Hch 1, 1-11 (1ª lectura – Ascensión del Señor)

El libro de los “Hechos de los apóstoles” se dirige a comunidades que viven en un cierto contexto de crisis. Estamos en la década de los 80, cerca de cincuenta años después de la muerte de Jesús.

Pasó ya la fase de expectativa por la venida inminente de Cristo Glorioso para instaurar el “Reino” y se da una cierta desilusión. Las cuestiones doctrinales traen alguna confusión; la monotonía favorece una vida cristiana poco comprometida y las comunidades se instalan en la mediocridad; falta el entusiasmo y el ardor.

El cuadro general es el de un cierto sentimiento de frustración, porque el mundo continúa igual y la esperada intervención victoriosa de Dios se retrasa. ¿Cuándo va a hacerse realidad, de forma plena, e inequívoca, el proyecto salvador de Dios?

Es en este ambiente donde podemos colocar el texto que hoy se nos propone como primera lectura. En él el catequista Lucas avisa que el proyecto de salvación y de liberación que Jesús vino a presentar pasó (después de la marcha de Jesús junto al Padre) a manos de la Iglesia, animada por el Espíritu.

La construcción del “Reino” es una tarea que no está terminada, sino que es preciso continuarla en la historia y exige el esfuerzo permanente de todos los creyentes. Los cristianos están invitados a redescubrir su papel, en el sentido de ser testigos del proyecto de Dios, desde la fidelidad al “camino” que Jesús recorrió.

Nuestro texto comienza con un prólogo (vv. 1-2) que relaciona los “Hechos” con el tercer Evangelio, sea por la referencia al mismo Teófilo, a quien era dedicado el Evangelio, sea en alusión a Jesús, a sus enseñanzas y a su acción en el mundo (tema central del tercer Evangelio). En este prólogo son también presentados los protagonistas del libro, el Espíritu y los apóstoles, vinculados ambos con Jesús.

Después de la presentación inicial, viene el tema de la despedida de Jesús (vv. 3-8). El autor comienza por hacer referencia a los “cuarenta días” que mediaron entre la resurrección y la ascensión, durante los cuales Jesús hablo a los discípulos “del Reino de Dios” (lo que parece estar en contradicción con el Evangelio, donde la resurrección y la ascensión son presentadas en el mismo día de Pascua, cf. Lc 24). El número cuarenta es, ciertamente, un número simbólico: es el número que define el tiempo necesario para que un discípulo pueda aprender y repetir las lecciones del maestro. Aquí define, por tanto, el tiempo simbólico de iniciación a la enseñanza del Resucitado.

Las palabras de despedida de Jesús (vv. 4-8) subrayan dos aspectos: la venida del Espíritu y el testimonio que los discípulos están llamados a dar “hasta los confines del mundo”. Tenemos resumida aquí la experiencia misionaria de la comunidad de Lucas: el Espíritu se derramará sobre la comunidad creyente y le dará la fuerza para

testimoniar a Jesús en todo el mundo, desde Jerusalén hasta Roma. En realidad, se trata del programa que Lucas va a presentar a lo largo del libro puesto en boca de Jesús resucitado. El autor quiere mostrar con su obra que el testimonio y la predicación de la Iglesia están entroncados en el propio Jesús y son impulsados por el Espíritu.

El último tema es el de la ascensión (vv. 9-11). Evidentemente, este pasaje necesita ser interpretado para que, a través del ropaje de los símbolos, el mensaje aparezca con toda claridad.

Tenemos, en primer lugar, la elevación de Jesús al cielo (v. 9 a). No estamos hablando de un persona que literalmente despega de la tierra y comienza a elevarse; estamos hablando de un sentido teológico (no es el “periodista”, sino el “teólogo” el que habla): la ascensión es una forma de expresar, simbólicamente, que la exaltación de Jesús es total y toca dimensiones supra-terrenas; es la forma literaria de describir el culminar de una vida vivida para Dios, que ahora se introduce en la gloria del Padre.

Tenemos, después, la nube (v. 9 b) que sustrae a Jesús de los ojos de los discípulos. Flotando a medio camino entre el cielo y la tierra la nube es, en el Antiguo Testamento, un símbolo privilegiado para expresar la presencia de lo divino (cf. Ex 13,21-22; 14,19.24; 24,15 b-18; 40,34-38). Al mismo tiempo, simultáneamente, esconde y manifiesta: sugiere el misterio de Dios escondido y presente, cuyo rostro el Pueblo no puede ver, pero cuya presencia adivina en los acontecimientos del camino. Cielo y tierra, presencia y ausencia, luz y sombra, divino y humano, son dimensiones aquí sugeridas a propósito de Cristo resucitado, elevado a la gloria del Padre, pero que continúa el caminar con sus discípulos.

Tenemos, todavía, a los discípulos mirando al cielo (v. 10 a). Esto expresa la expectación de esa comunidad que espera ansiosamente la segunda venida de Cristo, a fin de llevar a término el proyecto de liberación del hombre y del mundo.

Tenemos, finalmente, los dos hombres vestidos de blanco (v. 10 b). El blanco sugiere el mundo de Dios, lo que indica que su testimonio viene de Dios. Ellos invitan a los discípulos a continuar en el mundo, animados por el Espíritu, la obra liberadora de Jesús; ahora es la comunidad de los discípulos la que tiene que continuar, en la historia, la obra de Jesús, pero con la esperanza puesta en la segunda y definitiva venida del Señor.

El sentido fundamental de la ascensión, no es que nos quedemos admirando la elevación de Jesús; sino que es una invitación a seguir el “camino” de Jesús, mirando hacia el futuro y entregándonos a la realización de su proyecto de salvación en medio del mundo.

Tened en cuenta, para la reflexión y la actualización, los siguientes elementos:

La resurrección / ascensión de Jesús nos garantiza, antes que nada, que una vida, vivida en fidelidad a los proyectos del Padre, es una vida destinada a la glorificación, a la comunión definitiva con Dios.
Quien recorre el mismo “camino” de Jesús ascenderá, como él, a la vida plena.

La ascensión de Jesús nos recuerda, sobre todo, que él fue elevado junto al Padre y que nos encargó el continuar haciendo realidad su proyecto liberador en medio de los hombres, nuestros hermanos.
¿Es esa la actitud que indica el caminar histórico de la Iglesia?
¿Ha sido fiel a la misión que Jesús, al dejar este mundo, le confió?

¿Nuestro testimonio está transformando y liberando la realidad que nos rodea? ¿Cuál es la influencia de ese testimonio en nuestra familia, en el lugar donde realizamos nuestra actividad profesional, en nuestra comunidad cristiana o religiosa?

Es relativamente frecuente que oigamos decir que a los seguidores de Jesús les gusta más mirar al cielo que comprometerse en la transformación de la tierra. ¿Estamos, efectivamente, atentos a los problemas y a las angustias de los hombres, o vivimos con los ojos puestos en el cielo, en un espiritualismo alienado? ¿Nos sentimos cuestionados por las preocupaciones, por las miserias, por los sufrimientos, por los sueños, por las esperanzas que llenan el corazón de los que nos rodean?
¿Nos sentimos solidarios con todos los hombres, particularmente con aquellos que sufren?