Homilía – Ascensión del Señor

CRISTO SEÑOR

Celebramos la solemnidad de la Ascensión. Ascender nos evoca la imagen de subir, de alzarse de lo profundo hacia lo alto, de remontar; para el creyente, esta imagen, referida a Cristo, tiene un sentido: Dios ha exaltado a Jesús de Nazaret. En las profesiones de fe cristiana este acontecimiento tiene una formulación: Cristo es el Señor.

Ser Cristo «Señor» es una afirmación que nos puede dejar a todos indiferentes o nos puede llegar a interesar sugestiva y escandalosamente. La resonancia de Cristo como Señor de todo puede llegar a tener un eco tan rotundo que haga temblar el mundo. Lo que pasa es que estamos demasiado acostumbrados a las cantinelas, a la rutina de la profesión de fe, sin llegar nunca a calar el fondo, ni a vivir su realidad.

La exaltación de Cristo como Señor avisa al mundo de que no hay otro Señor que El. Que toda otra Norma, Valor, Sistema u Hombre que se quieran poner e n su lugar están equivocados. «No hay otro Nombre en el que podamos ser salvados» (Hch 4, 12). Ser Cristo Señor, y proclamarlo, supone poner en cuestión toda otra norma o Señorío que intente apoderarse de nosotros o del entorno social en el que vivimos. Creer en Jesús, corno el Señor, quiere decir: tener la experimentada confianza de que a Cristo se le ha dado todo poder y que toda otra fuerza o potestad que se quiere alzar dominadoramente sobre el múñela está sujeta a El, vencida por El, destrozada. «Sentado a la derecha de Dios, se le ha concedido todo poder, de tal manera que ante El deben doblar la rodilla todos los poderes y los dominadores.»

De aquí nace la confiada persistencia del cristiano en la lucha: asistidos por la victoria de Cristo sobre todo poder de muerte, confiamos dominarlos y vencerlos. De aquí nace la misión de la Iglesia: anunciar el evangelio de Jesús, el Señor. Un anuncio que no es aséptico, ni se encierra en las paredes del apostolado de las almas, sino que choca contra todo intento de consagración de los señoríos de este mundo, de los poderes destructores que pretenden aplastar al hombre. De ahí que la Iglesia, sin ser técnica, sin poseer un sistema filosófico propio, sin tener un programa económico y sin ser un partido político, a la vez que confiesa en las situaciones reales que Cristo es el Señor, pone en crisis los campos de la existencia individual y colectiva.

Los creyentes tenemos la obligación de anunciar este evangelio de un modo inteligible, sobre situaciones concretas, como lo hizo la comunidad primitiva: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36). El Señorío de Cristo no es para anunciarlo sólo «mirando al cielo», sino al paso de nuestro caminar sobre la tierra (Hch 1, 11). A nadie meten hoy en nuestros países en la cárcel o multan por decir que Cristo es el Señor; es mucho más arriesgado decir esto, pero a propósito de la realidad que se vive.

Contrastemos el Señorío de Cristo con todos los poderes que nos sujetan y piden tributo. Analicemos, a la luz de su Señorío, las fuerzas que pretenden enseñorearse de nosotros.

 

Seriedad de la afirmación: Cristo es Señor.

Fuerzas que pretender dirigir o esclavizar nuestra existencia personal.

Cristo, el Señor, entra en un litigio con nuestro propio yo, cuando pretende erigirse equivocadamente en Norma de todo, cuando intenta llegar «a ser como Dios», haciéndose la categoría suprema del bien y del mal.

Algunas veces, ocurre que en la vida de no pocos de nosotros, frente al Señor, la familia se alza como un gran ídolo. A ella supeditan y sacrifican todo: desde el proceso de la maduración personal hasta la participación activa en la vida social. La institución familiar, que debería ser fuente de liberación personal es, a veces, acumulación de esclavitudes: en ella se agostan los ímpetus creativos de la juventud, como las fuerzas del toro en el peto del caballo.

En nuestra sociedad hay un Señor que, para muchos, está por encima de todo: La seguridad. Seguridad espiritual, pero sobre todo la seguridad económica, que proporciona tranquilidad, bienes de consumo. Para muchos la caja del dinero es el sagrario que guarda a su Señor y la libreta del Banco o el taco de acciones, un evangelio. Muchos viven consagrados, con tres votos, a este ídolo, que los trae locos, esperando conseguir de él, lo que él mismo les arrebata.

 

El Señor cuestiona nuestra vida personal y colectiva.

Hay muchas fuerzas sociales a las que es necesario predicar, como exigencia insoslayable de la fe, el Señorío de Cristo.

El Estado en medio de la sociedad, es el poder que más peligro tiene en convertirse en absoluto, en Señor. Para San Pablo, la estructura del Estado es el lugar donde se puede encarnar con más ahínco los poderes demoníacos y esclavizadores, sobre los que Cristo es Señor. Los que encarnan el Estado tienen el peligro de convertirse en Señores: su pensamiento en la Verdad, su voluntad en la única ética posible. Casos llamativos de lo demoníaco, por poner ejemplos, los encontramos en Hitler o en Stalin. En nombre del Señor hay que decirles al Estado, con más razón si éste es católico, que «aunque se den el nombre de dioses…, no hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay sino un sólo Dios, el Padre, y sólo Señor, Jesucristo» (1 Cor 8, 5). Al poder hay que decirle, esté corrompido o no, «que no hay poder que no provenga de Dios» (Rom 13, 1); por tanto, no es absoluto, está sujeto a Dios.

Y si el poder se extralimita, situación no difícil, «pues la sabiduría de Dios es desconocida de todos los príncipes de este mundo, pues, de haber conocido, no hubieran crucificado al Señor de la Gloria» (1 Cor 2, 8), tenemos obligación grave de caridad de hacer que el poder injustamente ejercido se someta a la revisión de Cristo. En esta tarea difícil, incómoda, siempre necesaria, tanto si se tratara de un Estado capitalista como socialista, tenemos la garantía de que a Cristo «se le ha dado todo poder». El peligro del Estado, lo sufre también la Iglesia en su estructura de gobierno. De hecho, también en la Iglesia ha anidado el poder demoníaco en clara o solapada rebeldía contra el Señoría de Cristo.

Alrededor del Estado, constituido como Señor, pululan otras muchas fuerzas, desencadenadas poderosamente, al servicio de los falsos señores: el ídolo del orden establecido, al que hay que sacrificar todo; el ídolo de las leyes constitucionales a las que hay que adorar aunque no sirvan a la convivencia; toda ley debe estar al servicio del hombre, «el hombre de Cristo y de Dios». El ídolo de la organización económica, en concreto, entre nosotros, la capitalista: basado en la injusta explotación del trabajo de los pobres. Este poder para convertirse en Señor, tiene sus grandes engaños: la elevación de la renta «per capita», traducido en bienestar, progreso, desarrollo, paz.

Todos estos poderes, Señores, y todo poder que quiera alzarse como soberano, está cuestionado de raíz por la única soberanía de Cristo, el Señor. Ser creyente es proclamar, como un servicio de amor al hombre que Cristo es Señor sobre todo poder, es decir, que en Cristo, ha aparecido el único modo de realizarse el mundo; El anuncia la liberación de todo otro poder. Dios, Señor del Universo, está contra toda otra norma y se ha comprometido en una lucha a muerte, para destruir todo poder y señorío falso. Muestra de ello, son la Cruz y la Ascensión; misterios de los que hacemos el memorial en esta Eucaristía.

Jesús Burgalesa