Pentecostés una palabra extraña

Hoy celebramos la llamada fiesta de Pentecostés. Palabra extraña que difícilmente la oiremos en el mercado o en lugares de ocio y negocio. Esta palabra griega, tan elemental y tan fría, significa cincuenta. Se refiere a los cincuenta días que han transcurrido desde el domingo de Pascua o de Resurrección hasta el día de hoy. Pero, si recordamos que esta jornada coincide con la venida del Espíritu Santo nos aclaramos suficientemente. Jesús les habló a los apóstoles del Espíritu y le mencionó repetidas veces. Pero no se lo explicó con detalle. Si bien dijo algunas cosas fundamentales: primera, “conviene que yo me vaya (…). Si me amareis, os alegrarías de que vaya al Padre” (…)”Si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu; si me voy os lo enviaré”. Por tanto, si es superior a Jesús, manifiesta que se trata de alguien muy importante. Segunda, otra forma de conocer al Espíritu es “por sus obras, por sus frutos. San Pablo nos ofrece una lista larga: alegría, paz, amor…

Cuando alguien, como lector o como escuchante, analiza situaciones de aquí y de allá, uno se asusta de la dureza de muchos corazones. Por ejemplo lo que ha sucedido la semana pasada en la ciudad de Jerusalén. Precisamente en el mismo lugar, en el mismo escenario donde ocurrieron los hechos que relata el texto bíblico que se lee en la misa de este domingo. O la situación que está viviendo la Iglesia chilena debido principalmente a la conducta de algunos miembros de la jerarquía.

Un monje oriental confesaba: “Sin el Espíritu Dios está lejos, Cristo pertenece al pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad un dominio, la misión una propaganda, el culto una evocación y el obrar cristiano una moral de esclavos”

La Iglesia, los cristianos hemos vivido etapas en las que nos hemos olvidado del Espíritu. En estos últimos años gracias, entre otros, al Concilio Vaticano II y a ciertos movimientos carismáticos (no todos) se ha despertado la presencia del Espíritu. Conocemos poco, amamos poco al Espíritu. Él nos anima a crecer en sus frutos, como la paz, la generosidad, la verdad, la justicia y a vencer las tendencias negativas como el sectarismo, la mentira, el odio. El Espíritu se declara enemigo de las vacilaciones, de las rutinas, de los cansancios, de las desilusiones. Evoca entrega, inspiración, optimismo.

Algunos creyentes, dirigentes y dirigidos, suelen creer que el Espíritu solo interviene en este mundo a través de ellos. Como si tuvieran la exclusiva. Y no es así. El Espíritu sopla donde quiera y con absoluta libertad. Y seguramente que se dan muchas sorpresas. En estos tiempos revueltos nadie como el Espíritu puede mover los corazones para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión.

Josetxu Canibe