II Vísperas – Santísima Trinidad

LA SANTÍSIMA TRINIDAD. (SOLEMNIDAD)

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: CANTAD Y ALABAD AL SEÑOR.

Cantad y alabad al Señor,
él nos ha dicho su nombre:
Padre y Señor para el hombre.
Vida, esperanza y amor.

Cantad y alabad al Señor,
Hijo del Padre, hecho hombre:
Cristo Señor es su nombre.
Vida, esperanza y amor.

Cantad y alabad al Señor,
divino don para el hombre:
Santo Espíritu es su nombre.
Vida, esperanza y amor.

Cantad y alabad al Señor,
él es fiel y nos llama,
él nos espera y nos ama.
Vida, esperanza y amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Oh verdadera, excelsa y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo!

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oh verdadera, excelsa y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo!

Ant 2. Líbranos, sálvanos, danos vida eterna, oh Trinidad santísima.

Salmo 113 A – ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO; LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Líbranos, sálvanos, danos vida eterna, oh Trinidad santísima.

Ant 3. Santo, santo, santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es, el que será.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Santo, santo, santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es, el que será.

LECTURA BREVE   Ef 4, 3-6

Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

RESPONSORIO BREVE

V. Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ensalcémoslo con himnos por los siglos.
R. Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ensalcémoslo con himnos por los siglos.

V. Honor y gloria al único Dios.
R. Ensalcémoslo con himnos por los siglos.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ensalcémoslo con himnos por los siglos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único del Padre, a ti, Espíritu Santo paráclito, santa e indivisa Trinidad, te confesamos con todo el corazón y con los labios, te alabamos y te bendecimos. ¡Para ti la gloria por los siglos!

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único del Padre, a ti, Espíritu Santo paráclito, santa e indivisa Trinidad, te confesamos con todo el corazón y con los labios, te alabamos y te bendecimos. ¡Para ti la gloria por los siglos!

PRECES

Glorifiquemos a Dios Padre que, por el Espíritu Santo, vivificó el cuerpo de su Hijo, para que su carne resucitada fuera fuente de vida para los hombres, y aclamemos al Dios uno y trino, diciendo:

¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo!

Padre todopoderoso y eterno, envía tu Espíritu consolador en nombre de tu Hijo sobre la Iglesia,
para que la conserve en la unidad de la caridad y de la verdad perfectas.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies, para que hagan discípulos de entre todos los pueblos
y, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, los confirmen en la fe verdadera.

Ayuda, Señor, a los perseguidos por causa de tu Hijo,
que el Espíritu Santo hable por ellos, como Jesucristo nos prometió.

Que todos los hombres, Señor, te confiesen como único Dios en tres personas,
y que vivan en la fe, en la esperanza y en el amor.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre de todos los vivientes, tú que vives y reinas con el Hijo y el Espíritu Santo,
recibe a nuestros hermanos difuntos en tu reino.

Digamos ahora al Padre, movidos por el Espíritu Santo que ora en nosotros, la plegaria que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios Padre, que has enviado al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu de santificación para revelar a los hombres tu misterio admirable, concédenos que, al profesar la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la Unidad de tu majestad omnipotente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Dios, la luz que alegra nuestra vida entera

1.- DIOS INFINITO.- El Señor invita a los suyos a que pregunten por doquier si se ha visto en algún lugar tanta grandeza y maravilla como ellos han contemplado, tan grande amor como ellos han experimentado. Por eso la ira de Dios se enciende contra su pueblo, porque a pesar de lo que han visto le han abandonado. No han comprendido aún que “Yahvé es fuego abrasador, un Dios celoso”.

Misterio profundo de Dios que se nos escapa por mucho que nos esforcemos en comprehenderlo. Misterio que hay que aceptar al margen de la razón, de esa lógica que los hombres usamos en nuestro pensar y en nuestro obrar. Dios que ama hasta los celos, siempre, también cuando el pueblo le traiciona o le olvida, le desprecia o le vuelve la espalda. Ese pueblo de dura cerviz que con sus claudicaciones insistentes no logra apagar la capacidad infinita de perdón que el Señor tiene.

Incluso su castigo terrible, todo el daño que sobreviene al pueblo, no es otra cosa que una tentativa más para beneficiar a su pueblo. Ese pueblo del que también nosotros formamos ahora parte, repitiendo con nuestros pecados e infidelidades la historia triste del pueblo elegido.

Haz que lo sepamos, Señor, y lo meditemos en lo más profundo de nuestro corazón. Es tu misterio tan grande que supera nuestra corta capacidad de entendimiento. Saber lo que tú eres, saberlo de verdad, con todas sus consecuencias, con todas sus implicaciones prácticas. Es algo que está por encima de las fuerza humanas. Por eso te rogamos, Señor, que nos concedas saber de veras que tú eres Dios y que fuera de ti no hay nada ni nadie que pueda colmar las ansias del hombre.

Dios Uno y Trino, inmensamente bueno, y justo, y poderoso. Pobre mente y pobre corazón, cuánta estrechez para dar cabida a tanta amplitud. Y, sin embargo, sólo él colmará esa sed ardiente de plenitud que nos devora. Sólo Dios. En definitiva lo nos queda es escuchar la voz del Señor y esforzarnos en cumplirla: “Guarda las leyes y mandamientos que yo te prescribo hoy para que seas feliz tú y tus hijos después de ti y vivas largos años en la tierra que Yahvé, tu Dios, te da”.

 Hay que fiarse de Dios, hay que atender a lo que nos dice y luchar por ponerlo en práctica. Hemos de tener fe en él, aunque a veces no comprendamos ni veamos con claridad el camino que se nos abre. Hemos de pensar, incluso, que esa grandeza y ese misterio de Dios es una razón más para creer en él y amarle con toda el alma. Siendo como somos tan limitados, es lógico que el Señor sobrepase nuestra capacidad de entendimiento.

2.- CONFIDENCIA SUPREMA.- Un monte es de nuevo el escenario propicio para el encuentro del hombre con Dios… En el silencio de las alturas es más fácil escuchar la palabra inefable del Señor, en la luz de las cumbres es más asequible contemplar la grandeza divina, sentir su grandiosa majestad. En esta ocasión que nos relata el evangelio, Jesús se despide de los suyos y antes de marchar les recuerda que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Esto supuesto los envía a todo el mundo para que hagan discípulos de entre todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Podríamos afirmar que en ese momento la revelación de los divinos misterios llega a su plenitud: se desvanecen los celajes que durante milenios habían cubierto los secretos de Dios. Su Corazón movido por su infinito amor se abre a todos los hombres su más íntima confidencia, su misterioso y sorprendente modo de ser, su inefable esencia una y trina: Una sola Naturaleza y tres divinas Personas, distintas entre sí e iguales al mismo tiempo en grandeza y soberanía.

Ante este rasgo de confianza suprema por parte de Dios, nos corresponde a los hombres un acatamiento rendido, un acto de fe profunda y comprometida para con este Dios y Señor nuestro, único y verdadero, muy por encima de nuestra corta capacidad de conocimiento y de amor. Creer firmemente en él, esperar también contra toda esperanza su ayuda y su perdón. Tratar sobre todo de amarle y servirle con todas las fuerzas de nuestro ser.

Hoy es un buen día para remozar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Fomentar además nuestro trato en intimidad y confianza con las tres divinas Personas. Con el Padre que hizo el cielo y la tierra. Con el Hijo que dio su vida por nosotros y se nos ha quedado cercano y asequible en la Eucaristía. Con el Espíritu Santo que en todo momento nos impulsa hacia Dios, la Luz que alegra nuestra vida entera.

Antonio García-Moreno

Misterio de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo

Queridos amigos, hoy todo trasciende, todo exhala amor, familia y unidad. En los textos de este domingo vamos a ver cómo Dios no es único, es familia; y como de la unidad sale el amor que nos tiene a través de su Hijo y a través del Espíritu, que nos da la fuerza y la vida. Es la maravillosa fiesta del misterio de Dios. Hoy y siempre repitamos: “Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo”.

Pero realmente, ¿qué es esta familia trinitaria?  Es un Dios que está por encima de mí, de ti, pero que es Padre, que está siempre con nosotros, que nos acompaña en nuestro camino, y que habita sobre todo en nuestro interior, que nos ama, pero que está en comunión con su Hijo y con el Espíritu Santo.

Santísima TrinidadY nos alegra pensar que es un Dios Amor, sí, pero que está en unión y en comunión. Y estas dos palabras —“no ser solitario” y “estar en comunión”— hoy nos lleva a pensar delante de ti, Señor: soy creado para amar, recibo del amor de una fuerza trinitaria que sois el Padre, el Hijo y el Espíritu. Soy llamado a testimoniar mi fe, a comunicar mi vida; ¿Cómo vivo mi relación con Dios? ¿Qué relación tengo con los demás? Tengo alegría, y si tengo alegría en Cristo, tengo alegría en su Espíritu. Puedo llamar siempre “Abbá”, “Papá”, tengo de compañero a Jesús, que me ayuda en todo; y tengo una fuerza muy grande que es el Espíritu, que me quita ese frío interior, que me vuelve a la vida, que me llena de amor, que me une, que me hace caminar hacia el Padre. Hoy realmente es un día de amor, pero es un misterio profundo.

¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu! Sois dignos de alabanza… Hoy tenemos que celebrar alegremente este milagro de amor y tenemos que hacer ese canto de júbilo y de alabanza a la Trinidad. Es el Espíritu quien actúa en nosotros, es el Padre quien nos protege, es Jesús quien nos quiere.

La Virgen, nuestra Madre nos hará comprender este misterio de amor. Pidámoselo intensamente a Ella y nos llenaremos del amor de Dios.

¡Gloria al Padre!, ¡Gloria al Hijo! ¡Gloria al Espíritu Santo! Purifícanos, santifícanos y llénanos de vida, de fuerza, de amor, de alegría y de pasión por ti, Santísima Trinidad.

Francisca Gómez Sierra

Fiesta de la Santísima Trinidad

El ministerio público de Jesús comienza con su Bautismo en las aguas del Jordán. Y, en su última aparición a sus discípulos, tras su resurrección, les manda que vayan a a enseñar a todas las naciones, que hagan discípulos suyos de ellas y que las bauticen “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.

El Bautismo de Jesús en el Jordán fue el momento de la primera – y clara – manifestación – en el Nuevo Testamento y por consiguiente en la revelación toda – de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu.

Cuando bajó Jesús a las aguas del río, para ser en él bautizado por Juan, como lo hacían las muchedumbres que bajaban de Jerusalén, descendió sobre Él el Espíritu en forma de paloma, y oyó la voz del Padre que decía: “Tú eres mi hijo muy amado, en quien he depositado mis complacencias”.

Y en el Evangelio de hoy, en el momento en que se separaba de sus discípulos, les dijo que bautizaran a las naciones y que lo hicieran “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

A través de toda su enseñanza nos atestigua Jesús el hecho de que Dios es su Padre y que todo su ser queda expresado en esta relación de Hijo a Padre. El Padre se dice plenamente en su Verbo; y cuando el Verbo encarnado dice “Abba, Padre”, expresa en esta tan sencilla expresión todo su ser de Hijo. Eso es Él y nada más. Jesús nos enseña asimismo a todo lo largo del Evangelio que su Padre y Él son uno, unidos por el Espíritu de amor les es común. Y finalmente nos revela que también nosotros somos llamados a vivir esa misma relación. Este llamamiento se hace realidad a través del bautismo que hemos recibido.

Se da por consiguiente una relación esencial entre el misterio de la Trinidad, que hoy celebramos y el Bautismo. Por el Bautismo llegamos a ser hijos (hijas) del Padre, en el Hijo, por el Espíritu de amor que nos ha sido dado. El Espíritu desciende entonces sobre nosotros y la oz del Padre nos dice también a nosotros: “Tú eres mi hijo (hija) bien amado-(a) en quien he puesto yo todas mis complacencias”.

La práctica del Bautismo era un elemento importante de la cultura religiosa en la época de Jesús, en el Oriente Medio, y no sólo en el Judaísmo. En la línea de la Encarnación ha asumido Jesús esta costumbre y la ha transformado en el Sacramento del Bautismo, de la misma manera que ha asumido el rito de la Cena pascual para transformarla en el Sacramento de la Eucaristía.

Ahora bien, el Bautismo no era una rito aislado. La persona que bautizaba tenía siempre un mensaje, una enseñanza que transmitir. Y la que recibía el Bautismo aceptaba vivir en conformidad con esta enseñanza. Es decir, aceptaba llevar a cabo una conversión. Jesús ha conservado esta dimensión del Bautismo. De ahí que cuando ordena a sus discípulos que bauticen a las naciones, les ordene asimismo que les enseñen “a guardar todos los mandamientos” que les ha dado.

Más aún. En la época de Juan Bautista y de Jesús, el Bautismo se hallaba asimismo unido a una tradición de vida monástica. Se daba normalmente una comunidad que vivía con el bautista, es decir con la persona que bautizaba, practicando con ella una vida ascética. Muchos de los primitivos Cristianos, una vez que recibieron el Bautismo, adoptaron una forma de vida semejante, esforzándose por poner también ellos en práctica los llamamientos de Jesús a diversas formas de renuncia radical. Y es esta tradición de vida ascética, asumida gradualmente en el Cristianismo, la que, una vez transcurridos algunos siglos de purificación y de integración, dio origen a lo que más tarde se llamó “vida monástica”, vida que tratamos de vivir en Scourmont.

Como toda forma de vida cristiana, la vida monástica se halla esencialmente unida al Bautismo, y por esta razón se halla asimismo unida esencialmente a la Trinidad. Constituye un esfuerzo por responder al llamamiento de Jesús a la renuncia y a la conversión, a fin de que pueda el Espíritu reposar sobre nosotros y podamos escuchar la voz del Padre que nos dice: “Tú eres mi hijo (hija) muy amado (-a), en quien he puesto mis complacencias.”

Si conservamos esa palabra de amor que nos sido dada, se realizará en nosotros la promesa de Jesús a sus discípulos: “Y yo, estoy con vosotros… hasta el final de los tiempos”.

Penetremos, pues, cada día más fondo en ese bautismo que es nuestra vida cristiana y nuestra vida monástica, para de esta manera experimentar cada vez más intensamente y de manera cada vez más constante la experiencia de la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu. Entonces llegará a ser nuestra vida una oración continua, ya que, como lo hemos oído de San Pablo en la segunda lectura (tomada de la Carta a los Romanos), el espíritu de Dios se unirá a nuestro espíritu para decir “Abba”, palabra afectuosa en la que se expresa toda la naturaleza del Hijo. Es la oración de que habla Pablo en ese mismo capítulo 8 de la Carta a los Romanos: ”No sabemos orar, pero es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inenarrables”.

A. Veilleux

Reina de los mártires, confesores, santos

– Oración a María

Querida Madre.
Acompáñame todos los días.
Ayúdame a portarme bien
y ser un buen hijo, servicial y atento
para lo que necesiten mis papás.
Quiero ser un buen hermano,
que no discuta ni me pelee tan fácil
por cosas que no son importantes.
Dame una manito en las cosas de la escuela
y ayúdame a tener siempre
una sonrisa para todos los que me rodean.
Ayúdame a vivir haciendo el bien,
como le enseñaste a tu hijo Jesús.
Ayúdame a ser como El y quererle con el alma y la vida.

– Le cuento a la Virgen                

REINA DE LOS MARTIRES, CONFESORES, SANTOS. San Tarcisio era un niño y lo mataron por defender la eucaristía; es un mártir y Dios se lo llevó derechito para el cielo con los santos, eso fue en tiempo de los primeros cristianos, pero todavía, hoy en muchos países, al que confiesa: Soy Cristiano, ¡chupulún! lo dejan frío, aunque no haya hecho nunca nada malo, como le hicieron al propio Jesús clavándolo en la cruz. Papá llegó hoy del trabajo muy preocupado y me explicó que hay un martirio que nos toca a todos, el martirio del pellizquito de cada día, que nos mata de a poquito, pero el que lo lleva con alegría, sin quejarse mucho ni refunfuñar, ofreciéndoselo a Dios, llega a santo y se gana el cielo. Vale la pena el esfuerzo en tu compañía.

– Le pido por todos

– Ayúdanos a ser valientes y defender nuestra fe. 

– Danos fuerza para resistir los problemas de cada día. 

– Que los niños no sean los mártires de la injusticia y la violencia . 

– Ruega a Dios para que seamos santos.

–  Pienso y rezo

Ahora cierro los ojos y el corazón para pensar y rezar un misterio del Rosario que corresponda al día de hoy. 1 Padrenuestro, 10 Avemarías y el gloria.

Ecclesia in Medio Oriente

TERCERA PARTE

«Nosotros predicamos a Cristo crucificado…
que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios
» (1 Co 1,23-24)

66. El testimonio cristiano, primera forma de la misión, es parte de la vocación original de la Iglesia, que se desarrolla en fidelidad al mandato recibido del Señor Jesús: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta el confín de la tierra» (Hch 1,8). Cuando proclama a Cristo crucificado y resucitado (cf. Hch 2,23-24), la Iglesia se convierte cada vez más en lo que ya es por naturaleza y vocación: sacramento de comunión y reconciliación con Dios y entre los hombres[66] Comunión y testimonio de Cristo son, por tanto, dos aspectos de una misma realidad, pues ambos beben de la misma fuente, la santísima Trinidad, y se apoyan sobre los mismos fundamentos: la Palabra de Dios y los sacramentos.


[66] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

Lectio Divina – 27 de mayo

Lectio: Domingo, 27 Mayo, 2018

Resurrección y misión
“Yo estaré con vosotros todos los días”
Mateo 28,16-20

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz , que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una clave de lectura:

La liturgia del domingo de la Santísima Trinidad nos trae los últimos versículos del Evangelio de Mateo (Mt 28, 16-20). Al comienzo del Evangelio, Mateo presentaba a Jesús como el Emmanuel, Dios con nosotros (Mt 1,13). Ahora en el último versículo de su Evangelio, Jesús comunica la misma certeza: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Este era el punto central de la fe de la comunidad de los años ochenta (d. de C.) y continúa siendo el punto central de nuestra fe. Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros. Es también la perspectiva para adorar el misterio de la Santísima. Trinidad.

Mateo 28,16-20b) El texto:

16 Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17 Y al verlo le adoraron; algunos sin embargo dudaron.18 Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19 Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.”

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es el punto que más ha llamado tu atención en el texto? ¿Por qué?
b) ¿Cuál es la imagen de Jesús que este texto nos comunica?
c) ¿En qué manera el misterio de la Trinidad aparece en este texto?
d) En las Actas 1,5 Jesús anuncia el bautismo en el Espíritu Santo. En las Actas 2,38 Pedro habla del bautismo en el nombre del Señor Jesús. Aquí se habla del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Cuál es la diferencia entre estas tres afirmaciones, o acaso se trata de un mismo bautismo?
e) ¿Cuál es exactamente la misión que Jesús confiere a los Once? ¿Cuál es hoy la misión de nuestras comunidades como discípulos de Jesús? Según el texto, ¿dónde podemos encontrar la fuerza y el valor para cumplir nuestra misión?

5. Una clave de lectura

para profundizar en el tema.

i) El contexto:

Mateo escribe para la comunidad judeocristiana de Siria-Palestina. Eran criticadas por los hermanos judíos que afirmaban que Jesús no podía ser el Mesías prometido y, por tanto, su modo de vivir era errado. Mateo trata de dar un apoyo a su fe y les ayuda a comprender que Jesús realmente es el Mesías que ha venido a realizar las promesas hechas por Dios en el pasado, por medio de los profetas. Un resumen del mensaje de Mateo a las comunidades se encuentra en la promesa final de Jesús a los discípulos, que en este domingo de la Santísima Trinidad meditamos.

ii) Comentario del texto:

* Mateo 28, 16: La primera y última aparición de Jesús resucitado a los Once discípulos.
Jesús aparece antes que a nadie a las mujeres (Mt 28,9) y, a través de las mujeres, hace saber a los hombres que debían andar a Galilea para verlo de nuevo. En Galilea habían recibido la primera llamada (Mt 4, 12.18) y la primera misión oficial (Mt 10,1-16). Y es allá, en Galilea, donde todo comenzará de nuevo: ¡una nueva llamada, una nueva misión! Como en el Antiguo Testamento, las cosas importantes acontecen siempre sobre la montaña, la Montaña de Dios.

* Mateo 28, 17: Algunos dudaban.
Al ver a Jesús, los discípulos se postraron delante de Él. La postración y la posición del que cree y acoge la presencia de Dios, aunque ella sorprende y sobrepasa la capacidad humana de comprensión. Algunos, por tanto, dudaron. Todos los cuatro evangelistas acentúan la duda y la incredulidad de los discípulos de frente a la resurrección de Jesús (Mt 28,17; Mc 16,11.13.14; Lc 24,11.24.37-38; Jn 20,25). Sirve para demostrar que los apóstoles no eran unos ingenuos y para animar a las comunidades de los años ochenta d. de C. que tenían todavía dudas.

* Mateo 20,18: La autoridad de Jesús.
“Me ha sido dado todo poder sobre la tierra”. Solemne frase que se parece mucho a esta otra afirmación: “Todo me ha sido dado por mi Padre” (Mt 11,27). También son semejantes algunas afirmaciones de Jesús que se encuentran en el evangelio de Juan: “Sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos” (Jn 13,3) y “Todo lo que es mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17,10). La misma convicción de fe con respecto a Jesús se vislumbra en los cánticos conservados en las cartas de Pablo (Ef 1,3-14; Fil 2,6-11; Col 1,15-20). En Jesús se manifestó la plenitud de la divinidad (Col 1,19). Esta autoridad de Jesús, nacida de su identidad con Dios Padre, da fundamento a la misión que los Once están por recibir y es la base de nuestra fe en la Santísima Trinidad.

* Mateo 28, 19-20ª: La triple misión.
Jesús comunica una triple misión: (1) hacer discípulos a todas las naciones, (2) bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y (3) enseñarles a observar todo lo que había mandado.
a) Llegar a ser discípulos: El discípulo convive con el maestro y aprende de él en la convivencia cotidiana. Forma comunidad con el maestro y lo sigue, tratando de imitar su modo de vivir y de convivir. Discípulo es aquella persona que no absolutiza su propio pensamiento, sino que está siempre dispuesto a aprender. Como el “siervo de Yahvé”, el discípulo, él o ella, afinan el oído para escuchar lo que Dios ha de decir (Is 50,4).
b) Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: La Buena Noticia de Dios que Jesús nos ha traído es la revelación de que Dios es el Padre y que por tanto todo somos hermanos y hermanas. Esta nueva experiencia de Dios, Jesús la ha vivido y obtenido para nuestra bien con su muerte y resurrección. Es el nuevo Espíritu que Él ha derramado sobre sus seguidores en el día de Pentecostés. En aquel tiempo, ser bautizado en nombre de alguno significaba asumir públicamente el empeño de observar el mensaje anunciado. Por tanto, ser bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, era lo mismo que ser bautizado en el nombre de Jesús. (At 2,38) y lo mismo que ser bautizado en el Espíritu Santo (At 1,5).
Significaba y significa asumir públicamente el compromiso de vivir la Buena Noticia que Jesús nos ha dado: revelar a través de la fraternidad profética que Dios es Padre y luchar porque se superen las divisiones y las separaciones entre los hombres y afirmar que todos somos hijos e hijas de Dios.
c) Enseñar a observar todo lo que Jesús ha ordenado: No enseñamos doctrinas nuevas ni nuestras, sino que revelamos el rostro de Dios que Jesús nos ha revelado. De aquí es de donde se deriva toda la doctrina que nos fue transmitida por los apóstoles.

* Mateo 28,20b: Dios con nosotros hasta el final de los tiempos.
Esta es la gran promesa, la síntesis de todo lo que ha sido revelado desde el comienzo. Es el resumen del Nombre del Dios, el resumen de todo el Antiguo Testamento, de todas las promesas, de todas las aspiraciones del corazón humano. Es el resumen final de la buena Noticia de Dios, transmitida por el Evangelio de Mateo.

iii) La historia de la revelación del Nombre de Dios Uno y Trino:

Un nombre, cuando se oye por primera vez, es apenas un nombre. Pero en la medida en la que se vive con la persona, el nombre se convierte en la síntesis de la persona. Cuanto mayor es la convivencia con la persona, tanto mayor será el significado y el valor de su nombre. En la Biblia Dios recibe muchos nombres y muchos títulos que expresan lo que Él significa o puede significar para nosotros. El nombre propio de Dios es YHWH. Este nombre aparece ya en la segunda narración de la creación, en el Génesis (Gen 2,4). Pero su significado profundo (resultado de una larga convivencia a través de los siglos, ha pasado también por “la noche obscura” de la crisis del destierro en Babilonia) está descrito en el libro del Éxodo con ocasión de la vocación de Moisés (Ex 3,7-15). La convivencia de Dios a través de los siglos dió significado y densidad a este nombre de Dios. Dios dio a Moisés: “Ve a liberar a mi pueblo” (Ex 3,10). Moisés tiene miedo y se justifica simulando una postura humilde: ¿Quién soy yo? (Ex 3,11). Dios responde: “¡Ve, Yo estaré contigo!” (Ex 3,12) Aunque sabe que Dios estará con él en la misión de liberar al pueblo oprimido por el faraón, Moisés tiene miedo y de nuevo se justifica, preguntando a Dios por su nombre. Dios responde reafirmando sencillamente lo que estaba diciendo: “Yo soy el que soy”. O sea, ciertamente estaré contigo, de esto no puedes dudar. Y el texto continúa diciendo: “Dirás al pueblo: Yo-soy me manda a vosotros”. Y termina concluyendo: “Este es mi nombre por siempre: este es el título con el que seré recordado de generación en generación” (Ex 3,14-15). Este breve texto, de gran densidad teológica expresa la convinción más profunda de la fe del pueblo de Dios: Dios está con nosotros. Él es el Emmanuel. Presencia íntima, amiga, liberadora. Todo esto se resume en las cuatro letras YHWH del nombre que pronunciamos como Yahwhé: El está en medio de nosotros. Es la misma certeza que Jesús comunica a sus discípulos en la promesa final sobre la montaña: “Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,20). La Biblia permite dudar de todo, menos de una cosa: del Nombre de Dios, o sea, de la presencia de Dios en medio de nosotros, expresada por el mismo nombre de Yahwhé: “El está en medio de nosotros”. El nombre Yahwhé aparece más de 7.000 veces, ¡solamente en el Antiguo Testamento! Es el pabilo de la llama alrededor del cual se colocó la cera de las historias.

Es muy trágico lo que sucedió (y continúa sucediendo) cuando en los siglos posteriores al exilio de Babilonia, el fundamentalismo, el moralismo y el ritualismo obraron de tal manera que, poco a poco, aquello que era un rostro vivo y amigo, presente y amado, se convirtiera en una figura rígida y severa, colgado indebidamente en las paredes de la Sagrada Escritura, y que hacía crecer el miedo y la distancia entre Dios y su pueblo. Así en los últimos siglos antes de Cristo, el nombre YHWH no se podía pronunciar. A su puesto, se decía Adonai, traducido después por Kyrios, que significa Señor. La religión estructurada en torno a la observancia de las leyes, el culto centrado en el templo de Jerusalén y el exclusión en la raza, crearon una nueva esclavitud que sofocaba la experiencia mística e impedía el contacto con el Dios vivo. El Nombre que debería ser como un espejo transparente para revelar la Buena Noticia del rostro amigo y atrayente de Dios, se convirtió en un espejo que mostraba solamente la cara de quien en él se miraba. ¡Trágico engaño de la auto-contemplación! No bebían nunca más directamente de la fuente, sino del agua embotellada por los doctores de la ley. Hasta hoy continuamos bebiendo mucha agua de la aljibe y no del manantial.
Con su muerte y resurrección Jesús quitó las barreras (Col 2,14) rompió el espejo de la auto-contemplación idólatra y abrió de nuevo la ventana a través de la cual Dios nos muestra su rostro y nos atrae hacia Él. Citando un cántico de la comunidad, San Pablo proclama en la carta a los filipenses: “Jesús recibió un nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos y en la tierra y en los abismos: y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Fil 2, 9-11). Jesús muerto y resucitado, es la revelación de que Dios, el mismo de siempre, es y continúa siendo YHWH (Adonai, Kyrios, Señor), presencia íntima, amiga y liberadora en medio de su pueblo, vencedor de toda barrera. Incluso de la propia muerte. A partir de Jesús y en Jesús, el Dios de los padres, que parecía tan distante y severo, recibió el trato de Padre bueno, lleno de ternura. ¡Abba! ¡Padre Nuestro! Para nosotros los cristianos, la cosa más importante no es confesar que Jesús es Dios, sino testimoniar que ¡Dios es Jesús! Dios se hace conocer en Jesús. Jesús es la clave para una nueva lectura del Antiguo Testamento. Él es el nuevo Nombre de Dios.

Esta nueva revelación del nombre de Dios en Jesús es fruto de la total gratuidad del amor de Dios, de su fidelidad al propio Nombre. Pero puede llegar hasta nosotros, esta fidelidad, gracias a la obediencia radical y total de Jesús: “Obediente hasta la muerte, y a la muerte de cruz” (Fil 2,8). Jesús llega a identificarse en todo con la voluntad de Dios. Él mismo dice: “Yo hago siempre lo que el Padre me manda (Jn 12,50) “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre” (Jn 4,34). Por esto Él es transparencia total, revelación del Padre: “¡Quien me ve, ve al Padre!” (Jn 14,9). En Él habita la plenitud de la divinidad” (Col 1,19). “Yo y el Padre somos una misma cosa” (Jn 10,30). Esta obediencia no es fácil. Jesús tuvo momentos difíciles, en los cuáles llegó a gritar: “¡Pase de mi este cáliz!” (Mc 14,36). Como dice la carta a los Hebreos: “Con fuertes gritos y lágrimas suplicó a quien podía salvarlo de la muerte” (Heb 5,7). Venció por medio de la oración. Por esto se convirtió para nosotros en revelación y manifestación plena del Nombre, de aquello que el Nombre significa para nosotros. La obediencia de Jesús no es de tipo disciplinar, sino profética. Es acción reveladora del Padre. Por medio de ella, se rompieron los lazos y se rasgó el velo que escondía el rostro de Dios. Se abrió para nosotros un camino hacia Dios. Mereció para nosotros el don del Espíritu que Él nos obtiene cuando le llamamos Padre en su nombre en la oración (Lc 11,13). El Espíritu Santo es el agua viva que Él nos mereció con su resurrección (Jn 7,39). Es a través del Espíritu como Él nos instruye, revelando el rostro de Dios Padre (Jn 14,26; 16,12-13).

6. Salmo 145 (144)

Jesús realiza el Reino

Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey,
bendeciré tu nombre por siempre;
todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre por siempre.

Grande es Yahvé, muy digno de alabanza,
su grandeza carece de límites.
Una edad a otra encomiará tus obras,
pregonará tus hechos portentosos.
El esplendor, la gloria de tu majestad,
el relato de tus maravillas recitaré.
Del poder de tus portentos se hablará,
y yo tus grandezas contaré;
se recordará tu inmensa bondad,
se aclamará tu justicia.
Es Yahvé clemente y compasivo,
tardo a la cólera y grande en amor;
bueno es Yahvé para con todos,
tierno con todas sus creaturas.

Alábente, Yahvé, tus creaturas,
bendígante tus fieles;
cuenten la gloria de tu reinado,
narren tus proezas,
explicando tus proezas a los hombres,
el esplendor y la gloria de tu reinado.
Tu reinado es un reinado por los siglos,
tu gobierno, de edad en edad.
Fiel es Yahvé en todo lo que dice,
amoroso en todo lo que hace.

Yahvé sostiene a los que caen,
endereza a todos los encorvados.
Los ojos de todos te miran esperando;
tú les das a su tiempo el alimento.
Tú abres la mano y sacias
de bienes a todo viviente.

Yahvé es justo cuando actúa,
amoroso en todas sus obras.
Cerca está Yahvé de los que lo invocan,
de todos los que lo invocan con sinceridad.
Cumple los deseos de sus leales,
escucha su clamor y los libera.
Yahvé guarda a cuantos le aman,
y extermina a todos los malvados.

¡Que mi boca alabe a Yahvé,
que bendigan los vivientes su nombre
sacrosanto para siempre jamás!

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Santísima Trinidad

Se ha discutido mucho el origen de este texto y su significado. La opinión más autorizada indica que, aunque se produjera esta última aparición de Jesús a sus discípulos, lo que no consta es que Jesús diera este mandato a su comunidad y, menos aún, que hiciera una declaración del misterio de la Santísima Trinidad. El contenido de este misterio, tal como quedó definido en los concilios del s. IV (Nicea y Contantinopla), no está en el Nuevo Testamento. En él no se dice que existan tres personas divinas, unidas en un solo Dios.

En el Nuevo Testamento se afirma la fe en Dios como Padre, en Jesús como el Hijo, y en el Espíritu Santo. Es decir, se nos dice que el Dios, en el que creemos, es ante todo “Padre” que no se impone por su poder, sino por su bondad amorosa. Este Padre se ha dado a conocer en un ser humano, Jesús, al que se le denomina el Hijo. Así, el Hijo, Jesús, revela a un Padre profundamente humano y cercano a todos los seres humanos. Finalmente, este Dios actúa en el mundo y en la historia por la fuerza del Espíritu.De forma que los “signos de los tiempos”, en la historia y en la vida de los “hombres de espíritu”, nos marcan la orientación y los caminos que hemos de seguir para ser fieles al Padre de Jesús, en el Espíritu.

José María Castillo

Difrutémoslo

Hace unos días, tras una tormenta, pude contemplar una bonita puesta de sol: la luz del sol en el ocaso dio a las nubes una gama de tonalidades que no es habitual ver, y además, los charcos sobre el asfalto reflejaban esos colores, y el conjunto producía una sensación de paz y sosiego. Con esta descripción, quien lo lea puede hacerse una idea, pero no llega a recoger todo lo que esa puesta de sol ofrecía a quien la contemplara en directo. Esa combinación de colores y tonalidades de luz también podría explicarse desde la ciencia diciendo que la luz solar, al atravesar la atmósfera y encontrarse con la composición de las nubes producía ese fenómeno óptico, que a través del nervio óptico estimula algunas partes del cerebro provocando una reacción química que produce una sensación bienestar. Pero esta descripción, aun siendo cierta, tampoco permite a quien la lea entender lo que es y significa esa puesta de sol para quien la contemplara en directo.

Tampoco podemos describir a un ser humano atendiendo sólo a criterios científicos, indicando sexo, edad, altura, peso, color de pelo y de ojos, complexión. Todo lo dicho sería cierto, pero no permitiría conocer a la persona en cuestión. Necesitaríamos profundizar más, hablar de su comportamiento, de sus valores, y de qué significa para nosotros, qué es lo que nos une.

Hoy estamos celebrando la solemnidad de la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Un solo Dios, tres Personas en una sola naturaleza divina. Y esto lo afirmamos y creemos porque ha sido Dios mismo quien nos lo ha revelado, como diremos en el Prefacio. Jesús habló siempre del Padre del cielo; se refirió a sí mismo como el Hijo, y nos prometió el Espíritu Santo. Y afirmó la unidad total entre ellos: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre en mí… (Jn 14, 9.11) El Paráclito que os enviaré desde el Padre… El Espíritu de la verdad, que procede del Padre… (Jn 15, 26). Jesús es quien nos ha revelado Quién es Dios, cómo es Dios: tres Personas distintas en una sola naturaleza. Por eso en el Evangelio de hoy hemos escuchado su mandato: Id y haced discípulos… bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Y desde los primeros tiempos del cristianismo se ha procurado explicar esta afirmación de fe de modo razonable, por medio de la reflexión filosófica y teológica. Pero igual que sería absurdo reducir una puesta de sol o un ser humano a una enumeración de datos y un conjunto de reacciones físicas y químicas, tampoco podemos reducir a Dios a una serie de conceptos filosóficos y teológicos para hacérnoslo más “comprensible”, porque Dios siempre quedará más allá de lo que podamos entender, siempre será “Misterio”, pero un Misterio accesible por medio del amor.

Más allá de estos conceptos, conoceremos a Dios en la medida que profundicemos en nuestra relación con Él, en la medida que experimentemos cómo actúa en nuestra vida. Conoceremos a Dios si, siguiendo lo que Jesús nos enseñó, por el amor nos sentimos protegidos por el Padre, nos sentimos hermanos del Hijo, y experimentamos el impulso del Espíritu Santo. Conoceremos a Dios si esta relación de amor con Él se plasma en nuestra vida, porque todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1Jn 4, 78). 

¿Qué significa para mí el Misterio de la Santísima Trinidad? ¿Mi fe es trinitaria, me relaciono de forma diferenciada con el Padre, con el Hijo, y con el Espíritu Santo? ¿Qué frutos produce en mi vida esta fe trinitaria?

Es necesario profundizar en nuestra fe para mostrar que es razonable, que no vivimos la llamada “fe del carbonero”. Es necesario conocer lo más posible a Dios, pero recordemos que no lo llegaremos a conocer si sólo nos quedamos en los datos y en los conceptos. Del mismo modo que una puesta de sol es mucho más que la conjunción de fenómenos naturales que explican las ciencias, Dios es infinitamente más que los razonamientos filosóficos y teológicos.

Por eso, lo mismo que disfrutamos de una bonita puesta de sol, aprendamos a disfrutar de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, uniéndonos a ellos por el amor y sabiendo que, como nos ha dicho Jesús, está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.

El mejor amigo

En el núcleo de la fe cristiana en un Dios trinitario hay una afirmación esencial. Dios no es un ser tenebroso e impenetrable, encerrado egoístamente en sí mismo. Dios es Amor y solo Amor. Los cristianos creemos que, en el Misterio último de la realidad, dando sentido y consistencia a todo, no hay sino Amor. Jesús no ha escrito ningún tratado acerca de Dios. En ningún momento lo encontramos exponiendo a los campesinos de Galilea doctrina sobre él. Para Jesús, Dios no es un concepto, una bella teoría, una definición sublime. Dios es el mejor Amigo del ser humano.

Los investigadores no dudan de un dato que recogen los evangelios. La gente que escuchaba a Jesús hablar de Dios y le veía actuar en su nombre experimentaba a Dios como una Buena Noticia. Lo que Jesús dice de Dios les resulta algo nuevo y bueno. La experiencia que comunica y contagia les parece la mejor noticia que pueden escuchar de Dios. ¿Por qué?

Tal vez lo primero que captan es que Dios es de todos, no solo de los que se sienten dignos para presentarse ante él en el Templo. Dios no está atado a un lugar sagrado. No pertenece a una religión. No es propiedad de los piadosos que peregrinan a Jerusalén. Según Jesús, «hace salir su sol sobre buenos y malos». Dios no excluye ni discrimina a nadie. Jesús invita a todos a confiar en él: «Cuando oréis, decid: “¡Padre!”».

Con Jesús van descubriendo que Dios no es solo de los que se acercan a él cargados de méritos. Antes que a ellos escucha a quienes le piden compasión, porque se sienten pecadores sin remedio. Según Jesús, Dios anda siempre buscando a los que viven perdidos. Por eso se siente tan amigo de pecadores. Por eso les dice que él «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».

También se dan cuenta de que Dios no es solo de los sabios y entendidos. Jesús le da gracias al Padre porque le gusta revelar, a los pequeños, cosas que les quedan ocultas a los ilustrados. Dios tiene menos problemas para entenderse con el pueblo sencillo que con los doctos que creen saberlo todo.

Pero fue sin duda la vida de Jesús, dedicado en nombre de Dios a aliviar el sufrimiento de los enfermos, liberar a poseídos por espíritus malignos, rescatar a leprosos de la marginación, ofrecer el perdón a pecadores y prostitutas…, lo que les convenció de que Jesús experimentaba a Dios como el mejor Amigo del ser humano, que solo busca nuestro bien y solo se opone a lo que nos hace daño. Los seguidores de Jesús nunca pusieron en duda que el Dios encarnado y revelado en Jesús es Amor y solo Amor hacia todos.

José Antonio Pagola