Domingo de Pentecostés

1. Situación

La Iglesia ha de mantener la tensión entre su vida hacia dentro y su vida hacia fuera, su corazón vuelto al Resucitado y su amor al mundo, entre el don y la tarea, la contemplación y la misión.

Como cada uno de los cristianos.

Cuanto más vive de la Eucaristía, tanto más descubre que el culto «en espíritu y en verdad» está en la vida diaria, en el realizar la fe a la intemperie. Cuanto más descubre la presencia de Dios en los acontecimientos, tanto más necesita permanecer en Jesús, escuchando su Palabra.

2. Contemplación

Pentecostés celebra la universalidad de la Pascua que el Resucitado encomienda al Espíritu Santo, su Enviado, su Misionero en la historia, mediante la Iglesia.

¿Es que podemos guardarnos para nosotros la Buena Noticia? Deberíamos gritar y llorar por los caminos, con Francisco de Asís: «El Amor no es amado».

– Los Hechos describen la misión encomendada a la comunidad cristiana como una irrupción del Espíritu, que inicia una nueva era de la historia de la Salvación. El Espíritu Santo, mediante la palabra de Pedro, convoca a judíos y paganos en una nueva humanidad reconciliada; lo contrario de la división de Babel (cf. Gén 1 1 ).

– La segunda lectura nos recuerda el origen de nuestra misión: nuestro bautismo, que nos hace Iglesia.

– En el Evangelio, con otras palabras, como en la Ascensión, volvemos a escuchar el mandato de Jesús resucitado:

Corno el Padre me ha enviado, así os envío yo.

¿Qué nos pasa que esto de la misión se lo dejamos a los misioneros, y que somos incapaces de vivir nuestra vida ordinaria en estado de misión?

3. Reflexión

La fe adulta se caracteriza por vivir en estado de misión.

– Porque sabe que su vida no le pertenece; pero no confunden la misión con las ganas de hacer adeptos para la propia causa; por el contrario, respeta al otro y deja a Dios que haga a su manera y en su momento.

– Porque la Buena Noticia le quema; pero vive la misión como un servicio, no como un poder.

– Porque las cosas más sencillas de la vida ordinaria nunca son para un cristiano una tarea, sin más, sino obediencia al Padre y, por lo tanto, acción de Dios en la historia. Sin embargo, no necesita espiritualizar lo que hace, sino vivirlo a fondo, dando calidad a cada acción, como si en ello se jugase la salvación del mundo; pero sin crispación, con esa naturalidad que caracteriza a la libertad espiritual.

– Porque la vida en estado de amor lleva en sí misma la fuerza transformadora del mundo.

– Porque lo mismo si se retira a orar en lo escondido al Padre, como si predica en un púlpito, como si conversa con un amigo/a, como si se compromete en una acción social, como si cumple su trabajo fielmente en la empresa, en todo está presente el Resucitado, Señor de la Historia.

– Porque la ambigüedad de todo lo humano no se opone al Reino de Dios; al contrario, la eficacia del Espíritu se verifica en el ocultamiento, en lo no espectacular, «desde dentro» de la condición humana.

4. Praxis

Suele ocurrir con nuestras fiestas: Si estamos en fase de entusiasmo, nos vienen deseos de grandes cosas (hoy, Pentecostés, de comprometernos con alguna misión); si estamos en fase de realismo o de desgana espiritual, nos resbalan las grandes palabras como «vivir en estado de misión».

Sintetiza en unas cuantas líneas la vida que el Señor ha ido suscitando en ti desde el Miércoles de Ceniza hasta hoy. Procura distinguir entre deseos ideales y transformación real, aunque ésta te parezca poquita cosa. Mira lo espiritual y también lo humano. Que tengas sensación de vida que te crece por dentro.

Pues bien, ahora traduce esa vida en una tarea o relación hacia fuera. Ahí está tu Pentecostés.

Javier Garrido