Te he hecho a ti

Se cuenta que Tales de Mileto, matemático y astrónomo griego, contemplaba el cielo mientras caminaba, con tan mala suerte, que se hundió en un pozo de porquería. La criada o empleada le reprochó: “tanto mirar a las nubes que no conoces, y no te das cuenta de lo que tienes bajo tus pies”.

En éste domingo celebramos los católicos la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos. La podemos expresar también con la frase “volver al Padre”. El misterio de la Ascensión de Jesús a los cielos es el último paso del acontecimiento de la Resurrección. Si éste misterio fuera evidente y no cuestión de fe, sería la verdad más consoladora, más espléndida, más deseada, porque, ¿a qué más podemos aspirar que a ser felices, eternamente felices?.

La Ascensión de Jesús a los cielos marca el fin de una etapa de la vida de Jesús y el comienzo de otra. Pero importante. Nos cuesta aceptar el misterio: “subió a los cielos”. De hecho toda persona medianamente observadora se plantea alguna vez en la vida que pasa después de la muerte.

Jesús sube a los cielos, pero no nos deja abandonados. No ha querido actuar Él personalmente, pero sí indirectamente. Lo explica muy bien el jesuita hindú, Anthony de Mello: “Por la calle vi a una niña aterida, tiritando de frío dentro de su ligero vestido y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: “¿Por qué permites estas cosas?. ¿Por qué no haces algo para solucionarlo?”. Durante un rato Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: “Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti”.

Al subir al cielo Jesús nos ha entregado su testamento, su última voluntad: “Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda la creación”. En cuanto a la tarea de predicar, de dar a conocer el mensaje cristiano, quiero anotar que las señales: “echarán demonios, beberán veneno y no les hará daño”, a nuestra época tales indicadores nos parecen un tanto fuera de lugar. En la actualidad nos convencen más otros hechos, como pueden ser la experiencia de Dios, la práctica de la solidaridad y del servicio, la lucha liberadora, la vivencia de la ternura. “Id por todo el mundo”. Ahí tenemos una labor interminable, que nos aconseja salir de “la sacristía”. Pero no nos deja solos y solas en ésta empresa.

Josetxu Canibe