El reto de la adultez

La tarea histórica de Jesús termina. Toca ahora a los discípulos dar testimonio de su resurrección.

Tornar sus decisiones

Se discute acerca de la autoría precisa de este final de Marcos; sea como fuere el texto es antiguo y la tradición lo reconoce como parte integrante del evangelio. Su parentesco con Mateo es evidente. Se trata de la misión que debe emprender la comunidad de discípulos. Marcos establece una relación inmediata entre ella y la ascensión del Señor (16, 19-20), ausente en Mateo que no nos habla de la ascensión. El lazo no es fortuito, está cargado de enseñanzas.

El relato de la ascensión es escueto en Marcos, después de hablar a sus amigos, Jesús «fue ascendido al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (v. 19). La ausencia física del Señor abre un tiempo nuevo. El tiempo de la comunidad de discípulos. Por eso el libro que relata sus Hechos comienza con el episodio de la ascensión. En adelante los seguidores de Jesús no lo tendrán, no lo tendremos, tampoco nosotros, a mano para preguntarle a cada momento lo que debe hacerse. Deberán tomar sus propias decisiones. Vosotros seréis «mis testigos», dice el Señor (Hech 1, 8), no basta decir lo que vieron y oyeron, es necesario saber cómo hacerlo, a quiénes, en qué momento. Ello implica además de experiencia del Señor, lucidez e inteligencia históricas. Al ascender al cielo el Señor confía a los discípulos la continuación de su tarea. Esa confianza representa un reto, es una llamada a la adultez apostólica.

Mirar la tierra

Después de la breve presentación de la ascensión, el texto de Marcos dice: «Proclamaron el evangelio por todas partes» (v. 20).

La confianza que el Señor ha puesto en ellos los impulsa a la misión. La Iglesia muere cuando se repliega sobre sí misma, sobre lo adquirido, tal vez también sobre la defensa de los privilegios de algunos. La ascensión del Señor supone la salida misionera del discípulo; tarea que conducirá a confrontar nuevas realidades históricas, a probar su fe ante la resistencia, así como la indiferencia e incluso la crítica de otros. Como dice Pablo, citando el Salmo 68, 19: subiendo a las alturas, el Señor da dones, que deben producir frutos, a sus seguidores(cf. Ef 4, 8). De ellos, confortados por el Señor (Mc 16, 20), es la responsabilidad.

La tarea no será fácil, anunciar el evangelio significa también escuchar los problemas y las demandas de aquellos a quienes nos dirigimos. Estos nos cuestionan, y hacen nacer incertidumbres en los portadores del evangelio. El Señor nos asegura «la fuerza del Espíritu»(Hech 1, 8), impulso y discernimiento, como dice Pablo en otro lugar, en la misión encomendada. Pese a esta promesa los discípulos quedan absortos, golpeados quizá por la ausencia de Jesús, con temor de emprender la proclamación del evangelio. Se quedan allí «mirando al cielo» (Hech 1, 11). El mensajero de Dios les reprocha esa actitud, todavía no han entendido —aún hoy—que hay que mirar la tierra, la historia, en el seno de la cual es necesario dar testimonio del Resucitado.

Es necesario anunciar la vida en medio de una situación de injusticia secular y creciente, de violencia de diferentes signos que pisotea elementales derechos humanos. Importa hacerlo no con palabras genéricas, o con actitudes de poseedores de la verdad en todos los campos, sino con «humildad» (Ef 4, 2) y sin temor a los grandes de este mundo. A eso nos llama hoy la fiesta de la ascensión.

Gustavo Gutiérrez