Martes VII de Pascua

Hoy es 15 de mayo, martes de la VII semana de Pascua.

Jesús me cita un día más y me invita a quedar con él. Dentro de la rutina de mi día a día, ahora es el momento. Despejo mi mente, respiro hondo, hago silencio en mi corazón, siento su presencia que me inunda, me envuelve, me acompaña. Él está aquí, muy cerca, dentro de mí.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 17, 1-11a):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

A través de Jesús, hemos conocido al Dios que es Padre y Madre. Cumplir su voluntad y glorificarle es el sentido en la vida de Jesús. Sobrecoge presencia escenas del evangelio como esta, en las que Jesús ora en la intimidad y con intimidad.

En este texto Jesús además insiste en confirmarnos, una y otra vez, con diferentes juegos de palabras de dónde viene y a qué viene. Para que nos quede muy claro que Jesús y el Padre, son uno. Tras esta reiteración sobre su origen y su misión, él mismo reza por nosotros, por mí, entonces y ahora.

Leo de nuevo este pasaje de Juan, implicándome con todos los sentidos en la escena. Imagino a Jesús a mi lado en actitud orante y confiada. Escucho a Jesús diciendo, Padre, con respeto y cariño. Escucho y dejo que cada una de las frases y palabras dirigidas al Padre me lleguen y calen como fina lluvia. Me hago consciente de que soy uno de los que me diste y que en mí, Él ha sido glorificado. Siento como Jesús reza por mí con ternura.

Termino este tiempo de oración dando gracias por este día. Recojo todas aquellas sensaciones y sentimientos que me han resonado con más fuerza en este rato de encuentro contigo y te las ofrezco. Jesús te pido humildad para servir como tu proyecto de Dios, ser como tú, enviado que se hace uno con el mensaje desde el Padre, amén.

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p style=»text-align:justify;»>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.