Solemnidad de la Ascensión

Jesús da a sus Apóstoles el mandamiento de ir a proclamar la Buena Nueva a la creación en su totalidad (en griego pasè tè ktisi). La expresión no sido escogida al azar. No dice “a todas las naciones” o “a toda la humanidad”, como le hacen decir algunas traducciones, sino simplemente “a toda la creación”. Acaso nos de alguna luz el colocar en paralelo este texto con el de la Carta a los Romanos, texto en el que dice Pablo que no hemos recibido un espíritu de servidumbre sino el Espíritu que hace de nosotros hijos adoptivos de Dios, a lo que añade él que la creación en su totalidad gime en medio de dolores de parto, esperando también ella la plenitud de la revelación.

Cuando la euforia de los descubrimientos científicos ha conducido a la humanidad a tratar con arrogancia y con irresponsabilidad no pocas veces al conjunto de la creación material, incluido en ésta el mundo animal, hasta el punto de poner en peligro el equilibrio ya que no el futuro del universo, no está de más el volver a escuchar este mensaje que nos dice que la Buena Nueva que los discípulos de Jesús han de predicar se dirige no únicamente a unos cuantos privilegiados, no únicamente a la humanidad, sino al conjunto de la creación. En realidad, todo el Nuevo testamento nos muestra la encarnación del Hijo de Dios como una nueva creación, como el comienzo de la vuelta a la armonía de los comienzos de los hombres, tanto entre si como con el cosmos en totalidad y con Dios.

Tal es su duda alguna también el sentido de los signos que han de acompañar según Jesús a quienes van a recibir esta buena nueva: cogerán serpientes en sus manos, beberán venenos sin que nada de esto les haga mal alguno; el mero hecho de tocar a los enfermos les devolverá la salud, y sobre todo expulsarán los espíritus malignos y hablarán una lengua nueva que puedan todos entender. No se trata en todo esto de “milagros” que tengan por finalidad el asombrar o el convencer. Se trata más bien del restablecimiento de la armonía inicial. El ser humano se halla ligado por todas las fibras de su ser al conjunto del cosmos. La armonía entre él y Dios no puede ser restablecida sin que sea restablecida la armonía entre él y toda la naturaleza creada.

Esa misma enseñanza la hallamos en el pasaje de la Carta de Pablo a los Efesios que tenemos hoy como segunda lectura. Pablo recomienda a los Cristianos de Éfeso que iban en una unidad entre ellos; “…con mucha humildad, dulzura y paciencia, soportaos mutuamente unos a otros con amor; tratad de conservar la unidad en el Espíritu por el vínculo de la paz”. Y explica que el fundamento de esta unidad se halla en el hecho de que todos hemos recibido la misma gracia, por Cristo “que ha bajado hasta lo más bajo en la tierra” y que “ha subido hasta lo más alto de los cielos para colmar todo el universo”.

Una vez que ha dado Jesús su mensaje a los Apóstoles, y que ha desaparecido de su mirada en una nube, prosiguen éstos inmóviles mirando fijamente en la dirección a donde ha marchado. Dos ángeles los devuelven entonces a la realidad: “¿Por qué seguís ahí mirando al cielo?”. Los Apóstoles han comprendido lo que les ha sido dicho y marchan a difundir por doquier la Buena Nueva. Buena Nueva que se ha llegado hasta nosotros, de suerte que es ahora tarea nuestra el seguir difundiéndola por parte nuestra no sólo a toda la humanidad, sino sencillamente a toda la creación.

Vivimos en un mundo en que las “malas noticias” llenan toda la prensa; destrucciones masivas en el curso de conflictos armados, o como consecuencia de seísmos naturales que se han hecho más mortíferos debido a construcciones inadecuadas, o como consecuencia de una gestión irresponsable de los recursos naturales y del mundo animal – y en un mundo en el que abundan al mismo tiempo las falsas buenas noticias que ofrecen paraísos efímeros y superficiales. En este mundo es deber nuestro, como discípulos que somos de Jesús de Nazaret, el hacer presente su Buena Nueva por una vía de armonía con Él, entre nosotros, con los humanos de todas las razas, culturas y religiones así como con el conjunto del cosmos.

A. Veilleux