Martes VIII de Tiempo Ordinario

Hoy es martes, 29 de mayo.

Cuando nos encontramos con Jesús, el tiempo se detiene, porque encontramos a aquella persona que queremos de verdad. No es un minuto más, no es un rato más. Necesitamos que sea el momento fundante del día. Aquel momento que implica dar sentido a todo lo demás, con sencillez, pero con generosidad, me preparo para darme cuenta de la presencia de Dios en mi vida. Él está presente, ahora y aquí.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 10, 28-31):

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros.»

El encuentro personal con Jesús, altera el orden de las cosas. Pero altera el orden de las cosas que nos habíamos fabricado artificialmente sin Dios. Dios le da la vuelta a todo porque le da un sentido nuevo.

Y llega ese momento, ese día concreto y hora concreta, en que Jesús me mira y me llama por mi nombre. Jesús me conoce y me lo pide todo y lo hace porque está convencido de que puedo darlo todo. Él sí lo está y me llama por mi nombre, confiando de forma absoluta e incondicional en mis capacidades. Acariciando mis debilidades para transformar mi existencia en algo radicalmente nuevo.

Al probar un poco de esta bendición, me doy cuenta de que seguir a Jesús no consiste en rechazarlo todo. Más bien consiste en abrirse a todo, especialmente a lo más sorprendente y saliendo de mí, será cuando mejor llegue al corazón de la existencia.

El Señor nos da la oportunidad de volver a saborear el texto. Vuelvo a abrir el corazón a su palabra.

El diálogo es el mejor camino para relacionarnos con aquel a quien amamos. Poner palabra, arriesgarse a formular, lanzarse a decir, te quiero Señor, ven a mí, porque sé que con Jesús a mi lado, nada malo puede pasar. Le confío mi corazón al Señor para que lo transforme en amor puro a los demás.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.