Homilía – Domingo de Pentecostés

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

Yo creo que Dios es Espíritu, Aliento de Vida, Fuerza, Huracán, Energía, Poder.

Yo creo que el Espíritu es esa dimensión profunda y viva de la realidad, a la que llamamos Dios, distinta del Padre y del Hijo.

1.- Esta profesión de fe llego a afirmarla porque he recibido el testimonio de otras personas, por la gracia de Dios: «Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo». Nadie puede llegar a la fe si no es por el testimonio de otros.

En mi vida he conocido creyentes que con sus acciones me dan testimonio del Espíritu de Dios. El Espíritu llega hasta mí en alas del testimonio de quienes aman de verdad, sin reservas, desinteresadamente; se me revela el Espíritu en esos que han sabido jugarse todo en la carta de los pobres y del servicio al pueblo. Descubro una presencia del Espíritu en el afán incansable de las personas que luchan, que no desfallecen, que empujan hacia adelante sin miedo a ninguna barrera, aunque reciban un doloroso castigo. Me dan testimonio del Espíritu los que tratan de realizar lo que yo he juzgado por imposible, los que no tienen miedo cuando yo no me atrevo, los que son fuertes cuando yo tiemblo, los que esperan en las mismas circunstancias en que yo comienzo a desesperar.

Percibo la acción del Espíritu en todos aquellos, cercanos a mí, que creen que el pueblo puede pasar del asesinato al abrazo fraternal, de la atomización agresiva a una relación integradora y constructiva; en los que no confunden «la paz» evangélica con el orden establecido, en los que han descubierto que el mundo no se acaba en su ambiente burgués y han aceptado en sus vidas agudizar las contradicciones de la situación en que se encuentran. Sé que existe el Espíritu porque encuentro hombres arriesgados, valientes, esforzados, con fe. El Espíritu se manifiesta en todos aquellos que me perdonan, me ayudan, me aman, me llenan de esperanza y de gozo. El Espíritu existe, porque hay hombres que llevan un ruido interior, como de un «viento impetuoso» que todo lo conmueve, como de un terremoto que todo lo trastorna; son como lenguas de fuego que purifican, inquietan, ponen nerviosos e iluminan.

Veo el Espíritu en el esfuerzo de tantos por salir del sopor, por sacudir la rutina social y religiosa, por escapar de lo fácil y cómodo. El Espíritu de Dios está en los que no se conforman con la engañosa tranquilidad de la Iglesia, en los que no se dejan arrollar por la sociedad de consumo, en los que no resisten la esclavitud o la represión, en los que quieren librarse de la dictadura de la tecnocracia, en los que buscan responsabilidades en la marcha política del pueblo, en los que provocan cauces de verdadera representación. Se levanta en Espíritu en los movimientos de reivindicación social, en el esfuerzo por el desarrollo, en las conquistas del hombre.

Me dan testimonio del Espíritu aquellos que no hipotecan su fe, los que viven en la acción, los que aguantan con casta la lucha interior entre los criterios del mundo y las bienaventuranzas, los que resisten la tentación y no se refugian en la querencia del dinero, de la comodidad y del poder. Son testimonio de la fe todos aquellos que saben salir al centro del ruedo y se enfrentan con valor, cara a cara, de poder a poder, con tantas situaciones injustas. Todos los hombres del Espíritu tienen «ángel»; hay en ellos algo que llena de emoción, que conmueve, que llega a las fibras más íntimas de nuestra personalidad.

2.- Por ellos, por la gracia del Espíritu Santo, yo creo en el Espíritu de Dios; por ellos puedo dar testimonio de El ante vosotros. Mi testimonio del Espíritu no se limita a la mera fe trinitaria aprendida—un solo Dios verdadero en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo—. Es más profundo, también más confuso. Participa de la tiniebla que lleva consigo la vida humana.

Yo creo en el Espíritu como fuerza de amor. En medio del torpe balbuceo de mis expresiones de amor, de cariño tímido; a pesar de la lucha entre mi egoísmo y la entrega, entre mis bloqueos afectivos y la espontaneidad, mi pecado y la gracia, yo descubro en mí como una fuerza enorme, grande, como un surtidor que vence siempre la inercia, el amor. En el fondo, y por gracia del Espíritu de Dios, me descubro a mí mismo y a los demás con más impulsos de apertura que de egoísmo, con una voluntad más buena que mala. Veo que tengo más capacidad para querer que para, odiar. Experimento que puedo superar situaciones de graves conflictos en las relaciones con los demás. Yo sé, aunque lo sé calladamente, que esto es obra del Espíritu de Dios.

Yo creo en el Espíritu como poder de acción. Descubro en mí una lucha constante entre la tendencia a adormecerme y los impulsos de actividad, entre la paz falsa y la guerra, entre la comodidad y el vivir situaciones comprometidas. Pero hay algo por dentro de mí, como si fuera un Etna rugiente, que me mantiene vivo, en actividad, y que constantemente me está empujando a salir hacia fuera. Sé que hay en mí una fuerte corteza terrestre que está aguantando esta enorme fuerza, porque prefiero no nadar para poder guardar la ropa. A pesar de todo, hay vina voz imperiosa, una vocación, que me anima a que me lance del trampolín. Esto es el Espíritu de Dios. Lo sé bien y no me engaño. El mismo Espíritu late en muchos de nosotros como si fuéramos un solo cuerpo.

Yo creo que el Espíritu de Dios es la fuente de la esperanza. A veces todo parece absurdo; las puertas están cerradas o bloqueadas. Te decepcionan instituciones, personas, quehaceres, situaciones. Lo que un día fue ardiente deseo, plan común, luego se queda en nada. Esta amalgama de escepticismo y desconfianza lucha en mí con la acción del Espíritu de Dios: que me mantiene con esperanza. Todo es posible; nada puede impedir la acción del Espíritu de Dios, ni los fallos propios, ni las estructuras, ni la Iglesia, ni la sociedad. El Espíritu me lanza más allá de toda posibilidad actual, con la esperanza de que es posible un futuro mejor y más noble que el presente. Esta fuerza presente en mí, y en muchos, tiene su origen en el Espíritu de Dios. No me engaño, todos sentimos la misma esperanza como venida del mismo Espíritu.

Yo creo en el Espíritu Santo. Esto no quiere decir que haya asimilado toda su realidad. Junto a mi confesión de fe, tengo que poner la confesión de mis pecados. En mí, el Espíritu Santo, espíritu perfecto y fuerte, convive aún con el espíritu mío, espíritu deficiente y débil.

Obra del Espíritu es el perdón, la purificación y la transformación. Repitamos en el fondo de nosotros la oración de tantas generaciones: «Ven, Espíritu Santo, invade los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». «Envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra» (Sal 103).