Ef 1, 17-23 (2ª lectura Ascensión del Señor)

La Carta a los Efesios es, probablemente, uno de los ejemplares de una “carta circular” enviada a varias iglesias de Asia Menor, en un momento en el que Pablo está en prisión (¿en Roma?). Su portador es un tal Tíquico. Estamos en torno a los años 58/60.

Algunos ven en esta carta una especie de síntesis de la teología paulina, en un momento en el que la misión del apóstol está prácticamente terminada en oriente.

En concreto, el texto que se nos propone aparece en la primera parte de la carta y forma parte de una acción de gracias, en la que Pablo agradece a Dios la fe de los efesios y la caridad que manifiestan para con sus hermanos en la fe.

A la acción de gracias Pablo une una fervorosa oración a Dios, para que los destinatarios de la carta conozcan “la esperanza a la que han sido llamados” (v. 18). La prueba de que el Padre tiene poder para realizar esa “esperanza” (esto es, dar a los creyentes la vida eterna como herencia) es lo que hizo con Jesucristo: le resucitó y le sentó a su derecha (v. 20), le exaltó y le dio la soberanía sobre todos los poderes angélicos (Pablo está preocupado con la peligrosa tendencia de algunos cristianos a dar una importancia exagerada a los ángeles, colocándolos casi por encima de Cristo, cf. Col 1,6). Esa soberanía se extiende, incluso, a la Iglesia, el “cuerpo” del cual Cristo es la “cabeza”.

Lo más significativo de este texto es, precisamente, esta última idea. La idea de que la comunidad cristiana es un “cuerpo”, el “cuerpo de Cristo”, formado por muchos miembros, ya había aparecido en las “grandes cartas”, acentuándose, sobre todo, la relación de los distintos miembros del “cuerpo” entre sí (cfr. 1 Cor 6,12-20; 10,16-17; 12,12-27; Rom 12,3-8); pero, en las “cartas de cautividad”, Pablo retoma la noción de “cuerpo de Cristo” para reflexionar sobre la relación que existe entre la comunidad y Cristo.

En este texto, en concreto, hay dos conceptos muy significativos para definir el cuadro de relación entre Cristo y la Iglesia: el de “cabeza” y el de “plenitud” (en griego, “pleroma”).

Decir que Cristo es la “cabeza” de la Iglesia significa, antes que nada, que los dos forman una comunidad indisoluble y que hay entre los dos una comunión total de vida y de destino; significa, también, que Cristo es el centro en torno al cual el “cuerpo” se articula, a partir del cual y en dirección al cual el “cuerpo” crece, se orienta y se construye el origen y el fin de ese “cuerpo”; significa, también, que la Iglesia / cuerpo está sometida a la obediencia de Cristo / cabeza: la Iglesia depende sólo de Cristo y sólo a él debe obediencia.

Decir que la Iglesia es la “plenitud” (“pleroma”) de Cristo, significa decir que en ella reside la “plenitud”, la “totalidad” de Cristo. Ella es el receptáculo, la habitación

donde Cristo se hace presente en el mundo; es a través de ese “cuerpo” en el que reside como Cristo continúa realizando todos los días su proyecto de salvación en favor de los hombres. Presente en ese “cuerpo”, Cristo llena el mundo y atrae hacia sí al universo entero, hasta que el mismo Cristo “sea todo en todos” (v. 23).

En la reflexión, tened en cuenta las siguientes líneas:

En nuestra peregrinación por el mundo, conviene que tengamos siempre presente “la esperanza a la que hemos sido llamados”. La resurrección / ascensión / glorificación de Jesús es la garantía de nuestra propia resurrección / glorificación. Formamos con él un “cuerpo” destinado a la vida plena.

Esta perspectiva tiene que darnos la fuerza necesaria para afrontar la historia y avanzar, a pesar de las dificultades, por ese “camino” de amor y de entrega total que Cristo recorrió.

Decir que formamos parte del “cuerpo de Cristo” significa que debemos vivir una comunión total con él y que en esa comunión recibimos, a cada instante, la vida que nos alimenta. Significa también vivir en comunión, en solidaridad total con todos nuestros hermanos, miembros del mismo “cuerpo”, alimentados por la misma vida.
¿Estas dos coordenadas están presentes en nuestra existencia?

Decir que la Iglesia es el “pleroma” de Cristo, significa que tenemos la obligación de testimoniar a Cristo, de hacerlo presente en el mundo, de llevar a plenitud el proyecto de liberación que él comenzó en favor de los hombres. Esa tarea sólo estará acabada cuando, por el testimonio y por la acción de los creyentes, Cristo sea “uno en todos”.