I Vísperas – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LOS PUEBLOS QUE MARCHAN Y LUCHAN

Los pueblos que marchan y luchan
con firme tesón
aclamen al Dios de la vida.
Cantemos hosanna que viene el Señor.

Agiten laureles y olivos,
es Pascua de Dios,
mayores y niños repitan:
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»

Jesús victorioso y presente
ofrece su don
a todos los justos del mundo.
Cantemos hosanna que viene el Señor.

Resuenen en todo camino
de paz y de amor
alegres canciones que digan:
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»

Que Dios, Padre nuestro amoroso,
el Hijo y su Don
a todos protejan y acojan.
Cantemos hosanna que viene el Señor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Salmo 140, 1-9 – ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Señor, te estoy llamando, ven de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos;
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo opondré mi oración a su malicia.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Ant 2. Tú eres mi refugio y mi heredad, Señor, en el país de la vida.

Salmo 141 – ORACIÓN DEL HOMBRE ABANDONADO: TU ERES MI REFUGIO

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Me vuelvo a la derecha y miro:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi heredad en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú eres mi refugio y mi heredad, Señor, en el país de la vida.

Ant 3. El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo, por los siglos de los siglos.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo, por los siglos de los siglos.

LECTURA BREVE   Rm 11, 33-36

¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es origen, camino y término de todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

V. Cuántas son tus obras, Señor.
R. Cuántas son tus obras, Señor.

V. Y todas las hiciste con sabiduría.
R. Tus obras, Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Una mujer enferma tocó el vestido de Jesús y, al instante, notó en su cuerpo que estaba curada.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Una mujer enferma tocó el vestido de Jesús y, al instante, notó en su cuerpo que estaba curada.

PRECES

Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, y supliquémosle diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que abunde en la tierra la justicia
y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte de tu reino
y que el pueblo judío sea salvado.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
y que sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que quisiste hacernos hijos de la luz por la adopción de la gracia, concédenos que no seamos envueltos por las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 30 de junio

Lectio: Sábado, 30 Junio, 2018
Tiempo Ordinario
  
1) Oración inicial
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Mateo 8,1-4
Cuando bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto, un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: «Señor, si quieres puedes limpiarme.» Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Y al instante quedó limpio de su lepra. Y Jesús le dice: «Mira, no se lo digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio.»
3) Reflexión
• En los capítulos de 5 a 7 oímos las palabras de la nueva Ley proclamada por Jesús en lo alto de la Montaña. Ahora en los capítulos 8 y 9, Mateo muestra como Jesús practicaba aquello que acababa de enseñar. En los evangelios de hoy (Mt 8,1-4) y de mañana (Mt 8,5-17), vamos a ver de cerca los siguientes episodios que revelan como Jesús sanaba: la curación de un leproso (Mt 8,1-4), la curación del siervo del centurión romano (Mt 8,5-13), la curación de la suegra de Pedro (Mt 8,14-15) y la curación de numerosos enfermos (Mt 8,14-17).
• Mateo 8,1-2: El leproso pide: “¡Señor, si quieres puedes limpiarme!” Un leproso llega cerca de Jesús. Era un excluido. Quien le tocaba quedaba impuro. Por esto, los leprosos debían ser alejados (Lv 13,45-46). Pero aquel leproso tiene mucho valor. Transgredió las normas de la religión para poder entrar en contacto con Jesús. al llegar cerca, dice: ¡Si quieres, puedes limpiarme! O sea: no precisas tocarme. Basta con que el Señor lo quiera, para que yo quede limpio.” Esta frase revela dos enfermedades: 1) la enfermedad de la lepra que lo volvía impuro; 2) la enfermedad de la soledad a la que era condenado por la sociedad y por la religión. Revela asimismo la gran fe de ese hombre en el poder de Jesús.
• Mateo 8,3: Jesús lo toca y dice: ¡Quiero! Sé purificado. Profundamente compadecido, Jesús cura las dos enfermedades. Primero para curar la soledad, antes de decir cualquier palabra, toca al leproso. Es como si dijera: “Para mí, tú no eres un excluido. No tengo miedo en quedarme impuro si te toco. ¡Te acojo como hermano!” Luego cura la lepra diciendo: ¡Quiero! ¡Queda limpio! El leproso, para poder entrar en contacto con Jesús, había transgredido las normas de la ley. Asimismo, Jesús para poder ayudar a aquel excluido y, así, revelar un nuevo rostro de Dios, transgrede las normas de su religión y toca al leproso.
• Mateo 8,4: Jesús ordena al hombre que vaya a conversar con los sacerdotes. En aquel tiempo, para que un leproso fuera admitido en la comunidad, necesitaba tener un certificado de curación confirmado por un sacerdote. Es como hoy. El enfermo sale del hospital solamente si tiene un certificado de alta firmado por el médico. Jesús obliga al fulano a que busque el documento, para poder convivir con normalidad. Obligó a las autoridades a que reconocieran que el hombre había sido curado. Jesús no solamente cura, sino que quiere que la persona curada pueda convivir. Reintegra a la persona en la convivencia fraterna. El evangelio de Marcos añade que el hombre no se presentó a los sacerdotes. Por el contrario “el hombre en cuanto salió, empezó a hablar y a contar detalladamente todo el asunto. Resultó que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afuera, en lugares apartados (Mc 1,45). ¿Por qué Jesús no podía entrar ya públicamente en una ciudad? Había tocado al leproso y ante las autoridades religiosas y ante la ley de la época se había vuelto impuro. Por eso, ahora, Jesús mismo era un impuro y tenía que ser alejado de todos. No podía entrar en las ciudades. Pero Marcos muestra que a la gente poco le importaban estas normas oficiales, pues ¡de todas parte venían donde Jesús! ¡Subversión total! El recado que Marcos nos da es éste: para anunciar la Buena Nueva de Dios a la gente, no hay que tener miedo a transgredir las normas religiosas que son contrarias al proyecto de Dios y que impiden la fraternidad y la vivencia del amor. Aunque esto traiga dificultades para la gente, como le ocurrió a Jesús.
• En Jesús, todo es revelación de aquello que ¡lo anima por dentro! El no sólo anuncia la Buena Nueva del Reino. El mismo es una muestra, un testimonio vivo del Reino, una revelación de Dios. En el aparece aquello que acontece cuando un ser humano deja reinar a Dios, le deja ser el centro de su vida.
4) Para la reflexión personal
• En nombre de la Ley de Dios, los leprosos eran excluidos, no podían convivir. En nuestra Iglesia existen costumbres y normas no escritas que, hasta hoy, marginan a las personas y las excluyen de la convivencia y de la comunión. ¿Conoces a personas así? ´¿Qué opinas con relación a esto?
• Jesús tuvo el valor de tocar al leproso. ¿Tú tendrías ese valor?
5) Oración final
Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza;
en Yahvé se gloría mi ser,
¡que lo oigan los humildes y se alegren! (Sal 34,2-3)

Salir al descubierto

Ensambladura

Dice que ha tenido alguna duda respecto a hablar del asunto referido a la hija del jefe de la sinagoga (Santiago, que estaba como siempre a mi lado, antes incluso de que el predicador explicase aquel quehacer, había decidido que era el equivalente al presidente del consejo parroquial, que era yo…), o de la historia que tenía como protagonista a la pobre mujer que padecía flujos de sangre (y aquí, viendo encenderse la cara habitualmente cérea de la señorita Evelina, entendí que estaba preocupada, temiendo que el cura ilustrase con detalle ese tipo de enfermedad femenina).

Al final, nuestro párroco ha llegado a la conclusión de que no podía separar ambos episodios, además porque Marcos, en su relato, los había ensamblado el uno dentro del otro, por lo que era necesario tomarlos en bloque.

En efecto, tenían un tema común: la fe. Fe de Jairo, puesta a dura prueba en el momento en que le llevan la noticia de que ya no hay nada que hacer, desgraciadamente la muerte llegó antes, mejor dejarlo en paz… Y Jesús que se preocupa para que éste no decaiga respecto a esa condición esencial para el milagro: «No temas; basta que tengas fe».

Fe intrépida de la mujer que realiza un gesto que puede ser considerado como supersticioso por los teólogos refinados (y exigentísimos respecto a la fe ajena), pero que Jesús cataloga sin dudas en el registro de la fe: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz…» (yo añadiría: y no te preocupes del juicio de los teólogos que pretenderían — de los demás— una fe purísima, sin contaminaciones ni incustraciones puramente humanas).

Los gastos para un suministro de velas

Pero el predicador ha seguido adelante en su análisis agudo y ha puesto en evidencia un aspecto particular que une la fe tanto de aquel hombre importante como de la humilde mujer: el coraje de arrancarse de los condicionamientos ajenos y tomar una decisión personal.

El jefe de la sinagoga debe haber superado, no sin alguna dificultad, el obstáculo de sus colegas que seguramente han intentado por todos los medios disuadirlo de dar un paso que tenía el peligro de comprometer la honorabilidad de su categoría (¿ir a ese curandero?… No somos como la gente andrajosa y credulona que va detrás de él).

Y él insiste en su opción audaz incluso cuando todo parece ya terminado y las personas con sentido común le sugieren que desista, que sea razonable, ya no es el caso de «molestar al Maestro» (un consejo que esconde una discreta dosis de hipocresía).

La mujer ha roto el cerco de su clan familiar que hasta ahora la tenía como secuestrada, como rehén, impidiéndole cualquier decisión autónoma. Por lo que ella se veía obligada a someterse a sus opciones, a hacerse simplemente objeto de sus cuidados. Con el resultado de dilapidar un patrimonio en médicos y medicinas, sin conseguir mejorar, es más, agravando su situación y multiplicando sus sufrimientos.

El párroco, en verdad, con mucha suavidad, se ha referido delicadamente al asunto de los médicos y de sus prescripciones ineficaces, y quizás también contradictorias, por delicadeza con el doctor Lino, presente en los primeros bancos, que no merece ciertamente que se haga sarcasmo a su costa. Pero Marcos habla duramente, sin excesivos miramientos hacia los profesionales a quienes está encomendado el cuidado de nuestra salud. La mujer daba la impresión de haber tenido un arrebato de rebelión: «¡Basta! Desde ahora me preocupo yo. Sé a quien debo ir. Por favor, dejadme en paz. Os lo agradezco y nos veremos después de la curación».

A mí me recordaba la historia, que todavía se cuenta en el pueblo, de la señora Leticia. Bastante entrada en años, y atrapada en algún mal inevitable, debió hacer, en cierto momento, sus cuentas. A pesar de la edad, conservaba una extraordinaria lucidez cuando se trataba de cifras y de dinero. Comprobado lo que gastaba en farmacia y en visitas médicas, había llegado a la conclusión de que, con la décima parte de aquella suma, podía comprar una gran caja de velas (prácticamente, el suministro de una catedral) para encender cada día ante la imagen de san Antonio.

Apostilla: algunos de aquellos cirios, que quedaron en el fondo de la caja, fueron colocados en torno a su féretro. Pero esto, obviamente, ella no lo había previsto.

Dejemos en paz la historia de la señora Leticia, que puede unirse sólo marginalmente a la de la mujer de quien habla el evangelio y que hace estar en ascuas a la púdica señorita Evelina, capaz —la hemorroísa— de «rozar» personalmente al directo Interesado, sin recurrir a intermediarios, como es el caso de la difunta señora Leticia. Quede claro que la fe comporta una decisión personal.

Es necesario, en un momento dado, hacer una elección precisa, romper con las costumbres, salir de los raíles de la racionalidad, y dar un paso decisivo que nadie puede dar en nuestro lugar. Hay que salir al descubierto, salirse de entre la multitud y de su gran paraguas protector.

La masa se revela constitutivamente incapaz de tomar decisiones. Como mucho puede entusiasmarse, abandonarse a la emotividad, dejarse arrastrar. Pero, para llegar a la salvación, es indispensable que salte algo dentro de cada persona. Es necesario que cambie el ritmo de los latidos del corazón de cada individuo.

Jesús, apretado y casi aplastado por la multitud, sólo reacciona cuando se siente «tocado» por una persona. Única a sus ojos.

El secreto del milagro

Por mi cuenta he añadido una consideración sobre el secreto de los dos milagros. La gente ocupa la escena, pero queda excluida de lo más importante.

Nadie se da cuenta del gesto clandestino de la mujer víctima de aquella enfermedad penosa. Nadie, entre la gente, se percata de lo que ha sucedido entre ella y el Maestro, que la manda a casa, y ciertamente no para pregonar el prodigio.

Después, en la casa de Jairo, Jesús mismo es quien se encarga de desalojar a los curiosos alborotadores. Y, al final, después de haber dado las disposiciones para que den de comer a la niña (llamada a la vida, ahora corre el riesgo de que muera de hambre…), impone «con insistencia» que el evento permanezca secreto.

Ningún clamor publicitario, nada de hacerlo público… La firma de Dios —como alguien ha dicho— es la discreción.

La fe era necesaria antes del milagro y la tenían los interesados directos. Una fe que brote después, desde la onda emotiva, sería de una calidad más bien dudosa.

La fe es el camino obligado que lleva, a veces, al milagro. Pero el milagro no es casi nunca el camino que lleva a la fe.

No hay necesidad de aprender de Pablo

Dejada de lado la primera lectura (con esa frase enigmática acerca de la muerte «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo»: lo volveremos a oír dentro de tres años…), el cura ha hecho una vaga referencia —poco más que una alusión rápida— al asunto de la colecta patrocinada por Pablo para la comunidad de Jerusalén que se debatía entre estrecheces económicas.

Con la aportación decisiva de mi hija teóloga, he conseguido reconstruir el asunto que despertaba en mí mucha curiosidad. Hemos establecido que:

1. Pablo no sueña de ninguna manera con pedir un tanto por ciento sacado de las cajas del erario público. El emperador, por motivos obvios, estaba sordo de ese oído.

2. El apóstol, para estimular a los cristianos reacios de Corinto, recurre a dos argumentos: uno de lo alto y otro sacado de abajo. Hace referencia nada menos que a la generosidad de Jesús («siendo rico…»), pero sobre todo al ejemplo conmovedor dado por la Iglesia más miserable, la de Macedonia. Como diciendo: si os encontráis en necesidad, id a llamar con golpe seguro a las puertas de los pobres, y tendréis motivo de sorpresa (y también, un poco, de vergüenza).

3. Pablo, leyendo entre líneas, ni siquiera ahorra una sutil ironía de cara a los miembros de la comunidad de Corinto: vosotros que «sobresalís en todo… en la palabra, en el conocimiento, en el empeño…», intentad también sobresalir, cuando se dé el caso, en el abrir la bolsa. Palabrería y discusiones no valen para dar de comer a los hermanos de fe que están en Jerusalén.

También hoy, para salvarnos del alud palabrero y papelero, que también en el ambiente cristiano nos quiere arrollar, no queda más que pedir, como hace Pablo, la prueba de los hechos.

4. Finalmente el apóstol deja entender que la limosna no es otra cosa que un elemental deber de justicia: «se trata de nivelar». No se trata, pues, de portarse como benefactores, a quienes dedicar lápidas y monumentos. Lo que damos es, en la mayor parte de los casos, una simple restitución, para restablecer el equilibrio.

Es interesante, de todas maneras, la estrategia adoptada por Pablo para remover la resistencia de aquella comunidad. Lástima que el predicador no lo haya señalado como me parece que debía. Evidentemente los curas, cuando se trata de recoger dinero para sus obras, no necesitan recibir sugerencias de Pablo. Sus técnicas son mucho más modernas. Ojalá quiera el cielo que lo sean también en otros campos…

A. Pronzato

30 de junio – Sagrado Corazón

LAS ESPINAS

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios, que por medio del Corazón de tu Hijo, herido por nuestras culpas, te dignas, en tu misericordia infinita, darnos los tesoros de tu amor; te pedimos nos concedas que, al presentarte el devoto obsequio de nuestra piedad, le ofrezcamos también el homenaje de una digna satisfacción. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

CONSIDERACIÓN DEL DÍA

Espina es para el Corazón de Jesús ver la falta de cristianos en los templos y la abundancia de ellos en centros de diversiones mundanas. El Corazón de Jesús ama, y no es amado. ¿Qué haces tú?

LETANÍAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Padre Eterno, Dios de los cielos, ten piedad de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros

Corazón de Jesús, Hijo del Eterno Pa­dre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, templo santo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, tabernáculo del Al­tísimo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hoguera ardiente de caridad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, asilo de justicia y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien están to­dos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, deseo de los eter­nos collados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paciente y de mu­cha misericordia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rico para todos los que te invocan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, saciado de opro­bios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte, Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, perforado por una lanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de toda con­solación, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, víctima de los pecadores, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, perdónanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, escúchanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, ten piedad de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

 

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, mira el corazón de tu amadísimo Hijo y las alabanzas y sa­tisfacciones que te dio en nombre de los pecadores, y concede propicio el perdón a los que imploran tu misericordia, en nombre de tu mismo Hijo Jesucristo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, que tus santos misterios infundan en nosotros el fervor divino, con el que, recibida la bondad de tu dulce Corazón, aprendamos a despreciar lo terreno y amar lo celestial. Tu que vives y reinas por siglos infinitos. Amén.

Ecclesia in Medio Oriente

100. El corazón de María, Théotokos y Madre de la Iglesia, fue traspasado (cf. Lc 2,34-35) a causa de la «contradicción» que ha traído su divino Hijo, es decir, por la oposición y la hostilidad a la misión de luz que Cristo afrontó, y que la Iglesia, su Cuerpo místico, sigue viviendo. María, a la que toda la Iglesia venera con ternura, tanto en Oriente como en Occidente, nos asistirá maternalmente. María, la Toda Santa, que caminó entre nosotros, sabrá presentar nuevamente nuestras necesidades a su divino Hijo. Ella nos ofrece a su Hijo. Escuchémosla, porque nos abre a la esperanza: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).

Beirut, Líbano, 14 de septiembre de 2012, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, octavo año de mi Pontificado.

BENEDICTUS PP. XVI

Domingo XIII de Tiempo Ordinario

1. Palabra

Cuando uno no se pierde en los detalles anecdóticos, buscando el «milagrito», el Evangelio de hoy sobrecoge. En torno a Jesús surgen la vida, la muerte es vencida, los sin-esperanza renacen.

Hay verbos que, dichos por Jesús, adquieren resonancias profundas: ¿Quién me ha tocado? Tu fe te ha curado. No temas. Levántate…

La primera lectura resuena, igualmente, como una fiesta: Dios no hizo la muerte. Todo lo creó para que subsistiera…

2. Vida

«Celebrar la vida» debería ser una consigna de los cristianos. El Reino, en este sentido, no es más que la vida en auge, surgiendo misteriosamente del caos, frágil y victoriosa, en su riqueza multiforme, desde la vida biológica hasta la vida del Espíritu Santo.

El cristiano la afirma en el seno de la madre, frente a todas las amenazas del capricho o de la irresponsabilidad. Pero no hace del aborto un arma demagógica, pues sabe del sufrimiento del hijo no deseado.

La sigue afirmando en el condenado a muerte, cuando la sociedad se erige en juez último del derecho a existir de las personas.

Y vive dolorosamente los conflictos de conciencia. Si se trata de sí mismo, está dispuesto a no matar en defensa propia; pero, ¿qué hacer cuando un tirano desencadena el horror sistemático de la muerte y la esclavitud?

El cristiano celebra la vida nueva que surgió de la muerte de su Mesías injustamente condenado a morir crucificado. Ahí aprende a leer el misterio de la vida, tan cercano siempre a la muerte. Pues la vida está esencialmente ligada al amor, y ¿en qué consiste amar sino en dar la vida libremente hasta la muerte?

Por eso, celebrar la vida es esperar contra toda esperanza en la victoria de la vida sobre la muerte. Esta aparece siempre más poderosa, porque la violencia es su rostro, y ¡el amor parece tan débil!

Reflexiona sobre esta ética de la vida, y aplícala a situaciones concretas.

Javier Garrido

El Señor de la vida

1. Es lógico que el pueblo enfermo y dolorido se dirija a Dios pidiéndole la salud propia o la de sus hijos. Así lo hicieron las gentes con Jesús, según narra el evangelio. Por ser dirigidas a Dios, se justifican las oraciones de los fieles, que son preces de petición expresadas después de las lecturas y de la profesión de fe. Naturalmente, queda para el final la plegaria de acción de gracias u oración eucarística.
 

2. Cuando una persona es buena de verdad y tiene Espíritu de Dios, brota vida de su interior. La fe es dinamismo vital. Sin fe no hay curación; habría magia. Las curaciones de Jesús son reveladas a sus discípulos como muestras de la acción de Dios, que no discrimina a quien le pide, pero que da la salud a quien lo hace con fe, con confianza en la voluntad de Dios.
 

3. La mujer curada se va «en paz», con plenitud interior y exterior de deseos de vida plena y compartida; la niña «se puso en pie y echó a andar», que equivale a resucitar a una nueva vida, vida de conversión.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Qué tipo de peticiones le hacemos a Dios y en qué momentos?

Casiano Floristán

La sinceridad de la caridad

La caridad es el amor como un compartir. Jesús nos indica el camino.

Del anonimato a la identidad

El jefe de la sinagoga es mencionado por su nombre; indicación, tal vez, de que había un contacto personal con él. Jairo forma parte del grupo social que rechaza a Jesús, pero como persona se acerca al Señor. Su hija se muere, le pide que le dé la vida. No se dice lo que Jesús responde, simplemente Jairo se pone en camino con él (cf. Mc 5, 23-24).

La multitud estaba allí también. Marcos intercala otro episodio. Una escena bella y tierna. Una mujer padece una enfermedad que en las categorías de la época significaba impureza; había, además, gastado todo lo que tenía en su deseo de curarse (cf. v. 25-26). Marginada por mujer, por enferma y por pobre, se acerca humildemente a Jesús, no se atreve a dirigirle la palabra. Piensa para sus adentros que quizá baste tocar sus vestidos y sanará casi sin que él se entere, intenta robarle un milagro (cf. v. 27-28). Su proyecto dio resultado. Toca a Jesús y recupera la salud. Pero la relación con el Señor ha de ser siempre personal, el diálogo completa el sentido del gesto.

«¿Quién me ha tocado el manto?» (v. 30). La pregunta parece ingenua a sus discípulos, con tanta gente apretujando cualquiera podría ser. Pero Jesús sabe lo que hace, da a la mujer la oportunidad de salir del anonimato al que le habían confinado la marginación y el desprecio que sufría. No la señala en medio de la multitud, es ella la que se presenta y habla «asustada y temblorosa»; pero acogida en su persona y en su dignidad «le confesó todo»(v. 33). El Señor valora su fe y su coraje: «Tu fe te ha curado; vete en paz» (v. 34); tú lo has hecho con la confianza que depositaste en mí, recibe ahora la paz, le dice. Le da la salud corporal (queda curada) y social (sale de su situación de marginada). Tener fe es tener vida.

Dios no hizo la muerte

De vida trata la continuación del episodio de la hija de Jairo. Acaba de morir, el asunto parece cerrado (cf. v. 35). No para Jesús. La fe está por encima de la muerte; más todavía, la fe es victoria sobre la muerte. De allí el consejo a Jairo: «No temas» (v. 36); en el evangelio el miedo se opone a la fe. Jesús no busca lo espectacular, al contrario quiere disminuir la importancia de lo que va a hacer: «La niña no está muerta; está dormida» (v. 39). El Señor le da la vida, ella se levanta, y —apunte más importante de lo que parece— Jesús sugiere que le den de comer. Esto forma parte del derecho a la vida de toda persona.

Los amigos de la muerte (cf. Sab 1, 16) niegan ese derecho a muchos en el mundo de hoy. Los textos de este domingo nos recuerdan la voluntad de vida que nos anuncia Jesús. Por ello ante la necesidad que padecen los hermanos, Pablo pide a los cristianos de Corinto que compartan lo que tienen. Con delicadeza les dice que no les da una orden, les está sugiriendo solamente un gesto concreto para que prueben la sinceridad de su caridad (cf. 2 Cor 8, 8). Ese compartir con quien tiene necesidad, hará que haya «nivelación» (v. 14). Eso fue lo que hizo el Señor con la mujer enferma y con la hija de Jairo.

Gustavo Gutiérrez

La fe de la mujer

La escena es sorprendente. El evangelista Marcos presenta a una mujer desconocida como modelo de fe para las comunidades cristianas. De ella podrán aprender cómo buscar a Jesús con fe, cómo llegar a un contacto sanador con él y cómo encontrar en él la fuerza para iniciar una vida nueva, llena de paz y salud.

A diferencia de Jairo, identificado como “jefe de la sinagoga” y hombre importante en Cafarnaún, esta mujer no es nadie. Solo sabemos que padece una enfermedad secreta, típicamente femenina, que le impide vivir de manera sana su vida de mujer, esposa y madre.

Sufre mucho física y moralmente. Se ha arruinado buscando ayuda en los médicos, pero nadie la ha podido curar. Sin embargo, se resiste a vivir para siempre como una mujer enferma. Está sola. Nadie le ayuda a acercarse a Jesús, pero ella sabrá encontrarse con él.

No espera pasivamente a que Jesús se le acerque y le imponga sus manos. Ella misma lo buscará. Irá superando todos los obstáculos. Hará todo lo que puede y sabe. Jesús comprenderá su deseo de una vida más sana. Confía plenamente en su fuerza sanadora.

La mujer no se contenta solo con ver a Jesús de lejos. Busca un contacto más directo y personal. Actúa con determinación, pero no de manera alocada. No quiere molestar a nadie. Se acerca por detrás, entre la gente, y le toca el manto. En ese gesto delicado se concreta y expresa su confianza total en Jesús.

Todo ha ocurrido en secreto, pero Jesús quiere que todos conozcan la fe grande de esta mujer. Cuando ella, asustada y temblorosa, confiesa lo que ha hecho, Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. Esta mujer, con su capacidad para buscar y acoger la salvación que se nos ofrece en Jesús, es un modelo de fe para todos nosotros.

¿Quién ayuda a las mujeres de nuestros días a encontrarse con Jesús? ¿Quién se esfuerza por comprender los obstáculos que encuentran en la Iglesia actual para vivir su fe en Cristo “en paz y con salud”? ¿Quién valora la fe y los esfuerzos de las teólogas que, sin apenas apoyo alguno y venciendo toda clase de resistencias y rechazos, trabajan sin descanso por abrir caminos que permitan a la mujer vivir con más dignidad en la Iglesia de Jesús?

Las mujeres no encuentran entre nosotros la acogida, la valoración y la comprensión que encontraban en Jesús. No sabemos mirarlas como las miraba él. Sin embargo, con frecuencia, ellas son también hoy las que con su fe en Jesús y su aliento evangélico sostienen la vida de nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 30 de junio

Lo que leemos en el Evangelio de hoy, lo decimos cada vez que celebramos la Eucaristía mirando a Jesús Sacramentado en el Pan que el sacerdote expone ante nuestros ojos en el momento previo de la comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una Palabra tuya bastará para sanarme”.

Esta fe del centurión es la que Jesús admira y nos pone como modelo. Creer. El poder de la fe mueve montañas, cura heridas, hace milagros, porque el amor es la fuerza más potente del mundo. Y creer en Jesús es creer en su Amor sobre nosotros y el resto de la creación.

Por eso, atrévete a tener una fe grande, un corazón muy confiado en Jesús, una mirada profunda que vea más allá de la superficie, una esperanza que nadie la pueda destruir, una luz que ilumine siempre tu camino…, que se cumpla lo que crees. Es el regalo de nuestra fe. Hoy puedes decirle a Jesús con un corazón confiado: “Señor, aumenta mi fe”. Te irá muy bien.

María es el mejor modelo de fe. Ella con su vida nos muestra que quien confía en Dios, no queda nunca defraudado. Incluso en la noche, la fe de María nos ayuda a seguir buscando la luz que encontró el centurión y ha iluminado el camino de tantos hombres y mujeres en la historia. Que ella  nos ayude a creer en Su Palabra.

Juan Lozano, cmf