Comentario al evangelio – 14 de mayo

El Evangelio de hoy viene precedido por la comparación que Jesús hace de la relación entre la vid y los sarmientos, aludiendo a su relación con los discípulos. Así como la savia de la vid pasa por los sarmientos y los nutre, en nuestra vida de fe existe una savia que la nutre y nos vincula al amor insoslayable de Dios hacia nosotros. Hay como una especie de circularidad vital entre el Padre, el Hijo y nosotros, sus discípulos.

Por eso, el amor en nuestras relaciones no es otro que el amor que tiene su origen y meta en Dios. El amor fraterno no es otra cosa que la expresión del único Amor que existe: Dios. Es así como San Juan define a Dios y el modo de conocerlo: “Quien no ama no ha conocido a Dios, ya que Dios es amor” (1Jn 4,8). Cuando amamos lo que hacemos es comunicar este amor a los demás.

Pero la condición para que esto ocurra lo dice Jesús claramente: “permaneced en mi amor” (Jn 15,9). En el capítulo 15 del Evangelio de Juan el verbo “permanecer” aparece 11 veces y recuerda relaciones, afecto, acogida. La permanencia hace referencia adonde el corazón desea vivir. Por lo tanto, permanecer en Jesús significa definir el hogar adonde el corazón desea hacer su morada, la vida busca su sentido y el amor encuentra su fuente.

La unión con Dios en el amor, es decir, participar de la relación filial que Jesús nos regala entre Él y su Padre, tiene consecuencias en la vida cotidiana: hacer que el amor a través nuestro alcance en gestos concretos nuestros hermanos y hermanas. Aunque las palabras sean importantes, como los sentimientos también lo son, lo que cuenta, al fin y al cabo, son los hechos. ¿Y cuál sería la medida del amor que Jesús nos pide?

Ya no somos nosotros la medida, “amar al prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18; Mc 12,31), sino el propio Jesús, como él nos ha amado (Jn 15,12). Y el modo que Jesús nos ha amado lo encontramos en su entrega, la entrega de su vida, por amor a nosotros. Por eso, es necesario aprender de Él el modo de amar, de entregarse. Y solo permaneciendo largos ratos con el aprenderemos su modo de amar. Santa Teresa de Jesús nos da la clave para permanecer: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. (Vida, 8, 2).

Después de leer el texto otra vez y contemplarle a Jesús y su amor hacia nosotros, te pregunto: ¿Y tú? ¿Conoces personas en tu ambiente que hayan dado la vida por amor a los demás? ¿Qué enseñanzas te deja esa enorme generosidad? ¿En qué medida estás dispuesto a dar la vida por los demás?

Eguione Nogueira, cmf

Lunes. San Matías, apóstol

Hoy es 14 de mayo lunes de la VII semana de Pascua, San Matías.

Me dispongo al silencio en este rato de oración. Aunque no es fácil. Las preocupaciones se cruzan y me llenan de ruidos. Pero quiero descansar en ti, Señor, lo necesito. Se lo pido al Espíritu para que me conduzca a tu verdad. Estar junto a ti es lo que ahora deseo. Permanecer en tu amor. Así se lo pediste a tus discípulos y así quiero vivirlo hoy, en la fiesta de San Matías, el apóstol que cubrió la ausencia definitiva de Judas.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 15, 9-17):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

El amor desciende de arriba, viene a decir Jesús en su evangelio. Yo, capaz de amar, de alguna manera soy parte del proyecto de Dios y de la pasión de Cristo por el mundo, hijo y discípulo, comparto el amor del Padre que me envía a dar fruto, a entregar la vida. Le pido al Señor saberme parte de su proyecto de amor.

Urgido por el amor y movilizado por la amistad. Sentirme apóstol y saberme amigo. Eso quiero, eso espero. Como apóstol, quiero declarar mi voluntad de poner todo lo que tengo y soy a la tarea del reino, para seguir soñando las cosas de Dios. Como amigo, busco la intimidad y la confidencia. La dulce conversación, gustar del amor que me acoge y entregarme al amor. Una libertad Señor, que quiero ligar a la tuya, que me llena de alegría, porque tú me has mirado con predilección. Doy gracias a Dios por ser parte de esa historia de amor en el mundo.

Como el Padre me amó, así os he amado. Si yo pudiera corresponder, me alegría sería también plena.

Quiero ser, Señor, tu amigo. Dejarme mirar por ti, que eres mirada amorosa. Quiero librar mi corazón de aquellos amores que me apartan de ti. Quiero cultivar tu amistad. Quiero ser amigo que escucha y aprende, que crece y se entrega.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Liturgia 14 de mayo

LUNES. SAN MATÍAS, apóstol, fiesta

Misa de la fiesta (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias, Gloria, Prefacio Apóstoles, conveniente Plegaria Eucarística I. No se puede decir Plegaria Eucarística IV.

Leccionario: Vol. IV

  • Hch 1, 15-17. 20-26. Le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.
  • Salmo 112. El Señor lo sentó con los príncipes de su pueblo.
  • Jn 15, 9-17. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido.

Antífona de entrada          Cf. Jn 15, 16
No sois vosotros los que me habéis elegido, dice el Señor; soy yo quien os he elegido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca [T. P. Aleluya].

Se dice Gloria.

Oración colecta
OH, Dios,
que agregaste a san Matías
al colegio de los apóstoles,
concede, por su ayuda,
a quienes nos alegramos en la suerte de tu predilección,
ser contados entre los elegidos.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
RECIBE, Señor,

las ofrendas que tu Iglesia te presenta con devoción
en la fiesta de san Matías,
y, por ellas, confírmanos con el poder de tu gracia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de los apóstoles.

Antífona de comunión          Cf. Jn 15, 12
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado, dice el Señor [T. P. Aleluya].

Oración después de la comunión
NO dejes, Señor, de colmar a tu familia

con los dones divinos,
y, por intercesión de san Matías,
dígnate recibirnos en la luz
para tomar parte de la suerte de los santos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Se puede utilizar la fórmula de bendición solemne (n. 23).

San Matías

SAN MATÍAS, APÓSTOL

(s. I)

Si el Evangelio no es una biografía de Jesús, los Hechos de los Apóstoles no son una colección de biografías de aquellos primeros héroes del cristianismo naciente. De algunos apóstoles apenas sabemos más que el nombre. De Matías sabemos solamente su nombre y su elección. De aquel colegio apostólico que actuó desde Pentecostés, de aquellos doce definitivos, Matías fue el único no elegido por Jesús. Fue el apóstol póstumo de Jesús, incorporado al colegio apostólico cuando Jesús estaba ya en el cielo.

Y es un apóstol al que se cita siempre en segundo lugar, puesto humilde que se puede comprobar sin más que abrir el misal romano por el canon. Al principio del mismo, en la oración de comunión con los santos, se nombra uno por uno a los apóstoles, pero en esa lista falta precisamente Matías, aunque se nombra a otros doce santos no apóstoles, y se cita a Pablo juntamente con Pedro, siendo también Pablo apóstol posterior, que no perteneció al grupo de los doce. Si queremos hallar una mención de Matías en el canon, tenemos que buscarlo, como escondido y de incógnito, después de Juan Bautista y Esteban Protomártir, entre una lista de santos y santas. Un título más para que nos acordemos de este trabajador evangélico que, al contrario que otros santos, se vio exaltado en vida y se ve humillado después de su muerte.

Cuando se intenta trazar la semblanza histórica de este apóstol singular, hay que limitarse a lo poco que de él nos dicen los Hechos de los Apóstoles. Y lo poco que nos dicen es contarnos su elección. Ni siquiera lo vuelven a nombrar más. Lo que de él nos dicen escritos posteriores, aunque sean de autores calificados, no ofrece garantías de historicidad. Y las biografías apócrifas se han encargado de rellenar con aventuras de viajes y de milagros ese silencio de los Hechos de los Apóstoles.

Contentémonos, pues, con abrir por su primera página ese libro de los Hechos. Los discípulos de Jesús, inmediatamente después de la ascensión, regresaron del monte de los Olivos a Jerusalén. Jesús se había despedido de ellos, pero ellos creían que hasta pronto. Tenía que volver para instaurar el reino de Israel. Hacía unos momentos nada más que ellos le habían preguntado si era entonces cuando iba a inaugurar su reinado, y Él se había limitado a aconsejarles que no intentasen averiguar la hora señalada por Dios. Jesús no les había dicho que fuese a tardar mucho en volver, y dos mensajeros celestiales les habían asegurado que, así como lo habían visto subir al cielo, así lo verían bajar otra vez.

Con esta mentalidad, encendida de esperanza, regresaron los discípulos a la ciudad. Pronto llegaron, pues el monte de los Olivos no está lejos. Y cuando entraron en la capital del judaísmo se dirigieron a una casa frecuentada por ellos y se concentraron en su cámara alta. Jesús les había dicho que no se alejasen de Jerusalén, sino que esperasen allí una prodigiosa manifestación del cielo, una efusión maravillosa del Espíritu Santo, que quizá confundieron ellos entonces con el mismo regreso de Jesús, triunfador y glorioso, como príncipe de Israel. Y allí quedaron todos, esperando en viva tensión el acontecimiento. Los apóstoles, once después de la apostasía de Judas Iscariote, y las mujeres galileas que heroicamente habían seguido a Jesús en sus correrías evangélicas. Y los parientes de Jesús, que, por fin y gracias a la resurrección, creían ya en él; y su misma madre, María. Y numerosos discípulos, hasta completar el número de ciento veinte, el número que se exigía a una comunidad para que pudiese tener sinagoga propia,

Qué se hacía en aquella primera concentración de los primeros cristianos, nos lo dice claramente el texto sagrado: Orar. Todos perseveraban unánimes en la oración. Iban a ser los protagonistas de un episodio decisivo para Israel. Dios iba a realizar por fin lo tantas veces anunciado por los profetas. Pero entonces surgió una dificultad en el mismo seno del colegio apostólico. Y a la mente de todos vino un nombre: Judas Iscariote.

Porque Jesús había escogido doce hombres para que fuesen sus enviados especiales, ya lo habían sido por las aldeas galileas, y ahora no eran doce sino once. Judas se había pasado al enemigo. Y los apóstoles tenían que ser doce cuando volviese Jesús. Él les había dicho que, a su regreso glorioso, los doce se sentarían sobre doce tronos para regir las doce tribus de Israel, y ahora faltaba un hombre para un trono. El primer problema con que se enfrentó la Iglesia, apenas desaparecido Jesús, fue buscar un sustituto del apóstata. Dentro de unos cuantos años, cuando muera mártir el apóstol Jacobo, hijo de Zebedeo, no se planteará este problema. Jacobo habrá cumplido hasta el fin su misión de apóstol, y Jesús se encargará de resucitarlo cuando regrese. Pero Judas no ha cumplido su misión, y hace falta un hombre que ocupe su puesto y la cumpla fielmente.

LosHechos de los Apóstolesnos ofrecen la primera alocución pontificia del primer Papa. Pedro, que siempre fue el portavoz del pensamiento de los demás apóstoles, se levantó en medio de la comunidad y dijo:

—Hermanos, era necesario se cumpliese la Escritura, lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho de Judas, que habiéndose contado entre nosotros y habiendo tenido parte en nuestra misión, se hizo guía de los que prendieron a Jesús.

Pedro, al hablar de Judas con tanta delicadeza, parece tener presente la advertencia de Jesús: «No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados». Pedro no llama a Judas ladrón ni traidor, no lo llama deicida ni suicida, no dice que Satanás se había apoderado de él. Y, sin embargo, Judas era el hombre a quien Pedro podía odiar más, y Pedro era impetuoso como pocos. Pero Jesús había enseñado la caridad fraterna que se extiende a todos, como la misericordia divina, lo mismo a los amigos que a los enemigos, y Pedro, viviendo esa doctrina del Evangelio, dijo solamente que «Judas se hizo guía de los que prendieron a Jesús».

Pero no necesitaba contar a su auditorio el desgraciado final de Judas y se abstuvo de hacer el menor comentario, ni a título de ejemplaridad y escarmiento. Pero el autor de esta página de los Hechos, que escribe años después para quienes quizá no recuerden lo que sucedió, añade, como intercalando un paréntesis en las palabras de Pedro, que Judas había adquirido un campo con el precio de su crimen, y, habiendo caído de cabeza, reventó por medio y todas sus entrañas se esparcieron. Y añade el escritor que el hecho fue conocido de todos los habitantes de Jerusalén, de manera que el campo se llamó en su lengua Jakal-Dema, es decir, Campo de Sangre, haciendo esta traducción para los lectores de lengua griega.

El primero de los apóstoles continuó su breve discurso diciendo:

—En el libro de los Salmos está escrito: «Que su campamento quede desierto y no haya nadie que lo habite». Y también: «Que otro ocupe su cargo».

Estas palabras de Pedro citando el Salterioson versículos de dos salmos, el 69 y el 109 según la numeración hebrea. Aunque Pedro debió hablar entonces en arameo, el escritor no pone estas palabras en labios de Pedro según el texto hebreo, sino según la versión griega, y con ligeras modificaciones para acomodarlas mejor al episodio, según la costumbre que había entonces de citar la Biblia. Los dos salmos pertenecen a la serie de los imprecatorios, maldiciones dirigidas, cuando aún no existía la caridad cristiana, contra los enemigos del rey David. Interpretando esos versículos como profecías, la primera se ha cumplido ya con la muerte de Judas. Es necesario que la segunda se cumpla también, y para ello hay que proceder al nombramiento del que le haya de sustituir en el colegio apostólico. Y Pedro enuncia las condiciones previas para poder aspirar a ese cargo de apóstol de Jesús. El discurso prosigue así:

—Es menester que de todos estos hombres que se han asociado a nosotros durante todo el tiempo que con nosotros vivió el Señor Jesús —a partir del bautismo por Juan hasta el día en que fue separado de nosotros—, haya uno que llegue a ser, juntamente con nosotros, testigo de su resurrección.

Para ser apóstol, dice Pedro, hace falta haber acompañado a Jesús durante toda su vida pública, desde el bautismo hasta la ascensión. No basta haberlo seguido en una larga serie de jornadas evangélicas, ni haber vivido algún tiempo en intimidad con Él, ni haber sido enviado por Él a predicar, ni siquiera haberlo visto resucitado. Un apóstol es un testigo de Jesús, y hace falta haberle acompañado durante toda su predicación para poder atestiguar sobre toda su doctrina, como hace falta haberlo visto resucitado después de la crucifixión para poder ser testigo de la legación divina de Jesús.

Puestas las condiciones, en aquel centenar de personas se encontraron dos hombres que parecían con iguales méritos para aspirar al apostolado. Uno era José Bar-Schabba, llamado Justos —sobrenombre que se suele traducir equivocadamente por «el justo»—, y el otro era Matatías, o, abreviadamente, Matías. Como el llamamiento al apostolado no es cosa de hombres sino de Dios, Dios tendría que elegir entre aquellos dos discípulos que parecían iguales en méritos. Y aquella incipiente comunidad cristiana oró confiadamente: «Tú, Señor, que conoces el corazón de todos los hombres, muéstranos a cuál de estos dos has elegido para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto que ha dejado Judas al ir a su lagar». En esta primera súplica de la Iglesia hay una nueva muestra de la delicadeza y caridad que hemos visto ya en Pedro. La expresión «ir a su lugar» no significa la condenación del criminal: es una expresión acostumbrada, eufemismo arameo, para decir simplemente que un hombre murió.

Para conocer la voluntad divina, sin exigir de Dios una aparición ni una revelación —aun tratándose de algo tan importante para toda la naciente Iglesia de Jesús—, decidieron echar suertes. Es algo que hoy nos puede extrañar, pero que entonces se acostumbraba. Se apelaba a las suertes para decidirse entre dos soluciones aparentemente equivalentes, y en la providencia ordinaria de Dios, que decidía la suerte, se veía la voluntad de Dios. Aquello no era fiarse de una casualidad física, sino confiarse a la causalidad divina. Cada semana, en el templo de Jerusalén, los sacerdotes echaban suertes para repartirse los oficios. Y el último caso que registra la Biblia de una elección religiosa señalada por la suerte, es esta designación de Matías como apóstol de Jesús, con idéntica categoría que los otros once. «Y la suerte señaló a Matías, y fue uno de los doce apóstoles.»

Así termina, en el libro de los Hechos, la historia de San Matías. Nada más se vuelve a saber de él en particular. Con esta sencillez aparece y desaparece en la documentación histórica este apóstol póstumo, puesto siempre en segundo lugar, que ni el canon cita entre los apóstoles ni tiene en el martirologio un día fijo para su fiesta.

De la literatura apócrifa que pretende narrarnos su vida, citemos solamente una frase, puesta en sus labios, que merece salvarse por su positivo sabor evangélico. Dice así: «Si peca el vecino de un elegido, pecó también el elegido, porque si éste se hubiera portado según aconseja el Verbo, el vecino se hubiera avergonzado también de su propia vida, y así no hubiera pecado». 

CARLOS MARÍA STAEHLIN, S. I.

Laudes – Lunes VII de Pascua

SAN MATÍAS, apóstol. (FIESTA)

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

  1. Señor abre mis labios
    R. Y mi boca proclamará tu alabanza

    Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los apóstoles. Aleluya.

    Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

    Venid, aclamemos al Señor,
    demos vítores a la Roca que nos salva;
    entremos a su presencia dándole gracias,
    aclamándolo con cantos.

    Porque el Señor es un Dios grande,
    soberano de todos los dioses:
    tiene en su mano las simas de la tierra,
    son suyas las cumbres de los montes;
    suyo es el mar, porque él lo hizo,
    la tierra firme que modelaron sus manos.

    Venid, postrémonos por tierra,
    bendiciendo al Señor, creador nuestro.
    Porque él es nuestro Dios,
    y nosotros su pueblo,
    el rebaño que él guía.

    Ojalá escuchéis hoy su voz:
    «No endurezcáis el corazón como en Meribá,
    como el día de Masá en el desierto;
    cuando vuestros padres me pusieron a prueba
    y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

    Durante cuarenta años
    aquella generación me repugnó, y dije:
    Es un pueblo de corazón extraviado,
    que no reconoce mi camino;
    por eso he jurado en mi cólera
    que no entrarán en mi descanso»

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los apóstoles. Aleluya.

    Himno: CON EL GOZO PASCUAL

    Con el gozo pascual,
    el sol de nuevo brilla
    cuando ven los apóstoles
    que Jesús resucita.

    En la carne de Cristo
    ven claras las heridas
    y paladinamente
    que está vivo predican.

    Cristo, rey clementísimo,
    nuestras almas habita
    para que te celebremos
    por siempre en nuestra vida.

    Sé, Jesús, de las almas
    la pascual alegría,
    que, en gracia renacidos,
    tu triunfo nos anima.

    A ti, Jesús, la gloria,
    que, la muerte vencida,
    abres por los apóstoles
    nuevas sendas de vida. Amén.

    SALMODIA

    Ant 1. Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado. Aleluya.

    SALMO 62, 2-9 – EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

    ¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
    mi alma está sedienta de ti;
    mi carne tiene ansia de ti,
    como tierra reseca, agostada, sin agua.

    ¡Cómo te contemplaba en el santuario
    viendo tu fuerza y tu gloria!
    Tu gracia vale más que la vida,
    te alabarán mis labios.

    Toda mi vida te bendeciré
    y alzaré las manos invocándote.
    Me saciaré de manjares exquisitos,
    y mis labios te alabarán jubilosos.

    En el lecho me acuerdo de ti
    y velando medito en ti,
    porque fuiste mi auxilio,
    y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
    mi alma está unida a ti,
    y tu diestra me sostiene.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado. Aleluya.

    Ant 2. Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Aleluya.

    Cántico: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR – Dn 3, 57-88. 56

    Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
    ensalzadlo con himnos por los siglos.

    Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
    cielos, bendecid al Señor.

    Aguas del espacio, bendecid al Señor;
    ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

    Sol y luna, bendecid al Señor;
    astros del cielo, bendecid al Señor.

    Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
    vientos todos, bendecid al Señor.

    Fuego y calor, bendecid al Señor;
    fríos y heladas, bendecid al Señor.

    Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
    témpanos y hielos, bendecid al Señor.

    Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
    noche y día, bendecid al Señor.

    Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
    rayos y nubes, bendecid al Señor.

    Bendiga la tierra al Señor,
    ensálcelo con himnos por los siglos.

    Montes y cumbres, bendecid al Señor;
    cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

    Manantiales, bendecid al Señor;
    mares y ríos, bendecid al Señor.

    Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
    aves del cielo, bendecid al Señor.

    Fieras y ganados, bendecid al Señor,
    ensalzadlo con himnos por los siglos.

    Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
    bendiga Israel al Señor.

    Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
    siervos del Señor, bendecid al Señor.

    Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
    santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

    Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
    ensalzadlo con himnos por los siglos.

    Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
    ensalcémoslo con himnos por los siglos.

    Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
    alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

    No se dice Gloria al Padre.

    Ant. Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Aleluya.

    Ant 3. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Aleluya.

    Salmo 149 – ALEGRÍA DE LOS SANTOS

    Cantad al Señor un cántico nuevo,
    resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
    que se alegre Israel por su Creador,
    los hijos de Sión por su Rey.

    Alabad su nombre con danzas,
    cantadle con tambores y cítaras;
    porque el Señor ama a su pueblo
    y adorna con la victoria a los humildes.

    Que los fieles festejen su gloria
    y canten jubilosos en filas:
    con vítores a Dios en la boca
    y espadas de dos filos en las manos:

    para tomar venganza de los pueblos
    y aplicar el castigo a las naciones,
    sujetando a los reyes con argollas,
    a los nobles con esposas de hierro.

    Ejecutar la sentencia dictada
    es un honor para todos sus fieles.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Aleluya.

    LECTURA BREVE   Ef 2, 19-22

    Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu.

    RESPONSORIO BREVE

    V. Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra. Aleluya, aleluya.
    R. Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra. Aleluya, aleluya.

    V. Harán memorable tu nombre, Señor.
    R. Aleluya, aleluya.

    V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    R. Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra. Aleluya, aleluya.

    CÁNTICO EVANGÉLICO

    Ant. Hay aquí entre nosotros hombres que han andado en nuestra compañía todo el tiempo del ministerio público de Jesús, el Señor; es, pues, preciso que elijamos a uno de ellos para que, junto con nosotros, dé testimonio de la verdad de la resurrección. Aleluya.

    Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

    Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
    porque ha visitado y redimido a su pueblo.
    suscitándonos una fuerza de salvación
    en la casa de David, su siervo,
    según lo había predicho desde antiguo
    por boca de sus santos profetas:

    Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
    y de la mano de todos los que nos odian;
    ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
    recordando su santa alianza
    y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

    Para concedernos que, libres de temor,
    arrancados de la mano de los enemigos,
    le sirvamos con santidad y justicia,
    en su presencia, todos nuestros días.

    Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
    porque irás delante del Señor
    a preparar sus caminos,
    anunciando a su pueblo la salvación,
    el perdón de sus pecados.

    Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
    nos visitará el sol que nace de lo alto,
    para iluminar a los que viven en tiniebla
    y en sombra de muerte,
    para guiar nuestros pasos
    por el camino de la paz.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Hay aquí entre nosotros hombres que han andado en nuestra compañía todo el tiempo del ministerio público de Jesús, el Señor; es, pues, preciso que elijamos a uno de ellos para que, junto con nosotros, dé testimonio de la verdad de la resurrección. Aleluya.

    PRECES

    Demos gracias a nuestro Padre que está en los cielos, porque por medio de los apóstoles nos ha dado parte en la herencia de los elegidos, y aclamémosle diciendo:

    El coro de los apóstoles te alaba, Señor.

    Te alabamos, Señor, porque por medio de los apóstoles nos has dado la mesa de tu cuerpo y de tu sangre:
    en ella encontramos nuestra fuerza y nuestra vida.

    Te alabamos, Señor, porque por medio de los apóstoles nos has preparado la mesa de tu palabra:
    por ella crecemos en el conocimiento de la verdad y se acrecienta nuestro gozo.

    Te alabamos, Señor, porque por medio de los apóstoles has fundado tu Iglesia:
    por ella nos edificas en la unidad de tu pueblo.

    Te alabamos, Señor, porque por medio de los apóstoles nos has dado el bautismo y la penitencia:
    por ellos nos purificas de todas nuestras culpas.

    Se pueden añadir algunas intenciones libres

    Concluyamos nuestra oración con la plegaria que Jesús enseñó a los apóstoles:

    Padre nuestro…

    ORACION

    Señor Dios, tú que, para completar el número de los doce apóstoles, elegiste a san Matías, concédenos, por la intercesión de este apóstol, a nosotros, que hemos recibido el don de tu amistad, poder ser contados un día entre tus elegidos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

    CONCLUSIÓN

    V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
    R. Amén.

Oficio de lectura – Lunes VII de Pascua

SAN MATÍAS, apóstol. (FIESTA)

Fue agregado al grupo de los Doce, en sustitución de Judas, para ser, con los demás apóstoles, testigo de la resurrección del Señor, como leemos en los Hechos de los apóstoles (1, 15-26).

 

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los apóstoles. Aleluya.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: MENSAJEROS DE DIOS.

Mensajeros de Dios
dadnos la Nueva;
mensajeros de paz,
sea paz nuestra.

Mensajeros de luz,
sea luz nuestra;
mensajeros de fe,
sea fe nuestra.

Mensajeros del Rey,
sea rey nuestro;
mensajeros de amor,
sea amor nuestro. Amén.

SALMODIA

Ant 1. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Aleluya.

SALMO 18 A – ALABANZA AL DIOS CREADOR DEL UNIVERSO.

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo murmura.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como el esposo de su alcoba,
contento como un héroe, a recorrer su camino.

Asoma por un extremo del cielo,
y su órbita llega al otro extremo:
nada se libra de su calor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Aleluya.

Ant 2. Proclamaron la obra de Dios y meditaron sus acciones. Aleluya.

Salmo 63 – SÚPLICA CONTRA LOS ENEMIGOS

Escucha, ¡oh Dios!, la voz de mi lamento,
protege mi vida del terrible enemigo;
escóndeme de la conjura de los perversos
y del motín de los malhechores:

afilan sus lenguas como espadas
y disparan como flechas palabras venenosas,
para herir a escondidas al inocente,
para herirlo por sorpresa y sin riesgo.

Se animan al delito,
calculan cómo esconder trampas,
y dicen: «¿Quién lo descubrirá?»
Inventan maldades y ocultan sus invenciones,
porque su mente y su corazón no tienen fondo.

Pero Dios los acribilla a flechazos,
por sorpresa los cubre de heridas;
su misma lengua los lleva a la ruina,
y los que lo ven menean la cabeza.

Todo el mundo se atemoriza,
proclama la obra de Dios
y medita sus acciones.

El justo se alegra con el Señor,
se refugia en él,
y se felicitan los rectos de corazón.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclamaron la obra de Dios y meditaron sus acciones. Aleluya.

Ant 3. Pregonaron su justicia y todos los pueblos contemplaron su gloria. Aleluya.

Salmo 96 – EL SEÑOR ES UN REY MAYOR QUE TODOS LOS DIOSES.

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza fuego
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos;
ante él se postran todos los dioses.

Lo oye Sión, y se alegra,
se regocijan las ciudades de Judá
por tus sentencias, Señor;

porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal,
protege la vida de sus fieles
y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo,
y la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, justos, con el Señor,
celebrad su santo nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Pregonaron su justicia y todos los pueblos contemplaron su gloria. Aleluya.

V. Contaron las alabanzas del Señor y su poder. Aleluya.
R. Y las maravillas que realizó. Aleluya.

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los apóstoles 5, 12-32

LOS APÓSTOLES EN LA IGLESIA PRIMITIVA

En aquellos días, los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a la calle y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando enfermos y poseídos de espíritu inmundo; y todos se curaban.

Entonces el sumo sacerdote y los de su partido -la secta de los saduceos-, llenos de coraje, mandaron prender a los apóstoles y meterlos en la cárcel común. Pero por la noche el ángel del Señor les abrió las puertas y los sacó fuera, diciéndoles:

«Id al templo y explicadle allí al pueblo este modo de vida.» Entonces ellos entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con los de su partido, convocaron el Consejo y el pleno del senado israelita y mandaron por los presos a la cárcel. Fueron los guardias, pero no los encontraron en la celda, y volvieron a informar:

«Hemos encontrado la cárcel cerrada, con las barras echadas, y a los centinelas guardando las puertas; pero al abrir no encontramos a nadie dentro.»
El comisario del templo y los sumos sacerdotes no atinaban a explicarse qué había pasado con los presos.

Uno se presentó avisando:

«Los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en el templo y siguen enseñando al pueblo.»

El comisario salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease. Los guardias condujeron a los apóstoles a presencia del Consejo, y el sumo sacerdote les interrogó:

«¿No os habíamos prohibido expresamente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»

Pedro y los apóstoles replicaron:

«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión, el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»

RESPONSORIO    Cf. Hch 4, 33. 31b

R. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor. * Todos eran muy bien vistos. Aleluya.
V. Los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía la palabra de Dios.
R. Todos eran muy bien vistos. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre los Hechos de los apóstoles.
(Homilía 3, 1. 2. 3: PG 60, 33-36. 38)

MUÉSTRANOS, SEÑOR, A QUIÉN HAS ELEGIDO

Uno de aquellos días, dirigiéndose Pedro a los hermanos reunidos, habló así. Pedro, a quien el Señor había encomendado su grey, vehemente como siempre, ejerce el papel de protagonista y es el primero en tomar la palabra: Hermanos, es preciso que elijamos a uno de entre nosotros. Permite que todos den su opinión, a fin de que el elegido sea recibido con agrado, precaviéndose de la envidia a que este hecho podía dar ocasión, ya que estas cosas, con frecuencia, son origen de grandes males.

¿Qué conclusión, por tanto, sacaremos de esto? ¿Es que Pedro no podía elegir por sí mismo? Ciertamente, podía; pero se abstuvo de ello, para no demostrar preferencia por nadie. Además, no había recibido aún el Espíritu Santo. Y presentaron a dos -dice el texto sagrado-: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. No los presenta él, sino todos, Él lo que hizo fue aconsejar esta elección, haciendo ver que la iniciativa no partía de él, sino que se trataba de algo ya profetizado de antemano. Por esto su intervención en este caso fue la del que interpreta los designios de Dios, no la del que manda algo.

Hay aquí entre nosotros -dice- hombres que han andado en nuestra compañía. Fijémonos cómo quiere que el elegido sea un testigo ocular; aunque luego había de venir el Espíritu Santo, pone en esto un gran interés.

Hombres que han andado en nuestra compañía, y añade: todo el tiempo del ministerio público de Jesús, el Señor. Se refiere a los que han convivido con él, y no a los que sólo han sido discípulos suyos. Es sabido, en efecto, que eran muchos los que lo seguían desde el principio. Y, así, vemos que dice el Evangelio: Era uno de los dos que, oídas las palabras de Juan, habían ido en seguimiento de Jesús.

Y prosigue: Todo el tiempo del ministerio público de Jesús, el Señor, es decir, desde el bautismo de Juan. Con razón señala este punto de partida, ya que los hechos anteriores nadie los conocía por experiencia, sino que los enseñó el Espíritu Santo.

Luego continúa diciendo: Hasta el día de la ascensión; es, pues, preciso que elijamos a uno de ellos para que, junto con nosotros, dé testimonio de la verdad de la resurrección. No dice: «Para que dé testimonio de la verdad de las demás cosas», sino taxativamente: Para que dé testimonio de la verdad de la resurrección. En efecto, había de ser más digno de crédito uno que pudiera afirmar: «Aquel mismo que comía, bebía y fue crucificado es el que ahora ha resucitado.» Por lo tanto, interesaba un testigo no de lo del tiempo pasado ni de lo del futuro ni de los milagros, sino escuetamente de la resurrección. Porque todas aquellas cosas eran patentes y manifiestas; la resurrección, en cambio, era algo oculto que sólo ellos conocían.

Y todos juntos oraron, diciendo: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos. «Tú, no nosotros.» Muy acertadamente invocan al que conoce los corazones, ya que él, y nadie más, era el que tenía que hacer la elección. Y hablan a Dios con esta confianza, porque saben que la elección es algo absolutamente necesario. Y no dicen: «Escoge», sino: «Muéstranos al elegido» -a quién has elegido, dice el texto-, pues saben que Dios lo tiene todo determinado ya de antemano. Echaron suertes entre ellos. Es que aún no se consideraban dignos de hacer por sí mismos la elección, y por esto deseaban alguna señal que les diera seguridad.

RESPONSORIO    Hch 1, 24-26

R. Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, * muéstranos a quién has elegido para ocupar el puesto en el ministerio del apostolado. Aleluya.
V. Echaron suertes entre ellos, y la suerte cayó sobre Matías; así quedó agregado a los once apóstoles.
R. Muéstranos a quién has elegido para ocupar el puesto en el ministerio del apostolado. Aleluya.

Himno: SEÑOR, DIOS ETERNO

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios, tú que, para completar el número de los doce apóstoles, elegiste a san Matías, concédenos, por la intercesión de este apóstol, a nosotros, que hemos recibido el don de tu amistad, poder ser contados un día entre tus elegidos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.