Comentario al evangelio – 25 de mayo

LA DIFÍCIL FIDELIDAD EN EL AMOR


Tenemos un Dios enamorado y amante del hombre. Fue a poner su mirada, su corazón, y sus preferencias en un pueblo esclavizado y miserable, para mostrar a todos de qué es capaz el amor, especialmente su amor. Un amor incondicional, comprometido, liberador, creativo, siempre fiel.  Pero el amante escogido -el pueblo- no le ha correspondido, a menudo le ha traicionado, le ha herido, se ha buscado otros amantes, y le ha olvidado…

Cuando ha ocurrido todo esto, Dios le ha echado imaginación y ganas, y en vez de renunciar o abandonar para siempre a su amor, insiste tercamente en volver a enamorarlo, en quedarse con él a solas, intentando que se renueve el amor primero. Y cuando ni por ésas, decidió venir personalmente a restaurar, o mejor, a ofrecer un nuevo pacto/Alianza/compromiso de amor por medio de su propio Hijo.

     Dios quiso que ese amor suyo (la Alianza: vosotros seréis para siempre mi pueblo) incondicional, permanente, apasionado… fuera simbolizado y reflejado por el matrimonio (alianza matrimonial). Quiso que los hombres nos amemos como él nos amó, nos ama y nos amará…

     Pero el corazón del hombre es duro, frágil, cambiable, pecador… y el proyecto primero de que hombre y mujer formasen una comunión de amor y entrega permanentes (ser una sola carne, un solo ser: Génesis 2,24), fracasaba con cierta frecuencia. Moisés tuvo que ser tener en cuenta esta situación, y dar algunas normas para cuando la convivencia se hacía difícil, o más bien imposible (Dt 24, 1-4).

     Lo legislado por Moisés era muy general, y las situaciones posibles y motivos para que a uno no le gustara su mujer y pudiera despedirla, necesitaron leyes más concretas.  Aquí surgieron distintas corrientes de opinión y diversas escuelas.  Este contexto nos ayude a comprender cuando un grupo de fariseos, tratando de ponerle en aprietos a Jesús, y forzándole a que tome postura en tema tan controvertido, le plantean un dilema, para ver si es fiel a la Ley de Moisés y sus interpretaciones más restrictivas, o si se inclina por tener «manga ancha» y se inclina por abrir las puertas a los mil motivos que algunos aducían para facilitar el divorcio.

     A la hora de responderles, Jesús no acepta entrar en discusiones ni planteamientos legales, legislativos, de escuelas o corrientes de opinión. Y se remonta al proyecto creador de Dios, para luego indicar las razones por las que este proyecto se ha hecho imposible: La dureza de corazón. Cuando en el corazón se instalan otras opciones que no son el amor, la entrega, el perdón, el sacrificio, el esfuerzo por crear la comunión cada día… el proyecto, la voluntad de Dios se hace imposible. Cuando el egoísmo, el individualismo, la rutina, la falta de detalles y de diálogo, las ventajas personales y tantas otras… se enseñorean de uno… se hace incapaz de amar: a su pareja y a cualquier otro, incluido Dios.

      Jesús mantiene y recuerda el ideal de Dios. ¿Entonces, acaso Jesús se inclina por la intransigencia y la dureza, proponiendo mantener el amor a toda costa, cuando éste ya resulta imposible? ¿Dónde quedaría entonces su misericordia, su comprensión, su acogida de los que sufren? La respuesta de Jesús vendría a defender a la parte más débil: la mujer (generalmente era el varón el que repudiaba a la mujer, dejándola abandonada a su suerte).

     Pero Jesús no pide prolongar una relación puramente exterior, o mantener en pie una fidelidad que puede resultar como un yugo al cuello, vacía de contenido y de alegría, que no hace al hombre y a la mujer felices.  En cambio, sí que exige un compromiso, el cual sólo apoyándose en Dios, encontrará la luz y la fuerza para superar las dificultades, para soldar roturas, para retomar la frescura y el gozo de la entrega, para reinventar el futuro.

     Jesús afirma que es posible ese pacto y ese amor… a imagen y semejanza del que tiene su Padre por nosotros. Pero, como dirá en otro lugar, sin mí no podéis hacer nada. Sólo con las fuerzas humanas es muy difícil la fidelidad y la entrega mutua «todos los días de mi vida». Precisamente aquí está la clave de todo: cuando no hay experiencia de Dios, cuando Dios no está presente de hecho en la vida personal y en la vida de la pareja (y no sólo en la ceremonia de la boda) no es probable que el matrimonio salga adelante. Ser una sola carne es un trabajo diario, y requiere medios muy concretos…

     Por eso, y sin renunciar al proyecto de fidelidad indisoluble del sacramento del matrimonio,  es probable que haya que hacer como Moisés (que sabía muy bien el proyecto matrimonial de Dios), de modo que se puedan encontrar soluciones (siempre dolorosas) para no asfixiar a las personas bajo el peso del error o del pecado, para ayudar a curar esa dureza de corazón que puede traer tantos sufrimientos, para que el fracaso tenga alguna salida…

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 

Viernes VII de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes, 25 de mayo.

Desde mi interior, quiero encontrarte, Señor. Tú me conoces y me sondeas. Descubres tu presencia en aquellos a los que amo. En mi vida cotidiana, en los límites y fronteras, allá donde me pides arriesgar. Señor, hagamos camino juntos. Mi memoria, mi voluntad, mi atención… todo mi ser son ahora tuyos. Enséñame, Señor, con tu palabra y toda mi vida quedará renovada.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 10, 1-12):

En aquel tiempo, Jesús se marchó a Judea y a Transjordania; otra vez se le fue reuniendo gente por el camino, y según costumbre les enseñaba.

Se acercaron unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»

Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»

Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»

Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios «los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.» De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo.

Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

¿Puede un hombre repudiar a su mujer? La respuesta de Jesús supera el machismo de la pregunta. Para Dios, hombre y mujer son iguales, pues así lo han sido desde la creación. Ambos están llamados a unirse para formar una sola carne, donde ninguno sea superior al otro. Desde el amor y la fidelidad. En mi vida, a mi alrededor, en la sociedad, ¿encuentro esta igualdad entre hombre y mujer?

Jesús se expresa con claridad e incluso con dureza. Defendiendo el amor en pareja y el sentido del matrimonio. Pero  no por ello se vuelve ciego al error y a las necesidades de comprensión de quienes han visto cómo se apagaba el amor y se rompía su matrimonio. En mi entorno hay parejas rotas y situaciones difíciles. Como creyente, ¿cuál es mi actitud? ¿Intento ser acogedor con ellos?

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Dios es Dios. Mucho más grande que nuestras normas. Más grande que nuestros juicios. Es él quien forma las comunidades y las anima. Quien invita a la acogida y reúne a los que están dispersos. Pero a veces nuestra actitud puede romper los proyectos de Dios, por egoísmo, por orgullo. ¿Alguna vez he sentido la tentación de romper con quienes Dios ha puesto en mi camino?

Vuelvo a leer el texto, descubriendo cómo Jesús quiere que el amor de Dios se haga vínculo de unión en las parejas. Y así podrán hacer al mismo Dios más presente en el mundo.

Gracias, Señor, por los nombres de mi vida. Nombres de gentes que me han querido, a los que quiero. Los nombres anónimos de aquellos a quienes amaré. Gracias a aquellos con los que vivo mi vida presente en la rutina, en lo cotidiano. Gracias por lo nombres cercanos y por aquellos que complican mi vida. Gracias por tantas vidas, gentes, nombres, rostros, que puedo llamar míos.

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p style=»text-align:justify;»>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

Liturgia 25 de mayo

VIERNES DE LA VII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Para la feria cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III

  • Sant 5, 9-12. Mirad: el juez está ya a las puertas.
  • Salmo 102. El Señor es compasivo y misericordioso.
  • Mc 10, 1-12. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

Antífona de entrada          
En un trono excelso vi sentado a un hombre, a quien adora muchedumbre de ángeles, que cantan a una sola voz: «Su imperio es eterno».

Oración colecta
TE pedimos, Señor,
que atiendas con tu bondad
los deseos del pueblo que te suplica,
para que vea lo que tiene que hacer
y reciba la fuerza necesaria para cumplirlo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR, que la ofrenda de tu pueblo

te agrade, nos santifique
y alcance para nosotros
lo que imploramos piadosamente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 35, 10
Señor, en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz.

     O bien:          Jn 10, 20
Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante, dice el Señor.

Oración después de la comunión
TE suplicamos, Dios todopoderoso,

que concedas, a quienes alimentas
con tus sacramentos,
la gracia de poder servirte
llevando una vida según tu voluntad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santa Vicenta María de Vicuña

SANTA VICENTA MARIA DE VICUÑA
(+ 1890)

«La angelical fundadora» fue llamada ya en vida la madre Vicenta María, no sólo entre sus religiosas Hijas de María Inmaculada para el Servicio Doméstico, sino por cuantos conocieron su infantil gracia y atractivo, su virginidad y delicadeza. Además comenzó su fundación a los veinte floridos años. 

Dios le concedió nacer en la católica Navarra y de una familia dignísima, de la más cristiana ejemplaridad. 

Don José María López «se declara» a doña Nicolasa de Vicuña (ambos de limpio y blasonado linaje) después de diez años de platónicas ilusiones: 

«Créame usted, no conozco sus atractivos físicos, pero sí sus prendas morales, las únicas que ha bastantes años admiro como dechado de la juventud,» 

Por la novia escribe su hermano; con el director espiritual han aconsejado que «la razón y delicadeza no dan lugar a más dilaciones geniales» y que con fecha 16 de noviembre de 1842 ha dado una respuesta «afirmativa categóricamente». 

Ella vivía en Estella y acuerdan su primera entrevista. Cabalga en compañía de un su deudo, canónigo pamplonés, y, rezando el rosario, llegan a la soñada entrevista. Fue tan delicada y discreta que al regreso escribe desde Cascante a la prometida: 

«¡Qué fríamente me despedí de ti! Agitado mi espíritu con aquella primera despedida, aunque quise alargar la mano para estrechar la tuya inocente, el temor de ofender tu limpia honestidad me obligó a retirarla con presteza.» 

De tales padres había de brotar el virginal lirio de pureza que el Señor les concedió el 22 de marzo de 1847 y se había de llamar en el bautismo del mismo día Vicenta María Deogracias Bienvenida. Era en Cascante de Navarra. 

En su primer cumpleaños sabe ya pronunciar los nombres de Jesús y de María y balbucear las primeras oraciones. Había que verla: «Calzadita, en las rodillas de su amante madre; mostraba carita de ángel, ojos azules, cabello de oro, blancura de jazmín en el cutis, sonrosadas las mejillas y, por añadidura, las seis perlas ornato de su boca, que parecía un coral». 

Su primera catequesis la recibió sentada en la sillita que su padre le ponía sobre la mesa de su despacho. Si se distraía, la severidad paterna la asustaba con el resorte de una cajita que hacía saltar un perro de juguete; si persistía la distracción, era ésta la amenaza: 

«Mira, niña, que aún no sabes a qué huelen las manos de tu padre.» 

Pero no había lugar a ello, porque con sus cuatro añitos ya se escapa al atrio de la iglesia vecina y enseña lo que aprendió de su padre a las niñas que esperaban la hora de la doctrina. 

Todas las tardes a la parroquia, 

—Tía, ponme la mantilla clara bordada para ir bien maja al rosario. 

Y al regresar de la bendición eucarística, impregnada su mantilla de incienso, la ofrecía: 

—¡Mirad! ¡Huele a cielo! 

El señor tío don Joaquín era un sacerdote santo y docto: «Más de doscientas arrobas de libros tendría en su habitación, llena hasta la ventana», decia una vieja de Cascante. 

Aborrecía a los chiquillos su severa gravedad; pero Vicentica le cautivó de manera que se la llevaba de paseo hasta la ermita de la Virgen del Romero; por el camino rezaba el breviario y enseñaba a la sobrinita en latín el credo, el Pater, el Ave Maris stella. 

Ya en el templo, le muestra la lucecita del sagrario y le enseña a pedirle a Jesús que guarde su corazón en aquella casita dorada. 

Mientras acaba sus rezos el señor tío don Joaquín, Vicenta recorre la iglesia con genuflexiones, simulando un vía crucis. Sabe a los seis años recitar versos y leer «el libro de Santa Teresa’; la llaman «la abogadillo». 

Repite los sermones del padre misionero; se interesa por los pobres y goza en repartirles sus limosnas; ellos la llaman «la niña santica» . 

El día de la Inmaculada de 1853, orando en la parroquia de San Andrés, de Madrid, una señora pide al Señor que le inspire lo que ha de hacer para salvar a las muchachas que llegan a la corte para servir y se ven en tantos peligros de cuerpo y alma. Al salir del templo ve una casita en la calle de Lucientes con el letrero: Se alquila. La toma: será el solar primero de la Congregación para el Servicio Doméstico; allí recoge las primeras sirvientas sin colocación. 

La señora era doña Eulalia de Vicuña; con ella y con su esposo y hermano llega Vicenta a compartir la vida madrileña. Aquellos sus parientes en nada desmerecen de la religiosidad y edificante rectitud de su familia de Cascante. 

Don Manuel María de Vicuña es «el padre de los pobres» y para ellos gratuitamente ejerce su abogacía. Con doña Eulalia visitan caritativamente la cárcel de mujeres y dan vida a la asociación de la Doctrina Cristiana. 

Tiene Vicenta sólo siete años; una familia amiga la convida al teatro Real. Ella se resiste: 

—Mi abuelita no fué nunca al teatro y yo quiero imitarla en eso. 

Más adelante lo razonaba: 

«Siempre me pareció cosa del diablo aquello de salir de noche, asistir a cosas fingidas, volver a casa tan tarde, perder el sueño, malgastar el dinero y trastornar el orden.» 

En Madrid tiene ya director espiritual, distribución de tiempo, que va ocupadisimo desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, con misa diaria, estudio de letras, labores, francés, piano, visita al Santísimo, rosario, lectura espiritual. Y casi todos los dias va con su tía Eulalia al Establecimiento que amplia la vieja casita de las sirvientas. 

Y aún su madre escribe: «Mucho me alegraré de que mi hija reciba una instrucción esmerada y brillante; pero hermana mia muy querida, mi deseo principal es que me la eduquéis para santa». 

Bien podía escribir quien la trataba: «Es no sólo una santa, sino una santa de muchísimo talento».

Sin embargo, tuvo que hacer penitencia de sus tres grandes pecados de estos años. El primero, que se metió en una habitación que se estaba pintando; con su amiguita estropearon la pintura. Doña Eulalia echó la culpa a los pintores, que juzgó descuidados. Pero se presentó en seguida Vicenta a pedir perdón. El segundo, que en El Escorial se presentó con un precioso vestido de manga sólo hasta el codo y un ligero escote: 

—¡Iba yo poco modesta! ¡Quién sabe si otras niñas seguirían mi mal ejemplo! 

El tercero, que se hizo la remolona al quitarse un vestido «que la favorecía», desobedeciendo a doña Eulalia. 

—Pues en una niña de ocho años, eso no es cosa tan grave—decían. 

—El día del juicio me conocerán—replicaba la niña. 

En Cascante pasa el verano: el pueblo arde en fiestas y Vicenta, con su elegancia madrileña, estaba hecha una preciosidad. Tanto que al pasar el rey consorte, don Francisco de Asís, pregunta al alcalde: 

—¿Quién es esa linda señorita? 

—Señor, es una santita, sobrina mia. 

—Se lo dicen a Vicenta y le insinúan como posible novio a un espléndido muchacho. Pero Vicenta dictamina: 

—Ni con un rey ni con un santo. Seré sólo de Dios. 

En los ejercicios espirituales de 1866, el padre Soto, S. I., le propone el método clásico de «la elección de estado». Escribe a dos columnas ventajas e inconvenientes de ser salesa o seguir la fundación que iniciara su tía. 

Terminan los ejercicios; su parienta la salesa, que espera ansiosa verla en su religión, le pregunta qué determina: 

—Las chicas han triunfado—responde la que va a ser fundadora. 

Pone manos a la obra, y comienzan las hostilidades y las pruebas. Tan joven y en un ministerio tan peligroso. Se opone hasta su tía Eulalia y don Manuel, su esposo, que la trata de soberbia e irrazonable, y su buen padre, que quiere «antes verla capuchina de Pinto», alega sus «derechos de patria potestad para no tolerar que se exponga a ser pervertida por las muchachas en vez de ganarlas…». 

Se la llevan a Cascante y aprietan la oposición; estalla la revolución de 1868, que expulsa a las religiosas de su convento, enferman sus padres, se muere la tía que les acompañaba y no le deja su padre tomar ese estado que juzga «estado de perdición». 

—¿Y si me muriera o me fuera capuchina? Igual de solos les dejaria—dice la joven. 

Cae enferma grave. Aterrado su padre, cree ver en la enfermedad un aviso del cielo, y le da permiso para regresar a Madrid. Ya puede entregarse a fundar las entonces llamadas Hermanas del Santo Celo. Aquel celo bíblico de la casa de Dios que la consumía. 

Lentamente, en el quinquenio 1871-1876 se va perfilando la institución. Ya en 1869 se trasladan con su tía Eulalia y otras jóvenes a la casa de San Miguel, 8, donde tienen vida común, distribución de tiempo, pobreza grande. Doña Eulalia, ya viuda, vende sus trajes y joyas para sostener la casa y remienda unas botas de paño negro, porque con lo que ahorra puede dar de comer a una chica lo menos diez dias, 

Y Vicenta, «la abogadillo», arregla la herencia de sus tíos y de sus padres en Cascante, donde le sorprende la guerra civil de 1873 y la incomunica. 

Vuelta a Madrid; bajo la dirección del padre Hidalgo, S. I., lee las Constituciones de la Compañía y otras más recientes y prepara las suyas. 

El padre escribe: 

«Se le presentaba con el espiritu recogido en Dios; suplicaba las luces del Espiritu Santo y de la Virgen con el Ave Maria. Regla hubo que le costó dos meses de oración, comuniones, penitencias y otras santas industrias». 

Y así quedaron de manera que «no hubo que darles entonces, ni al revisarlas la Santa Sede, la más ligera plumada’ . 

El 11 de julio de 1876, en el altar que preside una bellísima Inmaculada Concepción, da el habito a las tres primeras religiosas el obispo auxiliar de Toledo, que pronto será el cardenal Sancha. 

Enturbiaban la alegría penas actuales y visión profética de las venideras. El padre seguía hostil en Cascante y la madre continuaba su resistencia pasiva. Cuando supo el padre que le habian cambiado el nombre, al tomar el hábito, por el de Maria de la Concepción, escribió: 

«Yo no reconoceré a otra hija que a Vicenta Maria. Sabes las consecuencias jurídicas de ese cambio». 

El prelado volvió a renovarle su nombre bautismal, con el que seguirá hasta los altares, 

Crece el Instituto; se inaugura nuevo noviciado, tan acogedor y espiritual que «allí no hay más remedio que hacerse santa», 

Un ruidito, tic,tac, tic,tac, escuchan medrosas las novicias, ¿Un reloj? ¿Un ladrón? ¿Las brujas?… Son las disciplinas que se da la madre fundadora. 

Treinta años tiene la madre, y el canónigo Cascajares, futuro cardenal, las llama a Zaragoza. Es la segunda casa de la fundación a los pies de la Virgen del Pilar; la noche entera en el tren, convertido el vagón en capilla de noviciado: la mañana en la Santa Capilla; inauguración solemne la víspera de la Inmaculada: terminan las alegrías inaugurales, comienza la desbandada, se va de obispo de Calahorra el canónigo Cascajares, se disuelve la Junta de señoras, los recursos menguan, y en el crudo invierno, buscando aportaciones, tiene que ir «subiendo y bajando escaleras desde las once de la mañana hasta las cuatro de la tarde». Mas la Virgen les envía al padre Pujol, S. I., que va a ser la providencia y aliento de la casa. 

No menos apuros y consolaciones en la fundación inmediata de Jerez, y en la inauguración de la bella capilla del noviciado, y en las nuevas entradas de religiosas; y los primeros votos en el domingo de la Trinidad de 1878 con el nombre de Congregacion del Servicio Doméstico. 

Y tantas emociones, preocupaciones y trabajos agotan las fuerzas de la madre, que tiene la amenazadora hemoptisis, augurio entristecedor para toda la comunidad de la corta existencia de su fundadora. 

Reacciona un poco la salud y se multiplican las fundaciones. Valladolid, Sevilla, Barcelona, con el apoyo de aquella santa mujer doña Dolores Chopitea; la de Fuencarral, espléndida casa generalicia de la Congregación. 

Y entretanto la pérdida del «millón de reales» que se le llevó al administrador una jugada de Bolsa y puso a la madre Vicenta en trance de sostenerse sólo con la divina Providencia. 

Con gozo recibe de Roma el Decretum laudis de la Congregación, que las llama definitivamente Hijas de María Inmaculada para el Servicio Doméstico. La fundadora exponía su primordial objetivo: 

«¿Y quién puede tener más peligros que una pobre sirvienta? Se halla en la edad de las ilusiones, cuando fácilmente se creen las palabras, porque no se ha sufrido aún ningún desengaño. Virgen a merced de sus caprichos en hogar desconocido; sin calor de interés y menos cariño, y sin la mirada de una madre que las sostenga, que las defienda y que las consuele.» 

¡Para cuántas jóvenes han sido padre, y madre, y misioneras estas religiosas! 

Su específico ministerio de las sirvientas se extendía a escuelas dominicales y nocturnas, catequesis de niñas, residencias de señoritas empleadas y oficinistas, que es el servicio más frecuente en nuestros días, escuelas de hogar, misiones. 

Y la Congregación, mientras tanto, se esparcía multiplicada por todo el mundo. 

Un día el padre espiritual interrumpe su plática y dice a la madre: 

—Salga inmediatamente, obedezca y vaya a cuidar a su padre moribundo. 

Y al verla salir continúa: 

He querido que saliera para poderles hablar libremente de sus virtudes y enseñarles cómo deben seguir lo heroico de su candor, humildad, abnegación, celo y pureza. 

Va a cumplir los cuarenta y tres años y sabe por revelación que es ya ése el límite de su vida. 

Solemnísimo es su viático; escribe a María Asunta: 

«Si me viera con su hermosa colcha amarilla de oro y lujos recibir enamorada el santo viático y casi con perfecta salud…» 

Pero en realidad está gravísima. El padre le indica: 

—Prepárese para recibir la santa unción con la mayor limpieza de alma y con la fortaleza necesaria para permanecer en el amor del Sagrado Corazón hasta la muerte. 

—Amén, amén—responde la madre. 

El 26 de diciembre de 1890, a sus cuarenta y tres años, santamente expiraba, diciendo: 

—-¡Jesús mio, misericordia! Jesús, María y José, estad conmigo los tres. 

El cardenal Sancha sale del aposento y, entre lágrimas, dice: 

—No sabe el Instituto lo que pierde; cabe en su cabeza un mundo para santificarlo y otro para gobernarlo. 

Su Santidad Pío XII, en el año santo de 1950, la beatificó. Fue canonizada.

JOSÉ ARTERO

Laudes – Viernes VII de Tiempo Ordinario

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Himno: CREADOR SEMPITERNO DE LAS COSAS.

Creador sempiterno de las cosas,
que gobiernas las noches y los días,
y, alternando la luz y las tinieblas,
alivias el cansancio de la vida.

Pon tus ojos, Señor, en quien vacila,
que a todos corrija tu mirada:
con ella sostendrás a quien tropieza
y harás que pague su delito en lágrimas.

Alumbra con tu luz nuestros sentidos,
desvanece el sopor de nuestras mentes,
y sé el primero a quien, agradecidas,
se eleven nuestras voces cuando suenen.

Glorificado sea el Padre eterno,
así como su Hijo Jesucristo,
y así como el Espíritu Paráclito,
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor; ten misericordia de mí.

Salmo 50 – CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor; ten misericordia de mí.

Ant 2. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

Cántico: LAMENTACIÓN DEL PUEBLO EN TIEMPO DE HAMBRE Y DE GUERRA – Jr 14,17-21

Mis ojos se deshacen en lágrimas,
día y noche no cesan:
por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.

Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿tiene asco tu garganta de Sión?
¿Por que nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.

Señor, reconocemos nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.

No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

Ant 3. El Señor es Dios y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Salmo 99 – ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor es Dios y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

LECTURA BREVE   2Co 12, 9b-10

Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

RESPONSORIO BREVE

V. En la mañana hazme escuchar tu gracia.
R. En la mañana hazme escuchar tu gracia.

V. Indícame el camino que he de seguir.
R. Hazme escuchar tu gracia.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En la mañana hazme escuchar tu gracia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor ha visitado y redimido a su pueblo.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor ha visitado y redimido a su pueblo.

PRECES

Invoquemos a Cristo, que nació, murió y resucitó por su pueblo, diciendo:

Salva, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

Te bendecimos, Señor, a ti que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz:
mira con bondad a tu familia santa, redimida con tu sangre.

Tú que prometiste a los que en ti creyeran que manarían de su interior torrentes de agua viva,
derrama tu Espíritu sobre todos los hombres.

Tú que enviaste a los discípulos a predicar el Evangelio,
haz que los cristianos anuncien tu palabra con fidelidad.

A los enfermos y a todos los que has asociado a los sufrimientos de tu pasión,
concédeles fortaleza y paciencia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Llenos del Espíritu de Jesucristo, acudamos a nuestro Padre común, diciendo:

Padre nuestro…

ORACION

Ilumina, Señor, nuestros corazones y fortalece nuestras voluntades, para que sigamos siempre el camino de tus mandatos, reconociéndote como nuestro guía y maestro. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lectura – Viernes VII de Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: DELANTE DE TUS OJOS

Delante de tus ojos
ya no enrojecemos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.

En medio de los pueblos
nos guardas como un resto,
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.

Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor, que es justo,
revoca sus decretos:
la salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37 I – LAMENTACIÓN Y PLEGARIA DE UN FIEL DESOLADO

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;
cuando me visto de saco, se ríen de mí;
sentados a la puerta murmuran,
mientras beben vino me cantan burlas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Ant 2. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Salmo 68, 2-22. 30-37 II

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,
por tu gran compasión vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Ant 3. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Salmo 68, 2-22. 30-37 III

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

V. El Señor nos instruirá en sus caminos.
R. Y marcharemos por sus sendas.

PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 5, 1-21

LA ESPERANZA DE LA MORADA CELESTE. EL MINISTERIO DE LA RECONCILIACIÓN

Hermanos: Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterna en el cielo, no construida por hombres. Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste, si es que nos encontramos vestidos, y no desnudos. ¡Sí!, los que estamos en esta tienda gemimos oprimidos. No es que queramos ser desvestidos, sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Y el que nos ha destinado a eso es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu.

Así pues, siempre tenemos confianza, aunque sabemos que mientras vivimos estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Así pues, penetrados de este temor del Señor, intentamos persuadir a los hombres (que para Dios estamos transparentes, y espero que también así lo estaré para vuestras conciencias). Y no es que tratemos de justificarnos de nuevo ante vosotros, sino que queremos daros la oportunidad de que os mostréis orgullosos de nosotros y tengáis qué responder a los que ponen su gloria en las apariencias y no en el corazón. Que si alguna vez nos hemos portado como faltos de juicio, ha sido por Dios; si ahora somos razonables, es por vuestro bien. El amor de Cristo nos apremia, al pensar que, si uno murió por todos, consiguientemente todos murieron en él; y murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

Así que desde ahora nosotros no conocemos ya a nadie con criterios puramente humanos; y si en un tiempo conocimos a Cristo con tales criterios, ya ahora no es así. Por tanto, el que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Todo esto se lo debemos a Dios, que nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación. Dios, en efecto, reconciliaba consigo al mundo por medio de Cristo, no imputándoles a los hombres sus delitos, sino confiándonos el mensaje de la reconciliación. Por eso nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

A Cristo, que no experimentó el pecado, Dios lo hizo pecado en lugar nuestro, para que en él viniésemos a ser justificación de Dios.

RESPONSORIO    2Co 5, 18; Rm 8, 32

R. Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, * y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación.
V. Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros.
R. Y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación.

SEGUNDA LECTURA

De los Comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos
(Salmo 48, 13-14: CSEL 64, 367-368)

ÚNICO ES EL MEDIADOR ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES, CRISTO JESÚS, HOMBRE TAMBIÉN ÉL

El hermano no rescata, un hombre rescatará; nadie puede rescatarse a sí mismo, ni dar a Dios un precio por su vida; esto es, ¿por qué habré de temer los días aciagos? ¿Qué habrá que pueda dañarme a mí, que no sólo no necesito quien me rescate, sino que soy yo quien rescato a todos? Si soy yo quien libero a los demás, ¿habré de temer por mí mismo? He aquí que haré algo nuevo, superior al mismo amor y piedad fraternos. Ningún hombre puede rescatar a su hermano, nacido del mismo seno materno; esto sólo puede hacerlo aquel hombre del que se halla escrito: el Señor les enviará un hombre que los salvará; aquel que afirmó de sí mismo: Pretendéis quitarme la vida, a mí, el hombre que os he manifestado la verdad

Pero, aunque es un hombre, ¿quién podrá conocerlo? ¿Y por qué nadie puede conocerlo? Porque, así como Dios es único, así también único es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él.

Él es el único que puede rescatar al hombre, con un amor superior al de hermanos, ya que derrama su sangre por los extraños, cosa que nadie puede hacer por un hermano. Y así, para rescatarnos del pecado, no perdonó a su propio cuerpo, y se entregó a sí mismo como precio de rescate por todos, como atestigua su fidedigno apóstol Pablo, que dice: Digo la verdad, no miento.

Mas, ¿por qué sólo él rescata? Porque nadie puede igualar su afecto, que le lleva a entregar la vida por sus siervos; porque nadie puede igualar su inocencia, ya que todos estamos bajo pecado, todos sujetos a la caída de Adán. Sólo es designado como Redentor aquel que no podía estar sometido al pecado de origen. Por tanto, el hombre de que habla el salmo hemos de entenderlo referido al Señor Jesús, ya que él tomó la condición humana, para crucificar en su carne el pecado de todos y para borrar con su sangre el decreto condenatorio que pesaba sobre todos.

Pero quizá dirás: «¿Por qué se niega que el hermano rescatará, si él mismo dijo: Contaré tu fama a mis hermanos?» Es que él nos perdonó los pecados no en calidad de hermano nuestro, sino por la peculiar condición del hombre Cristo Jesús, en el que estaba Dios. Así, en efecto, está escrito: Dios reconciliaba consigo al mundo por medio de Cristo. En aquel Cristo Jesús, el único del que se ha dicho: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Por consiguiente, cuando habitó hecho carne entre nosotros, habitó no como hermano, sino como Señor.

RESPONSORIO    Is 53, 12; Lc 23, 34

R. Se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; * él tomó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores.
V. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
R. Él tomó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores.

ORACIÓN.

OREMOS,
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.