1Cor 12, 3b- 7.12-13 (2ª lectura Domingo de Pentecostés)

La comunidad cristiana de Corinto era viva y fervorosa, pero no era una comunidad ejemplar en lo que respecta a la vivencia del amor y de la fraternidad: los partidos, las divisiones, las contiendas y rivalidades, perturbaban la comunión y constituían un contra testimonio.

Las cuestiones sobre el tema de los “carismas” (dones especiales concedidos por el Espíritu a determinadas personas o grupos para provecho de todos), se hacían sentir con especial agudeza: los que poseían esos dones carismáticos se consideraban los “escogidos” de Dios, se presentaban como “iluminados” y asumían con frecuencia actitudes de autoritarismo y de prepotencia que no favorecían la fraternidad y la libertad; por otro lado, los que no habían sido dotados de estos dones eran despreciados y descalificados, considerados casi como “cristianos de segunda”, sin voz ni voto en la comunidad.

Pablo no puede ignorar esta situación. En la primera carta a los corintios, corrige, amonesta, da consejos, muestra la incoherencia de estos comportamientos, incompatibles con el Evangelio. En el texto que se nos propone, Pablo aborda la cuestión de los “carismas”.

En primer lugar, Pablo afirma que es preciso saber enjuiciar la validez de los dones carismáticos, para que no se hable de “carismas” a propósito de comportamientos que pretenden únicamente garantizar privilegios de ciertas figuras.

Según Pablo, el verdadero “carisma” es el que lleva a confesar que “Jesús es el Señor” (pues no puede haber oposición entre Cristo y el Espíritu) y que sea útil para el bien de la comunidad.

Por lo demás, es preciso que los miembros de la comunidad tengan conciencia de que, a pesar de la diversidad de dones espirituales, es el mismo Espíritu el que actúa en todos; que a pesar de la diversidad de funciones, es el mismo Señor Jesús el que está presente en todos; que a pesar de la diversidad de acciones, es el mismo Dios que actúa en todos. No hay, por tanto, “cristianos de primera” y “cristianos de segunda”. Lo importante es que los dones del Espíritu estén para el bien de todos y sean utilizados, no para mejorar la propia posición o el propio “ego”, sino para el bien de toda la comunidad.

Pablo concluye su razonamiento comparando a la comunidad cristiana con un “cuerpo” con muchos miembros. A pesar de la diversidad de miembros y funciones, el “cuerpo” es uno sólo. Por todos los miembros circula la misma vida, pues todos han sido bautizados en un solo Espíritu y han recibido un único Espíritu.

El Espíritu es, pues, presentado como aquel que alimenta y que da vida al “cuerpo de Cristo”; de esa forma, fomenta la cohesión, dinamiza la fraternidad y es el responsable de la unidad de los distintos miembros que forman la comunidad.

Para reflexionar y actualizar la Palabra, considerad los siguientes elementos:

Todos tenemos conciencia de que somos miembros de un único “cuerpo”, el cuerpo de Cristo, que es el mismo Espíritu el que nos alimenta, aunque desempeñemos funciones diversas (no más dignas o más importantes, sino distintas).

Sin embargo encontramos, con alguna frecuencia, cristianos con una conciencia viva de su superioridad y de su situación “a parte” en la comunidad (sea en razón de la función que desempeñan, sea en razón de sus “cualidades” humanas), a los que les gusta mandar y hacerse notar.

A veces, se ven actitudes de prepotencia y de autoritarismo por parte de aquellos que se consideran depositarios de dones especiales; a veces, la Iglesia continúa dando la impresión, a pesar del Concilio Vaticano II, de ser una pirámide en lo alto de la cual hay una élite que preside y toma las decisiones y en cuya base está el rebaño silencioso, cuya función es obedecer.

¿Esto tiene algún sentido, a la luz de la doctrina que expone Pablo?

Los “dones” que recibimos no pueden generar conflictos y divisiones, sino que deben servir para el bien común y para reforzar la vivencia comunitaria.
¿Nuestras comunidades son espacios para compartir fraternalmente, o son campos de batalla donde se litigan intereses personales, actitudes egoístas, intentos de reafirmación personal?

Es preciso tener conciencia de la presencia del Espíritu: él es el que alimenta, da vida, anima, distribuye sus dones conforme a las necesidades; y él es el que conduce a las comunidades en su marcha por la historia. Fue derramado en todos los creyentes y reside en toda la comunidad.
¿Tenemos conciencia de la presencia del Espíritu e intentamos abrirnos a su voz y acoger sus indicaciones?
¿Tenemos conciencia de que, por el hecho de que desempeñemos esta o aquella función, no somos las únicas voces autorizadas para hablar en el nombre del Espíritu?