Invocando al Espíritu

«No os dejaré huérfanos: os enviaré el Espíritu». El discurso de des- pedida de Jesús, que leemos en este tiempo de la Ascensión, se hace oración. Antes de dejar a los suyos, Jesús invoca al Padre por aquellos que ha recibido de su mano.

Recibirán el Espíritu. La Iglesia va a recibir su constitución: no ya un código de mandamientos, sino una ley interior incesantemente reescrita y puesta al día (¡aggiornamento!) por el Espíritu. De edad en edad, la Iglesia nacerá del Espíritu y será llamada a reencontrar la fuente de su existencia. Vivirá del Espíritu, abandonándose a la pasión de amar que la abrasa.

Los discípulos van a recibir el Espíritu. De siglo en siglo, la Iglesia será la caja de resonancia de la Buena Nueva sobre el escenario del mundo; prefigurará la unión de todas las cosas en el amor del Padre.

«¡No os dejaré huérfanos!». El Espíritu, que hace a la Iglesia, es el don pascual del Señor Jesús. Por tanto, no vamos a celebrar Pentecostés como algo distinto de la Pascua, sino, más bien, como la eclosión de lo que Jesús ha sembrado venciendo a la muerte. Los cincuenta días del tiempo de Pascua no habrán sido demasiados para acoger al Espíritu de Cristo, vivo para siempre.

En este sentido, somos invitados también a hacer un retiro en el Cenáculo esta semana, con María, la madre de Jesús, y los apóstoles, para pedir la efusión del Espíritu. En el curso, a menudo monótono, del tiempo, la celebración litúrgica permite que irrumpan los tiempos de Dios, para que se renueve el gran don pascual. Pedir con insistencia el don del Espíritu durante esta semana que precede a la fiesta de Pentecostés tiene, pues, mucho sentido; repetir incansablemente: «Ven, Espíritu Santo», es profesar en la fe que ciertamente vendrá (nuestra oración no es un grito insensato), pero que su venida depende necesariamente de nuestra petición y de nuestra sumisión a él.

En el Cenáculo estaba presente María. Discretamente. Está con la Iglesia para siempre, como icono de acogida y de fecundidad. En ella, la Palabra se ha hecho carne por el Espíritu, pues «nada es imposible para Dios»: también en la Iglesia la Palabra se hará carne de los hombres, por la fuerza del Espíritu, si, como María, acogemos a Dios y su gracia inaudita.

Mejor que ciertas devociones «acarameladas», la presencia de María en este tiempo que precede a Pentecostés puede dar al «mes de mayo» un verdadero cariz mariano.

Marcel Bastin