La Ascensión

Lo mismo que en los relatos de la Resurrección y en algunos otros, en el de la Ascensión del Señor a los Cielos hay que distinguir la verdad que se nos quiere comunicar del ropaje literario en el que esa verdad se nos ofrece.

Comenzaremos hablando del ropaje para que quede claro que es eso: un ropaje que contiene una gran verdad.

En los Hechos de los Apóstoles (1ª lectura: 1,1-11) Lucas, su autor, nos “escenifica” la conciencia de la partida de Jesús diciendo que “lo vieron subir, hasta que una nube lo ocultó a su vista”.

San Pablo en su carta a los Efesios (2ª lectura: 1, 17-23) completa “el cuadro” afirmando que “el Padre lo ha sentado a su derecha en los Cielos”

San Marcos en su Evangelio, (3ª lectura:16, 15-20) dice: “Jesús, el Señor, después de haber hablado con ellos, subió al cielo y se sentó a la diestra de Dios”.

Evidentemente es una forma de darnos a conocer la vuelta de Jesús al misterio de Dios.

Dios ni tiene diestra, ni está sentado en ningún trono, ni Jesús subió hasta que le cubrieron las nubes, ni está “arriba” –en el Cielo- como domicilio de Dios.

Es el lenguaje humano con el que la Revelación quiere comunicarnos uno de los grandes acontecimientos de la Historia de la Salvación, de modo adecuado a nuestra capacidad cognoscitiva. Dios nos “HABLA” de manera que podamos hacernos una idea de lo que nos quiere decir. Hoy en concreto afirmar rotundamente

EL HECHO DE LA ASCENSIÓN

Es decir: que Jesús volvió al misterio de Dios de donde había salido.

Hay un momento en el que los Apóstoles son conscientes de que las apariciones puntuales y extraordinarias de Jesús Resucitado dejan de tener lugar. Esa constatación incluye su certeza de que Jesús, realizada la obra que le había encomendado el Padre, retorna allí de donde salió.

No es una invención suya puesto que Jesús ya se lo había anunciado en varias ocasiones.

Uno de esos “anuncios” lo recoge San Juan en su Evangelio: “Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y vuelvo al Padre” (16,28)

En otro momento de la Última Cena se lo dijo con otras palabras: “En la casa de mi Padre hay muchos lugares. Cuando me haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo para que donde yo esté, estéis también vosotros”(Juan 14,2-3).

Mucho tiempo antes y enfrentándose a los judíos, había afirmado: “Aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo y adónde voy” (Jn. 8,14)

De la misma manera y con la misma fuerza con la que narran las apariciones del Resucitado, no solo los Apóstoles sino también otros fieles seguidores, experimentan su desaparición. Son conscientes de que Jesús ya no está con ellos de esa manera y de que ha cumplido su anuncio de volver al Padre.

Esa certeza es la que nos quieren comunicar mediante el lenguaje que hemos recordado en los textos.

El final de las apariciones de Jesús Resucitado “deja” a los Apóstoles con la ayuda exclusiva que les prometió “de estar junto a nosotros hasta el final de los tiempos” (Mt, 28,20) y la asistencia del Espíritu “que nos enviará de parte del Padre.(Jn.14,16). Sobre esto (D.M.) volveremos ampliamente el día de Pentecostés.

Juan nos refiere la escena del Cenáculo en la que les hace esa promesa y en la que una vez más Jesús les habla de su partida. “Ahora vuelvo al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?, sino que, porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el defensor no vendrá a vosotros; y si me voy, os lo enviaré. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa”. (Jn. 16, 5 y ss)

Con esa asistencia ofertada a todos los creyentes, el pequeño grupo de seguidores de Jesús, la incipiente Iglesia, continuó su expansión hasta llegar nuestros tiempos y lugares.

Hoy la Iglesia, a la que pertenecemos todos nosotros, es la resultante de ese proceso comenzado por la presencia física de Jesús, luego por la extraordinaria de los encuentros con los Apóstoles ya resucitado y a partir de ahí con su providencia ordinaria asistiendo a los Apóstoles y a quienes continuaron su acción evangelizadora hasta nuestro siglo XXI.

Junto a este recuerdo-fiesta de la Ascensión del Señor, vienen a nuestras mentes algunos de los encargos que nos dejó como su testamento espiritual.

Nos dijo que no nos quedáramos pensativos mirando al cielo hasta su vuelta. Que fuéramos luz que ilumina, sal que sazona levadura que fermenta toda la masa.

Hemos de mirar al Cielo no para escaquearnos de la responsabilidad de construir el mundo con sabor a Evangelio, sino para que nunca olvidemos cual es nuestra verdadera patria, nuestro definitivo destino después de haber realizado el de la tierra.

Nos dijo que predicáramos el Evangelio a todas las gentes como expresión del amor que les debemos.

Como miembros que somos de un cuerpo cuya cabeza es Él, nos invitó a vivir santamente los compromisos ordinarios de nuestro diario vivir, en la familia, en el trabajo, en el estudio, en la sociedad, en la política, en la comunidad eclesial, en nuestro diario quehacer.

Nos anunció también que volvería a por nosotros para llevarnos con Él junto al Padre.

Hay otro “encargo” en el que puso especial énfasis: que nos amáramos los unos a los otros. Lo dijo taxativamente: “ESTO OS MANDO, QUE OS AMÉIS”.

Perfecto testamento, extraordinaria misión y grandiosa esperanza.

Acabamos esta pequeña reflexión sobre la partida de Jesús y su testamento, convirtiendo en Oración parte de las enseñanzas de San Pablo a los efesios: “Dios de nuestro Señor Jesucristo, concédenos espíritu de sabiduría que nos revele un conocimiento profundo; ilumina nuestra mente y corazón para que conozcamos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados y cuál la riqueza de la gloria para los que creen. AMÉN.

Pedro Sáez