Jn 20, 19-23 (Evangelio Domingo de Pentecostés)

Este texto (leído ya en el segundo Domingo de Pascua), nos sitúa en el cenáculo, en el mismo día de la resurrección. Nos presenta a la comunidad de la nueva alianza, nacida de la acción creadora y vivificadora del mesías. Sin embargo, esta comunidad todavía no se ha encontrado con Cristo resucitado y aún no ha tomado conciencia de las consecuencias de la resurrección. Es una comunidad cerrada, insegura, con miedo. Necesita hacer la experiencia del Espíritu; sólo después estará preparada para asumir su misión en el mundo y dar testimonio del proyecto libertador de Jesús.

En los “Hechos”, Lucas narra la venida del Espíritu sobre los discípulos en el día de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua (sin duda por razones teológicas y para hacer coincidir la venida del Espíritu santo con la fiesta judía de Pentecostés, la fiesta de la entrega de la Ley y de la constitución del Pueblo de Dios); sin embargo Juan sitúa en el anochecer del día de la Pascua la recepción del Espíritu por parte de los discípulos.

Juan comienza por poner de relieve la situación de la comunidad. Al “anochecer”, las “puertas cerradas”, el “miedo” (v. 19a), es el cuadro que reproduce la situación de una comunidad desamparada en medio de un ambiente hostil y, por tanto, desorientada e insegura. Es una comunidad que ha perdido sus referencias y su identidad y que no sabe, ahora, a qué agarrarse.

Entonces, Jesús se aparece “en medio de ellos” (v. 19b). Juan indica de esta forma que los discípulos, haciendo la experiencia del encuentro con Jesús resucitado, redescubrirán su centro, su punto de referencia, la coordenada fundamental alrededor de la cual la comunidad se construye y toma conciencia de su identidad. La comunidad cristiana sólo existe de forma consciente si está centrada en Jesús resucitado.

Jesús comienza por saludar, deseándoles “la paz” (“shalom”, en hebreo). La “paz” es un don mesiánico; mas, en este contexto, significa sobre todo la transmisión de serenidad, de tranquilidad, de confianza que permitirán a los discípulos superar el miedo y la inseguridad: a partir de ahora, ni el sufrimiento, ni la muerte, ni la hostilidad del mundo podrán derrotar a los discípulos, porque Jesús resucitado está “en medio de ellos”.

Enseguida, Jesús “les mostró las manos y el costado”. Son los “signos” que evocan la entrega de Jesús, el amor total expresado en la cruz. Es a través de esos “signos” (en la entrega de la vida, en el amor ofrecido hasta la última gota de sangre) como los discípulos reconocen a Jesús. El hecho de que esos “signos” permanezcan en el resucitado, indica que Jesús será, de forma permanente, el mesías cuyo amor se derrama sobre los discípulos y cuya entrega alimentará a la comunidad.

Viene, después, la comunicación del Espíritu. El gesto de Jesús de exhalar su aliento sobre los discípulos, reproduce el gesto de Dios al comunicar la vida al hombre de arcilla (Juan utiliza, aquí, precisamente el mismo verbo del texto griego de Gn 2,7). Con el “soplo” de Dios de Gn 2,7, el hombre se convirtió en un “ser viviente”; con este “soplo”, Jesús transmite a los discípulos la vida nueva y hace nacer el Hombre Nuevo. Ahora, los discípulos poseen la vida en plenitud y están capacitados, con Jesús, para hacer de su vida un don de amor a los hombres. Animados por el Espíritu, forman la comunidad de la nueva alianza y están llamados a testimoniar, con gesto y con palabras, el amor de Jesús.

Finalmente, Jesús explicita cual es la misión de los discípulos (v. 23): la eliminación del pecado. Las palabras de Jesús no significan que los discípulos puedan o no, conforme a sus intereses o a su disposición, perdonar los pecados. Significa, únicamente, que los discípulos están llamados a testimoniar en el mundo esa vida que el Padre quiere ofrecer a los hombres. Quien crea esa propuesta, formará parte de la comunidad de Jesús; quien no crea, continuará recorriendo caminos de egoísmo y de muerte (esto es, de pecado). La comunidad, animada por el Espíritu, será la mediadora de esta oferta de salvación.

Para la reflexión, considerad los siguientes puntos:

La comunidad cristiana sólo existe de forma consciente, si está centrada en Jesús. Jesús es su identidad y su razón de ser. Es en él como superamos nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras limitaciones, para iniciar la aventura de testimoniar la vida nueva del Hombre Nuevo.
¿Nuestras comunidades son, antes de nada, comunidades que se organizan y estructuran alrededor de Jesús?
¿Jesús es nuestro modelo de referencia?
¿Nos identificamos con él, o con cualquier ídolo de pies de barro que nos hacemos a nuestra imagen?
¿Si él es el centro, la referencia fundamental, tienen algún sentido las discusiones acerca de las cosas que no son esenciales, que a veces dividen a los creyentes?

Identificarse como cristiano, significa dar testimonio ante el mundo de los “signos” que definen a Jesús: la vida dada, el amor compartido.
¿Es ese el testimonio que damos?
¿Los hombres de nuestro tiempo, mirando a los cristianos o a las comunidades cristianas, pueden decir que encuentran y reconocen los “signos” del amor de Jesús?

Las comunidades construidas alrededor de Jesús, están animadas por el Espíritu. El Espíritu es ese soplo de vida que transforma el barro inerte en una imagen de Dios, que transforma el egoísmo en amor compartido, que transforma el orgullo en servicio sencillo y humilde. Él es el que nos hace vencer los miedos, superar las cobardías y fracasos, derrotar el escepticismo y la desilusión, re-encontrar la orientación, recuperar la audacia profética, testimoniar el amor, soñar con un mundo nuevo. Es preciso tener conciencia de la presencia continua del Espíritu en nosotros y en nuestras comunidades y estar atentos a sus llamadas, a sus indicaciones, a sus propuestas.