Hch 2, 1-11 (1ª lectura Domingo de Pentecostés)

Ya vimos, en el comentario a los textos de los domingos anteriores, que el libro de los “Hechos” no pretende ser un reportaje periodístico de los acontecimientos históricos, sino ayudar a los cristianos, desilusionados porque el “Reino” no llega, a redescubrir su papel y a tomar conciencia del compromiso que asumieron, en el día de su bautismo.

Con respecto al texto que hoy se nos propone, y que describe los acontecimientos del día de Pentecostés, no existen dudas de que es una construcción artificial, creada por Lucas con una clara intención teológica.

Para presentar su catequesis, Lucas utiliza las imágenes, los símbolos, el lenguaje poético de las metáforas. Nos toca a nosotros descodificar los símbolos para que lleguemos a la interpretación concreta que la catequesis primitiva, por la palabra de Lucas, nos dejó.

Una interpretación literal de este relato nos haría poner nuestra atención en el ropaje exterior, en el folclore, e ignorar lo fundamental.

El interés principal del autor es presentar a la Iglesia como la comunidad que nace de Jesús, y que está asistida por el Espíritu está llamada a testimoniar, ante los hombres, el proyecto liberador del Padre.

Antes de nada, Lucas sitúa la venida del Espíritu en el día de Pentecostés. Pentecostés era una fiesta judía, celebrada cincuenta días después de la Pascua. Originariamente, era una fiesta agrícola, en la cual se agradecía a Dios la cosecha de la cebada y del trigo; pero, en el siglo I, se convirtió en la fiesta histórica que celebraba la alianza, la entrega de la Ley en el Sinaí y la construcción del Pueblo de Dios.

Al situar en este día el don del Espíritu, Lucas sugiere que el Espíritu es la ley de la nueva alianza (pues es él el que, en el tiempo de la Iglesia, anima la vida de los creyentes) y que, por él, se constituye la nueva comunidad del Pueblo de Dios, la comunidad mesiánica, que vivirá de la ley inscrita, por el Espíritu, en el corazón de cada discípulo (cf. Ez 36,26-28).

Viene, después, la narración de la manifestación del Espíritu (Hch 2,2-4). El Espíritu es presentado como “la fuerza de Dios”, a través de dos símbolos: el viento de la tempestad y el fuego.

Son los símbolos de la revelación de Dios en el Sinaí, cuando Dios dio al Pueblo la Ley y constituyó a Israel como Pueblo de Dios (cf. Ex 19,16.18; Dt 4,36). Estos símbolos evocan la fuerza irresistible de Dios, que viene al encuentro del hombre, que entra en comunicación con él y que, dándole el Espíritu, constituye la comunidad de Dios.

El Espíritu (fuerza de Dios) es presentado en forma de lengua de fuego. La lengua no es solamente la expresión de la identidad cultural de un grupo humano, sino también la manera de comunicarse, de establecer lazos duraderos entre las personas, de crear comunidad. “Hablar otras lenguas” es crear relaciones, es la posibilidad de superar el gueto, el egoísmo, la división, el racismo, la marginación. Aquí tenemos el reverso de Babel (cf. Gn 11,1-9): allí los hombres escogieron el orgullo, la ambición desmedida que condujo a la separación y a desentenderse de los demás; aquí, se vuelve a la unidad, a la relación, a la construcción de una comunidad capaz de diálogo, de entendimiento, de comunión. Es el resurgir de una humanidad unida, no por la fuerza, sino por compartir la misma experiencia interior, fuente de libertad, de comunión, de amor. La comunidad mesiánica es la comunidad donde la acción de Dios (por el Espíritu) modifica profundamente las relaciones humanas, llevándola al compartir, a la relación, al amor.

Es en este escenario como debemos entender los efectos de la manifestación del Espíritu (cf. Hch 2,5-13): todos “les oían proclamar en su propia lengua las maravillas de Dios”. El elenco de los pueblos, convocados y unidos por el Espíritu, señala representantes de todo el mundo antiguo, desde Mesopotamia, pasando por Canaán, por el Asia Menor, por el norte de África, hasta Roma: a todos debe llegar la propuesta liberadora de Jesús, que hace de todos los pueblos una comunidad de amor y de comunión.

La comunidad de Jesús está así capacitada por el Espíritu para crear la nueva humanidad, la anti-Babel. La posibilidad de oír en la propia lengua “las maravillas de Dios”, no es otra cosa que la comunicación del Evangelio, que generará una comunidad universal. Sin dejar su cultura, sus diferencias, todos los pueblos escucharán la propuesta de Jesús y tendrán la posibilidad de formar parte de la comunidad de salvación, donde se habla la misma lengua y donde todos podrán experimentar ese amor y esa comunión que hace a pueblos tan diferentes, hermanos. Lo esencial pasa a ser la experiencia de amor que, desde el respeto por la libertad y por las diferencias, debe unir a todas las naciones de la tierra.

El Pentecostés de “Hechos” es, podemos decirlo, la página programática de la Iglesia y anuncia aquello que se realizará por la acción de los “testigos” de Jesús: la humanidad nueva, la anti-Babel, nacida de la acción del Espíritu, donde todos serán capaces de comunicarse y de relacionarse como hermanos, porque el Espíritu reside en el corazón de todos como ley suprema, como fuente de amor y de libertad.

Para la reflexión, considerad las siguientes indicaciones:

Tenemos, en este texto, los elementos esenciales que definen a la Iglesia: una comunidad de hermanos reunidos por Jesús, animados por el Espíritu del Señor resucitado y que testimonian en la historia el proyecto libertador de Jesús. De ese testimonio surge la comunidad universal de salvación, que vive en el amor y en el compartir, a pesar de las diferencias culturales y étnicas.
¿La Iglesia de la que formamos parte, es una comunidad de hermanos que se aman, a pesar de las diferencias? ¿Está reunida por Jesús y alrededor de Jesús? ¿Tiene conciencia de que el Espíritu está presente y que la anima? ¿Testimonia, de forma efectiva y coherente, la propuesta liberadora que Jesús le dejó?

Nunca estará de más realzar el papel del Espíritu en la toma de conciencia de la identidad y de la misión de la Iglesia. Antes de Pentecostés, había solamente un grupo encerrado entre cuatro paredes, incapaz de superar el miedo y de arriesgar, sin la iniciativa ni el coraje del testimonio; después de Pentecostés, tenemos una comunidad unida, que supera sus limitaciones humanas y se acepta como comunidad de amor y de libertad.
¿Tenemos conciencia de que es el Espíritu el que nos renueve, que nos orienta y que nos anima? ¿Damos suficiente espacio a la acción del Espíritu, en nosotros y en nuestras comunidades?

Para hacerse cristiano, nadie debe ser expoliado de su propia cultura: ni los africanos, ni los europeos, ni los sudamericanos, ni los negros, ni los blancos; todos están invitados, con sus diferencias, a acoger ese proyecto libertador de Dios, que hace que los hombres dejen de vivir encerrados en sí mismos, para vivir desde el amor. ¿La Iglesia, de la que formamos parte, es ese espacio de libertad y de fraternidad? ¿En ella encuentran un lugar y son acogidos con amor y con respeto, los que son de otra raza, los que no nos gustan, los que no son de nuestro círculo o los que son marginados y apartados por la sociedad?