Jesús se desborda… “y exhaló su Espíritu sobre sus discípulos”

Querido amigo: Hoy nos encontramos ante la solemnidad de la fiesta de Pentecostés. Tú y yo nos vamos a preparar para recibir su Espíritu, como lo hizo María y los discípulos suyos en el Cenáculo. Nos preparamos en silencio con nuestro deseo, con nuestra oración, con nuestro canto, y repetimos fuertemente la palabra: «¡Ven, Espíritu de Jesús sobre mí!». Pero antes vamos a oír el texto que nos narra Juan en el capítulo 20, versículo 19-23:

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y lesdice: “La paz sea con vosotros”. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Losdiscípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. De nuevo les dijo: “La paz sea con vosotros. Como me envió el Padre, así os envío Yo”. Dicho esto sopló sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados. Aquienes se los retengáis, les son retenidos”.

Cincuenta días después de la Pascua, Jesús, viendo a sus discípulos, sabiendo cómo están ellos, que ha caminado con ellos en Emaús, que se ha hecho el encontradizo, que les ha explicado las Escrituras, que se ha aparecido una y muchas veces, nos dice el texto que entrada la noche del primer día de la semana, su corazón, lleno de un fuego de amor irresistible hacia los suyos, no puede aguantar sin consolarles, sin hacerse presente. Sabe muy bien que le necesitan, que están confusos, que están solos, que están tristes, que están extrañados por todo lo que está sucediendo y por todo lo que vienen contando. ¿Y qué hacen? Están ahí reunidos, con miedo, con las puertas cerradas, desconfiados, asustados de cualquier sobresalto. Y cuando estaban así, su Maestro Jesús se hace presente y entra colocándose en medio de ellos. ¡Qué momento para que tú y yo ahí, en el Cenáculo, entremos y oigamos lo que dice Jesús! Y como un padre cariñoso y bueno que sabe lo que están pasando sushijos, lo primero que hace es tranquilizarlos y les da la paz y les repite: “Paz, paz a vosotros”. Ellos al verle otra vez se llenan de alegría, pero Él les vuelve a repetir: “No. Necesitáis paz, paz”.

Querido amigo, en medio de nuestros miedos, de nuestras soledades, de nuestras desconfianzas, de nuestras incertidumbres, de nuestro mar revueltointeriormente, necesitamos oír “la paz”, y necesitamos que Jesús nos diga: “La paz contigo”. Porque Él viene a quitarme este miedo de tanta soledad, de tanto vacío como yo tengo, y quiere caminar conmigo y quitarme todas las inquietudes. Y nos dice el texto que cuando Él consideró que estaban ya tranquilos, les da la hora y el momento más maravilloso —y ahí estoy yo también y estás tú—, y exhala su aliento, sopla sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo”. Tú y yo no podemos menos de contemplar este momento: nos da su aliento, nos da su Espíritu, nos da la esencia de su vida, su respiración, su impulso, la fuerza, nos da lo que es suyo y muy suyo, y nos lo infunde, nos lo insufla en nuestro interior. Y ahí, con ese aliento, al darnos su propia intimidad, su propia vida, me dice: “Recibe lo más íntimo de mí, recibe mi fuerza, recibe mi amor, recibe mi vida toda, recibe el Espíritu Santo que soy Yo”.

Querido amigo, hoy es un día muy importante y este encuentro lo tenemos que hacer con muchísimo silencio, con muchísima petición, clamando una y mil veces: “¡Ven, Espíritu divino, sobre mí! ¡Ven, bautízame en tu fuego! ¡Ven, agua fecunda! ¡Ven, te necesito… como nunca te necesito! Inunda mi ser en olas de amor, oh Espíritu,inunda mi ser”.

Pero, ¿de dónde procede? ¿Qué es ese Espíritu? ¿De dónde procede? Del amor entrañable que se tienen entre sí el Padre, el Hijo, el Espíritu. Ese amor me lo da y melo insufla, me lo exhala sobre mí para que sea feliz, para que tenga gloria. Déjate… que yo me deje también llenar de ese aliento. ¡Qué momentos entrañables, profundos, de mucho amor y de mucha vida; momentos para implorar con fe que venga sobre mí! Hoy me regala Jesús lo que necesito, hoy me regala su amor, hoy me tiene que bañar en el agua suya, en ese agua del Corazón suyo. Y me tiene que llenar de su amor. Hoy, sin ningún mérito mío, entra en mi vida, entra en mi ser, y entra para que participe de su vida. Así de bueno es Jesús en mi vida, así de bueno es. Repitamos una y mil veces:“¡Lava, purifícame, riega, fecúndame, sáciame, vivifícame, porque necesito ser animada por ti, por tu Espíritu! Necesito sentirme iluminada por ti, por tu Espíritu; necesito ser consolada y necesito ser liberada”. Necesitamos ser reconciliados por su Espíritu.

Yo me pregunto y te pregunto, querido amigo: ¿tienes sed de Dios? ¿Necesitas su Espíritu? ¿Quieres llenarte de su vida? ¿Quieres bañarte en su agua? ¿Deseamos vivir su propia vida? En nuestros momentos de silencio tenemos que pedirle ese Espíritu, ese don de sabiduría para que le saboree, para que le vea con los ojos del corazón y no con los de mi mente. Le tenemos que pedir ese Espíritu, ese don del entendimiento, para que comprenda, para que comprendamos la historia de amor y entienda su mensaje y entendamos su mensaje y sus signos. Necesitamos ese Espíritu de consejo para poder escuchar, orientar, ayudar a tomar decisiones, corregir, alentar… Necesitamos ese Espíritu de fortaleza para superar todos los miedos que tenemos continuamente, todos los miedos que nos agobian, que nos rodean, que nos oprimen; fortaleza para saber quitarme mis debilidades, mis apegos, mis faltas de audacia, mi poco cumplir mi misión. Ese Espíritu de ciencia, para descubrir la huella de Dios por donde vaya, la huella tuya, Jesús; ese Espíritu para comprender la mano tuya donde Tú estás. Ese Espíritu de piedad para intensificar la relación íntima y filial contigo; está hecha de agradecimiento, de cariño, de ternura, de benevolencia, de disponibilidad. Ese Espíritu de temor, que no es que tema a nada tuyo, Señor, sino que te admiro, te adoro, y temo porque te pueda fallar, por mi fragilidad; temo, pero confío en tu amor.

Como ves, querido amigo, este encuentro es un encuentro, aparte de íntimo, necesario, porque más que nunca necesitamos el Espíritu de Jesús, necesitamos ser bautizados en Él, necesitamos creer en Él, necesitamos estar en Él. Hoy te invito y en este rato te invito a —junto a la Virgen, junto a los discípulos reunidos allí con ellos—,repetir mucho: “Inunda mi ser en olas de amor… ¡Oh, Espíritu divino, inunda mi ser!”.

“¡Ven!”, repite una y muchas veces conmigo dentro de tu corazón y en la soledad y en la intimidad, ahí, a ese Jesús que me insufla y exhala su aliento. ¡Cómo me impresiona esta palabra, cómo me gusta! Cuando la leo, cuando la siento… me quedo recibiendo el aliento tuyo. ¡Qué sería yo —una pobre criatura— sin tu aliento!

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Don en tus dones espléndido, luz que penetra en las almas, fuente del mayor consuelo. Entra, entra hasta el fondo de mi alma, divina luz, y enriquéceme. Mira mi vacío si Tú no estás por dentro de mí. Mira el poder del mal, del pecado cuando Tú no me envías tu aliento. Riega esta pobre tierra que está en sequía. Sana este pobre corazón enfermo. Lava tantas manchas… Infunde calor de vida en el hielo. Y doma este espíritu indómito, que a veces se rebela y que no obedece de rebelde… Guía si me tuerzo en el sendero. Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos, por tu bondad y por tu gracia. Y dame al esfuerzo su mérito. Salva al que busca y salva, si te busco salvarme. Y dame tu gozo divino.

Esta secuencia que en la Eucaristía de hoy, en los rezos de laudes, de vísperas se repite tanto, hoy, querido amigo, te invito a leerla muy despacio, a penetrar cada verbo, a sentir cada adjetivo, cada palabra, y a pedírselo al Señor. Y sobre todo te invito a dejarte insuflar, exhalar ese aliento y llenarte de ese Espíritu que Él te da y que me da; a absorber su amor. Y me llenaré de lo que necesito: de gozo, de paz, de paciencia, de bondad, de mansedumbre, de fidelidad…, de todo. Y aprenderé, y tendré fuerza para —como estaban los discípulos— hablar en lenguas, curar, sanar… ¡Seré fuerte! Que en este encuentro me sienta tan invadido de ti, que salga con ilusión para proclamarte a una sociedad necesitada de ti y de tu Espíritu, a una sociedad materialista. Y que vaya por todo el mundo proclamando el Evangelio a toda la creación. Que aprenda a tener esa esperanza de poder proclamar con fuerza y con valentía tu amor.

¡Ven, Espíritu divino, inúndame en olas de amor! ¡Ven, inunda todo mi ser! ¡Ven Espíritu de Dios sobre mí! Que yo, allí, en silencio, escuchando, me llene de tu aliento y de tu Espíritu. Espíritu Santo, ven: ven sobre mí, ven sobre nuestra sociedad, ven sobre mi trabajo, ven sobre mi familia. Y Tú, María, —la Madre que recibió el Espíritu y que es la intercesora grandísima— me ayudes y me des esa fuerza para recibir ese Espíritu.

Gracias, Señor, por darme tu vida, por darme tu Espíritu, por darme tu amor.Una vez más te repito: “Inunda mi ser en olas de amor… ¡Oh, Espíritu, inunda mi ser!”.

Francisca Sierra Gómez

II Vísperas – Solemnidad de Pentecostés

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: VEN, CREADOR, ESPÍRITU AMOROSO

Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que criaste poderoso.

Tú que abogado fiel eres llamado,
del Altísimo don, perenne fuente
de vida eterna, caridad ferviente,
espiritual unción, fuego sagrado.

Tú te infundes al alma en siete dones,
fiel promesa del Padre soberano;
tú eres el dedo de su diestra mano,
tú nos dictas palabras y razones.

Ilustra con tu luz nuestros sentidos,
del corazón ahuyenta la tibieza,
haznos vencer la corporal flaqueza,
con tu eterna virtud fortalecidos.

Por ti, nuestro enemigo desterrado,
gocemos de paz santa duradera,
y, siendo nuestro guía en la carrera,
todo daño evitemos y pecado.

Por ti al eterno Padre conozcamos,
y al Hijo, soberano omnipotente,
y a ti, Espíritu, de ambos procedente,
con viva fe y amor siempre creamos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Espíritu del Señor llena el universo. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Espíritu del Señor llena el universo. Aleluya.

Ant 2. Confirma, oh Dios, lo que has realizado en nosotros, desde tu santo templo de Jerusalén. Aleluya.

Salmo 113 A – ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO; LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Confirma, oh Dios, lo que has realizado en nosotros, desde tu santo templo de Jerusalén. Aleluya.

Ant 3. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar. Aleluya.

LECTURA BREVE   Ef 4,3-6

Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

RESPONSORIO BREVE

V. El Espíritu del Señor llena el universo. Aleluya, aleluya.
R. El Espíritu del Señor llena el universo. Aleluya, aleluya.

V. Y él, que todo lo mantiene unido, conoce todas las voces.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo
R. El Espíritu del Señor llena el universo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Hoy han llegado a su término los días de Pentecostés, aleluya; hoy el Espíritu Santo se apareció a los discípulos en forma de lenguas de fuego y los enriqueció con sus dones, enviándolos a predicar a todo el mundo y a dar testimonio de que el que crea y se bautice se salvará. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hoy han llegado a su término los días de Pentecostés, aleluya; hoy el Espíritu Santo se apareció a los discípulos en forma de lenguas de fuego y los enriqueció con sus dones, enviándolos a predicar a todo el mundo y a dar testimonio de que el que crea y se bautice se salvará. Aleluya.

PRECES

Oremos a Dios Padre, que por medio de Cristo ha congregado a la Iglesia, y digamos suplicantes:

Envía, Señor, a la Iglesia tu Espíritu Santo.

Tú que quieres que todos los que nos llamamos cristianos, unidos por un solo bautismo en el mismo Espíritu, formemos una única Iglesia,
haz que cuantos creen en ti sean un solo corazón y una sola alma.

Tú que con tu Espíritu llenaste el universo,
haz que los hombres construyan un mundo nuevo en justicia y paz.

Señor, padre de todos los hombres, que quieres reunir en la confesión de la única fe a tus hijos dispersos,
ilumina a todos los hombres con la gracia del Espíritu Santo.

Tú que por tu Espíritu lo renuevas todo,
concede la salud a los enfermos, el consuelo a los que viven tristes y la salvación a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por tu Espíritu resucitaste a tu Hijo de entre los muertos,
infunde nueva vida a los que han muerto.

Dirijámonos ahora al Padre con las palabras que el Espíritu del Señor resucitado pone en nuestros labios:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia en todo pueblo y nación, derrama los dones del Espíritu Santo por toda la extensión de la tierra, y aquellas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica continúa realizándolas ahora en los corazones de tus fieles. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Solemnidad de Pentecostés

Este breve Evangelio que acabamos de leer incluye dos textos netamente distintos, tomados ambos de los discursos de Jesús a sus Discípulos durante la Última Cena, cual nos han sido narrados en el Evangelio de Juan. En la primera cita habla Jesús e un “Defensor” (Parakletos, en griego) que nos enviará de donde el Padre. Pero es menester que prestemos atención al hecho de que el Espíritu nos es presentado aquí no como el defensor de los Apóstoles – o nuestro – sino más bien como el defensor de Jesús mismo. Es el abogado que cargará con la defensa de Jesús en el proceso que le opone al mundo.

Esta imagen del proceso se halla presente en cierta medida tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el Paraíso Terrenal entra el hombre en proceso contra Dios, haciéndolo sospechoso de mentira y de maldad, como lo insinúa la serpiente al corazón de Eva y de Adán: “Lo que Dios dice no es verdadero; no moriréis…” Y más tarde, con los Grandes Profetas queda invertido el cuadro. Es Dios quien entra en proceso con su pueblo. Y más adelante nos encontramos con un Job que querrá hacer un proceso a Dios a propósito de su sufrimiento que le parece injustificado.

La lucha entre las fuerzas del mal y la Luz alcanzan su paroxismo en el proceso en que Jesús es condenado a muerte por los hombres. Pero el Padre reabre el proceso y lo revisa resucitando a su Hijo. Al resucitar a Jesús ha mostrado el Padre la justicia de su causa y ha confundido a sus adversarios. Los discípulos se ven llamados a dar testimonio por sus palabras y su vida – incluso por su muerte – en la fuerza del Espíritu, de que Jesús ha resucitado y que trae la Vida al mundo. De ahí que les envíe el Espíritu Santo, su abogado, su “Paráclito”, que hace estallar en ellos a los ojos del mundo la justicia de la causa de Jesús y de su mensaje.

Este lenguaje tan simbólico puede hacérsenos un tanto extraño. Pero es muy posible que olvidemos con excesiva facilidad que, a partir de nuestro mismo ser incluso de criaturas, nos encontramos en el corazón de una lucha o d una continua tensión entre las fuerzas de la vida y las de la nada, entre la fuerzas del bien y las del mal. Es fácil en extremo identificar las fuerzas del mal en las guerras y en las demás formas de violencia que combaten la vida humana. Pueden identificarse asimismo en la lucha que se desarrolla en el corazón de cada uno de nosotros y de la que nos hablaba san Pablo en el segunda lectura que hemos podido escuchar en la cual nos hablaba de las “tendencias de la carne” que nos conducen no sólo al libertinaje sino también a los odios y rencillas, a la cólera y al sectarismo, y que se oponen a las tendencias del Espíritu que conducen al amor , el gozo, la bondad, la humildad.

La segunda parte del texto evangélico que acabamos de leer nos describe otro papel del Espíritu de Dios en nosotros. Este Espíritu, defensor de Jesús, es asimismo el Espíritu de verdad que nos conduce a la verdad en su totalidad. Jesús decía a sus discípulos que tenía aún muchas cosas que decirles, pero que por el momento no eran capaces de entenderlas. Lo mismo sucede con nosotros. El Espíritu nos va revelando de manera gradual, en nosotros mismos y en el mundo, la presencia tanto de las fuerzas del mal como las del bien, en la medida en que somos capaces de soportarlas. Al e la razón de que nos sea posible releer sin cesar los mismos textos del Evangelio y de que una y otra vez nos aporten un mensaje diferente, conforme al punto en que nos encontremos en nuestro encaminamiento espiritual y humano.

Una vez que ha penetrado en nosotros, nos permite el Espíritu no tan sólo el comprender sino el de comprendernos a nosotros mismos. Los Apóstoles no pasaban de ser unos meros pescadores galileos, sin instrucción alguna. Una vez que han quedado llenos del Espíritu, el día de Pentecostés, siguen hablando su dialecto de Galilea., lo que no obsta para que los Judíos que se han llegado a Jerusalén desde todos los rincones de la diáspora judía los entiendan a cada uno en su lengua local. El Espíritu de Dios no anula las diferencias que nos constituyen a cada uno de nosotros en nutro ser y en nuestra propia belleza, pero hace posible a cada uno el superar sus diferencias y de unirse los unos a los otros superando esas diferencias. Los Apóstoles siguen siendo galileos y hablan el dialecto galileo. Los Partos, Medos, Elamitas…los Frigios, los Egipcios, los Libios,los Romanos siguen siendo lo que son, cada uno en su propia lengua, y es precisamente en esta lengua de cada uno en la que se entienden y comprenden el Mensaje de los Apóstoles.

¡Cuántos conflictos étnicos podrían ser evitados, cuanta arrogancia religiosa o confesional quedaría disuelta, si se dejara convencer por el Abogado de Jesús este nuestro mundo, y si viviéramos todos menos según la carne y más según al Espíritu. Pidamos a este Espíritu la gracia de poder proclamar, cada uno en esa lengua que es nuestra existencia cotidiana personal.

A. Veilleux

Traducción simultánea

Jesús, cuando intuía que los discípulos no le habían comprendido algo, enseguida les garantizaba que, cuando viniese el Paráclito, lo entenderían todo. Lo que no les añadió es que éste, el Espíritu Santo, les dotaría del don de lenguas, sin necesidad de recibir lecciones de filología en cualquier academia al uso. Efectivamente, el día de Pentecostés se produjo el milagro. Descendió el Espíritu Santo, se posó sobre ellos, los enardeció, fueron objeto de una extraña metamorfosis, y se lanzaron a hablar con fuerza, tesón y seguridad, y una especie de magia divina se encargó de que cada uno de los asistentes a aquella ceremonia los entendiera en su propio idioma; porque entre ellos había personas venidas de diferentes paises, lenguas y culturas. La extrañeza no tardó en manifestarse: “¿No son galileos todos los que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oímos expresarse en nuestro propio idioma?”.

Esta escena me lleva a reflexionar seriamente acerca de la actitud que adoptamos los cristianos cuando pretendemos llevar el evangelio a gente sencilla, con hambre de Dios, de esperanza, de alegría. ¿Nos esforzamos por sintonizar con ellos, escuchar sus inquietudes, sus aspiraciones, sus problemas y dificultades; o más bien tomamos la postura de maestros baratos o de actores teatrales que se limitan tan sólo a soltar la perorata aprendida de memoria? ¿En qué idioma les hablamos?

Para llegar al corazón de las personas se requiere, en primer lugar, cercanía. La distancia distorsiona siempre la imagen y contribuye a que la percibamos borrosa, carente de nitidez. La proximidad física, en cambio, reporta visualidad, serenidad, sosiego, e interés por conocerse mutuamente, apoyados en el soporte de las palabras y, más aún, en la mansa quietud del silencio… De esta manera va amasándose, paulatinamente, la joya de la amistad, esa sintonía de corazones, que culmina en una apertura del mundo interior: problemas, inquietudes, deseos, sgeños, y conduce a la solidaridad y colaboración.

Así, podremos llevar el evangelio a los alejados, a los indiferentes, a los analfabetos de religión* pero con alma sencillalla las personas más irrelevantes pero abiertas al cariño, a quienes buscan la verdad hartos de menkras…, porque estaremos hablando todos, ellos y nosotros, el mismo idioma. Y no olvidemos que expresarnos en la misma lengua comporta no sólo las características citadas (cercanía, amistad, apertura, solidaridad, colaboración), sino también, y sobre todo, sintonizar con los problemas que les preocupan y atormentan, sintiéndolos como nuestros; se trata del lenguaje que mejor entienden.

Concluyo este listado de actitudes advirtiendo que, siendo la palabra un excelente vehículo para transmitir el mensaje de Jesús, existe otro más excelso y eficaz. Se trata del ejemplo. Y, ya que estamos inmersos en el terreno de la filología, os garantizo que el ejemplo es el “esperanto” de la nueva evangelización; lenguaje que entenderá todo el mundo.

Pedro Mari Zalbide

Fiesta de Pentecostés

El evangelio del domingo de Pentecostés relaciona esta fiesta con tres hechos fundamentales:

1) El Resucitado se hace presente a su comunidad mostrando las manos y el costado, es decir, las señas de identidad de la resurrección son las llagas del que ha muerto como víctima.

2) Jesús envía a los discípulos a continuar la misma misión que él ha cumplido y que ha dejado sus huellas en las llagas.

3) De la misma manera que Jesús, al morir, “entregó el espíritu” (Jn 19, 30), ahora les dice: “Recibid el Espíritu Santo”(Jn 20, 22). Cuando Jesús se va, en su lugar, deja el Espíritu.

A partir de Pentecostés, inicia su andadura la comunidad de creyentes en Jesús, que, con el paso de los años, se autodenominó Iglesia. Esta Comunidad-Iglesia vive sobre la base de tres principios que la constituyen:

1) La memoria de Jesús, “memoria subversiva” del Crucificado y Resucitado.

2) La presencia del Espíritu, que la conduce y le enseña progresivamente la verdad plena.

3) El ministerio apostólico, testigo del recuerdo, la vida y las enseñanzas de Jesús.

En la Iglesia de todos los tiempos se ha dado la tentación constante de centrarlo todo en el ministerio como testigo de Jesús y su Evangelio. Cuando se hace esto, se incurre en lo que bien ha sido denominado como el “cristomonismo” = Cristo – Apóstoles, es decir, en la práctica se prescinde del Espíritu o, lo que es lo mismo, se “supone” que, en toda actuación ministerial o jerárquica, está presente y operante el Espíritu, lo que equivale de facto a anular su presencia.

José María Castillo

Arca de la nueva alianza

– Oración a María

Querida Madre.
Acompáñame todos los días.
Ayúdame a portarme bien
y ser un buen hijo, servicial y atento
para lo que necesiten mis papás.
Quiero ser un buen hermano,
que no discuta ni me pelee tan fácil
por cosas que no son importantes.
Dame una manito en las cosas de la escuela
y ayúdame a tener siempre
una sonrisa para todos los que me rodean.
Ayúdame a vivir haciendo el bien,
como le enseñaste a tu hijo Jesús.
Ayúdame a ser como El y quererle con el alma y la vida.

– Le cuento a la Virgen

ARCA DE LA NUEVA ALIANZA.Virgencita: Fray Domingo me contó eso del arca de Noé, donde se guardaron los animales y las personas, para salvarlos, también me contó del arca de la antigua alianza que era un cofre muy fino donde guardaban, como un tesoro, las cosas sagradas. Eso era en el tiempo del Antiguo Testamento, o sea, de cuando Jesús no había nacido, por eso, para recibirlo a El, tú te convertiste como en el arca, pero de la Nueva alianza para guardar a Dios como en el primer Sagrario del mundo. Desde el día de mi Primera Comunión yo también soy un arca o un sagrario pequeño para guardar a Jesús para siempre, no dejes que nada ni nadie le saque nunca de mi corazón.

– Le pido por todos

– Ayúdanos a prepararnos para la Primera Comunión y todas las demás.. 

– Enséñanos a guardar en nuestro corazón las cosas importantes y quitar de él las cosas que nos alejan de Dios. 

– Ruega por todas las personas que no reciben a Jesús porque no lo conocen. 

– Que aprendamos a respetar las cosas sagradas y portarnos bien en la Iglesia.

–  Pienso y rezo

Ahora cierro los ojos y el corazón para pensar y rezar un misterio del Rosario que corresponda al día de hoy. 1 Padrenuestro, 10 Avemarías y el gloria.

Ecclesia in Medio Oriente

59. Familias cristianas en Oriente Medio, os invito a renovaros siempre con la fuerza de la Palabra de Dios y los sacramentos, para ser aún más iglesia doméstica que educa en la fe y la oración, semillero de vocaciones, escuela natural de las virtudes y los valores éticos, y primera célula viva de la sociedad. Contemplad siempre a la Familia de Nazaret[60], que tuvo el gozo de acoger la vida y expresar su piedad observando la Ley y las prácticas religiosas de su tiempo (cf. Lc 2,22-24.41). Mirad a esta familia, que vivió también la prueba de la pérdida del niño Jesús, el dolor de la persecución, la emigración y el duro trabajo cotidiano (cf. Mt 2,13ss; Lc 2,41ss). Ayudad a vuestros hijos a crecer en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres (cf. Lc 2,52); enseñadles a confiar en el Padre, a imitar a Cristo y a dejarse guiar por el Espíritu Santo.


[60] Cf. Homilía en la Misa en el Monte del Precipicio, Nazaret (14 mayo 2009): AAS 101 (2009), 478-482.

Lectio Divina – 20 de mayo

Lectio: Domingo, 20 Mayo, 2018

El testimonio del Espíritu Santo
y el testimonio de los discípulos
Juan 15, 26-27. 16, 12-15

1. Oración inicial

¿Cuándo vendrá el Consolador, oh Padre mío? ¿Cuándo llegará a mí tu Espíritu de verdad? El Señor Jesús nos lo ha prometido, dijo que lo enviaría desde tu seno hasta nosotros. Padre, ¡abre tu corazón y envíalo desde los cielos santos, desde tus altas moradas! No tardes más, sino cumple la antigua promesa; ¡sálvanos hoy, para siempre! Abre y danos tu Amor por nosotros, para que también yo pueda abrirme y ser liberado por ti y en Ti. Que esta Palabra tuya sea hoy el lugar santo de nuestro encuentro, la estancia nupcial de la inmersión en ti, ¡oh Trinidad Amor! Ven a mí y yo a ti. ¡Permanece, oh Padre! ¡Permanece, oh Hijo Jesucristo! ¡Permanece para siempre, oh Espíritu Consolador, no me abandones jamás! Amén.

2. Lectura

a) Para situar el pasaje en su contexto:

Los pocos versículos que nos ofrece la liturgia hoy para la meditación, pertenecen al gran discurso de despedida dirigido por Jesús a sus discípulos antes de la Pasión, que Juan prolonga desde el cap. 13, 31 hasta el final del cap. 17. Jesús comienza a hablar aquí de las consecuencias inevitables del seguimiento y de la opción de fe y de amor por Él; el discípulo debe estar pronto a sufrir persecución por parte del mundo. Pero en este combate, en este sufrimiento, hay un Consolador, un Defensor, un Abogado, que testimonia por nosotros y nos salva: el don del Espíritu ilumina los acontecimientos humanos del discípulo, y lo llena de esperanza viva. Él ha sido enviado para hacernos comprender el misterio de Cristo y para hacernos partícipes del mismo.

b) Para ayudar en la lectura del pasaje

15, 26-27: Jesús anuncia el envío del Espíritu Santo, como Consolador, como Abogado defensor; será el que actúe en el proceso acusatorio que el mundo hace contra los discípulos de Cristo. Será Él, el que los haga fuertes en la persecución. El Espíritu da testimonio ante el mundo respecto al Señor Jesús; Él defiende a Cristo, contestado, acusado, rechazado. Pero, es necesario también el testimonio de los discípulos; el Espíritu debe servirse de ellos para proclamar con poder al Señor Jesús en este mundo. Es la belleza de nuestra vida convertida en testimonio de amor y fidelidad a Cristo.
16, 12: Jesús coloca a sus discípulos – y por lo tanto a nosotros – frente a su condición de pobreza, de incapacidad, por la cual no les es dado comprender muy bien, ni las palabras de Jesús, ni las palabras de la Escritura. Su verdad es todavía un peso, que no pueden recibir, sostener y llevar.
16, 13-15: En estos últimos versículos, la Palabra de Jesús revela a los discípulos cuál será la acción del Espíritu en ellos. Será Él el que los lleve hasta la verdad completa, es decir, les hará comprender el misterio de Jesús en su totalidad, en la totalidad de su verdad. Él guiará, revelará, anunciará, iluminará, dándonos a nosotros, discípulos, las mismas palabras del Padre. Y así, seremos conducidos al encuentro con Dios; se nos hará capaces, por gracia, de comprender la profundidad del Padre y del Hijo.

c) El Texto:

Juan 15, 26-27. 16, 12-1515, 26 Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. 27 Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio.
16, 12 Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. 13 Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir. 14 Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros.

3. Un momento di silencio orante

Hago silencio. De vez en cuando repito en voz baja: “Ven, Espíritu Santo”.

4. Algunas preguntas

a) “Cuando venga el Paráclito”. Jesús me pone frente a una realidad bien concreta; Él abre ante mí, un tiempo nuevo, un tiempo distinto y me dice que existe una espera en mi vida. Está para llegar el Paráclito, el Espíritu Santo. ¿Por qué, Señor, te he esperado tan poco, por qué ha sido tan frágil, tan hipócrita, mi atención hacia Ti? Tu mandas a Alguien a buscarme, y ni tan siquiera me doy cruenta, ni tan siquiera muestro interés.
b) “También vosotros daréis testimonio. Jesús afirma esto, dirigiéndose a los discípulos de entonces y de ahora. Me habla y me dice: “También tú darás testimonio”. Tengo miedo, tú lo sabes. ¿Por qué dar la cara ante todos: a mis compañeros de colegio, de universidad, de equipo, a mis amigos, que me invitan a salir con ellos? ¿Por qué este esfuerzo? ¿No puedo ser cristiano igualmente? ¡Tú eres mi principio y mi fin; tú eres mi entera existencia! ¿Cómo es, Señor, que no doy testimonio? ¿Cómo puedo continuar así?
c) “Os guiará hasta la verdad completa”. Siempre he programado mis cambios, mis decisiones de cambio: siempre me las he arreglado bien solo. Y ahora, Señor, tú me dices que otro me guiará. No es una elección fácil, te lo confieso. Pero, deseo probar, deseo acogerte, ¡oh Tú, que eres el Amor, que yo me deje aferrar por tu Espíritu! ¿Me llevará al desierto, como hizo contigo? (cf. Lc 4,1) ¿Abrirá mi vida, como abrió el seno de la Virgen María? (Lc 1,35) ¿Me invadirá como hizo con Pedro, con los otros, con cuantos creyeron en la predicación, como narran los Hechos de los Apóstoles? No sé lo que me sucederá, pero deseo decirte que sí.

5. Una clave para la lectura

* El Espíritu Santo Paráclito

En un primer momento, este término puede sonar un poco raro; me confunde, me desorienta. Sé que es una palabra griega bastante extendida ya en la antigüedad, un poco en todo el mundo mediterráneo. San Juan la utilizó un poco más arriba, diciendo: “Yo rogaré al Padre y Él os dará otro Paráclito, para que permanezca en vosotros para siempre” (Jn 14, 16) y revelando que el Espíritu viene a consolar, a permanecer junto a nosotros, a defender, a proteger. Aquí, sin embargo, en este versículo, parece que emerge otro significado un tanto diverso: el Espíritu Santo se presenta a nosotros como el Abogado, es decir, el que está junto a nosotros en el juicio, en las acusaciones, en el tribunal de la persecución. Lo sabemos, toda la historia, incluso la de nuestros días, lleva en su corazón la acusación, el desprecio, la condenación hacia el Señor Jesús y hacia cuantos lo aman. Es la historia de cada día de todos. En el banco de los acusados, junto a Jesús, nos sentamos también nosotros. Pero no estamos solos. Tenemos un Abogado. El Espíritu del Señor viene y actúa en el juicio en nuestro favor: habla, da testimonio, trata de convencer y de probar. Es inmensa su obra en medio de nosotros y en favor de nosotros. Junto al Padre, nuestro Abogado es Jesús, como escribe Juan en su Primera Carta (1 Jn 2, 1); pero ante el mundo, nuestro Abogado es el Espíritu, que Él nos envía desde el Padre. No debemos preparar antes nuestra defensa (Lc 21, 14), pensando que podremos disculparnos por nosotros solos, sino que debemos dejar un espacio al soplo del Espíritu Santo dentro de nosotros, dejar que sea Él el que hable, el que diga, el que pruebe. También Pablo tuvo que hacer esta dura experiencia; lo escribe en su Segunda Carta a Timoteo: “En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon ” (2 Tim 4, 16). Y es así: no hay defensa para nosotros, ni inocencia, ni liberación, ni excarcelación verdadera, si no es en relación íntima con el Espíritu del Señor. Él se nos envía, para que podamos dejarnos arrebatar por su presencia, como en un abrazo, como en una relación íntima e intensa de amistad, de confianza, de abandono y de amor.

* El testimonio

Empiezo a comprender, cuando continúo acogiendo las palabras de este evangelio en mi corazón, que la relación de nosotros, discípulos, con el Espíritu Santo tiene por finalidad el hacernos capaces de dar nuestro testimonio de Jesús. Se nos une indeciblemente al Espíritu Santo, somos aferrados por Él, atraídos por su fuego, que es el Amor recíproco del Padre y del Hijo, para que podamos nosotros iluminar también, ser fuente de amor en este mundo.
Dar testimonio significa atestiguar con claridad, dando pruebas de ello. En primer lugar es el Espíritu Santo el que realiza este testimonio, continuamente, en todo lugar, en todo tiempo; Él actúa con potencia en nosotros y alrededor de nosotros. Él es el que mueve los corazones. Él es el que cambia nuestros pensamientos altaneros y endurecidos, el que une, el que reconcilia, el que impulsa al perdón y a la unión; más aún, es Él el que cura el alma, la psiche, el cuerpo y el corazón enfermos. Él es el que enseña, amaestra y hace dóciles, el que nos hace sabios, sencillos, pobres y puros. Da testimonio del Señor Jesús, el Salvador, a través de todas estas operaciones, toques leves de amor y comunión sobre nuestras tierras áridas y secas. Él da testimonio del Crucificado, del Sufriente por amor; pregona al Resucitado, que derrotó a la muerte para siempre; testimonia del Viviente, del Glorificado, de Aquél que está con nosotros hasta el final de los tiempos. Este es el testimonio. El Espíritu lo introduce en este mundo, nos lo trae; no podemos quedar indiferentes, continuar somnolientos, eligiendo un poco de aquí y otro poco de allá. Él es la verdad. Y, solamente hay una verdad: la de Dios, su Hijo Jesucristo. Estamos llamados a testimoniar todo esto, es decir, a poner y empeñar nuestra vida por amor a esta verdad. Testimoniar es convertirse en mártires, por amor. No solos, ni por nuestra fuerza, ni por nuestra sabiduría. “También vosotros daréis testimonio”, dice Jesús. Nuestro testimonio solamente puede subsistir dentro del testimonio del Espíritu Santo; no son testimonios paralelos, sino vidas fundidas juntas: la del Espíritu y la nuestra. Esto se realiza delante de los infinitos tribunales del mundo cada día. Nuestra vida se convierte, entonces, en un lugar sagrado, casi en un santuario, del testimonio al Señor Jesús. No se trata de realizar grandes obras, o demostrar sabiduría e inteligencia, atraer muchedumbres; no, solamente basta una cosa: decir al mundo que el Señor está vivo, que está aquí en medio de nosotros y que anuncia su misericordia, su amor infinito.

* El Padre

El contacto con el Espíritu Santo, el dejarse abrazar e invadir por Él, nos lleva al Señor Jesús; nos conduce hasta su corazón, hasta la fuente de su amor. Desde allí nosotros alcanzamos al Padre, recibimos al Padre. No teníamos nada, no hemos podido traer nada con nosotros al venir a este mundo, y ahora, ¡he aquí que somos colmados de dones! Imposible poder contenerlos todos. Hace falta dejar rebosar el recipiente, dejarlo salir fuera, hacia los hermanos y hermanas que encontremos, e incluso, dejarlo que florezca apenas en brevísimas experiencias de vida.
El Espíritu habla de Jesús y utiliza las palabras del Padre; Él nos repite lo que oye en el seno del Padre. El Padre es su morada, su casa; viniendo a nosotros, el Espíritu trae su impronta, el sello de aquella morada, de aquel lugar de comunión infinita, que es el seno del Padre. Y nosotros comprendemos muy bien, que aquella es nuestra casa; reconocemos el lugar de nuestro origen y de nuestro fin. Descubrimos, al recibir el Espíritu de Jesús, que también nosotros venimos del Padre, que nacemos de Él y vivimos en Él. Si nos buscamos a nosotros, si deseamos encontrar el camino, el sentido de nuestra vida, todo está escrito en las palabras que el Espíritu pronuncia para nosotros, dentro de nosotros, respecto a nosotros. Hace falta hacer un gran silencio, para poderlo escuchar, para comprenderlo. Hace falta volver a casa, pensar en nuestro Padre y decir dentro de nosotros: “Sí, ¡basta ya! He vagado demasiado tiempo lejos y me he perdido… Volveré a mi Padre”. Contemplo cuántas maravillas puede obrar el Espíritu de la verdad, que mi Señor Jesucristo me envía desde el Padre. No será Pentecostés, si no me dejo aferrar por Él, ser llevado con Él hasta el seno del Padre, donde ya me espera el Cristo, donde ya está encendido para mí el fuego del Espíritu Santo.

6. Un momento de oración

Salmo 68 (La ternura del Padre es la morada del pobre)

Rit. ¡Abbà Padre, soy tu hijo!

Pero yo te dirijo mi oración, Yahvé,
en el tiempo propicio:
por tu inmenso amor respóndeme, oh Dios,
por la verdad de tu salvación.

¡Respóndeme, Yahvé, por tu amor y tu bondad,
por tu inmensa ternura vuelve a mí tus ojos;
no apartes tu rostro de tu siervo,
que estoy angustiado, respóndeme ya;
acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos!

Celebraré con cantos el nombre de Dios,
lo ensalzaré dándole gracias;
Lo han visto los humildes y se alegran,
animaros los que buscáis a Dios.
Porque Yahvé escucha a los pobres,
no desprecia a sus cautivos.

¡Alábenlo los cielos y la tierra,
el mar y cuanto bulle en él!
Pues Dios salvará a Sión,
reconstruirá los poblados de Judá:
la habitarán y la poseerán;
la heredará la estirpe de sus siervos,
en ella vivirán los que aman su nombre.

7. Oración final

Gracias, oh Padre, por la venida del Consolador, del Abogado; gracias por su testimonio de Jesús en el mundo y en mí, en mi vida. Gracias, porque es Él el que me hace capaz de recibir y llevar el peso glorioso de tu Hijo y mi Señor. Gracias, porque Él me guía a la verdad, me entrega la verdad toda entera y me revela las palabras que Tú mismo pronuncias. Gracias, Padre mío, porque en tu bondad y ternura, tú me has alcanzado hoy, me has atraído a Ti, me has hecho entrar en la casa de tu corazón; me has inmerso en el fuego de amor trinitario, donde tú y el Hijo Jesús sois una sola cosa en el beso infinito del Espíritu Santo. Aquí también estoy yo, y por eso mi alegría es desbordante. Te ruego, Padre, haz que yo pueda dar a todos este gozo en el testimonio amoroso de Jesús Salvador, cada día de mi vida. Amén.

Lo que no te esperas

Desaparecido el papelito

He mirado atentamente. Pero cuando se ha dirigido del altar al ambón para el evangelio, el celebrante no tenía en la mano el acostumbrado papelito, con los apuntes y el esquema del sermón. No sé si lo ha hecho aposta o ha sido un olvido, o puede ser también que no haya tenido tiempo de escribir ni siquiera las pocas notas habituales, que le dan una cierta tranquilidad.

Yo lo he considerado un gesto litúrgico. Sí, precisamente la ausencia de ese papelito formaba parte del rito para la solemnidad de Pentecostés.

En efecto, uno no se puede imaginar que aquel día los apóstoles salieran fuera del cenáculo con el papel en que estaba escrito lo que tenían que decir. Y resulta inconcebible que Pedro, quien después ha tomado la palabra, por así decir, oficialmente, tuviese a alguno a su lado que le pasara como ayuda los folios para aquel discurso memorable.

El Espíritu, en efecto, a él y a sus compañeros les había puesto el fuego sobre la cabeza: «…Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas que se repartían posándose encima de cada uno», y también, supongo, sobre el corazón, pero no les ha facilitado el texto de la homilía que habrían de tener en aquella situación solemne y con aquella platea cosmopolita delante.

En todo caso el «viento recio» se preocuparía de hacer volar, lejos, como si fueran confetis, las páginas elaboradas, antes, con tanto cuidado (algo que me gustaría sucediese en ciertas circunstancias…).

El Espíritu santo es imprevisible e improvisador. O uno se deja llevar del Espíritu santo y adquiere ingravidez, o si no permanece arraigado en la propia ciencia prefabricada, acumulando pesadez y produciendo aburrimiento y desencanto en los oyentes.

En suma, a los hombres de la palabra se les pone una alternativa: ¿papel o carne? Juan, en el prólogo, dice que el Verbo se hizo carne, no papel, y mucho menos palabrería.

Otra cosa: ¿palabra viva o palabra preconfeccionada? ¿frescura de la palabra o… congelación de la palabra? ¿inspiración o repetición?

La Iglesia del estupor

El párroco ha definido la Iglesia de Pentecostés como «la Iglesia del estupor». Precisando: no es que los apóstoles hayan prefijado el objetivo de asombrar, sorprender, impresionar. Nada programado. No, la maravilla ha nacido espontáneamente en los oyentes, quienes se encontraban frente a algo insólito, inexplicable, nunca visto, jamás oído.

Los apóstoles no tenían intención alguna de llamar la atención. No se consideraban protagonistas. Lo que sucedía no dependía de ellos, sino de otro personaje misterioso que había intervenido de improviso, trastocando todo, incluso en su vida.

Los que los oían no podían por menos de hacerse una serie de preguntas: «¿No son galileos todos esos?… ¿cómo es que cada uno los oye hablar en su lengua nativa…?».

El predicador, a este propósito, ha dicho una cosa muy bonita: «El día de Pentecostés ha nacido no la Iglesia de las respuestas, sino la Iglesia que suscita preguntas».

Por mi parte, he pensado que nuestra vida, mejor, nuestro modo de vivir, si de verdad está bajo el influjo del Espíritu debería plantear a los demás unos interrogantes. Nuestro paso debería sembrar por el camino puntos interrogativos.

Nos preocupamos excesivamente de explicar, instruir, dar respuestas, distribuir certezas. Deberíamos, más bien, preocuparnos de obligar a los demás a preguntarse, a cultivar incertidumbres.

El estupor nace, no frente a las explicaciones, sino ante el misterio, en contacto con lo inexplicable.

Una sola lengua puede ser suficiente

Por lo que se refiere a las lenguas, nuestro párroco nos ha informado previamente que entre los especialistas se discute si ese don se concedió a los predicadores o a los oyentes (que, así, se habrían beneficiado de un milagroso sistema de traducción simultánea, mucho anterior al progreso técnico).

Y también ha añadido que ese fenómeno ha tenido casi seguramente un carácter de provisionalidad. De hecho, en Roma, parece que Pedro tuvo necesidad de un intérprete —Marcos, cabalmente—, dado que él no se las arreglaba bien con el latín (y aquí no se me ha escapado la mueca de desacuerdo aparecida en la boca de la señorita Evelina. La entiendo. Ella es una nostálgica inconsolable del latín en la liturgia de la misa. Con frecuencia la he oído lamentarse: «Antes, con el latín, todos entendíamos muy bien… Ahora existe una gran confusión. De hecho, los curas se ven continuamente obligados a explicar lo que hacen, señal de que caen en la cuenta ellos también de que ya no se entiende nada… A este paso no sé dónde iremos a parar. Por otra parte, la gente ha comenzado a desanimarse y muchos ya no vienen a la iglesia. Espero no ver el día en que se diga la misa en dialecto… Sería un obstáculo que yo no podría salvar…». Para terminar, como hace siempre después de estas lamentaciones: «Es necesario que me decida a escribir una vez más al papa». Me gustaría saber cuántas cartas de la señorita Evelina han llegado al Vaticano. Temo que todas se pierdan por el camino, porque es muy roñosa y, probablemente, para ahorrar los sellos, las haya confiado al ángel de la guarda, quien, tengo motivos para sospecharlo, las lleve un poco más arriba de los sagrados palacios, a sus colegas celestiales para hacerles sonreír un poco).

Pero volvamos a nuestro párroco, que ha hecho una sorprendente confesión personal:

«No sé hablar lenguas, no es un secreto. Soy totalmente negado, lo admito. Pero no me disgusto demasiado por esta laguna. Me contentaría con saber hablar vuestra lengua. Quiero decir: hablaros de las cosas de Dios usando vuestro mismo lenguaje, el que usáis en la vida cotidiana, y haciendo callar la jerga especializada que he aprendido en el seminario y que continúo sacando y poniendo al día con los libros que leo.

Me gustaría ser capaz de pensar en dialecto (y aquí la señorita Evelina ha tenido un resorte que expresaba enojo y escándalo. Y dicen que está sorda…) y después traducir esos pensamientos elaborados en dialecto a un italiano limpio, sí (la señorita Evelina se ha recompuesto), sencillo, ágil, incisivo, bajo el signo de la claridad y de la naturalidad. Estoy seguro de que, entonces, las palabras funcionarían, serían las precisas.

Me pregunto muchas veces si el problema del lenguaje, que tanto nos aflige a los curas, no dependa de cómo pensamos o, mejor, en qué lengua pensamos. Hay que tener el coraje de pensar, no en la lengua de los especialistas y de los eruditos, sino en la lengua nativa, esa anterior a la escuela y a los diplomas.

Digo más. Me contentaría con saber hablar y basta. O sea, llegar a vuestro corazón por la vía directa sin tantos conceptos abstractos y sin tantas complicaciones, con un tono de sencillez y simplicidad.

No me interesa que digáis: ¡qué bien ha hablado!. Me contentaría que pensaseis dentro de vosotros: ‘Ese entiende nuestros problemas, conoce nuestras situaciones, está al corriente de los males que nos afligen, cae en la cuenta de las dificultades que encontramos en nuestro camino, interpreta nuestras esperas, sabe escucharnos, parece que ha preparado la predicación interpelándonos uno a uno…’.

Una predicación jamás debería terminarse con un signo de admiración —y no hablemos de aplausos, por favor, que son una especie de blasfemia frente a la palabra de Dios— sino con puntos suspensivos…».

Le hubiera dado un abrazo (pero, hoy, me tocará dar la paz precisamente a la señorita Evelina, quien, más que ofrecer la mano, presenta la punta de los dedos y los retira rápidamente, después de haber rozado ligeramente mi mano).

A propósito de carismas

Después de esta conmovedora confesión, el cura, refiriéndose a la segunda lectura, ha abordado el tema de los carismas, advirtiendo ante todo que hay mucha confusión respecto a ellos. Y hasta se dice de ciertos políticos, industriales, gente del espectáculo, hombres de negocios, que tienen «carisma».

Se atribuye carisma también a instigadores sin escrúpulos, a demagogos extravagantes, e incluso a dictadores patentados (el balcón al que se asoman, o el palco en que se colocan, constituyen una demostración de su carisma ejercido sobre las masas).

Pero no es precisamente el carisma del que habla Pablo, quien, por el contrario, subraya cómo los carismas los da «el Espíritu para el bien común» y no para el prestigio e interés personal.

El carisma es tal si sirve para ventaja de los demás, si ayuda a la comunidad, si coopera al bien común, si promueve el crecimiento —también en cuanto a la inteligencia y responsabilidad— de los individuos.

Nuestro cura ha dicho también que incluso en la Iglesia, dentro de ciertos grupos y movimientos, existen líderes carismáticos, frente a los cuales es lícito avanzar cierta reserva y hasta alimentar una cierta desconfianza. Determinadas posturas, poses, favorecidas por la adulación y por el culto de los adictos, más que promover el crecimiento de las personas, están tocando el plagio. Más que estimular el desarrollo de la fe, favorecen fenómenos difusos de infantilismo, entusiasmo superficial y adhesión acritica.

Y así existe el peligro de referirse al líder carismático más que a Jesucristo (ya sucedía en la Iglesia de Corinto). Se citan sus palabras como evangelio indiscutido, con menoscabo de la palabra de Dios.

La utilidad común no debe confundirse con la glorificación del jefe, es más, casi siempre las dos cosas van en sentido opuesto. La maduración de las personas no coincide necesariamente —es más, casi nunca— con las «proporciones enormes que asume la estatura del guía indiscutido y aclamado».

Ha terminado el tema quemante (¡pues esta es la fiesta del fuego!) afirmando: «Hoy, en la Iglesia, no sentimos tanto la necesidad de grandes personajes, hay ya demasiados en circulación (y algunos, al recitar neciamente ese papel y vistiendo aquellos trapos que le están decididamente largos, se revelan como hombrecillos, privados incluso del más elemental sentido del ridículo). Tenemos necesidad de siervos. El siervo, en sentido evangélico, es precisamente uno que tiene carisma».

Le hubiera dado un segundo abrazo (pero, mientras tanto, miraba la mano huesuda y fría de la señorita Evelina…).

Excesiva misericordia inutilizada

Sólo quedaba tiempo para una cita del evangelio: «A quienes les perdonéis los pecados, los pecados les quedan perdonados». Nuestro párroco se ha limitado a comentar: «Los únicos pecados no perdonados son los que no queremos someter al perdón del Señor, a través del ministerio de la Iglesia. El gran sufrimiento para un cura que confiesa, es el de encontrarse con una reserva enorme de misericordia inutilizada. Pensadlo bien…».

Y así ha dejado el discurso en suspenso, cuidándose mucho de poner un signo de exclamación.

Y yo, por un instante, imaginé que también esta vez tenía el apunte. Pero en el papel no estaban escritas palabras o citas, sino sólo puntos suspensivos.

A. Pronzato

Por sus frutos lo conoceréis

Suele afirmarse que los artistas se dan a conocer por sus obras, ya que en ellas plasman su personalidad, o gran parte de ella. Aunque no los conozcamos personalmente, a partir del fruto de su trabajo, podemos hacernos una idea de cuáles son sus preferencias, sus valores, sus creencias.

En este último día del tiempo pascual, celebramos la solemnidad de Pentecostés. Hoy celebramos al Espíritu Santo, que a pesar de ser una de las tres Personas de la Santísima Trinidad, para muchos es “el gran Desconocido”. Y, sin embargo, el Espíritu Santo es el protagonista de la evangelización.

Por eso, igual que ocurre con los artistas, y parafraseando a Jesús cuando afirmó: por sus frutos los conoceréis (Mt 7, 20), para conocer al Espíritu Santo vamos a fijarnos en “su obra”, en los doce “frutos del Espíritu” que recoge el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1832.

1) Amor: Es el primero de los frutos del Espíritu Santo, fundamento y raíz de todos los demás. Hace amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo por amor a Dios.
2) Alegría: Este fruto surge cuando la persona se sabe unida a Dios y que lo tiene siempre a su lado. Por eso esta alegría no se apaga en medio de los problemas.
3) Paz: Brota de tener a Dios en el corazón y nos hace sentirnos seguros.
4) Paciencia: Este fruto facilita el encuentro con las personas con las que nos relacionamos, aunque tengan diferente carácter, educación, opiniones. Impide que discutamos y nos enfrentemos. Y también a que nos afrontemos mejor los problemas y sufrimientos de la vida.
5) Longanimidad: Es el coraje o el ánimo ante las dificultades, nos permite mantenernos perseverantes y seguir haciendo lo que debemos aunque nos cueste o no nos guste.
6) Benignidad: Es un fruto que nos ayuda a dar un cariño y dulzura especial en el trato con los demás, en el hablar, en el responder y en el actuar, aunque los otros sean ásperos.
7) Bondad: Es como la benignidad pero dirigida a especialmente quien sufre y necesita ayuda.
8) Mansedumbre. Ayuda a evitar la ira, las reacciones violentas, el deseo de venganza.
9) Fidelidad: Este fruto nos hace mantenernos en la fe. Y también nos hace mantener la palabra dada, cumplir los compromisos sociales, familiares, laborales…
10) Modestia: Este fruto nos hace evitar la ostentación, el deseo de figurar y aparentar. Nos enseña a ser discretos en el vestir, en el hablar, en el comportamiento, etc…
11) Continencia. Como indica su nombre, ayuda a contener, a controlar, mantener en los justos límites lo que concierne al comer, al beber, al divertirse, al consumir… sin cometer excesos.
12) Castidad: Este fruto ayuda a que el cristiano sea cada vez más un templo vivo del Espíritu Santo, logrando controlar el propio cuerpo y sus impulsos.

Estos frutos permiten conocer al Espíritu Santo, penetrar algo en su misterio. Y hoy también se celebra el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, una llamada a que también a los cristianos se nos conozca por nuestros frutos, como el Señor nos lleva pidiendo desde hace dos domingos. Hemos de ser “discípulos misioneros”, como nos pide el Papa Francisco (EG 120). Por eso nuestros Obispos han dicho en su Mensaje con motivo de Pentecostés que ser discípulos misioneros significa poner al Señor en el centro de la propia existencia; vivir en el amor y fidelidad a la Iglesia; estar atentos a las necesidades de los hermanos; encarnar la vocación al amor en lo cotidiano; cuidar y respetar la Creación. Y estas actitudes las iremos haciendo realidad por el Espíritu Santo que habita en nosotros y que hace brotar sus frutos para que se nos conozca como discípulos de Cristo. 

¿Qué conozco del Espíritu Santo? ¿Cómo creo que actúa en la Iglesia y en cada uno de nosotros? ¿Conocía los frutos del Espíritu Santo? ¿Cuál o cuáles de ellos identifico en mi vida? ¿Cuál o cuáles de ellos debo pedir que surjan? ¿Me siento discípulo misionero, tengo esas actitudes?

Que la solemnidad de Pentecostés nos ayude a abrirnos más al Espíritu Santo, y lo podamos conocer mejor por sus frutos. Y hoy demos gracias a Dios por la Acción Católica y la variedad de carismas laicales que el Espíritu ha hecho brotar en su Iglesia, que son instrumentos que nos enseñan a ser discípulos misioneros para dar testimonio del Evangelio con la fuerza del Espíritu.