Fiesta de la Ascensión

Dando continuidad a la pedagogía de los domingos anteriores, podríamos profundizar en esta dimensión joánica de la ascensión de Jesús: la vuelta al Padre.

Jesús ha cumplido hasta el final la misión del Padre, y ahora vuelve a su morada propia, desde toda la eternidad: al seno de Dios. Consigo arrastra a toda la humanidad. Y desde arriba, atrae todo hacia Sí, Cordero entronizado a la derecha de Dios, Señor de la Historia (tal como nos lo presenta el Apocalipsis).

Atrae desde arriba y desde dentro, pues nos envía desde el Padre al Espíritu Santo, cuya misión es actualizar la palabra de Jesús y hacernos participar personal y comunitariamente en el camino realizado por Jesús.

La vuelta al Padre desvela el secreto íntimo del corazón de Jesús y de su vida entera: su amor y su esperanza, su anhelo y su descanso.

Cuando se oye a Jesús hablar de su Padre, sentimos vibrar todo su ser. Vino a cumplir su voluntad, y su alegría consistió en descubrirnos quién es Dios para nosotros y cuál es su proyecto de amor infinito.

No cabe conocer a Jesús si, simultáneamente, no conocemos al Padre. Son uno en sentido absoluto.

Lee y medita: Jn 14,1-14; 16,25-33.

No hay quizá en toda la Biblia ningún texto más expresivo sobre la Ascensión, en cuanto vuelva al Padre, como Jn 17.

Jesús intercede siempre por nosotros. Por eso, la Ascensión no significa que se desentiende del mundo, sino que nos precede (prefacio de la Eucaristía) y se hace presente de un modo nuevo.

Aprópiate la «oración sacerdotal» de Jesús, y podrás percibir el Espíritu de Jesús: su fuente de amor, su unidad en el Padre y con los hombres…

Javier Garrido