Por sus frutos lo conoceréis

Suele afirmarse que los artistas se dan a conocer por sus obras, ya que en ellas plasman su personalidad, o gran parte de ella. Aunque no los conozcamos personalmente, a partir del fruto de su trabajo, podemos hacernos una idea de cuáles son sus preferencias, sus valores, sus creencias.

En este último día del tiempo pascual, celebramos la solemnidad de Pentecostés. Hoy celebramos al Espíritu Santo, que a pesar de ser una de las tres Personas de la Santísima Trinidad, para muchos es “el gran Desconocido”. Y, sin embargo, el Espíritu Santo es el protagonista de la evangelización.

Por eso, igual que ocurre con los artistas, y parafraseando a Jesús cuando afirmó: por sus frutos los conoceréis (Mt 7, 20), para conocer al Espíritu Santo vamos a fijarnos en “su obra”, en los doce “frutos del Espíritu” que recoge el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1832.

1) Amor: Es el primero de los frutos del Espíritu Santo, fundamento y raíz de todos los demás. Hace amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo por amor a Dios.
2) Alegría: Este fruto surge cuando la persona se sabe unida a Dios y que lo tiene siempre a su lado. Por eso esta alegría no se apaga en medio de los problemas.
3) Paz: Brota de tener a Dios en el corazón y nos hace sentirnos seguros.
4) Paciencia: Este fruto facilita el encuentro con las personas con las que nos relacionamos, aunque tengan diferente carácter, educación, opiniones. Impide que discutamos y nos enfrentemos. Y también a que nos afrontemos mejor los problemas y sufrimientos de la vida.
5) Longanimidad: Es el coraje o el ánimo ante las dificultades, nos permite mantenernos perseverantes y seguir haciendo lo que debemos aunque nos cueste o no nos guste.
6) Benignidad: Es un fruto que nos ayuda a dar un cariño y dulzura especial en el trato con los demás, en el hablar, en el responder y en el actuar, aunque los otros sean ásperos.
7) Bondad: Es como la benignidad pero dirigida a especialmente quien sufre y necesita ayuda.
8) Mansedumbre. Ayuda a evitar la ira, las reacciones violentas, el deseo de venganza.
9) Fidelidad: Este fruto nos hace mantenernos en la fe. Y también nos hace mantener la palabra dada, cumplir los compromisos sociales, familiares, laborales…
10) Modestia: Este fruto nos hace evitar la ostentación, el deseo de figurar y aparentar. Nos enseña a ser discretos en el vestir, en el hablar, en el comportamiento, etc…
11) Continencia. Como indica su nombre, ayuda a contener, a controlar, mantener en los justos límites lo que concierne al comer, al beber, al divertirse, al consumir… sin cometer excesos.
12) Castidad: Este fruto ayuda a que el cristiano sea cada vez más un templo vivo del Espíritu Santo, logrando controlar el propio cuerpo y sus impulsos.

Estos frutos permiten conocer al Espíritu Santo, penetrar algo en su misterio. Y hoy también se celebra el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, una llamada a que también a los cristianos se nos conozca por nuestros frutos, como el Señor nos lleva pidiendo desde hace dos domingos. Hemos de ser “discípulos misioneros”, como nos pide el Papa Francisco (EG 120). Por eso nuestros Obispos han dicho en su Mensaje con motivo de Pentecostés que ser discípulos misioneros significa poner al Señor en el centro de la propia existencia; vivir en el amor y fidelidad a la Iglesia; estar atentos a las necesidades de los hermanos; encarnar la vocación al amor en lo cotidiano; cuidar y respetar la Creación. Y estas actitudes las iremos haciendo realidad por el Espíritu Santo que habita en nosotros y que hace brotar sus frutos para que se nos conozca como discípulos de Cristo. 

¿Qué conozco del Espíritu Santo? ¿Cómo creo que actúa en la Iglesia y en cada uno de nosotros? ¿Conocía los frutos del Espíritu Santo? ¿Cuál o cuáles de ellos identifico en mi vida? ¿Cuál o cuáles de ellos debo pedir que surjan? ¿Me siento discípulo misionero, tengo esas actitudes?

Que la solemnidad de Pentecostés nos ayude a abrirnos más al Espíritu Santo, y lo podamos conocer mejor por sus frutos. Y hoy demos gracias a Dios por la Acción Católica y la variedad de carismas laicales que el Espíritu ha hecho brotar en su Iglesia, que son instrumentos que nos enseñan a ser discípulos misioneros para dar testimonio del Evangelio con la fuerza del Espíritu.