Pentecostés

Jesús en la última cena había prometido a los apóstoles el envío del Espíritu Santo para que los mantuviera firmes cuando Él ya no estuviera con ellos y también para que los ayudara a entender correctamente lo que Él les había enseñado (Jn. 15, 26-27) (Tercera lectura)

La festividad de Pentecostés hace referencia a la solemne venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Es lo que aparece en la primera lectura tomada de los Hechos (2,1-11)

San Pablo saca las consecuencias que nos ha recordado la segunda lectura (1ª Cor. 12, 6-7, 12-13)

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Los ejemplos sensoriales, las imágenes, sirven para que lo que vemos nos ayude a comprender aquello sobre lo que se nos quiere informar. Las imágenes nos ayudan a comprender las ideas.

Dios cuenta también con ese recurso para acercarnos a la comprensión de las grandes verdades que desea comunicarnos.

En los relatos de hoy, festividad de Pentecostés, como en otros muchos, Dios se vale de elementos sensibles para “darnos a entender” la eficaz , aunque misteriosa, acción del Espíritu Santo sobre nosotros.

Como toda acción divina, es inalcanzable comprensivamente por nosotros. Los elementos sensoriales solamente nos sirven para “acercarnos un poco” a su profundo significado.

Hoy escuchamos que el Espíritu se manifestó en forma de lenguas de fuego. Indudablemente este símbolo no ha sido arbitrariamente elegido por Dios. Con él nos quiere dar a entender que lo que hace el fuego en el orden material es semejante a lo que hace el Espíritu sobre nosotros en el campo de lo sagrado.

El fuego es útil para desinfectar, por ejemplo, una zona contaminada por una epidemia. Por su fuerza destructora fue empleado también por el hombre primitivo para defenderse de las fieras. En una fragua vuelve dócil a los metales duros convirtiéndolos en objetos útiles.

Además de “eso” también ilumina y da calor, abriendo posibilidades ilimitadas al avance de la civilización. Gracias a él se vence a la noche ampliando el tiempo de ver, se abre un campo ilimitado a la industria, aumenta también extraordinariamente las posibilidades culinarias del hombre con nuevos sabores de cocido, asado, frito, etc.

Cuando Dios nos habla de lenguas de fuego refiriéndose al Espíritu Santo, nos está diciendo que tiene fuerza tanto para purificarnos de nuestros pecados como para aumentar espectacularmente nuestras posibilidades de actuación, como para doblegar nuestra indómita voluntad y para defendernos de los ataques del mal.

Se le representa también con una paloma. A la paloma se la considera como el símbolo de la paz. Su simbología nos manifiesta que uno de los efectos de la Presencia del Espíritu es alcanzar la paz interior fundamento necesario para conseguir la paz exterior.

En el relato de los Hechos se lo compara con un viento fuerte. Las propiedades del viento son bien conocidas. Mueve a los barcos de vela, a los molinos de viento y las aspas de las torres productoras de energía eólica.

Son los efectos del Espíritu sobre nosotros: nos ofrece su fuerza para movernos y actuar.

Con todo esto no sabemos QUÉ es el Espíritu Santo pero sí todo aquello que nos interesa saber sobre ÉL: que nos purifica, que aumenta nuestras posibilidades y que nos da la fuerza necesaria para llevarlas a la práctica. “ESO” es lo que nos interesa saber y eso es lo que nos ha querido comunicar Dios con todas esas imágenes. “ESO” es lo que necesitamos para poder decir al final de nuestra vida lo que le decía San Pablo a Timoteo (2ª Tim. 4, 7-8) “He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe; sólo me queda recibir la corona merecida, que en el último día me dará el Señor, justo juez; y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida”.

La “misión” del Espíritu Santo es llenar nuestra vida elevándola a un orden sobrenatural.

Jesús había dicho a Nicodemo que “el que no nazca del agua y del Espíritu no podrá entrar en el Reino de Dios” (cfr. Jn 3,3 y 3,5).

San Pablo les escribía a los gálatas (4,6-7) “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son Hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para proclamar que somos hijos de Dios”

En la Sagrada Escritura se hace mención muchas veces a estar lleno del Espíritu.

Así por ejemplo se muestra en Zacarías, que profetizó el cántico del Benedictus, habiendo “quedado lleno del Espíritu Santo”. El mismo tipo de expresión se utiliza cuando Isabel, al recibir a María, “llena del Espíritu Santo” dijo “Bendita tu entre las mujeres…” (cfr. Lc 1,41). Algo similar se afirma del anciano Simeón, puesto que “estaba en él el Espíritu Santo” , y este espíritu le había revelado que no moriría antes de haber visto al Cristo del Señor (cfr. 2,27).

En la primera lectura aparece Pedro “lleno del Espíritu Santo”.

Una afirmación semejante tiene lugar cuando Pedro y Juan son liberados por el Sanedrín. Llegan a los suyos, y después de haber contado todo y hacer una oración en común, “retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía” (Hch 4,31).

San Pablo en esa misma carta (5,22) señala como frutos del Espíritu el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, el dominio de sí…”

La sensación de concordia que aparece en el relato de los Hechos (2,11) cuando la gente constata que “somos diferentes y todos les oímos hablar en nuestra propia lengua” es una manifestación del carácter vinculante de la acción del Espíritu sobre nosotros.

Una constatación importante ésta de que todos entendían lo mismo con diferentes lenguas. Podría apuntar a la necesidad de dejar hablar al Espíritu a las diferentes civilizaciones en su propia lengua, costumbres y ritos.

Es importante saber entender los signos de los tiempos para que hablando todos lo mismo cada uno sea capaz de captarlo desde su propia cultura.

El Papa Francisco es muy sensible a toda esta problemática y constantemente está pidiendo que nos adaptemos a las nuevas situaciones que se le plantean a la Iglesia.

Sin dejar de ser la Iglesia de Jesús, inmutable en lo fundamental, es absolutamente urgente que seamos sensibles a todas esas situaciones diferenciadas para que el mismo evangelio diga lo mismo a todas las gentes, pero de modo que cada uno lo entienda en su propia idiosincrasia.

La Iglesia tiene que vivir un nuevo Pentecostés, donde cada uno oiga al mismo y único Espíritu, pero en su propia lengua, es decir, según su cultura, situación política, económica, personal. Lo de café para todos, ¡vale! con tal de que cada uno lo tome en su taza, no en una empleada indiscriminadamente para todos.

La Iglesia no debería tener miedo a esa apertura. Jesús en varias ocasiones dijo a los Apóstoles en situaciones que ellos creían perdidas: ¡no tengáis miedo, soy Yo!

En lo que esté de nuestra parte abrámonos a la voz y acción del Espíritu y favorezcamos que los demás puedan hacerlo también.

Terminamos esta pequeña reflexión pidiendo que venga sobre nosotros ese Santo Espíritu. Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. AMÉN.

Pedro Sáez