Bautizados ya

Sumergidos en la muerte de Jesús

Jesús marcha hacia Jerusalén, hacia el bautismo de fuego. Cuando haya hecho la oblación de su vida a Dios, será difundido el Espíritu sobre la tierra. «Id, bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

Pedro dirige «una especie de encíclica» a los cristianos sometidos a la prueba y acechados por el desaliento, para repetirles el secreto de su esperanza. Sumergidos en la muerte de Jesús, han visto ya la herencia que no conocerá destrucción ni envejecimiento. «¿Sois capaces de bautizaros con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? – Lo somos». Seguir a Jesús es entrar en su bautismo.

Bautismo de los pobres. Para ser bautizado, Jesús se presentará desnudo, despojado de todo. Bautizarse significa abandonar los vestidos y dejarse introducir desnudo en las aguas sin más recurso que tender las manos. Jesús se va; es necesario que el Hijo del hombre suba a Jerusalén para que se cumpla la Escritura. Nosotros necesitamos entrar en el proyecto de Dios; al ser bautizados, anticipamos ya lo que se nos promete. Bautismo en la fidelidad de Dios: el mundo antiguo ha pasado y ha nacido ya un mundo nuevo. Bautismo en una fe que no tiene otra justificación que la palabra de gracia. Bautismo en la sangre: Jesús sube al Calvario. «Si se da a sí mismo en expiación, justificará mi Siervo a muchos» (Is 53). Así somos bautizados en el amor y en la vida entregada hasta el fin. Bautismo del grano que muere para dar fruto, y fruto abundante. Bautismo de quien se ofrece a sí mismo para presentar a Dios la tierra de los hombres como ofrenda viva. Somos bautizados por la intercesión, casa abierta a todos los peligros para que aparezcan la esperanza y la vida.

«Jesús replicó: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? Contestaron: Lo somos. Jesús les dijo: El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo voy a ser bautizado» (Mc 10, 38-39).