Vísperas – Lunes VII de Tiempo Ordinario

MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA. (MEMORIA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: CABEZA Y CUERPO

Cabeza y Cuerpo, Cristo forma un todo,
Hijo de Dios e Hijo de María:
un Hijo en quien se juntan muchos hijos:
en su Madre ya la Iglesia se perfila.

Una y otra son madres y son vírgenes,
una y otra conciben del Espíritu,
una y otra sin mancha ni pecado,
al Padre celestial engendran hijos.

María le da al Cuerpo la Cabeza,
la Iglesia a la Cabeza le da el Cuerpo:
una y otra son madre del Señor,
ninguna sin la otra por entero.

Gloria a la Trinidad inaccesible
que ha querido morar entre nosotros,
en María, en la Iglesia, en nuestra alma,
para llenarnos de su eterno gozo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

Salmo 122 – EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,

como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

Ant 2. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Salmo 123 – NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
como presa a sus dientes;
hemos salvado la vida como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Ant 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE   Ga 4, 4-5

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

RESPONSORIO BREVE

V. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
R. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

V. Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.
R. El Señor está contigo.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Santa Madre de Dios, gloriosa Virgen María, que junto a la cruz de tu Hijo fuiste constituida Madre de todos los fieles! Intercede por la Iglesia y muestra tu favor a este pueblo que confía en tu protección.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Santa Madre de Dios, gloriosa Virgen María, que junto a la cruz de tu Hijo fuiste constituida Madre de todos los fieles! Intercede por la Iglesia y muestra tu favor a este pueblo que confía en tu protección.

PRECES

Proclamemos las grandezas de Dios Padre todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle diciendo:

Que la llena de gracia interceda por nosotros.

Tú que hiciste de María la madre de misericordia,
haz que los que viven en peligro o están tentados sientan su protección maternal.

Tú que encomendaste a María la misión de madre de familia en el hogar de Jesús y de José,
haz que por su intercesión todas las madres fomenten en sus hogares el amor y la santidad.

Tú que fortaleciste a María cuando estaba al pie de la cruz y la llenaste de gozo en la resurrección de su Hijo,
levanta y robustece la esperanza de los decaídos.

Tú que hiciste que María meditara tus palabras en su corazón y fuera tu esclava fiel,
por su intercesión haz de nosotros siervos fieles y discípulos dóciles de tu Hijo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que coronaste a María como reina del cielo,
haz que los difuntos puedan alcanzar con todos los santos la felicidad de tu reino.

Según el mandato del Señor, digamos confiadamente:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre de misericordia, cuyo Hijo, clavado en la cruz, proclamó como Madre nuestra a su Madre, santa María virgen, concédenos por su mediación amorosa, que tu Iglesia, cada día más fecunda, se llene de gozo por la santidad de sus hijos, y atraiga a su seno a todos los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 21 de mayo

Lectio: Lunes, 21 Mayo, 2018
Tiempo Ordinario 

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno: concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina le enseñe a cumplir de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Marcos 9,14-29
Al llegar junto a los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. Él les preguntó: «¿De qué discutís con ellos?» Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y le deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.» Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!» Al instante gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él.» Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy informa que los discípulos de Jesús no fueron capaces de expulsar al demonio del cuerpo del niño. El poder del mal fue mayor que su capacidad. Hoy también, hay muchos males que son mayores que nuestra capacidad de enfrentarlos: violencia, drogas, guerra, dolores, falta de empleo, terrorismo, etc. Hacemos un gran esfuerzo, pero parece que en vez de mejorar el mundo queda peor aún. ¿De qué sirve luchar? Con esta pregunta en la cabeza vamos a leer y a meditar el evangelio de hoy.
• Marcos 9,14-22: La situación de la gente: desesperación sin solución. Al bajar del monte de la Transfiguración, Jesús encuentra mucha gente alrededor de los discípulos. Un padre estaba desesperado, pues un espíritu mudo se había apoderado de su hijo. Con muchos detalles, Marcos describe la situación del muchacho poseído, la angustia del padre, la incapacidad de los discípulos y la reacción de Jesús. Lo que más llama la atención son dos cosas: por un lado, la confusión y la impotencia de la gente y de los discípulos ante el fenómeno de la posesión y, por otro, el poder de Jesús y el poder de la fe en Jesús ante la cual el demonio pierde toda su influencia. El padre había pedido a los discípulos que expulsaran el demonio del muchacho, pero ellos no fueron capaces. Jesús se impacientó y dijo: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!». Jesús pregunta respecto de la dolencia del muchacho. Por la respuesta del padre, Jesús se entera de que el muchacho, “desde pequeño”, tenía una enfermedad grave que lo ponía en peligro de vida. El padre pide: “Si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros!” La frase del padre expresa la situación bien real de la gente: (a) tiene fe, (b) está sin condicione para resolver los problemas, pero (c) tiene mucha buena voluntad para acertar.
• Marcos 9,23-27: La respuesta de Jesús: el camino de la fe. El padre había dicho: “¡Si algo puedes,….!” A Jesús no le gustó esta afirmación: “Si el señor pudiera…”. Esta condición no podía ponerse, pues “¡todo es posible a aquel que tiene fe”. El padre responde: Yo creo, ¡Señor, ayuda mi poca fe! La respuesta del padre ocupa un lugar central en este episodio. Muestra cómo ha de ser la actitud del discípulo que, a pesar de sus límites y dudas, quiere ser fiel. Viendo que venía mucha gente, Jesús actuó rápidamente. Ordenó al espíritu que saliera del muchacho y no volviera “¡nunca más!” Señal del poder de Jesús sobre el mal. Señal también de que Jesús no quería propaganda populista.
• Marcos 9,28-29. Profundización con los discípulos. En casa, los discípulos quieren saber por qué no fueron capaces de expulsar al demonio. Jesús responde: Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración. Fe y oración andan juntas. Una sin la otra no existen. Los discípulos habían empeorado. Antes ellos habían sido capaces de expulsar demonios (cf. Mc 6,7.13). Ahora, no lo consiguen más. ¿Qué les falta? ¿Fe u oración? ¿Por qué faltaba? Son preguntas que se salen del texto y entran en nuestra cabeza para que también nosotros hagamos una revisión de nuestra vida.
• La expulsión de los demonios en el evangelio de Marcos. En el tiempo de Jesús, mucha gente hablaba de Satanás y de expulsión de demonios. Había mucho miedo, y había personas que explotaban el miedo de la gente. El poder del mal tiene muchos nombres. Demonio, Diablo, Belcebú, Príncipe de los demonios, Satanás, Dragón, Dominaciones, Poderes, Potestades, Soberanías, Bestia-fiera, Lucifer, etc. (cf. Mc 3,22.23; Mt 4,1; Ap 12,9; Rom 8,38; Ef 1,21). Hoy, entre nosotros, el poder del mal tiene también muchos nombres. Basta consultar el diccionario y la palabra Diablo o Demonio. También hoy, mucha gente deshonesta se enriquece, explorando el miedo que otros tienen del demonio. Ahora bien, uno de los objetivos de la Buena Nueva de Jesús es, precisamente, ayudar a la gente a liberarse de este miedo. La llegada del Reino de Dios significa la llegada de un poder más fuerte. El hombre fuerte era una imagen para designar el poder del mal que mantenía al pueblo dentro de la cárcel del miedo (Mc 3,27). El poder del mal oprime a las personas y las aliena de sí. Hace que vivan en el miedo y en la muerte (cf. Mc 5,2). Es un poder tan fuerte que nadie consigue agarrarlo (cf. Mc 5,4). El imperio romano, con sus “Legiones” (cf. Mc 5,9), esto es, con sus ejércitos, era un instrumento usado para mantener esta situación de opresión. Pero Jesús es un hombre más fuerte que vence, agarra y expulsa ¡el poder del mal! En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo hace una enumeración de todos los posibles poderes o demonios que podría amenazarnos, y resume todo de la siguiente manera: “Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni el presente, ni el futuro, ni los poderes, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna criatura alguna nos separarán del amor de Dios que se ha manifestado ¡en Cristo Jesús, nuestro Señor!” (Rom 8,38-39) ¡Nada! Y las primeras palabras de Jesús después de la resurrección son éstas: “¡No temáis! ¡Alegraos! ¡No tengáis miedo! ¡La paz sea con vosotros!” (Mc 16,6; Mt 28,9.10; Lc 24,36; Jn 20,21).

4) Para la reflexión personal

• ¿Has vivido ya una experiencia de impotencia ante el mal y la violencia? ¿Ha sido una experiencia sólo tuya o también de la comunidad? ¿Cómo la venciste y te reencontraste a ti mismo/a?
• ¿Cuál es la clase de poder del mal que, hoy, puede ser arrojada sólo con mucha oración?

5) Oración final

La ley de Yahvé es perfecta,
hace revivir;
el dictamen de Yahvé es veraz,
instruye al ingenuo. (Sal 19,8)

Santísima Trinidad

Un solo Dios en tres Personas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La Iglesia dedica el siguiente domingo después de Pentecostés a la celebración del día de la Santísima Trinidad.

Un misterio es todo aquello que no podemos entender con la razón. Es algo que sólo podemos comprender cuando Dios nos lo revela.

El misterio de la Santísima Trinidad

Un sólo Dios en tres Personas distintas, es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, pues es el misterio de Dios en Sí mismo.

Aunque es un dogma difícil de entender, fue el primero que entendieron los Apóstoles. Después de la Resurrección, comprendieron que Jesús era el Salvador enviado por el Padre. Y, cuando experimentaron la acción del Espíritu Santo dentro de sus corazones en Pentecostés, comprendieron que el único Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los católicos creemos que la Trinidad es Una. No creemos en tres dioses, sino en un sólo Dios en tres Personas distintas. No es que Dios esté dividido en tres, pues cada una de las tres Personas es enteramente Dios.

Naturaleza

Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen la misma naturaleza, la misma divinidad, la misma eternidad, el mismo poder, la misma perfección; son un sólo Dios. Además, sabemos que cada una de las Personas de la Santísima Trinidad está totalmente contenida en las otras dos, pues hay una comunión perfecta entre ellas.

Con todo, las personas de la Santísima Trinidad son distintas entre sí, dada la diversidad de su misión: Dios Hijo -por quien son todas las cosas- es enviado por Dios Padre, es nuestro Salvador. Dios Espíritu Santo -en quien son todas las cosas- es el enviado por el Padre y por el Hijo, es nuestro Santificador.

Lo vemos claramente en la Creación, en la Encarnación y en Pentecostés

En la Creación, Dios Padre está como principio de todo lo que existe, en la Encarnación, Dios se encarna, por amor a nosotros, en Jesús, para liberarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna, en Pentecostés, el Padre y el Hijo se hacen presentes en la vida del hombre en la Persona del Espíritu santo, cuya misión es santificarnos, iluminándonos y ayudándonos con sus dones a alcanzar la vida eterna.

Símbolos de la Santísima Trinidad

Para explicar este gran misterio, existen ciertos símbolos que son entendibles a nuestra razón: La Santísima Trinidad es simbolizada como un triángulo.
Cada uno de los vértices es parte del mismo triángulo y sin embargo cada uno es distinto

También podemos simbolizar a la Santísima Trinidad como una vela encendida: La vela en sí misma simboliza al Padre, la cera que escurre es el Hijo, que procede del Padre y la llama encendida es el Espíritu Santo. Los tres son “vela”, pero son distintos entre sí. Hay quienes simbolizan a la Santísima Trinidad en forma de trébol. Cada una de las hojas es “trébol” pero son distintas entre sí.

¿Que hacemos al persignarnos? “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” Es costumbre de los católicos repetir frecuentemente estas palabras, principalmente al principio y al fin de nuestras acciones.

La señal de la Cruz

Cada vez que hacemos la Señal de la Cruz sobre nuestro cuerpo, recordamos el misterio de la Santísima Trinidad.

– En el nombre del Padre: Ponemos la mano sobre la frente, señalando el cerebro que controla todo nuestro cuerpo, recordando en forma simbólica que Dios es la fuente de nuestra vida.

-…y del Hijo: Colocamos la mano en el pecho, donde está el corazón, que simboliza al amor. Recordamos con ello que por amor a los hombres, Jesucristo se encarnó, murió y resucitó para librarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna.

-…Y del Espíritu Santo: Colocamos la mano en el hombro izquierdo y luego en el derecho, recordando que el Espíritu Santo nos ayuda a cargar con el peso de nuestra vida, el que nos ilumina y nos da la gracia para vivir de acuerdo con los mandatos de Jesucristo.

Algunas personas argumentan que no es verdad porque no podemos entender el misterio de la Santísima Trinidad a través de la razón. Esto es cierto, no podemos entenderlo con la sola razón, necesitamos de la fe ya que se trata de un misterio. Es un misterio hermoso en el que Dios nos envía a su Hijo para salvarnos.

Tere Fernandez del Castillo

La palabra de María

¡Cuánto nos duele cuando, alguien, nos falla en la palabra dada!

Hoy,  y dentro de este mes de mayo, contemplamos a María en una de las dimensiones que más coherencia y sentido dio a su existencia: SU PALABRA.

-Pocas palabras pronunció María. Pero, entre todas ellas, sobre sale sin duda el “aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según su Palabra”.

-Pudo mas el sentido de Dios que su propia persona. El afán de dar gusto a Dios, que los propios caprichos. María, desde el principio hasta el final, fue aquella mujer que se tomó en serio la palabra dada al ángel: ¡aquí está la esclava del Señor!

 

Se suele decir que se coge al mentiroso antes que al cojo. Nuestras palabras y nuestros compromisos, en variadas ocasiones, son preámbulo de negaciones conscientes o inconscientes: prometemos lo que sabemos que no vamos a cumplir o, por otro lado, nos ofrecemos sin saber sopesar riesgos, capacidades y posibilidades.

María fue consciente de sus limitaciones y de su pobreza. Pero, todo ello, supo depositarlo  a los pies del Señor. Tal vez hasta pensaría: Si El me ha elegido; ¡ El sabrá cargar con las consecuencias!

Pero Maria, cumplió con la palabra dada. Y, desde ese momento, se volcó de lleno par que,  aquella otra “Palabra”, fuera tomando forma en su seno.

¿Cómo son nuestras promesas? ¿Sinceras o hipócritas? ¿Llenas de Dios o de vanidad? ¿Dispuestas para Dios o enemistadas con El?

. Quiere simbolizar nuestro deseo de cumplir -desde la “A” a la “Z” – los deseos de Jesús contenidos en el Evangelio.

 

 ORACIÓN

PALABRAS A MARIA
Que no dude de Dios,
aunque me parezca imposible
Que, siendo libre,

no me olvide de Dios
Que siendo esclavo
me sienta libre en Dios
Que me alegre por el hecho
de haber sido tocado por Dios
Que nunca deje de llamarte: bienaventurada
Que disfrute con tantas cosas
que Dios hace por mí y en mí

Que disperse de mí, como lo hizo totalmente de ti,
la soberbia y el orgullo
Que me haga gustar la grandeza de la pobreza
y la miseria de la riqueza
Que me colme de lo bueno para vivir
y me aparte del maligno que me hacer morir
Y si en algún instante, María
rompo con la palabra que ofrecí a Dios:
te pido me recuerdes que la proeza
no está en el la cantidad
sino en la calidad de lo que se da.

Que al igual que Tú, María,
sepa darme y no contentarme con dar.

Amén.

Rezamos un Ave María.

Ecclesia in Medio Oriente

60. Después de estas reflexiones sobre la común dignidad y la vocación del hombre y la mujer en el matrimonio, pienso especialmente en las mujeres en Oriente Medio. El primer relato de la creación muestra la igualdad ontológica entre el hombre y la mujer (cf. Gn 1,27-29). Esta igualdad quedó dañada a consecuencia del pecado (cf. Gn 3,16; Mt 19,4). Superar este legado, fruto del pecado, es un deber de todo ser humano, hombre o mujer[61]. Quisiera asegurar a todas las mujeres que la Iglesia católica, fiel al designio divino, promueve la dignidad personal de la mujer y su igualdad con los hombres, frente a las más variadas formas de discriminación a las que está sometida por el simple hecho de ser mujer[62]. Estas prácticas dañan la vida de comunión y testimonio. Ofenden gravemente, no sólo a la mujer, sino también y sobre todo a Dios, el Creador. Reconociendo su sensibilidad innata para el amor y la protección de la vida humana, y honorándolas por su aportación específica en la educación, la salud, el trabajo humanitario y la vida apostólica, estimo que las mujeres deben comprometerse y estar más implicadas en la vida pública y eclesial[63]. De este modo, darán su aportación peculiar en la edificación de una sociedad más fraterna y de una Iglesia que se embellece por la verdadera comunión entre los bautizados.


[61] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 10: AAS 80 (1988), 1676-1677.

[62] Cf. Id., Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 49: AAS 81 (1989), 486-487.

[63] Cf. Id., Exhort. ap. postsinodal Una nueva esperanza para el Líbano (10 mayo 1997), n. 50: AAS 89 (1997), 354-355; Mensaje final (22 octubre 2010), 4,4; Propositio 27.

Homilía – Domingo de la Santísima Trinidad

LAS RELACIONES CON LA TRINIDAD

1.- La Trinidad, más que una idea.

La Santísima Trinidad es el misterio fundamental de la revelación cristiana. Es mucho más serio que un acertijo de palabras o que un rompecabezas. De la Trinidad, tenemos una idea demasiado abstracta. Hemos renunciado a investigarla, dado el galimatías de concepción y razonamientos que nos han presentado los teólogos. Los catecismos han sido menos explícitos aún; las explicaciones orales un trabalenguas. Nos refugiamos en esa impotencia que todos sentimos ante lo inalcanzable. Y es pena. Porque sin poderlo entender, renunciando a comprender el misterio de Dios racionalmente, sin embargo, la Trinidad es el símbolo fundamental de la revelación de Dios y, por tanto, la pista para llegar a comprendernos a nosotros y al mundo. Hoy, dejando de lado el problema, vamos a narrar, simplemente, las relaciones que el creyente mantiene con Dios. Este puede ser un camino, para rastrear el insondable misterio de la Trinidad.

 

2.- Hijos del Padre

La Sagrada Escritura nos descubre a Dios y su vida íntima de un modo mucho más sencillo y rico que los libros de Teología y los catecismos. El misterio de Dios aparece, no como un tratado de Teología, sino descubierto por el comportamiento mismo de Dios en la historia. Dios aparece lleno de actividad, realizando la salvación, amando al hombre, entrando en comunión con él, rebosando misericordia, comprometiéndose en el proceso de la evolución del mundo, liberando, haciendo una alianza a la que es fiel, defendiendo a los pobres, entregando, al fin, a lo mejor de sí mismo, al Hijo. «¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo…? ¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las naciones por medio de pruebas, signos, prodigios…, con mano fuerte y brazo poderoso…, como todo lo que Dios hizo con vosotros en Egipto?» (Deut 4, 32-34).

Las maravillas obradas por Dios en la historia nos revelan a lo lejos la vida misma de Dios. Dios nos describe lo que El es, por medio de su acción en el mundo.

La humanidad aparece como una familia con la que Dios entabla unas relaciones de Padre (Vat. II, «Lumen Gentium», núm. 2).

Estamos bautizados «en el Nombre del Padre» (Mt 28, 19). Dios se nos ha revelado infinitamente fecundo, en diálogo y comunión con su Hijo. Lo hemos descubierto, porque «Dios nos ha amado tanto, que nos ha entregado a su Hijo» (Jn 3, 16). Y en el Hijo, hecho hombre como nosotros, todos hemos descubierto un sentimiento de que somos hijos suyos: «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios… Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: Padre» (Rom 8, 15). No somos meras creaturas de Dios. Dios al crearnos lo ha hecho por amor, como se engendra a un hijo. El Dios creador ha mostrado tanto amor en el nacimiento del hombre en el mundo, (jue es Padre. A Dios le llamamos Padre porqueses fecundo por amor; porque, tanto en la creación como en la salvación, a El se debe todo lo que somos En el Nombre del Padre nacemos «de nuevo» (Jn 3, 3), por el bautismo.

 

3.- Cuerpo del Hijo.

La humanidad aparece llamada a ser el Cuerpo del Hijo de Dios (Vaticano II, «Lumen Gentium», núms. 3, 7).

La encarnación de la Palabra de Dios, de ese infinito impulso de comunicación que brota de la vida íntima de Dios, es la Cabeza de la humanidad y de la Iglesia (Jn 1, 15-18). Bautizados «en el Nombre del Hijo». La Palabra de Dios, encarnado en Jesús dé Nazaret, es la revelación del designio escondido durante siglos (Ef 1, 9-12), por Ella podemos llegar a realizar la nueva creación.

El Hijo es el camino por el que aprendemos la obediencia a la Palabra; como Primogénito de muchos hermanos, El marca la pauta. Constituido Señor y Norma de todo, conforme a su estilo nos realizamos como Dios quiere.

En Cristo se nos revela el amor infinito de Dios que se ha comprometido con toda la humanidad, con la Alianza eterna, para que no nos malogremos.

4.- Templos del Espíritu Santo.

Somos templos de la presencia del Espíritu de Dios. Ese poder de Dios, como Fuerza de comunicación en el amor, actúa en nosotros, para llevar a buen término la obra del Padre, realizada en el Hijo.

«Bautizados en el Nombre del Espíritu», porque gracias a El hemos creído en el Hijo y hemos sido confortados según el designio de la Palabra. El Espíritu, realizando la salvación, «da testimonio de que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo» (Rom 8, 16-17). Estamos habitados por el mismo Espíritu de Dios.

Reunidos en la Iglesia de Dios, significamos y proclamamos esta realidad. Somos la familia de los hijos del Padre, el Cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu. Nuestra oración y acción de gracias filial va dirigida al Padre: «nos atrevemos» a ello gracias a que en Cristo somos hijos y el Espíritu da testimonio de la adopción filial. Entramos en comunión con el Hijo. Su Cuerpo y su Sangre, entregados en la Cruz, son el testimonio de la fuerza del amor que Dios nos tiene. Por medio de Cristo, entramos en comunión con el mismo Dios. Hombre como nosotros, por la obediencia rendida, ha franqueado el «Sancta Sanctorum» de la intimidad divina, cuyo acceso ha dejado abierto para nosotros (Hebr 9, 11 ss.; 10,19 ss.). Por la invocación del Espíritu de Dios realizamos el misterio de este Sacramento. Con ello manifestamos que toda la salvación ofrecida por Dios al mundo se realiza gracias a la acción del Espíritu Santo.

Somos la Iglesia del Padre, del Hijo y del Espíritu. En profunda adoración, digámosle al Dios Trino: Santo, Santo, Santo (Is 6, 3).

Jesús Burgaleta

Jn 3, 16-18 (Evangelio Domingo de la Santísima Trinidad)

Nuestro texto pertenece a la sección introductoria del Cuarto Evangelio (cf. Jn 1,19-3,36). En esa sección el autor presenta a Jesús y procura decir quien es Jesús, a través de la contribución de diversos personajes que van sucesivamente ocupando el centro de la escena y declarando sus ideas.

Más concretamente, el texto que se nos propone forma parte de la conversación entre Jesús y uno de “los jefes de los judíos” llamado Nicodemo (cf. Jn 3,1).

Nicodemo fue a visitar a Jesús “de noche” (cf. Jn 3,2), lo que parece indicar que no se quería comprometer y arriesgar la posición destacada de la que gozaba en la estructura religiosa judía. Miembro del Sanedrín, Nicodemo aparecerá, más tarde, defendiendo a Jesús, delante de los jefes de los fariseos (cf. Jn 7,48-52); también estará presente en el momento en el que Jesús fue bajado de la cruz y colocado en el sepulcro (cf. Jn 19,39).

La conversación entre Jesús y Nicodemo tiene tres momento, o fases.

En la primera (cf. Jn 3,1-3), Nicodemo reconoce la autoridad e Jesús, que procede de sus obras; pero Jesús añade que eso no es suficiente: lo esencial es reconocer a Jesús como el enviado del Padre.

En la segunda (cf. Jn 3,4-8), Jesús anuncia a Nicodemo que, para entender su propuesta, es preciso “nacer de Dios” y le explica que ese nuevo nacimiento es el nacimiento “del agua y del Espíritu”.

En la tercera (Jn 3,9-21), Jesús describe a Nicodemo el proyecto de salvación de Dios: es una iniciativa del Padre, hecha presente en el mundo y en la vida de los hombres a través del Hijo y que se concretizará por la cruz / exaltación de Jesús. Nuestro texto pertenece a esta tercera parte.

Después de explicar a Nicodemo que el mesías tiene que ser “elevado a lo alto”, como”Moisés elevó a la serpiente” en el desierto (la referencia evoca el episodio del camino por el desierto en el que los hebreos, mordidos por las serpientes, miraban a una serpiente de bronce levantada en un estandarte por Moisés y se curaban, cf. Nm 21,8-9), a fin de que “todo aquel que crea en él tenga vida definitiva” (Jn 3,14-15), Jesús explica cómo la cruz se inserta en el proyecto de Dios.

La explicación se produce mediante tres pasos.

El primero (v. 16), se refiere al significado último de la cruz. Ese Hombre que va a ser elevado en la cruz, vino al mundo, se encarnó en nuestra historia humana, corrió el riesgo de asumir nuestra fragilidad, compartió nuestra humanidad; es, a causa de una vida gastada luchando contra las fuerzas de las tinieblas y de la muerte que esclavizan a los hombres, como fue cogido preso, torturado y muerto en una cruz. La cruz es el acto último de una vida vivida en el amor, en la donación en la entrega.

Ahora, ese Hombre es el “Hijo único” de Dios. La expresión evoca, probablemente, el “sacrificio de Isaac” (cf. Gn 22,16): Dios se comporta como Abraham, que fue capaz de renunciar a su propio hijo por amor (en el caso de Abraham, amor a Dios; en el caso de Dios, amor a los hombres). La cruz es, por tanto, la expresión suprema del amor de Dios por los hombres. El cuadro nos da la dimensión del inconmensurable amor de Dios por esa humanidad a quien él quiere ofrecer la salvación.

¿Cuál es el objetivo de Dios al enviar a su Hijo único al encuentro de los hombres? Es el de la liberación del egoísmo, de la esclavitud, de la alienación, de la muerte, y darles la vida eterna. Como Jesús, el Hijo único que murió en la cruz, los hombres aprenden que la vida definitiva está en la obediencia a los planes del Padre y en la donación de la vida por los hombres, por amor.

El segundo (v. 17) deja claro que la intención de Dios al enviar al mundo a su Hijo único, no era una intención negativa, Jesús vino al mundo porque le Padre ama a los hombres y quiere salvarlos. El mesías no vino con una misión judicial, ni vino a excluir a nadie de la salvación. Al contrario, vino a ofrecer a los hombres, a todos los hombres, la vida definitiva, enseñándoles a amar sin medida y dándoles el Espíritu que les transforma en Hombres Nuevos.

Reparemos en este hecho notable: Dios no envió a su Hijo único al encuentro de hombres perfectos y santos; sino que envió a su Hijo único al encuentro de hombres pecadores, egoístas, autosuficientes, a fin de presentarles una nueva propuesta de vida. Y fue el amor de Jesús quien, con el Espíritu que nos dejó, transformó a esos hombres egoístas, orgullosos, autosuficientes y los insertó en una dinámica de vida nueva y plena.

El tercero (v. 18), describe las dos actitudes que el hombre puede tomar ante la oferta de salvación que Jesús hace: quien acepta la propuesta de Jesús, se adhiere a él, recibe el Espíritu, vive en el amor y en la donación, que escoge la vida definitiva; y quien prefiere continuar esclavo en los esquemas de egoísmo y de autosuficiencia, que se auto excluye de la salvación. La salvación o la condenación no son, en esta perspectiva, un premio o un castigo que Dios da a los hombres por su buen o mal comportamiento; sino que son el resultado de la elección libre del hombre ante la oferta incondicional de salvación que Dios le hace. La responsabilidad por la vida definitiva o por la muerte eterna no recae, así, sobre Dios, sino sobre el hombre.

De acuerdo con la perspectiva de Juan, tampoco existe un juicio futuro, al final de los tiempos, en el cual Dios pesa en su balanza los pecados de los hombres, para ver si los ha de salvar o condenar: el juicio se realiza aquí y ahora y depende de la actitud que el hombre asume ante la propuesta de Jesús.

En resumen: porque amaba a la humanidad, Dios envió a su Hijo único al mundo con una propuesta de salvación. Esa oferta nunca fue retirada; continúa abierta y a la espera de respuesta. Ante la oferta de Dios, el hombre puede escoger la vida eterna, o puede excluirse de la salvación.

En la reflexión, considerad los siguientes puntos:

Juan es el evangelista maravillado ante la contemplación del amor de Dios que no dudó en enviar al mundo a su Hijo, a su único Hijo, para presentar a los hombres una propuesta de felicidad plena, de vida definitiva; y Jesús, el Hijo, cumplido el mandato del Padre, hace de su vida un don, hasta la muerte en cruz, para mostrar a los hombres el “camino” de la vida eterna.
En el día en que celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, estamos invitados a contemplar, con Juan, esta increíble historia de amor y a asombrarnos con el peso que nosotros, seres limitados y finitos, pequeños, granos de polvo en la inmensidad de las galaxias, tenemos en los esquemas, en los proyectos y en el corazón de Dios.

El amor de Dios se traduce en una oferta al hombre de vida plena y definitiva. Es una oferta gratuita, incondicional, absoluta, válida para siempre; pero Dios respeta absolutamente nuestra libertad y acepta que rehusemos su oferta de vida. Sin embargo, rechazar la oferta de Dios es preferir el egoísmo, el orgullo, la autosuficiencia, es un camino de infelicidad, que genera sufrimiento, muerte “infierno”.
¿Cuáles son las manifestaciones de este rechazo de vida plena que yo observo, en la vida de las personas, en los acontecimientos del mundo, y hasta en la vida de la Iglesia?

Nosotros, creyentes, deberíamos ser los testigos de ese Dios que es amor; y nuestras comunidades cristianas o religiosas deberían ser la expresión viva del amor trinitario.
¿Sucede eso? ¿Qué contribución puedo yo hacer para que el caminar de mi comunidad, cristiana o religiosa, sea un signo vivo del amor de Dios en medio de los hombres?

La celebración de la fiesta de la Trinidad no puede ser el intento de comprender y descifrar ese extraño enigma de “uno en tres”. Sino que debe ser, sobre todo, la contemplación de un Dios que es amor y que es, por tanto, comunidad. Decir que hay tres personas en Dios como hay tres personas en una familia, padre, madre e hijo, es afirmar que hay tres dioses y es negar la fe; inversamente, decir que el Padre, el Hijo y el Espíritu son tres formas diferentes de presentar al mismo Dios, como tres fotografías de un mismo rostro, es negar la distinción de las tres personas y es, también, negar la fe. La naturaleza divina de un Dios amor, de un Dios familia, de un Dios comunidad, se expresa en nuestro lenguaje imperfecto de las tres personas. El Dios familia se vuelve trinidad de personas distintas, pero unidas. Llegados aquí, tenemos que parar, porque nuestro lenguaje finito y humano no consigue “decir” lo indecible, no consigue definir el misterio de Dios.

2Cor 13, 11-13 (2ª lectura Domingo de la Santísima Trinidad)

La primera carta a los corintios (que criticaba a algunos miembros de la comunidad por actitudes poco acordes con los valores cristianos) provocó una reacción extremada y una compaña organizada en el sentido de desacreditar a Pablo. Este, informado de todo, se dirige apresuradamente a Corinto y tiene un violento enfrentamiento con sus detractores. Después, se retiró a Éfeso. Tito, amigo de Pablo, fino negociador y hábil embajador, partió para Corinto, a fin de estimular la reconciliación.

Pablo, entretanto, partió para Tróade. Allí se reencontró con Tito, que había regresado de Corinto. Las noticias traídas por Tito eran animadoras: las diferencias habían pasado y los corintios estaban, otra vez, en comunión con Pablo.

Reconfortado, Pablo escribió una tranquila apología de su apostolado, a la que unió una llamada en favor de una colecta para los pobres de la Iglesia de Jerusalén. Ese texto, es nuestra segunda carta de Pablo a los corintios. Estamos entre los años 56 y 57.

El texto que nos es propuesto es, precisamente, la conclusión de la segunda carta de Pablo a los corintios. Si comparamos esta despedida con la de la primera carta a los corintios (cf. 1Cor 16,19-24), nos sorprende por su brevedad, frialdad e impersonalidad. No parece la despedida de una “carta de reconciliación”, sino más bien una despedida entre partes que conservan una cierta tensión en su relación.

Pablo comienza dando algunas recomendaciones de carácter general a los miembros de la comunidad. Les pide que sean alegres; que procuren, sin disentir, llegar a la perfección; y que, en las relaciones fraternas, se animen mutuamente, tengan los mismos sentimientos y vivan en paz. Son consejos que deben ser entendidos en el contexto de las dificultades y tensiones vividas recientemente por la comunidad.

Lo más notable de esta carta es, con todo, la fórmula final de salutación: “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con vosotros”. Esta fórmula, la más claramente trinitaria de todo el Nuevo Testamento, es, ciertamente, de origen litúrgico. Probablemente era la fórmula que los cristianos utilizaban cuando, en el contexto de la celebración eucarística, intercambiaban el saludo de paz.

Esta fórmula constituye una impresionante confesión de fe en Dios trino. Manifiesta la fe de los creyentes en ese Dios que es amor y, por tanto, que es “familia”, que es comunidad. Al utilizar esta fórmula los creyentes se reconocen como miembros de esa “familia de Dios”; y reconocen, también, que ser “familia de Dios” es que todos forman parte de una única familia de hermanos. Son, por tanto, convocados para que vivan en unidad: en comunión con Dios y en unión con todos los hermanos.

Para la reflexión, considerad:

La comunidad cristiana está invitada a descubrir que Dios es amor. La fórmula “Padre, Hijo y Espíritu Santo” expresa esa realidad de Dios como amor, como familia, como comunidad.

Los miembros de la comunidad cristiana, que por el bautismo se unen al proyecto de salvación que Dios presentó a los hombres en Jesús y cuya camino es animado por el Espíritu, son invitados a formar esta comunidad de amor. El fin último de nuestro caminar es la pertenencia a la familia trinitaria.

Esta “vocación” debe expresarse en nuestra vida comunitaria. Nuestra relación con los hermanos deben reflejar el amor, la ternura, la misericordia, la bondad, el perdón, el servicio, que son las consecuencias prácticas de nuestro compromiso con la comunidad trinitaria.
¿Es eso lo que sucede? ¿Nuestras relaciones comunitarias reflejan ese amor que es la marca de la “familia de Dios”?

Éx 34, 4b-6.8-9 (1ª lectura Domingo de la Santísima Trinidad)

Nuestro texto forma parte de las “tradiciones sobre la alianza del Sinaí”, un conjunto de tradiciones de origen diverso, cuyo denominador común es la reflexión sobre un compromiso (“berit”, “alianza”) que Israel ha asumido con Dios.

El texto nos sitúa en el desierto del Sinaí, “en frente del monte” (cf. Ex, 19,1). En el texto bíblico, no tenemos indicaciones geográficas suficientes para identificar el “monte de la alianza”. En sí, el monte “Sinaí” no designa un monte, sino una enorme península de forma triangular, con más o menos 420 kilómetros de extensión norte / sur, extendiéndose entre el mar Mediterráneo y el mar Rojo (en sentido norte / sur) y el golfo de Suez y el golfo de Arabia (en sentido oeste / este). La península es un desierto árido, de terreno accidentado y con varias montañas que llegan a tener 2.400 metros de altitud.

Según algunos autores, este texto puede haber sido la primera versión yahvista de la alianza del Sinaí (siglo X a. de C.); pero, en la versión final del Pentateuco (ss. V-IV a. de C.), fue utilizado para describir la renovación de la primera alianza, corrompida por el pecado del Pueblo. En la forma actual del Pentateuco, el esquema es el siguiente: Israel se comprometió con Yahvé (cf. Ex 19); pero, durante la ausencia de Moisés, en la cima del monte, el Pueblo construyó un becerro de oro para representar a Yahvé, algo que le estaba prohibido por los mandamientos de la alianza (cf. Ex 32,1-29); entonces, Moisés intercedió por el Pueblo y Dios renovó la alianza con Israel (cf. Ex 34,1-10).

Después de haber obtenido el perdón de Dios para el Pueblo, Moisés subió solo a la presencia de Yahvé. Llevaba consigo las dos nuevas tablas de piedra que había tallado y sobre las cuales serían grabados los mandamientos de la alianza.

Precisamente aquí, el autor inserta la teofanía (“manifestación de Dios”). Dios se aproxima a Moisés “en una nube”: la nube, que para a medio camino entre el cielo y la tierra, es, en el Antiguo Testamento, un símbolo privilegiado que expresa la presencia de Dios, que viene al encuentro del hombre; al mismo tiempo, la nube esconde y manifiesta: sugiere el misterio de Dios, escondido y presente, cuyo rostro el hombre no puede ver, pero cuya presencia adivina.

La teofanía continúa, después, con una auto presentación del propio Yahvé. ¿Cómo se define Dios a sí mismo? ¿Qué dice de sí?

En esta presentación, Dios no menciona su grandeza y omnipotencia, o su poder y majestad; sino que menciona las “cualidades” que hacen de él el socio ideal para la “alianza”: Yahvé es el “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (v. 6). En el desarrollo que aparece en el texto bíblico, pero que la lectura de hoy no ha conservado (v. 7), Yahvé habla de su misericordia (“hasta la milésima generación”), que es ilimitada y desproporcionada cuando se compara con su ira (“hasta la tercera o cuarta generación”). Aquí los números no significan nada y no deben ser tomados al pie de la letra: son apenas una forma de representar la desproporcionada misericordia de un Dios que está infinitamente más inclinado al perdón que al castigo. Por otra parte, Israel es invitado a descubrir y a comprometerse con ese Dios que es siempre fiel a sus compromisos y solidario con todos aquellos que le necesitan.

La cuestión esencial es esta: Dios ama a su Pueblo y cuida de él con bondad y ternura. Su misericordia es ilimitada y, suceda lo que suceda, triunfará. Israel, el Pueblo de la alianza, puede estar tranquilo y confiado, pues Yahvé, el Dios del amor y de la misericordia, garantiza su eterna fidelidad por esos atributos que caracterizan su ser.

Moisés responde a esta presentación con sus peticiones habituales: que Yahvé continúe acompañando a su Pueblo en el camino desde la tierra de la esclavitud hasta la tierra de la libertad; que Yahvé entienda la dureza del corazón del Pueblo y que perdone sus pecados; que Yahvé renueve la elección (v. 9).

Y Dios, confirmando su auto presentación (Dios de amor y bondad, lento a la ira y rico en misericordia), no sólo perdona al Pueblo, sino que le propone la renovación de la alianza (v. 10).

En la reflexión, tened en cuenta los siguientes puntos:

Dios es siempre, para el hombre, el misterio que la “nube” esconde y revela: detectamos su presencia, pero sin verle, percibimos su proximidad, sin conseguir definir los contornos de su rostro.
El deseo del hombre, de penetrar el misterio de Dios, le lleva, con frecuencia, a inventar rostros de Dios; pero, muchas veces, esos rostros no son nada más que la proyección de sus sueños, de sus anhelos, de sus necesidades y hasta de sus defectos y tienen poco que ver con la realidad de Dios.
Para introducirnos en el misterio de Dios, es preciso establecer con él una relación de proximidad, de comunión, de intimidad que nos lleve al encuentro de su voz, de sus valores, de sus desafíos (“subir al monte”).
¿Intento, cada día, “subir al monte” de la “alianza” y establecer la comunión con Dios a través del diálogo con él (oración) y de la escucha de su Palabra?

En nuestro texto, Dios se presenta. Fundamentalmente se define como el Dios de la relación y de la comunión. Deja claro que es un Dios “con corazón”, y con un corazón lleno de amor, de bondad, de ternura, de misericordia, de fidelidad.
A pesar de que su Pueblo ha violado los compromisos que asumió, Dios no sólo perdona el pecado del Pueblo, sino que propone rehacer la “alianza”: y, además de eso, este Dios de amor estima la comunión con el hombre: su objetivo es integrar a los hombres en la familia de Dios.
¿Es este el Dios en quien creo? ¿Es de este el Dios de quien doy testimonio?

Dios, por su parte, hace todo para vivir en comunión con el hombre. Respeta de forma absoluta la libertad del hombre. Yo soy libre para aceptar o no la propuesta de “alianza” que Dios me hace.
¿Cómo respondo al Dios de la “alianza”?

¿Acepto esta voluntad que él manifiesta de vivir en relación, de comunión conmigo? ¿Qué es lo que hago para responder a ese desafío?

Comentario al evangelio – 21 de mayo

ACABAR CON LOS DEMONIOS


En la escena evangélica nos encontramos con un joven. En aquella cultura era habitual referirse a diferentes enfermedades mentales y de otro tipo como posesiones demoniacas. En el caso de hoy podríamos pensar en algo parecido a una epilepsia.

Pero lo que importa es plantearse si tiene algo que ver este joven con el hombre de hoy? ¿Incluso: me parezco yo en algo a este joven, tiene algo que aportarme?

Por lo que cuenta nos cuenta el relato, se trata de alguien que no puede hablar. Es terrible que lo que ocurre en el interior de una persona, no pueda ser expresado, exteriorizado, porque hay fuerzas de todo tipo que se lo impiden: Convencionalismos, miedos, presión del grupo, complejos, falta de conocimiento y reflexión sobre uno mismo para reconocerse lo que le pasa, manipulaciones… Incluso intereses sociales y económicos. No costaría mucho hacer una lista de personas y grupos que «no tienen voz»: desde países enteros, a minorías religiosas, razas, o por su condición sexual, o simplemente (?) porque tienen pocos ingresos, o ciertas enfermedades… En fin, la lista sería larga.

Pero también nos puede afectar a nosotros, cuando no nos atrevemos a expresar nuestras ideas o sentimientos, por miedo a ser juzgados y rechazados, a perder prestigio, a quedar arrinconados…

El joven está cerrado sobre sí mismo. Su incapacidad para hablar y para escuchar, le aísla de su entorno. Es una reacción-tentación frecuente en la que fácilmente caemos cuando tenemos problemas, heridas, sufrimientos, nos sentimos incomprendidos, o tal vez raros… ¡Encerrarnos!

Por otro lado, es presa de reacciones y sentimientos, que no puede controlar, y que son violentos. Sufre cambios repentinos de humor. Las personas que sufren y se ven desesperadas e incapaces de salir de sus problemas… suelen ser agresivas y duras con los demás. Es su manera de «protestar» o «desahogarse».

En general no nos resulta fácil controlar nuestros sentimientos (positivos o negativos). A veces los reprimimos, y eso acaba haciéndonos daño. Otras veces se nos escapan descontrolados, aunque luego nos arrepintamos de nuestra reacción. Pero sobre todo, demasiadas veces no somos siquiera conscientes de nuestro estado de ánimo y de sus repercusiones en nuestro comportamiento y en las relaciones por los demás: ellos lo pagan. Con lo cual el aislamiento y el dolor aumentan.

Resumiendo: estamos ante una persona que se hace daño a sí misma. Como tantos, que no cuidan convenientemente de su salud, de su descanso, que no saben encontrar algo que relaje la tensión acumulada. Como tantos que se sobrecargan de trabajo, que descuidan la amistad o la familia, que descuidan e incluso abandonan su vida interior. Tantos que se comparan continuamente con los demás, deseando ser como ellos; que se exigen por encima de sus posibilidades para ganar afecto o prestigio, que se culpan por lo que ocurrió ayer o incluso hace años, incapaces de perdonarse o de perdonado.  O que han perdido sus sueños e ilusiones y procuran conformarse, sin lograrlo… Podíamos añadir tantas cosas más.

También podríamos mirar globalmente al hombre de hoy: tan limitado, reprimido, manipulado, silenciado, ignorado… Desde que el hombre es hombre, se ha visto así, es un fruto del pecado. Como dice el padre de este joven: todo eso le ocurre «desde niño».

Importante la figura de este «padre», que es capaz de comprender lo que le pasa a su hijo, describirlo y buscar ayuda como sea… Es indispensable, cuando no andamos bien, tener cerca a alguien que nos conozca, nos comprenda y guíe nuestros pasos hacia lo bueno: un padre espiritual, un buen amigo que nos ayude a expresarnos, que nos ayude a discernir lo que dice «la gente» y algunos supuestos sabios de este mundo, que no tienen la sabiduría ni el poder de Dios.

A Jesús le enfada esta «¡generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?», y que no hace nada por resolver las cosas, se pierde en discusiones con los «especialistas» de siempre (los escribas). Es incrédula porque reduce la fe a discusiones, opiniones, declaraciones, discursos, creencias… pero el enfermo sigue ahí, sin atender.

Jesús afirma que el mal sólo se puede derrotar con ayuda de una fe firme y con oración.  La fe significa adhesión, confianza, implicación personal con Jesús y con su misión liberadora. Y la oración supone mirar la realidad desde Dios, desde su Palabra, discernirla, abrirnos a su Espíritu y ponernos a «hacer». Una oración que nos ayude a recuperar nuestra dignidad, nuestra libertad y nos ayude a echar tantos demonios de nosotros y de los que caminan con nosotros.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf