Vísperas – Lunes VI de Pascua

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: CANTARÁN, LLORARÁN RAZAS Y HOMBRES

Cantarán, llorarán razas y hombres,
buscarán la esperanza en el dolor,
el secreto de vida es ya presente:
resucitó el Señor.

Dejarán de llorar los que lloraban,
brillará en su mirar la luz del sol,
ya la causa del hombre está ganada:
resucitó el Señor.

Volverán entre cánticos alegres
los que fueron llorando a su labor,
traerán en sus brazos la cosecha:
resucitó el Señor.

Cantarán a Dios Padre eternamente
la alabanza de gracias por su don,
en Jesús ha brillado su Amor santo:
resucitó el Señor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

Salmo 44 I – LAS NUPCIAS DEL REY.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

Ant 2. Dichosos los invitados a la cena del Señor. Aleluya.

Salmo 44 II

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los invitados a la cena del Señor. Aleluya.

Ant 3. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Él es ministro del santuario y de la verdadera Tienda de Reunión, que fue fabricada por el Señor y no por hombre alguno. Todo sumo sacerdote es instituido para ofrecer oblaciones y sacrificios.

RESPONSORIO BREVE

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

V. Al ver al Señor.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Espíritu de verdad, que procede del Padre, él mismo declarará en mi favor; y también vosotros seréis testigos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Espíritu de verdad, que procede del Padre, él mismo declarará en mi favor; y también vosotros seréis testigos. Aleluya.

PRECES

Llenos de gozo, oremos a Cristo, el Señor, que con su resurrección ha iluminado al mundo entero, y digámosle:

Cristo, vida nuestra, escúchanos.

Señor Jesús, que te hiciste compañero de camino de los discípulos que dudaban de ti,
acompaña también a tu Iglesia peregrina entre las dificultades e incertidumbres de esta vida.

No permitas que tus fieles sean tardos y necios para creer,
y aumenta su fe para que te proclamen vencedor de la muerte.

Mira, Señor, con bondad a cuantos no te reconocieron en su camino,
y manifiéstate a ellos para que te confiesen como salvador suyo.

Tú que por la cruz reconciliaste a todos los hombres, uniéndolos, en tu cuerpo,
concede la paz y la unidad a las naciones.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres el juez de vivos y muertos,
otorga a los difuntos que creyeron en ti la remisión de todas sus culpas.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 7 de mayo

Lectio: Lunes, 7 Mayo, 2018
Tiempo de Pascua
 
1) Oración inicial
Te pedimos, Señor de misericordia que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor.
 
2) Lectura
Del Evangelio según Juan 15,26-16,4
Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
 
3) Reflexión
• En los capítulos de 15 a 17 del Evangelio de Juan, el horizonte se amplía más allá del momento histórico de la Cena. Jesús reza al Padre “no ruego solamente por ellos sino por todos aquellos que por su palabra creerán en mí” (Jn 17,20). En estos capítulos, es constante la alusión a la acción del Espíritu en la vida de las comunidades después de Pascua.
• Juan 15,26-27: La acción del Espíritu Santo en la vida de las comunidades. La primera cosa que el Espíritu hace es dar testimonio de Jesús: “El dará testimonio de mí”. El Espíritu no es un ser espiritual sin definición. ¡No! El es el Espíritu de la verdad que viene del Padre, y que será enviado por el mismo y nos introducirá en la verdad plena (Jn 16,13). La verdad plena es Jesús mismo: “¡Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida!” (Jn 14,6). Al final del siglo primero, había algunos cristianos tan fascinados por la acción del Espíritu que habían dejado de mirarle a Jesús. Afirmaban que ahora, después de la resurrección, no precisaban fijarse en Jesús de Nazaret, aquel “que vino en la carne”. Se alejaron de Jesús y se quedaron solamente con el Espíritu, diciendo: “¡Anatema sea Jesús!” (1Cor 12,3). El Evangelio de Juan toma posición y no permite separar la acción del Espíritu de la memoria de Jesús de Nazaret. Al Espíritu Santo no le podemos aislar como una grandeza independiente, separada del misterio de la encarnación. El Espíritu Santo está inseparablemente unido al Padre y a Jesús. Es el Espíritu de Jesús que el Padre nos envía, aquel mismo Espíritu que Jesús nos conquistó por su muerte y resurrección. Y nosotros, al recibir este Espíritu en el bautismo, debemos ser la prolongación de Jesús: “¡Y vosotros también daréis testimonio!” No podemos olvidar nunca que fue precisamente la víspera de su muerte cuando Jesús nos prometió el Espíritu. Fue en el momento en que él se entregaba por los hermanos. Hoy en día, el movimiento carismático insiste en la acción del Espíritu de Jesús de Nazaret que, por amor a los pobres y a los marginados, fue perseguido, preso y condenado a muerte y que, por esto mismo, nos prometió su Espíritu para que nosotros, después de su muerte continuásemos su acción y fuésemos para la humanidad la misma revelación del amor del Padre por los pobres y oprimidos.
• Juan 16,1-2: No tener miedo. El evangelio advierte que ser fiel a este Jesús va a traer dificultades. Los discípulos serán expulsados de la sinagoga. Serán condenados a muerte. Les acontecerá lo mismo que a Jesús. Por esto mismo, al final del siglo primero, había personas que, para evitar la persecución, diluían el mensaje de Jesús trasformándolo en un mensaje gnóstico, vago, sin definición, que no contrastaba con la ideología del imperio. A éstos se aplica lo que Pablo decía: “No quieren ser perseguidos por la cruz de Cristo” (Gál 6,12). Y Juan mismo en su carta dirá respecto a ellos: “Hay muchos impostores por el mundo, que no quieren reconocer que Jesucristo vino en la carne (se hizo hombre). Quien así procede es impostor y Anticristo” (2 Jn 1,7). La misma preocupación aflora en la exigencia de Tomás: “No creeré sino cuando vea la marca de los clavos en sus manos, meta mis dedos en el lugar de los clavos y palpe la herida del costado.” (Jn 20,25) El Cristo resucitado que nos prometió el don del Espíritu es Jesús de Nazaret que continúa hasta hoy con las marcas de la tortura y de la cruz en su cuerpo resucitado.
• Juan 16,3-4: No saben lo que hacen. Todo esto acontece “porque no han conocido ni al Padre ni a mí”. Estas personas no tienen una imagen correcta de Dios. Tienen una imagen vaga de Dios en su cabeza y en su corazón. Su Dios no es el Padre de Jesucristo que congrega a todos en la unidad y en la fraternidad. En el fondo, es el mismo motivo que llevó a decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Jesús fue condenado por las autoridades religiosas porque, según su manera de pensar, él tenía una falsa imagen de Dios. En las palabras de Jesús no afloran ni odio ni venganza, sino compasión: son hermanos ignorantes que no saben nada de nuestro Padre.
 
4) Para la reflexión personal
• El misterio de la Trinidad está presente en las afirmaciones de Jesús, no como una verdad teórica, sino como expresión del compromiso del cristiano con la misión de Jesús. ¿Cómo vivo en mi vida este misterio central de nuestra fe?
• ¿Cómo vivo la acción del Espíritu en mi vida?
 
5) Oración final
¡Cantad a Yahvé un cántico nuevo:
su alabanza en la asamblea de sus fieles!
¡Regocíjese Israel en su Hacedor,
alégrense en su rey los de Sión! (Sal 149,1-2)

Subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso

La realidad de la Ascensión de Cristo es tan importante que el Credo de la Iglesia contiene esta afirmación, en las palabras del Credo de los Apóstoles, que “Subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso; De allí vendrá a juzgar a los vivos ya los muertos”. Negar la Ascensión de Nuestro Señor es tan grave como la negación misma de la Resurrección de Cristo.

La Ascensión corporal de Cristo prefigura nuestra entrada al cielo, no simplemente como almas después de nuestra muerte, sino como cuerpos glorificados, después de la resurrección en el Juicio Final.

En la humanidad redentora, Cristo no sólo ofreció la salvación a nuestras almas sino que comenzó la restauración del mundo material mismo a la gloria que Dios quiso antes de la caída de Adán.

“Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hechos 1, 1-1)

“Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas” (Salmos 46, 2-3.6-7.8-9)

“…Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos” (Efesios 1, 17-23)

“Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Marcos 16, 15-26)

Jesús subió al lugar de donde no se había ido. ¿Cuándo había dejado de estar a la derecha de Dios Padre, a su lado, cara a cara con Él?

Entonces, ¿para qué este trayecto? La carne tiene el mismo peso que la tierra y cuando el Hijo de Dios eterno tomó la carne humana, tomó también su peso.

Apareció una novedad inaudita: lo celeste y lo terreno convivían en comunión en la persona de Jesucristo, no por una originalidad ocurrente, sino con una misión: que toda carne recibiera altura de cielo; es decir que toda persona humana y con ella toda la creación se hiciera de Dios y recibiera inmortalidad y gloria eternas.

Para ello este recorrido: del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, sin que haya jamás dejado de estar en el cielo y nunca se vaya ausentar de la tierra.

La fiesta de la Ascensión del Señor celebra que la humanidad resucitada del Hijo, tras cuarenta días en la tierra con sus discípulos, llega a su gloria, culminando su misión junto al Padre.

Llega al lugar para el que había sido creada la humanidad del Hijo, por medio de la cual ha sido creado todo. Y todo lo creado ha de ser llevado hasta donde está el Hijo para arrimarse, por Él, a Dios Padre.

La Ascensión del Señor permite dos cosas:

1.- Que los discípulos de Jesús asuman sus responsabilidades desde el conocimiento y la vivencia de todo lo que el Maestro ha revelado sobre el Padre. La presencia de Jesús aún entre nosotros como tras su resurrección habría interrumpido la asunción de nuestra misión y tareas.

2.- En segundo lugar que Él prepara el sitio hacia el que los hijos de Dios avanzamos. Está donde tendremos que estar nosotros y desde allí tira de nosotros para que progresemos y consuma en nosotros aquello para lo que nos hizo Dios: participar de su gloria.

Esta ascensión no es una despreocupación de la tierra; al contrario, que se eleve Jesucristo a las alturas es el ejercicio necesario para que ascienda todo un poco con Él y trabajar allí para que finalmente todo sea elevación, sin que pierda el peso de lo creado.

El pasaje del evangelio de san Marcos que narra este acontecimiento se inicia con un mandato de Jesús que hace alusión precisamente a ese trayecto hacia el cielo: “Id”. La buena noticia ha de ir sostenida por los pies de los discípulos de Señor.

Solo quien haya tenido experiencia de Cristo resucitado está acreditado a ser pies y vocero de esta alegría del “Dios con nosotros”.

Sobre pies humanos se camina a paso humano, pero aligerado y robustecido por el Espíritu Santo. No para que llegue a muchos ni para muchísimos, sino a “toda la creación”.

Tenemos que caminar en todas las direcciones, y cada uno sobre la parcela que Dios le pide hollar, sin frustración por llegar a poco, sin pereza para no andar lo que se exige.

A fin de cuentas los pasos humanos avanzan a impulsos de tramos pequeños, pero son pies ungidos por Dios para la misión donde ya está Él presente.

Y les envía cuando en los versículos precedentes (no aparecen en el fragmento de hoy) les ha reprochado su falta de fe por no creer en los testigos de su resurrección.

Por una parte nos avisa de lo importante que es creer a quienes testimonian a Jesús resucitado y a no dar crédito a los que dicen haberlo visto muerto en el sepulcro.

Por otra parte, a pesar de esta incredulidad, se fía de estos “Once” hasta el punto que les encomienda la misión tan importante de continuar con su labor para dar a conocer el amor misericordioso de Dios y su justicia, para que conociéndolo crean en Él y se salven.

Habla también de unos signos que acompañarán a los que crean que hacen referencia a la facilitación de la misión por el Espíritu (expulsar demonios en nombre de Jesús y hablar lenguas nuevas), una especial protección y la capacitación para la salud.

Sube al cielo, a la derecha de Dios Padre, y no deja a sus discípulos solitarios. Desde allí estará tirando de los suyos y del mundo para que progresen en ascenso, cooperando para confirmar la palabra “con las señales que los acompañan”, y enviando el Espíritu Santo, que será el compañero imprescindible para dar acometer esta misión y dar fruto.

Los sentimientos de María

Reflexión:

Todos tenemos un plan marcado por Dios, para llevarlo a feliz cumplimiento.

María, pensaría para sus adentros que Dios, estaba loco. Que aquello era irrealizable. Pero, Ella, se fió.

A simple vista no estaba preparada, pero por delante, le quedaba toda una vida para llevar a cabo dos proyectos pensados para Ella: ser Madre de Dios y Madre de Cristo.

María no se dejó llevar por sus sentimientos. Se fió de Dios. Se puso a su disposición y, sobre todo, creyó en su Palabra.

María quiso, libremente por la fe, engancharse al tren de Dios y, con sus sentimientos de gratitud, de emoción y de alegría, encarriló con más entusiasmo todavía lo que Dios le anunció por el Angel.

¿Qué puede en nosotros? ¿La fe o los simples sentimientos?

¿Nos dejamos llevar, como María, por el tren de la gracia de Dios?

¿Qué es más fuerte? ¿Dios o los interrogantes que nos asedian?

Una flor, muy singular, podemos ofrecer en estas horas a María: que prevalezca Dios sobre nuestros sentimientos de decepción o deserción.

ORACIÓN

DAME, TUS SENTIMIENTOS, MARIA
Para que mi fe, sea más fuerte que mis pensamientos
Para que mis dudas, no se impongan a la fe
Para que mi fuerza, no se resista a la invitación de Dios
DAME, TUS SENTIMIENTOS, MARIA
Para que no me conforme con los mínimos
Para que no me embargue el pesimismo
Para que, lejos de decir “no” siempre diga “sí.
DAME, TUS SENTIMIENTOS, MARIA
Para que, la alegría, me anime en el seguimiento a Jesús
Para que, la esperanza, me ayude a seguir hacia adelante
Para que, la gratitud, sea consecuencia de dejarme llevar por Dios
¿Cómo lo hiciste, María?
¿Cómo pudo más Dios que la debilidad para responderle?
¿Cómo venció el ángel y no tus dudas?
Sólo, María, la fe y la esperanza
te hicieron dejar, en segundo plano,
los sentimientos de temor o de temblor
que asomaron en un primero momento.

Rezamos un Ave María

Ecclesia in Medio Oriente

46. El testimonio de comunión exige, además, una formación teológica y una sólida espiritualidad, que requiere una renovación intelectual y espiritual permanente. Corresponde a los obispos proporcionar a los sacerdotes y a los diáconos los medios necesarios que les permitan profundizar en su vida de fe, para el bien de los fieles, dándoles «la comida a su tiempo» (Sal 145,15). Por su parte, los fieles esperan de ellos el ejemplo de una conducta intachable (cf. Flp 2,14-16).

Homilía – Ascensión del Señor

CRISTO SEÑOR

Celebramos la solemnidad de la Ascensión. Ascender nos evoca la imagen de subir, de alzarse de lo profundo hacia lo alto, de remontar; para el creyente, esta imagen, referida a Cristo, tiene un sentido: Dios ha exaltado a Jesús de Nazaret. En las profesiones de fe cristiana este acontecimiento tiene una formulación: Cristo es el Señor.

Ser Cristo «Señor» es una afirmación que nos puede dejar a todos indiferentes o nos puede llegar a interesar sugestiva y escandalosamente. La resonancia de Cristo como Señor de todo puede llegar a tener un eco tan rotundo que haga temblar el mundo. Lo que pasa es que estamos demasiado acostumbrados a las cantinelas, a la rutina de la profesión de fe, sin llegar nunca a calar el fondo, ni a vivir su realidad.

La exaltación de Cristo como Señor avisa al mundo de que no hay otro Señor que El. Que toda otra Norma, Valor, Sistema u Hombre que se quieran poner e n su lugar están equivocados. «No hay otro Nombre en el que podamos ser salvados» (Hch 4, 12). Ser Cristo Señor, y proclamarlo, supone poner en cuestión toda otra norma o Señorío que intente apoderarse de nosotros o del entorno social en el que vivimos. Creer en Jesús, corno el Señor, quiere decir: tener la experimentada confianza de que a Cristo se le ha dado todo poder y que toda otra fuerza o potestad que se quiere alzar dominadoramente sobre el múñela está sujeta a El, vencida por El, destrozada. «Sentado a la derecha de Dios, se le ha concedido todo poder, de tal manera que ante El deben doblar la rodilla todos los poderes y los dominadores.»

De aquí nace la confiada persistencia del cristiano en la lucha: asistidos por la victoria de Cristo sobre todo poder de muerte, confiamos dominarlos y vencerlos. De aquí nace la misión de la Iglesia: anunciar el evangelio de Jesús, el Señor. Un anuncio que no es aséptico, ni se encierra en las paredes del apostolado de las almas, sino que choca contra todo intento de consagración de los señoríos de este mundo, de los poderes destructores que pretenden aplastar al hombre. De ahí que la Iglesia, sin ser técnica, sin poseer un sistema filosófico propio, sin tener un programa económico y sin ser un partido político, a la vez que confiesa en las situaciones reales que Cristo es el Señor, pone en crisis los campos de la existencia individual y colectiva.

Los creyentes tenemos la obligación de anunciar este evangelio de un modo inteligible, sobre situaciones concretas, como lo hizo la comunidad primitiva: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36). El Señorío de Cristo no es para anunciarlo sólo «mirando al cielo», sino al paso de nuestro caminar sobre la tierra (Hch 1, 11). A nadie meten hoy en nuestros países en la cárcel o multan por decir que Cristo es el Señor; es mucho más arriesgado decir esto, pero a propósito de la realidad que se vive.

Contrastemos el Señorío de Cristo con todos los poderes que nos sujetan y piden tributo. Analicemos, a la luz de su Señorío, las fuerzas que pretenden enseñorearse de nosotros.

 

Seriedad de la afirmación: Cristo es Señor.

Fuerzas que pretender dirigir o esclavizar nuestra existencia personal.

Cristo, el Señor, entra en un litigio con nuestro propio yo, cuando pretende erigirse equivocadamente en Norma de todo, cuando intenta llegar «a ser como Dios», haciéndose la categoría suprema del bien y del mal.

Algunas veces, ocurre que en la vida de no pocos de nosotros, frente al Señor, la familia se alza como un gran ídolo. A ella supeditan y sacrifican todo: desde el proceso de la maduración personal hasta la participación activa en la vida social. La institución familiar, que debería ser fuente de liberación personal es, a veces, acumulación de esclavitudes: en ella se agostan los ímpetus creativos de la juventud, como las fuerzas del toro en el peto del caballo.

En nuestra sociedad hay un Señor que, para muchos, está por encima de todo: La seguridad. Seguridad espiritual, pero sobre todo la seguridad económica, que proporciona tranquilidad, bienes de consumo. Para muchos la caja del dinero es el sagrario que guarda a su Señor y la libreta del Banco o el taco de acciones, un evangelio. Muchos viven consagrados, con tres votos, a este ídolo, que los trae locos, esperando conseguir de él, lo que él mismo les arrebata.

 

El Señor cuestiona nuestra vida personal y colectiva.

Hay muchas fuerzas sociales a las que es necesario predicar, como exigencia insoslayable de la fe, el Señorío de Cristo.

El Estado en medio de la sociedad, es el poder que más peligro tiene en convertirse en absoluto, en Señor. Para San Pablo, la estructura del Estado es el lugar donde se puede encarnar con más ahínco los poderes demoníacos y esclavizadores, sobre los que Cristo es Señor. Los que encarnan el Estado tienen el peligro de convertirse en Señores: su pensamiento en la Verdad, su voluntad en la única ética posible. Casos llamativos de lo demoníaco, por poner ejemplos, los encontramos en Hitler o en Stalin. En nombre del Señor hay que decirles al Estado, con más razón si éste es católico, que «aunque se den el nombre de dioses…, no hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay sino un sólo Dios, el Padre, y sólo Señor, Jesucristo» (1 Cor 8, 5). Al poder hay que decirle, esté corrompido o no, «que no hay poder que no provenga de Dios» (Rom 13, 1); por tanto, no es absoluto, está sujeto a Dios.

Y si el poder se extralimita, situación no difícil, «pues la sabiduría de Dios es desconocida de todos los príncipes de este mundo, pues, de haber conocido, no hubieran crucificado al Señor de la Gloria» (1 Cor 2, 8), tenemos obligación grave de caridad de hacer que el poder injustamente ejercido se someta a la revisión de Cristo. En esta tarea difícil, incómoda, siempre necesaria, tanto si se tratara de un Estado capitalista como socialista, tenemos la garantía de que a Cristo «se le ha dado todo poder». El peligro del Estado, lo sufre también la Iglesia en su estructura de gobierno. De hecho, también en la Iglesia ha anidado el poder demoníaco en clara o solapada rebeldía contra el Señoría de Cristo.

Alrededor del Estado, constituido como Señor, pululan otras muchas fuerzas, desencadenadas poderosamente, al servicio de los falsos señores: el ídolo del orden establecido, al que hay que sacrificar todo; el ídolo de las leyes constitucionales a las que hay que adorar aunque no sirvan a la convivencia; toda ley debe estar al servicio del hombre, «el hombre de Cristo y de Dios». El ídolo de la organización económica, en concreto, entre nosotros, la capitalista: basado en la injusta explotación del trabajo de los pobres. Este poder para convertirse en Señor, tiene sus grandes engaños: la elevación de la renta «per capita», traducido en bienestar, progreso, desarrollo, paz.

Todos estos poderes, Señores, y todo poder que quiera alzarse como soberano, está cuestionado de raíz por la única soberanía de Cristo, el Señor. Ser creyente es proclamar, como un servicio de amor al hombre que Cristo es Señor sobre todo poder, es decir, que en Cristo, ha aparecido el único modo de realizarse el mundo; El anuncia la liberación de todo otro poder. Dios, Señor del Universo, está contra toda otra norma y se ha comprometido en una lucha a muerte, para destruir todo poder y señorío falso. Muestra de ello, son la Cruz y la Ascensión; misterios de los que hacemos el memorial en esta Eucaristía.

Jesús Burgalesa

Mc 16, 15-20 (Evangelio Ascensión del Señor)

La perícopa de Mc 16,9-20 se distingue en el conjunto del Evangelio según Marcos porque se presenta con un estilo y vocabulario muy diferentes del resto del texto evangélico. Además, los manuscritos más importantes y más antiguos que conservamos de este Evangelio concluían el texto de Marcos en 16,8, con el miedo de las mujeres que, en la mañana de Pascua, encontraron el sepulcro vacío. Probablemente, fue así como Marcos terminó su Evangelio, dándole un final “abierto” y como invitando al lector a contemplar el relato con su propia experiencia personal de seguimiento de Jesús, superando el miedo, “viendo” a Jesús y dando testimonio de él.

Sin embargo, este final pareció dejar insatisfechos a los lectores de Marcos y aparecerán diversas intentos para dar al Evangelio según Marcos un final más satisfactorio. Algunas de esas tentativas están, aún, atestiguadas en diversos documentos antiguos que nos transmitían el texto del segundo Evangelio. De entre los diversos “finales” que aparecerán, hubo uno que se impuso a los otros… Se trata de un texto de mediados del siglo II, que presenta un resumen de las apariciones de Jesús resucitado contadas por otros evangelistas. Aunque tardío y no escrito por Marcos, este “final” es, con todo, parte integrante de la Sagrada Escritura. La Iglesia lo reconoce como canónico, como inspirado por Dios y como Palabra de Dios.

El texto que se nos propone, forma parte de esa perícopa. Los elementos presentados en el texto son pequeños resúmenes de los relatos hechos por los otros evangelistas. Así, la aparición de Jesús resucitado a los Once, depende de Lc 24,36- 43 y de Jn 20,19-29; la definición de la misión de los apóstoles, depende de Mt 28,16- 20 y de Lc 24,44-49; el relato de la Ascensión, depende de Lc 24,50-53 y de Hch 1,4- 11.

El cuadro trazado por el autor de la perícopa presenta a los discípulos aceptando de una forma muy negativa el hecho de que Jesús ya no esté con ellos. En la mañana de resurrección, se encontraban “con luto y llanto”, (Mc 16,10); después, recibieron el testimonio de las mujeres que encontraron a Jesús resucitado, con incredulidad y con un corazón obstinado (cf. Mc 16,14). En un caso y en otro, se negaban a lanzarse y a continuar la aventura que comenzaron con Jesús. Tenían miedo de arriesgar y preferían quedarse cómodamente instalados “lamiendo sus heridas”. Es el anti – seguimiento… El encuentro con Jesús resucitado va, por tanto, a obligarles a salir de su letargo y a asumir sus compromisos y responsabilidades, como miembros de la comunidad del Reino.

La cuestión central abordada en nuestro texto, es la del papel de los discípulos en el mundo, después de la partida de Jesús al encuentro del Padre. El texto consta de tres escenas: Jesús resucitado define la misión de los discípulos; Jesús se va al encuentro del Padre; los discípulos van al encuentro del mundo, a fin de realizar la misión que Jesús les ha confiado.

En la primera escena (v. 15-18), Jesús resucitado se aparece a los discípulos, les hace ver el letargo en el que se hayan sumidos y define la misión que, de ahora en adelante, están llamados a desempeñar en el mundo…

La primera nota de envío y de mandato que Jesús da a los discípulos, es la de la universalidad… La misión de los discípulos se destina a “todo el mundo” y no deberá detenerse ante las barreras raciales, geográficas o culturales. La propuesta de salvación que Jesús hace y que los discípulos deben testimoniar, está destinada a toda la tierra.

Después, Jesús define el contenido del anuncio: el “Evangelio”. ¿Qué es el “Evangelio”? En el Antiguo Testamento (sobre todo en el Deutero Isaías y en el Tercer Isaías), la palabra “evangelio” está ligada a la “buena noticia” de la llegada de la salvación al Pueblo de Dios. Después, en boca de Jesús, la palabra “Evangelio” designa el anuncio de que el “Reino de Dios” ha llegado a la vida de los hombres, trayéndoles la paz, la liberación, la felicidad. Para los catequistas de las primeras comunidades cristianas, el “Evangelio” es el anuncio de un acontecimiento único, capital, fundamental: en Jesucristo, Dios vino al encuentro de los hombres, les manifestó su amor, agregó a su familia, les invitó a la comunidad del Reino, les ofreció la vida definitiva. Ese es el único y exclusivo “evangelio”, la “buena noticia” que cambia el curso de la historia y que transforma el sentido y los horizontes de la existencia humana.

El anuncio del “Evangelio”, obliga a los hombres a una opción. Quien se adhiere a la propuesta que Jesús hace, llegará a la vida plena y definitiva (“quien crea y sea bautizado se salvará”); pero quien rechace esa propuesta, quedará al margen de la salvación (“quien no crea será condenado”, v. 16).

El anuncio del Evangelio que los discípulos están llamados a hacer, atañe no sólo a los hombres, sino “a toda criatura”. Muchas veces el hombre, guiado por criterios de egoísmo, de codicia y de lucro, explota la creación, destruye ese mundo “bueno” y armonioso que Dios creó… Sin embargo, la propuesta de salvación que Dios presenta está destinada a transformar el corazón del hombre, eliminando el egoísmo y la maldad. Al transformar el corazón del hombre, el “Evangelio” presentado por Jesús es anunciado por los discípulos, va a proponer una nueva relación del hombre con las otras criaturas, una relación ya nunca más marcada por el egoísmo y por la explotación, sino por el respeto y por el amor. De esa forma, nacerá una nueva humanidad y una nueva naturaleza.

La presencia de la salvación de Dios en el mundo se convierte en una realidad a través de los gestos de los discípulos de Jesús… Comprometidos con Jesús, los discípulos vencerán la injusticia y la opresión (“echarán demonios en mi nombre”), serán heraldos de la paz y del entendimiento entre los hombres (“hablarán lenguas nuevas”), llevarán esperanza y vida nueva a todos los que sufren y que son prisioneros de la enfermedad y del sufrimiento (“Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán

sanos”); y, en todos los momentos, Jesús estará con ellos, ayudándoles a vencer las contrariedades y las oposiciones.

En la segunda escena (v. 19), Jesús sube al cielo y se sienta a la derecha de Dios. La elevación de Jesús al cielo (ascensión) es una forma de sugerir que, después del cumplimiento de su misión entre los hombres, Jesús fue al encuentro del Padre y volvió a entrar en la comunión con el Padre.

La entronización de Jesús “a la derecha de Dios” muestra, a su vez, la verdad de la propuesta de Jesús. En la concepción de los pueblos antiguos, aquel que se sentaba a la derecha de Dios era un personaje distinto, que el rey quería honrar de forma especial… Jesús, porque cumplió con total fidelidad el proyecto de Dios para con los hombres, es honrado por el Padre y sentado a su derecha. La propuesta que Jesús presentó, que los discípulos acogieron y que van a ser llamados a testimoniar en el mundo, no es una aventura sin sentido y sin salida, sino que es el proyecto de salvación que Dios quiere ofrecer a los hombres.

En la tercera escena (v. 20), se describe resumidamente la acción misionera de los discípulos: ellos marcharán (quiere decir, dejarán atrás sus seguridades y afectos humanos por causa de la misión) a predicar (quiere decir a anunciar con palabras y con gestos concretos esa vida nueva que Dios ofreció a los hombres a través de Jesús) por todas partes (proponiendo a todos los hombres, sin excepción, la propuesta salvadora de Dios).

El autor de esta catequesis asegura a los discípulos que no están solos durante la misión… Jesús, vivo y resucitado, está con ellos, coopera con ellos y se manifiesta al mundo en las palabras y en los gestos de los discípulos.

La fiesta de la Ascensión de Jesús es, sobretodo, el momento en el que los discípulos toman conciencia de su misión y de su papel en el mundo. La Iglesia (la comunidad de los discípulos, reunida alrededor de Jesús, animada por el Espíritu) es, esencialmente, una comunidad misionera, cuya misión es testimoniar en el mundo la propuesta de salvación y de liberación que Jesús vino a traer a los hombres.

Jesús fue al encuentro del Padre, después de una vida gastada al servicio del “Reino”; dejó a sus discípulos la misión de anunciar el “Reino” y de convertirlo en una propuesta capaz de renovar y de transformar el mundo. Celebrar la ascensión de Jesús significa, antes de nada, tomar conciencia de la misión que fue confiada a los discípulos y sentirse responsable por la presencia del “Reino” en la vida de los hombres. ¿Soy consciente de que la Iglesia, la comunidad de los discípulos, a la que yo pertenezco, también es, hoy, la presencia liberadora y salvadora de Jesús en medio de los hombres? ¿Cómo intento testimoniar el “Reino” en mi vida de todos los días, en casa, en el trabajo o en la escuela, en la parroquia, en la comunidad religiosa?

La misión que Jesús confió a los discípulos es una misión universal: las fronteras, las razas, la diversidad de culturas, no pueden ser un obstáculo para la presencia de la propuesta liberadora de Jesús en el mundo. ¿Tengo conciencia de que la misión que fue confiada a los discípulos es una misión universal? ¿Tengo conciencia de que Jesús me envía a todos los hombres, sin distinción de razas, de etnias, de diferencias religiosas, sociales o económicas, a anunciarles la liberación, la salvación, la vida definitiva? ¿Tengo conciencia de que soy responsable de la vida, de la felicidad y de la libertad de todos mis hermanos, aunque habiten en el otro lado del mundo?

Hacerse discípulo es, en primer lugar, aprender las enseñanzas de Jesús, a partir de sus palabras, de sus gestos, de su vida ofrecida por amor. Es claro que el mundo del siglo XXI presenta, todos los días, desafíos nuevos; pero los discípulos, formados en la escuela de Jesús, están invitados a leer los retos que el mundo presenta hoy, a la luz de las enseñanzas de Jesús. ¿Me preocupo de conocer bien las enseñanzas de Jesús y de aplicarlas a la vida de todos los días?

El día en el que fui bautizado, me comprometí con Jesús y me vinculé a la comunidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Mi vida, ha sido coherente con ese compromiso?

Es un tremendo desafío testimoniar, hoy, en el mundo los valores del “Reino” (esos valores que, muchas veces, están en contradicción con aquello que el mundo defiende y que considera que son prioridades de la vida). Con frecuencia, los discípulos de Jesús son objeto de risas y de escarnio de los hombres, porque insisten en testimoniar que la felicidad está en el amor y en la donación de la vida; con frecuencia, los discípulos de Jesús son presentados como víctimas de una máquinaria de esclavización, que produce esclavos, alienados, víctimas del oscurantismo, porque insisten en testimoniar que la vida plena está en el perdón, en el servicio, en la entrega de la vida. Enfrentarse con el mundo genera muchas veces, en los discípulos, desilusión, sufrimiento, frustración… En los momentos de decepción y de desilusión conviene, sin embargo, recordar las palabras de Jesús: “yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. Esta certeza debe alimentar el coraje con el que testimoniamos aquello en lo que creemos.

Ef 1, 17-23 (2ª lectura Ascensión del Señor)

La Carta a los Efesios es, probablemente, uno de los ejemplares de una “carta circular” enviada a varias iglesias de Asia Menor, en un momento en el que Pablo está en prisión (¿en Roma?). Su portador es un tal Tíquico. Estamos en torno a los años 58/60.

Algunos ven en esta carta una especie de síntesis de la teología paulina, en un momento en el que la misión del apóstol está prácticamente terminada en oriente.

En concreto, el texto que se nos propone aparece en la primera parte de la carta y forma parte de una acción de gracias, en la que Pablo agradece a Dios la fe de los efesios y la caridad que manifiestan para con sus hermanos en la fe.

A la acción de gracias Pablo une una fervorosa oración a Dios, para que los destinatarios de la carta conozcan “la esperanza a la que han sido llamados” (v. 18). La prueba de que el Padre tiene poder para realizar esa “esperanza” (esto es, dar a los creyentes la vida eterna como herencia) es lo que hizo con Jesucristo: le resucitó y le sentó a su derecha (v. 20), le exaltó y le dio la soberanía sobre todos los poderes angélicos (Pablo está preocupado con la peligrosa tendencia de algunos cristianos a dar una importancia exagerada a los ángeles, colocándolos casi por encima de Cristo, cf. Col 1,6). Esa soberanía se extiende, incluso, a la Iglesia, el “cuerpo” del cual Cristo es la “cabeza”.

Lo más significativo de este texto es, precisamente, esta última idea. La idea de que la comunidad cristiana es un “cuerpo”, el “cuerpo de Cristo”, formado por muchos miembros, ya había aparecido en las “grandes cartas”, acentuándose, sobre todo, la relación de los distintos miembros del “cuerpo” entre sí (cfr. 1 Cor 6,12-20; 10,16-17; 12,12-27; Rom 12,3-8); pero, en las “cartas de cautividad”, Pablo retoma la noción de “cuerpo de Cristo” para reflexionar sobre la relación que existe entre la comunidad y Cristo.

En este texto, en concreto, hay dos conceptos muy significativos para definir el cuadro de relación entre Cristo y la Iglesia: el de “cabeza” y el de “plenitud” (en griego, “pleroma”).

Decir que Cristo es la “cabeza” de la Iglesia significa, antes que nada, que los dos forman una comunidad indisoluble y que hay entre los dos una comunión total de vida y de destino; significa, también, que Cristo es el centro en torno al cual el “cuerpo” se articula, a partir del cual y en dirección al cual el “cuerpo” crece, se orienta y se construye el origen y el fin de ese “cuerpo”; significa, también, que la Iglesia / cuerpo está sometida a la obediencia de Cristo / cabeza: la Iglesia depende sólo de Cristo y sólo a él debe obediencia.

Decir que la Iglesia es la “plenitud” (“pleroma”) de Cristo, significa decir que en ella reside la “plenitud”, la “totalidad” de Cristo. Ella es el receptáculo, la habitación

donde Cristo se hace presente en el mundo; es a través de ese “cuerpo” en el que reside como Cristo continúa realizando todos los días su proyecto de salvación en favor de los hombres. Presente en ese “cuerpo”, Cristo llena el mundo y atrae hacia sí al universo entero, hasta que el mismo Cristo “sea todo en todos” (v. 23).

En la reflexión, tened en cuenta las siguientes líneas:

En nuestra peregrinación por el mundo, conviene que tengamos siempre presente “la esperanza a la que hemos sido llamados”. La resurrección / ascensión / glorificación de Jesús es la garantía de nuestra propia resurrección / glorificación. Formamos con él un “cuerpo” destinado a la vida plena.

Esta perspectiva tiene que darnos la fuerza necesaria para afrontar la historia y avanzar, a pesar de las dificultades, por ese “camino” de amor y de entrega total que Cristo recorrió.

Decir que formamos parte del “cuerpo de Cristo” significa que debemos vivir una comunión total con él y que en esa comunión recibimos, a cada instante, la vida que nos alimenta. Significa también vivir en comunión, en solidaridad total con todos nuestros hermanos, miembros del mismo “cuerpo”, alimentados por la misma vida.
¿Estas dos coordenadas están presentes en nuestra existencia?

Decir que la Iglesia es el “pleroma” de Cristo, significa que tenemos la obligación de testimoniar a Cristo, de hacerlo presente en el mundo, de llevar a plenitud el proyecto de liberación que él comenzó en favor de los hombres. Esa tarea sólo estará acabada cuando, por el testimonio y por la acción de los creyentes, Cristo sea “uno en todos”.

Hch 1, 1-11 (1ª lectura – Ascensión del Señor)

El libro de los “Hechos de los apóstoles” se dirige a comunidades que viven en un cierto contexto de crisis. Estamos en la década de los 80, cerca de cincuenta años después de la muerte de Jesús.

Pasó ya la fase de expectativa por la venida inminente de Cristo Glorioso para instaurar el “Reino” y se da una cierta desilusión. Las cuestiones doctrinales traen alguna confusión; la monotonía favorece una vida cristiana poco comprometida y las comunidades se instalan en la mediocridad; falta el entusiasmo y el ardor.

El cuadro general es el de un cierto sentimiento de frustración, porque el mundo continúa igual y la esperada intervención victoriosa de Dios se retrasa. ¿Cuándo va a hacerse realidad, de forma plena, e inequívoca, el proyecto salvador de Dios?

Es en este ambiente donde podemos colocar el texto que hoy se nos propone como primera lectura. En él el catequista Lucas avisa que el proyecto de salvación y de liberación que Jesús vino a presentar pasó (después de la marcha de Jesús junto al Padre) a manos de la Iglesia, animada por el Espíritu.

La construcción del “Reino” es una tarea que no está terminada, sino que es preciso continuarla en la historia y exige el esfuerzo permanente de todos los creyentes. Los cristianos están invitados a redescubrir su papel, en el sentido de ser testigos del proyecto de Dios, desde la fidelidad al “camino” que Jesús recorrió.

Nuestro texto comienza con un prólogo (vv. 1-2) que relaciona los “Hechos” con el tercer Evangelio, sea por la referencia al mismo Teófilo, a quien era dedicado el Evangelio, sea en alusión a Jesús, a sus enseñanzas y a su acción en el mundo (tema central del tercer Evangelio). En este prólogo son también presentados los protagonistas del libro, el Espíritu y los apóstoles, vinculados ambos con Jesús.

Después de la presentación inicial, viene el tema de la despedida de Jesús (vv. 3-8). El autor comienza por hacer referencia a los “cuarenta días” que mediaron entre la resurrección y la ascensión, durante los cuales Jesús hablo a los discípulos “del Reino de Dios” (lo que parece estar en contradicción con el Evangelio, donde la resurrección y la ascensión son presentadas en el mismo día de Pascua, cf. Lc 24). El número cuarenta es, ciertamente, un número simbólico: es el número que define el tiempo necesario para que un discípulo pueda aprender y repetir las lecciones del maestro. Aquí define, por tanto, el tiempo simbólico de iniciación a la enseñanza del Resucitado.

Las palabras de despedida de Jesús (vv. 4-8) subrayan dos aspectos: la venida del Espíritu y el testimonio que los discípulos están llamados a dar “hasta los confines del mundo”. Tenemos resumida aquí la experiencia misionaria de la comunidad de Lucas: el Espíritu se derramará sobre la comunidad creyente y le dará la fuerza para

testimoniar a Jesús en todo el mundo, desde Jerusalén hasta Roma. En realidad, se trata del programa que Lucas va a presentar a lo largo del libro puesto en boca de Jesús resucitado. El autor quiere mostrar con su obra que el testimonio y la predicación de la Iglesia están entroncados en el propio Jesús y son impulsados por el Espíritu.

El último tema es el de la ascensión (vv. 9-11). Evidentemente, este pasaje necesita ser interpretado para que, a través del ropaje de los símbolos, el mensaje aparezca con toda claridad.

Tenemos, en primer lugar, la elevación de Jesús al cielo (v. 9 a). No estamos hablando de un persona que literalmente despega de la tierra y comienza a elevarse; estamos hablando de un sentido teológico (no es el “periodista”, sino el “teólogo” el que habla): la ascensión es una forma de expresar, simbólicamente, que la exaltación de Jesús es total y toca dimensiones supra-terrenas; es la forma literaria de describir el culminar de una vida vivida para Dios, que ahora se introduce en la gloria del Padre.

Tenemos, después, la nube (v. 9 b) que sustrae a Jesús de los ojos de los discípulos. Flotando a medio camino entre el cielo y la tierra la nube es, en el Antiguo Testamento, un símbolo privilegiado para expresar la presencia de lo divino (cf. Ex 13,21-22; 14,19.24; 24,15 b-18; 40,34-38). Al mismo tiempo, simultáneamente, esconde y manifiesta: sugiere el misterio de Dios escondido y presente, cuyo rostro el Pueblo no puede ver, pero cuya presencia adivina en los acontecimientos del camino. Cielo y tierra, presencia y ausencia, luz y sombra, divino y humano, son dimensiones aquí sugeridas a propósito de Cristo resucitado, elevado a la gloria del Padre, pero que continúa el caminar con sus discípulos.

Tenemos, todavía, a los discípulos mirando al cielo (v. 10 a). Esto expresa la expectación de esa comunidad que espera ansiosamente la segunda venida de Cristo, a fin de llevar a término el proyecto de liberación del hombre y del mundo.

Tenemos, finalmente, los dos hombres vestidos de blanco (v. 10 b). El blanco sugiere el mundo de Dios, lo que indica que su testimonio viene de Dios. Ellos invitan a los discípulos a continuar en el mundo, animados por el Espíritu, la obra liberadora de Jesús; ahora es la comunidad de los discípulos la que tiene que continuar, en la historia, la obra de Jesús, pero con la esperanza puesta en la segunda y definitiva venida del Señor.

El sentido fundamental de la ascensión, no es que nos quedemos admirando la elevación de Jesús; sino que es una invitación a seguir el “camino” de Jesús, mirando hacia el futuro y entregándonos a la realización de su proyecto de salvación en medio del mundo.

Tened en cuenta, para la reflexión y la actualización, los siguientes elementos:

La resurrección / ascensión de Jesús nos garantiza, antes que nada, que una vida, vivida en fidelidad a los proyectos del Padre, es una vida destinada a la glorificación, a la comunión definitiva con Dios.
Quien recorre el mismo “camino” de Jesús ascenderá, como él, a la vida plena.

La ascensión de Jesús nos recuerda, sobre todo, que él fue elevado junto al Padre y que nos encargó el continuar haciendo realidad su proyecto liberador en medio de los hombres, nuestros hermanos.
¿Es esa la actitud que indica el caminar histórico de la Iglesia?
¿Ha sido fiel a la misión que Jesús, al dejar este mundo, le confió?

¿Nuestro testimonio está transformando y liberando la realidad que nos rodea? ¿Cuál es la influencia de ese testimonio en nuestra familia, en el lugar donde realizamos nuestra actividad profesional, en nuestra comunidad cristiana o religiosa?

Es relativamente frecuente que oigamos decir que a los seguidores de Jesús les gusta más mirar al cielo que comprometerse en la transformación de la tierra. ¿Estamos, efectivamente, atentos a los problemas y a las angustias de los hombres, o vivimos con los ojos puestos en el cielo, en un espiritualismo alienado? ¿Nos sentimos cuestionados por las preocupaciones, por las miserias, por los sufrimientos, por los sueños, por las esperanzas que llenan el corazón de los que nos rodean?
¿Nos sentimos solidarios con todos los hombres, particularmente con aquellos que sufren?

Comentario al evangelio – 7 de mayo

La vida no va a ser fácil para los que quieran seguir a Jesús. Parece que eso es lo que dice insinúa el evangelio de este día. Sí, Jesús dice que va a venir el Espíritu sobre los discípulos. Es el Espíritu de la verdad, es el Consolador, es el Defensor. Pero el mundo prefiere vivir en la mentira, en la oscuridad y en confusión. Por eso, los discípulos de Jesús, cuando den testimonio de la verdad, del mensaje de Jesús, pueden ser perseguidos. Pueden ser expulsados de la sinagoga (eso sucedió realmente). Y hasta puede llegar a darse el caso de que al condenarlos a muerte, lleguen a pensar que están haciendo un servicio a Dios. 

      Vamos a ser realistas. Es verdad que hay algunos lugares en el mundo donde la iglesia es perseguida. Es cierto que en algunos casos se llega al asesinato. Pero también es cierto que en la mayoría de los países, la iglesia goza de una gran libertad, de una gran independencia para cumplir con su misión. 

      Quizá tendríamos que pensar que a veces, muchas veces, las ataduras, lo que nos impide dar testimonio de Jesús y de su buena nueva, no viene de fuera sino de dentro de la comunidad cristiana. Pongamos un ejemplo sencillo pensando en muchas de las misas dominicales en nuestras parroquias. Imaginemos que por error o despiste entra en la iglesia, durante la celebración, una persona que no conoce ni a Jesús ni a la Iglesia. ¿Identificará lo que ve con una comunidad, con una familia, que ora unida en un mismo sentir, que celebra unida, que da gracias con una sola voz?

      Es posible que actualmente la primera misión evangelizadora sea hacia dentro de la Iglesia. Nunca ha tenido la comunidad cristiana tantos medios como hoy en día. Pero da la impresión de que fallan, fallamos, las personas. Se diría que no estamos totalmente convencidos de lo que decimos creer. Nuestra celebraciones son, a veces, frías como el hielo. Hasta la posición de los fieles, diseminados por los bancos, habla muy poco de comunidad, de fraternidad. Los que ven nuestras celebraciones difícilmente se harán una idea, al vernos, de lo que es y significa el reino de Dios que proclamó Jesús. 

      Nos hace falta abrir el corazón a ese Espíritu que nos haga fuertes, que nos convenza de la verdad del Evangelio para que nuestra vida lo proclame en todo momento. 

Aristóbulo Llorente cmf