Mc 16, 15-20 (Evangelio Ascensión del Señor)

La perícopa de Mc 16,9-20 se distingue en el conjunto del Evangelio según Marcos porque se presenta con un estilo y vocabulario muy diferentes del resto del texto evangélico. Además, los manuscritos más importantes y más antiguos que conservamos de este Evangelio concluían el texto de Marcos en 16,8, con el miedo de las mujeres que, en la mañana de Pascua, encontraron el sepulcro vacío. Probablemente, fue así como Marcos terminó su Evangelio, dándole un final “abierto” y como invitando al lector a contemplar el relato con su propia experiencia personal de seguimiento de Jesús, superando el miedo, “viendo” a Jesús y dando testimonio de él.

Sin embargo, este final pareció dejar insatisfechos a los lectores de Marcos y aparecerán diversas intentos para dar al Evangelio según Marcos un final más satisfactorio. Algunas de esas tentativas están, aún, atestiguadas en diversos documentos antiguos que nos transmitían el texto del segundo Evangelio. De entre los diversos “finales” que aparecerán, hubo uno que se impuso a los otros… Se trata de un texto de mediados del siglo II, que presenta un resumen de las apariciones de Jesús resucitado contadas por otros evangelistas. Aunque tardío y no escrito por Marcos, este “final” es, con todo, parte integrante de la Sagrada Escritura. La Iglesia lo reconoce como canónico, como inspirado por Dios y como Palabra de Dios.

El texto que se nos propone, forma parte de esa perícopa. Los elementos presentados en el texto son pequeños resúmenes de los relatos hechos por los otros evangelistas. Así, la aparición de Jesús resucitado a los Once, depende de Lc 24,36- 43 y de Jn 20,19-29; la definición de la misión de los apóstoles, depende de Mt 28,16- 20 y de Lc 24,44-49; el relato de la Ascensión, depende de Lc 24,50-53 y de Hch 1,4- 11.

El cuadro trazado por el autor de la perícopa presenta a los discípulos aceptando de una forma muy negativa el hecho de que Jesús ya no esté con ellos. En la mañana de resurrección, se encontraban “con luto y llanto”, (Mc 16,10); después, recibieron el testimonio de las mujeres que encontraron a Jesús resucitado, con incredulidad y con un corazón obstinado (cf. Mc 16,14). En un caso y en otro, se negaban a lanzarse y a continuar la aventura que comenzaron con Jesús. Tenían miedo de arriesgar y preferían quedarse cómodamente instalados “lamiendo sus heridas”. Es el anti – seguimiento… El encuentro con Jesús resucitado va, por tanto, a obligarles a salir de su letargo y a asumir sus compromisos y responsabilidades, como miembros de la comunidad del Reino.

La cuestión central abordada en nuestro texto, es la del papel de los discípulos en el mundo, después de la partida de Jesús al encuentro del Padre. El texto consta de tres escenas: Jesús resucitado define la misión de los discípulos; Jesús se va al encuentro del Padre; los discípulos van al encuentro del mundo, a fin de realizar la misión que Jesús les ha confiado.

En la primera escena (v. 15-18), Jesús resucitado se aparece a los discípulos, les hace ver el letargo en el que se hayan sumidos y define la misión que, de ahora en adelante, están llamados a desempeñar en el mundo…

La primera nota de envío y de mandato que Jesús da a los discípulos, es la de la universalidad… La misión de los discípulos se destina a “todo el mundo” y no deberá detenerse ante las barreras raciales, geográficas o culturales. La propuesta de salvación que Jesús hace y que los discípulos deben testimoniar, está destinada a toda la tierra.

Después, Jesús define el contenido del anuncio: el “Evangelio”. ¿Qué es el “Evangelio”? En el Antiguo Testamento (sobre todo en el Deutero Isaías y en el Tercer Isaías), la palabra “evangelio” está ligada a la “buena noticia” de la llegada de la salvación al Pueblo de Dios. Después, en boca de Jesús, la palabra “Evangelio” designa el anuncio de que el “Reino de Dios” ha llegado a la vida de los hombres, trayéndoles la paz, la liberación, la felicidad. Para los catequistas de las primeras comunidades cristianas, el “Evangelio” es el anuncio de un acontecimiento único, capital, fundamental: en Jesucristo, Dios vino al encuentro de los hombres, les manifestó su amor, agregó a su familia, les invitó a la comunidad del Reino, les ofreció la vida definitiva. Ese es el único y exclusivo “evangelio”, la “buena noticia” que cambia el curso de la historia y que transforma el sentido y los horizontes de la existencia humana.

El anuncio del “Evangelio”, obliga a los hombres a una opción. Quien se adhiere a la propuesta que Jesús hace, llegará a la vida plena y definitiva (“quien crea y sea bautizado se salvará”); pero quien rechace esa propuesta, quedará al margen de la salvación (“quien no crea será condenado”, v. 16).

El anuncio del Evangelio que los discípulos están llamados a hacer, atañe no sólo a los hombres, sino “a toda criatura”. Muchas veces el hombre, guiado por criterios de egoísmo, de codicia y de lucro, explota la creación, destruye ese mundo “bueno” y armonioso que Dios creó… Sin embargo, la propuesta de salvación que Dios presenta está destinada a transformar el corazón del hombre, eliminando el egoísmo y la maldad. Al transformar el corazón del hombre, el “Evangelio” presentado por Jesús es anunciado por los discípulos, va a proponer una nueva relación del hombre con las otras criaturas, una relación ya nunca más marcada por el egoísmo y por la explotación, sino por el respeto y por el amor. De esa forma, nacerá una nueva humanidad y una nueva naturaleza.

La presencia de la salvación de Dios en el mundo se convierte en una realidad a través de los gestos de los discípulos de Jesús… Comprometidos con Jesús, los discípulos vencerán la injusticia y la opresión (“echarán demonios en mi nombre”), serán heraldos de la paz y del entendimiento entre los hombres (“hablarán lenguas nuevas”), llevarán esperanza y vida nueva a todos los que sufren y que son prisioneros de la enfermedad y del sufrimiento (“Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán

sanos”); y, en todos los momentos, Jesús estará con ellos, ayudándoles a vencer las contrariedades y las oposiciones.

En la segunda escena (v. 19), Jesús sube al cielo y se sienta a la derecha de Dios. La elevación de Jesús al cielo (ascensión) es una forma de sugerir que, después del cumplimiento de su misión entre los hombres, Jesús fue al encuentro del Padre y volvió a entrar en la comunión con el Padre.

La entronización de Jesús “a la derecha de Dios” muestra, a su vez, la verdad de la propuesta de Jesús. En la concepción de los pueblos antiguos, aquel que se sentaba a la derecha de Dios era un personaje distinto, que el rey quería honrar de forma especial… Jesús, porque cumplió con total fidelidad el proyecto de Dios para con los hombres, es honrado por el Padre y sentado a su derecha. La propuesta que Jesús presentó, que los discípulos acogieron y que van a ser llamados a testimoniar en el mundo, no es una aventura sin sentido y sin salida, sino que es el proyecto de salvación que Dios quiere ofrecer a los hombres.

En la tercera escena (v. 20), se describe resumidamente la acción misionera de los discípulos: ellos marcharán (quiere decir, dejarán atrás sus seguridades y afectos humanos por causa de la misión) a predicar (quiere decir a anunciar con palabras y con gestos concretos esa vida nueva que Dios ofreció a los hombres a través de Jesús) por todas partes (proponiendo a todos los hombres, sin excepción, la propuesta salvadora de Dios).

El autor de esta catequesis asegura a los discípulos que no están solos durante la misión… Jesús, vivo y resucitado, está con ellos, coopera con ellos y se manifiesta al mundo en las palabras y en los gestos de los discípulos.

La fiesta de la Ascensión de Jesús es, sobretodo, el momento en el que los discípulos toman conciencia de su misión y de su papel en el mundo. La Iglesia (la comunidad de los discípulos, reunida alrededor de Jesús, animada por el Espíritu) es, esencialmente, una comunidad misionera, cuya misión es testimoniar en el mundo la propuesta de salvación y de liberación que Jesús vino a traer a los hombres.

Jesús fue al encuentro del Padre, después de una vida gastada al servicio del “Reino”; dejó a sus discípulos la misión de anunciar el “Reino” y de convertirlo en una propuesta capaz de renovar y de transformar el mundo. Celebrar la ascensión de Jesús significa, antes de nada, tomar conciencia de la misión que fue confiada a los discípulos y sentirse responsable por la presencia del “Reino” en la vida de los hombres. ¿Soy consciente de que la Iglesia, la comunidad de los discípulos, a la que yo pertenezco, también es, hoy, la presencia liberadora y salvadora de Jesús en medio de los hombres? ¿Cómo intento testimoniar el “Reino” en mi vida de todos los días, en casa, en el trabajo o en la escuela, en la parroquia, en la comunidad religiosa?

La misión que Jesús confió a los discípulos es una misión universal: las fronteras, las razas, la diversidad de culturas, no pueden ser un obstáculo para la presencia de la propuesta liberadora de Jesús en el mundo. ¿Tengo conciencia de que la misión que fue confiada a los discípulos es una misión universal? ¿Tengo conciencia de que Jesús me envía a todos los hombres, sin distinción de razas, de etnias, de diferencias religiosas, sociales o económicas, a anunciarles la liberación, la salvación, la vida definitiva? ¿Tengo conciencia de que soy responsable de la vida, de la felicidad y de la libertad de todos mis hermanos, aunque habiten en el otro lado del mundo?

Hacerse discípulo es, en primer lugar, aprender las enseñanzas de Jesús, a partir de sus palabras, de sus gestos, de su vida ofrecida por amor. Es claro que el mundo del siglo XXI presenta, todos los días, desafíos nuevos; pero los discípulos, formados en la escuela de Jesús, están invitados a leer los retos que el mundo presenta hoy, a la luz de las enseñanzas de Jesús. ¿Me preocupo de conocer bien las enseñanzas de Jesús y de aplicarlas a la vida de todos los días?

El día en el que fui bautizado, me comprometí con Jesús y me vinculé a la comunidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Mi vida, ha sido coherente con ese compromiso?

Es un tremendo desafío testimoniar, hoy, en el mundo los valores del “Reino” (esos valores que, muchas veces, están en contradicción con aquello que el mundo defiende y que considera que son prioridades de la vida). Con frecuencia, los discípulos de Jesús son objeto de risas y de escarnio de los hombres, porque insisten en testimoniar que la felicidad está en el amor y en la donación de la vida; con frecuencia, los discípulos de Jesús son presentados como víctimas de una máquinaria de esclavización, que produce esclavos, alienados, víctimas del oscurantismo, porque insisten en testimoniar que la vida plena está en el perdón, en el servicio, en la entrega de la vida. Enfrentarse con el mundo genera muchas veces, en los discípulos, desilusión, sufrimiento, frustración… En los momentos de decepción y de desilusión conviene, sin embargo, recordar las palabras de Jesús: “yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. Esta certeza debe alimentar el coraje con el que testimoniamos aquello en lo que creemos.