I Vísperas – Ascensión del Señor

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: NO, YO NO DEJO LA TIERRA

«No, yo no dejo la tierra.
No, yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres.»

¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía.

El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que, al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.

El cielo ha comenzado.
Vosotros sois mi cosecha.
El Padre ya os ha sentado
conmigo, a su derecha.

Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y voy al Padre. Aleluya.

Salmo 112 – ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y voy al Padre. Aleluya.

Ant 2. Después de haber tratado con ellos, el Señor Jesús fue elevado al cielo, y allí está sentado a la diestra de Dios. Aleluya.

Salmo 116 – INVITACIÓN UNIVERSAL A LA ALABANZA DIVINA.

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos:

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Después de haber tratado con ellos, el Señor Jesús fue elevado al cielo, y allí está sentado a la diestra de Dios. Aleluya.

Ant 3. Nadie sube al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Aleluya.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nadie sube al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Aleluya.

LECTURA BREVE   Ef 2, 4-6

Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo -por pura gracia habéis sido salvados- y nos resucitó con él, y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús.

RESPONSORIO BREVE

V. Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.
R. Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.

V. El Señor, al son de trompetas.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Padre, he dado a conocer tu nombre a los hombres que me diste; te ruego por ellos, no por el mundo, ahora que voy a ti. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Padre, he dado a conocer tu nombre a los hombres que me diste; te ruego por ellos, no por el mundo, ahora que voy a ti. Aleluya.

PRECES

Aclamemos, alegres, a Jesucristo, que se ha sentado hoy a la derecha del Padre, y digámosle:

Cristo, tú eres el rey de la gloria.

Rey de la gloria, que has querido glorificar por medio de tu cuerpo la fragilidad de nuestra carne, elevándola hasta la gloria del cielo,
purifícanos de toda mancha y devuélvenos nuestra antigua dignidad.

Tú que por amor descendiste hasta nosotros,
haz que también nosotros por amor subamos hasta ti.

Tú que prometiste atraer a todos hacia ti,
no permitas que nosotros seamos apartados de la unidad de tu cuerpo.

Tú que nos has precedido al cielo en tu ascensión gloriosa,
haz que te sigamos ahí con nuestro corazón y nuestra mente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ya que te esperamos como Dios, juez de todos los hombres,
haz que un día podamos contemplarte en tu gloria y majestad, junto con nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre, repitiendo la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 12 de mayo

Lectio: Sábado, 12 Mayo, 2018
Tiempo de Pascua

1) Oración inicial
¡Oh Dios!, que por la resurrección de tu Hijo nos has hecho renacer a la vida eterna; eleva nuestros corazones hacia el Salvador, que está sentado a tu derecha, a fin de que cuando venga de nuevo, los que hemos renacido en el bautismo seamos revestidos de una inmortalidad gloriosa. Por Jesucristo nuestro Señor.

 
2) Lectura
Del santo Evangelio según Juan 16,23b-28

En verdad, en verdad os digo:
lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.
Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre.
Pedid y recibiréis,
para que vuestro gozo sea colmado.
Os he dicho todo esto en parábolas.
Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas,
sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre.
Aquel día pediréis en mi nombre
y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros,
pues el Padre mismo os quiere,
porque me queréis a mí
y creéis que salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo.
Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre.»
 
3) Reflexión
• Jn 16,23b: Los discípulos tienen pleno acceso al Padre. Ésta es la seguridad que Jesús anuncia a sus discípulos: que, en unión con él, pueden tienen acceso a la paternidad de Dios. La mediación de Jesús conduce a los discípulos hasta el Padre. Es evidente que la función de Jesús no es sustituir a “los suyos”: no los suplanta mediante una función de intercesión, sino que los une a sí; y en comunión con Él, ellos presentan sus carencias y necesidades.

Los discípulos están seguros de que Jesús dispone de la riqueza del Padre: “En verdad, en verdad os digo: si pedís alguna cosa al Padre en mi nombre, él os la dará” (v.23b). De esta manera, es decir, en unión con Él, la riqueza pasa a ser eficaz. El objeto de cualquier petición al Padre debe estar siempre conectado a Jesús, esto es, a su amor y a su proyecto de dar la vida al hombre (Jn 10,10). La oración dirigida al Padre en el nombre de Jesús, en unión con Él (Jn 14,13; 16,23), es atendida.
Hasta ahora, los discípulos no habían pedido nada en nombre de Jesús, lo podrán hacer después de su glorificación (Jn 14,13s) cuando reciban el Espíritu que irradiará plenamente sobre su identidad (Jn 4,22ss) y operará la unión con Él. Los suyos podrán pedir y recibir con pleno gozo, cuando pasen de la visión sensible a la visión de la fe.
• Jn 16,24-25: En Jesús tenemos contacto directo con el Padre. Los creyentes están incluidos en la relación entre el Hijo y el Padre. En Jn 16,26 Jesús insiste en el nexo operado por el Espíritu, que permitirá a los suyos presentar al Padre cualquier petición en unión con Él. Esto sucederá “en aquel día”. ¿Qué quiere decir “aquel día pediréis”? Es el día que vendrá a los suyos y les comunicará el Espíritu (Jn 20,19-22). Entonces, los discípulos, conociendo la relación entre Jesús y el Padre, sabrán que son escuchados. No será preciso que Jesús se interponga entre el Padre y los discípulos para pedir favorecerlos, no porque haya acabado su mediación, sino porque ellos, habiendo creído en la encarnación del Verbo y estando estrechamente unidos a Cristo, serán amados por el Padre como el Padre ama al Hijo (Jn 17,23.26). En Jesús experimentan los discípulos el contacto directo con el Padre.
• Jn 16,26-27: La oración al Padre. Así pues, orar es ir al Padre por medio de Jesús; dirigirse al Padre en el nombre de Jesús. Prestemos especial atención a la expresión de Jesús en los vv.26-27: “y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere”. El amor del Padre por los discípulos se basa en la adhesión de “los suyos” a Jesús, en la fe sobre su procedencia, es decir, en el reconocimiento de Jesús como don del Padre. Después de haber asemejado a los discípulos con él, parece como si Jesús se retirase de su condición de mediador, pero en verdad deja que nos tome y nos atienda sólo el Padre: “Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” (v.24). Conectados en la relación con el Padre mediante la unión con Él, nuestro gozo es total y nuestra oración perfecta. Dios ofrece siempre su amor a todo el mundo, pero este amor se torna recíproco sólo si el hombre responde. El amor es incompleto si no es recíproco: hasta que el hombre no lo acepta, permanece en suspenso. Los discípulos lo aceptan en el momento en que aman a Jesús, y de esta manera se torna operativo el amor del Padre. La oración es esta relación de amor. En el fondo, la historia de cada uno de nosotros se identifica con la historia de su oración, incluyendo aquellos momentos que no parecen tales: el deseo es ya una oración, como también la búsqueda, la angustia…
 
4) Para la reflexión personal
• Mi oración personal y comunitaria, ¿se realiza en un estado de quietud, de paz y de gran tranquilidad?

• ¿Con qué empeño me dedico a crecer en la amistad con Jesús? ¿Estás convencido de que puedes lograr una identificación real a través de la comunión con Él y del amor al prójimo?
 
5) Oración final
Es rey de toda la tierra:

¡tocad para Dios con destreza!
Reina Dios sobre todas las naciones,
Dios, sentado en su trono sagrado. (Sal 47,8-9)

Fiesta de la Ascensión

Dando continuidad a la pedagogía de los domingos anteriores, podríamos profundizar en esta dimensión joánica de la ascensión de Jesús: la vuelta al Padre.

Jesús ha cumplido hasta el final la misión del Padre, y ahora vuelve a su morada propia, desde toda la eternidad: al seno de Dios. Consigo arrastra a toda la humanidad. Y desde arriba, atrae todo hacia Sí, Cordero entronizado a la derecha de Dios, Señor de la Historia (tal como nos lo presenta el Apocalipsis).

Atrae desde arriba y desde dentro, pues nos envía desde el Padre al Espíritu Santo, cuya misión es actualizar la palabra de Jesús y hacernos participar personal y comunitariamente en el camino realizado por Jesús.

La vuelta al Padre desvela el secreto íntimo del corazón de Jesús y de su vida entera: su amor y su esperanza, su anhelo y su descanso.

Cuando se oye a Jesús hablar de su Padre, sentimos vibrar todo su ser. Vino a cumplir su voluntad, y su alegría consistió en descubrirnos quién es Dios para nosotros y cuál es su proyecto de amor infinito.

No cabe conocer a Jesús si, simultáneamente, no conocemos al Padre. Son uno en sentido absoluto.

Lee y medita: Jn 14,1-14; 16,25-33.

No hay quizá en toda la Biblia ningún texto más expresivo sobre la Ascensión, en cuanto vuelva al Padre, como Jn 17.

Jesús intercede siempre por nosotros. Por eso, la Ascensión no significa que se desentiende del mundo, sino que nos precede (prefacio de la Eucaristía) y se hace presente de un modo nuevo.

Aprópiate la «oración sacerdotal» de Jesús, y podrás percibir el Espíritu de Jesús: su fuente de amor, su unidad en el Padre y con los hombres…

Javier Garrido

La Ascensión

Lo mismo que en los relatos de la Resurrección y en algunos otros, en el de la Ascensión del Señor a los Cielos hay que distinguir la verdad que se nos quiere comunicar del ropaje literario en el que esa verdad se nos ofrece.

Comenzaremos hablando del ropaje para que quede claro que es eso: un ropaje que contiene una gran verdad.

En los Hechos de los Apóstoles (1ª lectura: 1,1-11) Lucas, su autor, nos “escenifica” la conciencia de la partida de Jesús diciendo que “lo vieron subir, hasta que una nube lo ocultó a su vista”.

San Pablo en su carta a los Efesios (2ª lectura: 1, 17-23) completa “el cuadro” afirmando que “el Padre lo ha sentado a su derecha en los Cielos”

San Marcos en su Evangelio, (3ª lectura:16, 15-20) dice: “Jesús, el Señor, después de haber hablado con ellos, subió al cielo y se sentó a la diestra de Dios”.

Evidentemente es una forma de darnos a conocer la vuelta de Jesús al misterio de Dios.

Dios ni tiene diestra, ni está sentado en ningún trono, ni Jesús subió hasta que le cubrieron las nubes, ni está “arriba” –en el Cielo- como domicilio de Dios.

Es el lenguaje humano con el que la Revelación quiere comunicarnos uno de los grandes acontecimientos de la Historia de la Salvación, de modo adecuado a nuestra capacidad cognoscitiva. Dios nos “HABLA” de manera que podamos hacernos una idea de lo que nos quiere decir. Hoy en concreto afirmar rotundamente

EL HECHO DE LA ASCENSIÓN

Es decir: que Jesús volvió al misterio de Dios de donde había salido.

Hay un momento en el que los Apóstoles son conscientes de que las apariciones puntuales y extraordinarias de Jesús Resucitado dejan de tener lugar. Esa constatación incluye su certeza de que Jesús, realizada la obra que le había encomendado el Padre, retorna allí de donde salió.

No es una invención suya puesto que Jesús ya se lo había anunciado en varias ocasiones.

Uno de esos “anuncios” lo recoge San Juan en su Evangelio: “Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y vuelvo al Padre” (16,28)

En otro momento de la Última Cena se lo dijo con otras palabras: “En la casa de mi Padre hay muchos lugares. Cuando me haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo para que donde yo esté, estéis también vosotros”(Juan 14,2-3).

Mucho tiempo antes y enfrentándose a los judíos, había afirmado: “Aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo y adónde voy” (Jn. 8,14)

De la misma manera y con la misma fuerza con la que narran las apariciones del Resucitado, no solo los Apóstoles sino también otros fieles seguidores, experimentan su desaparición. Son conscientes de que Jesús ya no está con ellos de esa manera y de que ha cumplido su anuncio de volver al Padre.

Esa certeza es la que nos quieren comunicar mediante el lenguaje que hemos recordado en los textos.

El final de las apariciones de Jesús Resucitado “deja” a los Apóstoles con la ayuda exclusiva que les prometió “de estar junto a nosotros hasta el final de los tiempos” (Mt, 28,20) y la asistencia del Espíritu “que nos enviará de parte del Padre.(Jn.14,16). Sobre esto (D.M.) volveremos ampliamente el día de Pentecostés.

Juan nos refiere la escena del Cenáculo en la que les hace esa promesa y en la que una vez más Jesús les habla de su partida. “Ahora vuelvo al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?, sino que, porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el defensor no vendrá a vosotros; y si me voy, os lo enviaré. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa”. (Jn. 16, 5 y ss)

Con esa asistencia ofertada a todos los creyentes, el pequeño grupo de seguidores de Jesús, la incipiente Iglesia, continuó su expansión hasta llegar nuestros tiempos y lugares.

Hoy la Iglesia, a la que pertenecemos todos nosotros, es la resultante de ese proceso comenzado por la presencia física de Jesús, luego por la extraordinaria de los encuentros con los Apóstoles ya resucitado y a partir de ahí con su providencia ordinaria asistiendo a los Apóstoles y a quienes continuaron su acción evangelizadora hasta nuestro siglo XXI.

Junto a este recuerdo-fiesta de la Ascensión del Señor, vienen a nuestras mentes algunos de los encargos que nos dejó como su testamento espiritual.

Nos dijo que no nos quedáramos pensativos mirando al cielo hasta su vuelta. Que fuéramos luz que ilumina, sal que sazona levadura que fermenta toda la masa.

Hemos de mirar al Cielo no para escaquearnos de la responsabilidad de construir el mundo con sabor a Evangelio, sino para que nunca olvidemos cual es nuestra verdadera patria, nuestro definitivo destino después de haber realizado el de la tierra.

Nos dijo que predicáramos el Evangelio a todas las gentes como expresión del amor que les debemos.

Como miembros que somos de un cuerpo cuya cabeza es Él, nos invitó a vivir santamente los compromisos ordinarios de nuestro diario vivir, en la familia, en el trabajo, en el estudio, en la sociedad, en la política, en la comunidad eclesial, en nuestro diario quehacer.

Nos anunció también que volvería a por nosotros para llevarnos con Él junto al Padre.

Hay otro “encargo” en el que puso especial énfasis: que nos amáramos los unos a los otros. Lo dijo taxativamente: “ESTO OS MANDO, QUE OS AMÉIS”.

Perfecto testamento, extraordinaria misión y grandiosa esperanza.

Acabamos esta pequeña reflexión sobre la partida de Jesús y su testamento, convirtiendo en Oración parte de las enseñanzas de San Pablo a los efesios: “Dios de nuestro Señor Jesucristo, concédenos espíritu de sabiduría que nos revele un conocimiento profundo; ilumina nuestra mente y corazón para que conozcamos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados y cuál la riqueza de la gloria para los que creen. AMÉN.

Pedro Sáez

Virgen prudentísima

– Oración a María

Querida Madre.
Acompáñame todos los días.
Ayúdame a portarme bien
y ser un buen hijo, servicial y atento
para lo que necesiten mis papás.
Quiero ser un buen hermano,
que no discuta ni me pelee tan fácil
por cosas que no son importantes.
Dame una manito en las cosas de la escuela
y ayúdame a tener siempre
una sonrisa para todos los que me rodean.
Ayúdame a vivir haciendo el bien,
como le enseñaste a tu hijo Jesús.
Ayúdame a ser como El y quererle con el alma y la vida.

– Le cuento a la Virgen

VIRGEN PRUDENTISIMA. Se me fue la lengua y le dije una grosería a mi hermano , ¡oye, Andrés … el que lo dice lo es!! y pum…!!! también te sacudí un derechazo por las costillas, pero la verdad es que él empezó primero y yo respondo rápido, los dos quedamos mal, mamá se puso triste y tú también Virgencita; eso no lo aguanto yo, ¡quién me mandó a pelear! para la próxima voy a estar prevenido. Tú guardabas las cosas en tu corazón y nunca le dijiste una cosa fea a nadie, yo quiero aprender controlarme como tú, porque aquí donde me ves me acuerdo y … me pongo triste.

– Le pido por todos

– Te pido que mi hermano y yo no peleemos nunca más.

– Enséñanos a controlarnos y tener prudencia.

– Ruega a Dios para que la gente que dirige los países del mundo actúen con prudencia y piense en el bien de las personas, especialmente de los niños más necesitados.

–  Pienso y rezo

Ahora cierro los ojos y el corazón para pensar y rezar un misterio del Rosario que corresponda al día de hoy. 1 Padrenuestro, 10 Avemarías y el gloria.

Ecclesia in Medio Oriente

La vida consagrada

51. El monacato, en sus diversas formas, ha nacido en Oriente Medio y es el origen de algunas de las iglesias de allí[47]. Que los monjes y monjas, que consagran su vida a la oración, santificando las horas del día y de la noche, encomendando en sus plegarias las preocupaciones y necesidades de la Iglesia y la humanidad, recuerden permanentemente a todos la importancia de la oración en la vida de la Iglesia y de todo creyente. Que los monasterios sean también lugares donde los fieles puedan dejarse guiar en la iniciación a la oración.


[47] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Orientale Lumen (2 mayo 1995): AAS 87 (1995), 745-774.

Anunciar el evangelio

1. A veces, el cristianismo es concebido, erróneamente, como milagrería o contemplación quimérica del cielo. Preocupan excesivamente los exorcismos diabólicos, las glosolalias y las sanaciones. No partimos de la proclamación del «evangelio» ni nos concentramos en el «mundo entero». Hemos distorsionado la «salvación» y la «condenación». Precisamente el evangelio de la Ascensión corrige estas desviaciones.

2. Cristo asciende, porque ha descendido; se transfigura, porque ha sido desfigurado. La Ascensión no es un hecho histórico constatadle: es objeto de fe. Es final de una etapa y comienzo de otra definitiva. Jesús deja de ser visible bajo una determinada forma de manifestación y se hace presente en unos nuevos «signos», a los que precede la evangelización y la entrada en la comunidad nueva.

3. La Iglesia y los cristianos recibimos la misión de Jesús muerto, resucitado y ascendido a los cielos. Es misión de fe, de crecimiento comunitario, de transformación de la creación.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Llevamos a cabo los cristianos la misión de Jesús?

Casiano Floristán

El reto de la adultez

La tarea histórica de Jesús termina. Toca ahora a los discípulos dar testimonio de su resurrección.

Tornar sus decisiones

Se discute acerca de la autoría precisa de este final de Marcos; sea como fuere el texto es antiguo y la tradición lo reconoce como parte integrante del evangelio. Su parentesco con Mateo es evidente. Se trata de la misión que debe emprender la comunidad de discípulos. Marcos establece una relación inmediata entre ella y la ascensión del Señor (16, 19-20), ausente en Mateo que no nos habla de la ascensión. El lazo no es fortuito, está cargado de enseñanzas.

El relato de la ascensión es escueto en Marcos, después de hablar a sus amigos, Jesús «fue ascendido al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (v. 19). La ausencia física del Señor abre un tiempo nuevo. El tiempo de la comunidad de discípulos. Por eso el libro que relata sus Hechos comienza con el episodio de la ascensión. En adelante los seguidores de Jesús no lo tendrán, no lo tendremos, tampoco nosotros, a mano para preguntarle a cada momento lo que debe hacerse. Deberán tomar sus propias decisiones. Vosotros seréis «mis testigos», dice el Señor (Hech 1, 8), no basta decir lo que vieron y oyeron, es necesario saber cómo hacerlo, a quiénes, en qué momento. Ello implica además de experiencia del Señor, lucidez e inteligencia históricas. Al ascender al cielo el Señor confía a los discípulos la continuación de su tarea. Esa confianza representa un reto, es una llamada a la adultez apostólica.

Mirar la tierra

Después de la breve presentación de la ascensión, el texto de Marcos dice: «Proclamaron el evangelio por todas partes» (v. 20).

La confianza que el Señor ha puesto en ellos los impulsa a la misión. La Iglesia muere cuando se repliega sobre sí misma, sobre lo adquirido, tal vez también sobre la defensa de los privilegios de algunos. La ascensión del Señor supone la salida misionera del discípulo; tarea que conducirá a confrontar nuevas realidades históricas, a probar su fe ante la resistencia, así como la indiferencia e incluso la crítica de otros. Como dice Pablo, citando el Salmo 68, 19: subiendo a las alturas, el Señor da dones, que deben producir frutos, a sus seguidores(cf. Ef 4, 8). De ellos, confortados por el Señor (Mc 16, 20), es la responsabilidad.

La tarea no será fácil, anunciar el evangelio significa también escuchar los problemas y las demandas de aquellos a quienes nos dirigimos. Estos nos cuestionan, y hacen nacer incertidumbres en los portadores del evangelio. El Señor nos asegura «la fuerza del Espíritu»(Hech 1, 8), impulso y discernimiento, como dice Pablo en otro lugar, en la misión encomendada. Pese a esta promesa los discípulos quedan absortos, golpeados quizá por la ausencia de Jesús, con temor de emprender la proclamación del evangelio. Se quedan allí «mirando al cielo» (Hech 1, 11). El mensajero de Dios les reprocha esa actitud, todavía no han entendido —aún hoy—que hay que mirar la tierra, la historia, en el seno de la cual es necesario dar testimonio del Resucitado.

Es necesario anunciar la vida en medio de una situación de injusticia secular y creciente, de violencia de diferentes signos que pisotea elementales derechos humanos. Importa hacerlo no con palabras genéricas, o con actitudes de poseedores de la verdad en todos los campos, sino con «humildad» (Ef 4, 2) y sin temor a los grandes de este mundo. A eso nos llama hoy la fiesta de la ascensión.

Gustavo Gutiérrez

Te he hecho a ti

Se cuenta que Tales de Mileto, matemático y astrónomo griego, contemplaba el cielo mientras caminaba, con tan mala suerte, que se hundió en un pozo de porquería. La criada o empleada le reprochó: “tanto mirar a las nubes que no conoces, y no te das cuenta de lo que tienes bajo tus pies”.

En éste domingo celebramos los católicos la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos. La podemos expresar también con la frase “volver al Padre”. El misterio de la Ascensión de Jesús a los cielos es el último paso del acontecimiento de la Resurrección. Si éste misterio fuera evidente y no cuestión de fe, sería la verdad más consoladora, más espléndida, más deseada, porque, ¿a qué más podemos aspirar que a ser felices, eternamente felices?.

La Ascensión de Jesús a los cielos marca el fin de una etapa de la vida de Jesús y el comienzo de otra. Pero importante. Nos cuesta aceptar el misterio: “subió a los cielos”. De hecho toda persona medianamente observadora se plantea alguna vez en la vida que pasa después de la muerte.

Jesús sube a los cielos, pero no nos deja abandonados. No ha querido actuar Él personalmente, pero sí indirectamente. Lo explica muy bien el jesuita hindú, Anthony de Mello: “Por la calle vi a una niña aterida, tiritando de frío dentro de su ligero vestido y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: “¿Por qué permites estas cosas?. ¿Por qué no haces algo para solucionarlo?”. Durante un rato Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: “Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti”.

Al subir al cielo Jesús nos ha entregado su testamento, su última voluntad: “Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda la creación”. En cuanto a la tarea de predicar, de dar a conocer el mensaje cristiano, quiero anotar que las señales: “echarán demonios, beberán veneno y no les hará daño”, a nuestra época tales indicadores nos parecen un tanto fuera de lugar. En la actualidad nos convencen más otros hechos, como pueden ser la experiencia de Dios, la práctica de la solidaridad y del servicio, la lucha liberadora, la vivencia de la ternura. “Id por todo el mundo”. Ahí tenemos una labor interminable, que nos aconseja salir de “la sacristía”. Pero no nos deja solos y solas en ésta empresa.

Josetxu Canibe

Entregar la vida

Hay muchas formas de vivir y también de morir. La muerte parece igual para todos pero no es así. Cada persona la vive a su manera. Cada uno se adentra en su misterio desde una actitud propia y personal. No es lo mismo morir entregando confiadamente la vida que morir rebelándose ante lo inevitable.

Para quien se agarra a esta vida como un bien definitivo, la muerte es la máxima desgracia, el enemigo supremo que nos ataca desde fuera y nos arrebata lo más precioso que tenemos: ese aliento misterioso que nos hace existir. Pero, ¿es posible acercarse a la muerte desde otra actitud?

Para un creyente, la vida es un regalo. El gran regalo que recibimos gratuitamente del Creador. No es una posesión. No es algo que hemos fabricado nosotros. Yo no hago nada para que la sangre corra por mis venas. No trabajo para hacer latir a mi corazón. Vivo sostenido misteriosamente por Dios.

Quien vive desde esa actitud, sin sentirse dueño y señor exclusivo de su existencia, puede morir entregando confiadamente su vida al Creador. No es fácil. La muerte no pierde nunca su trágica seriedad. Pero morir se convierte en un acto de fe, el acto de fe más grande que podemos hacer los humanos: poner nuestra existencia definitiva en manos de Aquel que es la fuente misteriosa de nuestro ser.

No es lo mismo morir «que entregar la vida». Para quien entrega la vida, la muerte no es algo que le sobreviene fatalmente desde fuera, sino el abandono confiado en Dios. Este «entregar la vida» no es necesariamente un acto puntual que se ha de hacer en el momento final. Es una orientación de toda la vida. La entrega final se prepara de muchas maneras y no es sino la culminación de todo un estilo de vivir.

La muerte se anticipa en muchas pequeñas muertes. La entrega se anticipa en muchas pequeñas entregas. Es la renuncia al afán de preservar la vida en este mundo la que nos conduce a disfrutar para siempre de la vida eterna. A Jesús nadie le arrebató la vida, la entregó él confiadamente al Padre. Por eso, Dios lo resucitó.

Éste es el núcleo de la fiesta cristiana de la Ascensión.

José Antonio Pagola