La alegría de los ignorantes

¿Fuego que quema o fuegos artificiales?

«Este nos hace sentir a todos ignorantes», me ha silbado al oído el pérfido Santiago. «Menos mal», repliqué yo.

En realidad, no estaba tranquilo en absoluto. Creo que descubrir la propia ignorancia representa el primer paso en el camino de la sabiduría. Y no sólo el primero, sino también todos los siguientes. Pero hay maneras y maneras. Y la que adoptó el predicador para hacernos sentir pobres ignorantes ciertamente no era la más feliz.

Dicho brutalmente: ha salido con el pie equivocado. Y ha seguido impertérrito hasta el final, mostrándose irritante en extremo.

El Deuteronomio, en la primera lectura, nos informa de que la voz del Señor se hacía oír desde el fuego. Pero éste pretendía hacerla oír desde los fuegos artificiales.

Ha arrancado con una fórmula que no permitía presagiar nada bueno: «amor relacional». La señorita Evelina estaba petrificada más de lo acostumbrado. El coadjutor se alegraba.

Alguna viejecilla, esparcida aquí y allá, rezaba el rosario.

Nuestro párroco se había ido a esconder quién sabe dónde (probablemente en la sacristía, para secarse el sudor —hacía calor…— y para esconder la inquietud). El amigo Santiago se divertía con el llavero. Los críos estaban más inquietos de lo acostumbrado.

El predicador, poco después, nos ha hecho desfallecer con un juego de palabras: «La Trinidad inmanente y la Trinidad económica». No era «palabra de Dios» sino palabra de «uno de los más valiosos teólogos de nuestro tiempo» (mi hija me ha confirmado después que había entendido bien —aunque, a decir verdad, no había entendido nada— y también me ha revelado el nombre del «culpable»). Me hubiera gustado ver la cara de nuestro párroco cuando el predicador pintaba, en el cielo oscuro de nuestra ignorancia, aquellos ringorrangos.

Hablar con las muletas

Pero me doy cuenta de que aún no he hecho las presentaciones (por otra parte, tampoco el interesado ha sentido la necesidad de decir quién era y por qué estaba allí; quizás pensó que la fama de que gozaba era más que suficiente). Bueno, se trataba de un personaje importante en el campo de la cultura católica, un pez gordo. Debe haberlo invitado el coadjutor, que ha sido alumno suyo en la facultad.

No quiero recitar la parte del malo, pero no puedo callar mis impresiones: aquello más que una predicación era una exhibición, una ostentación de cultura. No hay nada peor que un predicador se sienta obligado a aparecer brillante a toda costa.

Existe un poder que hincha. Pero también puede darse un saber que hincha más allá de cualquier medida de decencia.

Era un pavo real que hacía la rueda abriendo todo el abanico de sus plumas variopintas. Me hubiera gustado arrancar alguna de aquellas plumas, formar con ellas un ramo, y abanicarme con él (el domingo se sudaba también en los bancos).

Un abanico de citas, del campo de la teología y de la filosofía, de la mística y la poesía, pero con una preferencia acentuada hacia los novelistas contemporáneos. Yo también leo novelas en el tiempo libre, pero en la iglesia prefiero oír proclamar la palabra de Dios, y no verla reducida a puro pretexto para excursiones en otros territorios.

Además tengo una teoría personal acerca de las citas. Quien abusa de ellas demuestra que no sabe caminar con sus piernas, sino que recurre a las citas para sostener su discurso que no se sostiene solo.

Quien no tiene un pensamiento propio, original, recurre al ajeno, venga de donde viniere.

En una palabra, hay quien, con la ambición de impresionar, no se da cuenta de que habla con muletas.

Las citas con frecuencia esconden desmañadamente la vanidad, la obsesión por hacer buen papel.

Frente a tanta ostentación de ciencia, me he sentido ignorante. Pero hubiera agradecido que también el famoso predicador hubiese confesado, o al menos dejado intuir, la propia ignorancia frente al misterio (porque se trataba de misterio).

Pero no. Terminó con una frase efectista sacada de la escenificación de una película. Parecía la traca final, ruidosa, que anuncia el fin de los fuegos artificiales (y nosotros quedamos sepultados en la oscuridad).

Paciencia. Normalmente se dice «será para la próxima vez». Espero que esa vez no llegue. Prefiero cien veces el pan casero —incluso con alguna piedrecilla dentro que hace chirriar los dientes cuando se mastica— que nos saca semanalmente nuestro párroco.

Me hacía recordar al queridísimo Georges Bernanos: «¿La palabra de Dios? Pues un hierro incandescente. Y tú que la enseñas, preferirías cogerla con las tenacillas, por miedo a quemarte, a empuñarla con las manos. Déjame reír. Un cura que baja del púlpito de la verdad con la boca un poco caliente, pero contento, no ha predicado, lo más que ha hecho ha sido ronronear».

Meditación en familia

Menos mal que en casa estaba la hija teóloga, quien primero me ha informado, con una punta de ironía, de haber seguido algunas lecciones de aquel profesor mucho tiempo atrás, «cuando todavía no era omnisciente», aunque nunca la modestia había sido su fuerte.

Después, leyendo en mi rostro la desilusión y las señales de hambre no satisfecha, ha remediado la predicación fallida leyéndome un bellísimo texto sobre la Trinidad, sacado de la espiritualidad oriental (no me arriesgo a escribir el nombre abstruso del autor, plagado de consonantes). Resumo como puedo, aunque me doy cuenta de que quitaré belleza a esa página.

Bueno, pues los tres nombres de la Trinidad, el del Padre, Hijo y Espíritu santo, se pronunciaron sobre cada uno de nosotros en el bautismo. Desde entonces estamos en ellos, y ellos en nosotros. Gracias a ellos hemos entrado en la vida nueva.

¿Pero cómo conocer a los tres? El primero que nos sale al encuentro es el Hijo. Basta que nos acerquemos a él, que escuchemos una palabra suya, y él nos toma consigo para hablarnos del Padre, y hacerlo conocer. En efecto, ha venido precisamente para eso. Basta fijar nuestra mirada en el rostro del Hijo, y ahí tenemos la posibilidad inaudita de conocer el rostro del Padre. En efecto, el Padre asume el rostro humano del Hijo.

También nosotros somos llamados a ser hijos del mismo Padre, quedar envueltos en el mismo amor.

A su vez, el Padre y el Hijo, que vienen a habitar dentro de nosotros, nos revelan al Espíritu santo, que es su soplo común, la respiración secreta de Dios, la vida que hace latir el corazón, que dilata la voz, que anima al ser entero.

El Espíritu, soplo de Dios, se une a nuestro soplo vital, para que nosotros podamos hacernos un solo Espíritu con él, y podamos pronunciar su nombre.

Si logramos apartarnos, lejos de cualquier ruido, si logramos hacer silencio, estamos en disposición de percibir la voz del Espíritu que susurra dentro de nosotros: ¡Abbá, Padre!

Y también gracias a la luz del Espíritu llegamos a reconocer el esplendor de la gloria de Dios que brilla en todos los rostros del hombre, en la belleza de lo creado.

Esta comunión con la vida de Dios, la recibimos en el momento en que acogemos su palabra, y en particular cuando comulgamos con el cuerpo de Jesús. Toda comunión es comunión con el Padre, y con su Hijo, y con el Espíritu santo.

Después de haber meditado sobre esta página, que he citado lo mejor posible, no es que me haya sentido menos ignorante. Pero al menos he entendido que si el misterio de la Trinidad se cierra a la comprensión de nuestra mente, sin embargo nos concede la experiencia íntima de todo bautizado.

Y entonces Dios —Padre, Hijo y Espíritu santo— puede ser precisamente la alegría de los ignorantes.

A. Pronzato