la manifestación de nuestra fe.

¿Conozco, o he realizado, algún acto de amor más allá de lo humanamente esperable? ¿La Pascua está transformando mi vida y se manifiesta en mis obras? ¿Vivo el ser cristiano como respuesta de amor al amor que Dios nos ha manifestado en Cristo? ¿Procuro que mi amor sea como el suyo?

Aprovechemos los medios y ocasiones para cuidar nuestra amistad con Cristo y permanecer unidos a su amor: la oración, la Eucaristía, la Reconciliación, la formación… Él hará brotar en nosotros un amor entregado como el suyo que manifestará que conocemos a Dios, porque Dios es amor.