Mc 14, 12-16. 22-26 (Evangelio Domingo del Corpus Christi)

Los evangelios Sinópticos relatan de un modo muy similar los últimos acontecimientos de la vida de Jesús junto a sus discípulos: su Pasión y muerte. Probablemente para estos episodios utilizaron una posible fuente (oral o escrita), llamada por algunos “pasión premarquiana”, a la que cada uno de ellos añadió (o eliminó) pasajes o detalles, según la perspectiva que querían ofrecer de un mismo acontecimiento. Fruto de esto es que los relatos, ya desde los primeros hechos, coincidan enormemente: la Cena pascual y los preparativos de la misma dan comienzo en los tres a la Pasión y muerte del Señor.

Durante las fiestas de la Pascua, Jerusalén se llenaba de peregrinos que acudían a la ciudad para celebrar estos días centrales en la vida del judaísmo. Los habitantes de la ciudad solían ofrecer a sus familiares y amigos un lugar donde juntarse para realizar los ritos prescritos para esta fiesta. También algunos ponían a disposición de los visitantes en general, habitaciones o locales donde celebrar la Pascua. En este contexto de preparativos comienza la narración de la Pasión del Señor.

Jesús ordena a los discípulos que preparen todo para la cena. Los imperativos que utiliza ponen de manifiesto que él domina la es- cena: «id a la ciudad», «seguid a aquel hombre» y «preparad la cena». De este modo se quiere resaltar que Jesús es plenamente consciente de lo que va a suceder en la ciudad, cosa que los discípulos aún no han comprendido. Jesús asume con total libertad el plan que el Padre ha trazado para él; cumplir su voluntad hasta el extremo de dar la vida en la entrega de la cruz.

Una vez que todo está preparado, Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos. El ambiente es de fiesta, de familiaridad y cercanía, de con- fianza; pero, a la vez, hay un tono de incertidumbre, de tristeza, de tensión, como queda reflejado en el anuncio de la traición de Judas, nada más comenzar la cena. Marcos va a lo esencial; su relato de la cena es sobrio, probablemente por el uso litúrgico que las primeras comunidades cristianas hacían de este relato.

Los gestos y palabras ponen de manifiesto que es el propio Jesús quien se entrega como auténtico y definitivo alimento: «Esto es mi cuerpo», «Esta es mi sangre». Se recuerdan aquí los gestos y palabras que los discípulos contemplaron en la multiplicación de los panes, pero ahora referidos a Jesús mismo, no al pan, alimento para el camino. El “cuerpo” no es solamente la materialidad exterior de la persona; se trata de “la totalidad de la persona”. «Comer mi cuerpo, la persona de Jesús» es invitación a entrar en comunión total con Él, no de forma simbólica, sino en total y absoluta comunión de vida; hacerse uno con él.

A continuación, Jesús refiere el gesto sobre la copa de vino a su propia sangre. Por medio de la sangre de los novillos sacrificados, Dios estableció su alianza con el pueblo en el desierto, una alianza de fidelidad, signo de la liberación efectuada por Dios. Ahora, Jesús es el signo de la nueva alianza que Dios sella con toda la humanidad. La salvación de Dios está vinculada a la sangre derramada del Hijo Unigénito.

Derramar la sangre, además, dispone al discípulo para entender el significado de la cruz. La entrega de la vida hasta el extremo es la señal de la salvación definitiva realizada por Dios. Entrar en comunión con Jesús (comer su cuerpo y beber su sangre) significa formar parte del nuevo pueblo de la alianza y acoger el propio destino de Jesús.

Óscar de la Fuente de la Fuente