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Archive for 2/06/18

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: PUBLICA, LENGUA Y CANTA

Publica, lengua, y canta
el misterio del cuerpo glorioso
y de la sangre santa
que dio por mi reposo
el fruto de aquel vientre generoso.

A todos nos fue dado,
de la Virgen purísima María
por todos engendrado;
y mientras acá vivía
su celestial doctrina esparcía.

De allí en nueva manera
dio fin maravilloso a su jornada
la noche ya postrera,
la noche deseada,
estando ya la cena aparejada.

Convida a sus hermanos,
y, cumplida la sombra y ley primero,
con sus sagradas manos
por el legal cordero
les da a comer su cuerpo verdadero.

Aquella criadora
Palabra, con palabra, sin mudarse,
lo que era pan agora
en carne hace tornarse
y el vino en propia sangre trastornarse.

Y puesto que el grosero
sentido se acobarda y desfallece,
el corazón insano
por eso no enflaquece,
porque la fe le anima y favorece.

Honremos pues, echados
por tierra, tan divino sacramento,
y queden desechados,
pues vino el cumplimiento,
los ritos del antiguo Testamento.

Y si el sentido queda
pasmado de tan alta y nueva cosa,
lo que él no puede pueda,
ose lo que él no osa,
la fe determinada y animosa.

¡Gloria al Omnipotente,
y al gran Engendrador y al Engendrado,
y al inefablemente
de entrambos inspirado
igual loor, igual honor sea dado! Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Señor es clemente, él da alimento a sus fieles en memoria de sus maravillas.

Salmo 110 – GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su poder,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor es clemente, él da alimento a sus fieles en memoria de sus maravillas.

Ant 2. El Señor da la paz a su Iglesia, la sacia con flor de harina.

Salmo 147 – RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor da la paz a su Iglesia, la sacia con flor de harina.

Ant 3. Yo os digo con toda verdad: Moisés no os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aleluya.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo os digo con toda verdad: Moisés no os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Co 10, 16-17

El cáliz bendito que consagramos es la comunión de la sangre de Cristo; y el pan que partimos es la comunión del cuerpo del Señor. Y, puesto que es un solo Pan, somos todos un solo cuerpo; ya que todos participamos de ese único pan.

RESPONSORIO BREVE

V. Les ha dado pan del cielo. Aleluya, aleluya.
R. Les ha dado pan del cielo. Aleluya, aleluya.

V. El hombre ha comido pan de ángeles.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Les ha dado pan del cielo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Señor, cuán suave es tu Espíritu; para hacer sentir tu dulzura a tus hijos, los llenas de bienes con un pan delicioso que les mandas del cielo; dejas, en cambio, sin nada a los ricos insolentes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, cuán suave es tu Espíritu; para hacer sentir tu dulzura a tus hijos, los llenas de bienes con un pan delicioso que les mandas del cielo; dejas, en cambio, sin nada a los ricos insolentes.

PRECES

Acudamos a Cristo, que invita a todos a su cena y en ella entrega su cuerpo y su sangre para la vida del mundo; digámosle:

Cristo, pan bajado del cielo, danos la vida eterna.

Cristo, Hijo de Dios vivo, que nos mandaste celebrar la eucaristía como memorial tuyo,
enriquece a tu Iglesia con la celebración de tus misterios.

Cristo, Señor nuestro, sacerdote único del Dios altísimo, que has querido que tus ministros te representaran en la cena eucarística,
haz que los que presiden nuestras asambleas imiten en su manera de vivir lo que celebran en el sacramento.

Cristo, maná bajado del cielo, que haces un solo cuerpo de cuantos participan de un mismo pan,
aumenta la unidad y la concordia entre los que creen en ti.

Cristo Jesús, médico enviado por el Padre, que por el pan de la eucaristía nos das el remedio de la inmortalidad y el germen de la resurrección,
da salud a los enfermos y esperanza a los pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo Señor, rey al que esperamos, tu que nos mandaste celebrar la eucaristía para anunciar tu muerte y pedir tu retorno,
haz participar en tu resurrección a los que han muerto estando en tu amor.

Pidamos al Padre, como Cristo nos enseñó, nuestro pan de cada día:

Padre nuestro…

ORACION

Señor nuestro Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Sábado, 2 Junio, 2018

Oración

Oh Señor, Padre bueno y misericordioso. Tú has enviado desde el Cielo a tu Hijo Jesús para revelarnos la autoridad y la dulzura de tu Amor. Envía también sobre nosotros tu Espíritu Santo, como descendió sobre Cristo después del Bautismo en las aguas del Jordán; que al abrirse el cielo y al resonar tu voz de salvación: “Tú eres mi Hijo, el amado”, nuestro corazón no se endurezca ni se cierre, sino que acoja con plena confianza, hoy y siempre, tu luz y tu abrazo de Padre. Amén.  

Lectura

Del Evangelio según San Marcos (11, 27-33)

27 Vuelven a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, 28 y le decían: “¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?” 29 Jesús les dijo: “Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. 30 El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme.” 31 Ellos discurrían entre sí: “Si decimos: “Del cielo”, dirá: “Entonces, ¿por qué no le creísteis?” 32 Pero ¿vamos a decir: “De los hombres?”” Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. 33Responden, pues, a Jesús: “No sabemos.” Jesús entonces les dice: “Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.”

Meditación

* ¿“Con qué autoridad?” La palabra “autoridad” es central en este pasaje y contiene el secreto del camino de fe y de crecimiento espiritual que podemos recorrer al meditar este Evangelio, si nos dejamos guiar por la Palabra. La provocación dirigida a Jesús por sus adversarios conduce de inmediato a apreciar la distancia existente entre Él y ellos, razón por la que no cabe una respuesta. “Autoridad”, en boca de los sacerdotes y de los escribas, indica “poder”, “fuerza”, “dominio”, “capacidad de imponer leyes y de juzgar”. Para Jesús, en cambio, “autoridad” significa otra cosa, como podremos entender si tenemos presente que en hebreo esta palabra procede de la raíz que significa  “hacerse igual a”. De hecho, Jesús manifiesta inmediata y claramente en qué horizonte se mueve Él, hacia dónde camina y hacia dónde nos quiere conducir a nosotros: a ser iguales, a parecernos al Padre, a mantener una relación de amor con Él, como la de un Padre y un hijo.  No por casualidad Él hace inmediatamente alusión al bautismo de Juan…

* “El bautismo de Juan…”. Jesús nos lleva rápidamente y con claridad al punto de partida, a la fuente, allí donde podemos reencontrarnos con nosotros mismos, al encontrarnos con Dios. A orillas del río Jordán, donde Él recibió el bautismo, hay un lugar para nosotros, ya que, encendidos de Amor, descendemos a las aguas como Él, y nos dejamos marcar con el Sello del Espíritu Santo, nos dejamos  alcanzar, visitar y envuelvan por estas palabras: “Tú eres mi Hijo, el amado” (Mc. 1, 11). Jesús nos enseña que no hay otra autoridad, otra grandeza ni otra riqueza, sino sólo ésta.

* “¿Del cielo o de los hombres?”. ¿Queremos estar con Dios o con los hombres, seguirlo a Él o a ellos, entrar en la luz del Cielo que se abre (Mc 1, 10) o permanecer en las tinieblas de nuestra soledad?

* “Respondedme”. Esta palabra de Jesús, repetida dos veces (vv. 29 y 30),  es muy bonita. Jesús pide una elección precisa, una decisión clara, sincera y autentica, a fondo. En griego, el verbo “responder” expresa esta actitud, esta capacidad de distinguir, de discernir bien las cosas. El Señor nos quiere invitar a entrar en lo más profundo de nosotros mismos para dejarnos penetrar por sus palabras y para que de esta manera, aprendamos cada vez mejor, en estrecha relación con Él, a tomar las decisiones importantes de nuestra vida e incluso las del día a día.

Pero este verbo sencillo y hermoso indica aún algo más. La raíz hebrea expresa respuesta y, al mismo tiempo, miseria, pobreza, aflicción y humildad. Es decir, no puede darse una verdadera respuesta sino desde la humildad, desde la escucha. Jesús pide a los sacerdotes y a los escribas, y también a nosotros, entrar en esta dimensión de vida, en esta actitud del alma: hacerse humildes ante Él, reconocer nuestra pobreza, y la necesidad que tenemos de Él, ya que ésta es la única posible respuesta a sus preguntas.

* “Discurrían entre sí”. Estamos ante otro verbo importante que nos ayuda a entender mejor nuestro mundo interior. Discurrir es “hablar a través de“, como se deduce de la traducción literal del verbo griego usado por Marcos. Las personas de este pasaje están rotas por dentro, atravesadas por una herida; ante Jesús, no son de una pieza. Entre ellos hablan aduciendo diversas razones y consideraciones; en vez de entrar en aquella relación y diálogo con el Padre que inauguró en el bautismo de Jesús, permanecen fuera, a distancia, como el hijo de la parábola, que rechaza entrar al banquete del amor cfr. Lc 15, 28). Ellos tampoco creen la Palabra del Padre, que repite de nuevo: “Tú eres mi Hijo, el amado: en ti he puesto mi complacencia” (Mc 1, 11), por eso siguen buscando y reclamando la fuerza de la autoridad y del poder más que la debilidad del amor.

Algunas preguntas

* El Señor me enseña que su autoridad, también en lo que a mí se refiere, no es un dominio, ni una fuerza opresiva, sino amor, capacidad de asemejarse, de hacerse cercano. ¿Deseo acoger esta autoridad de Jesús en mi vida, entrar de verdad en esta relación de hacerme igual a  Él? ¿Estoy dispuesto a dar los pasos que esta elección pide? ¿Estoy decidido a seguir hasta el fondo este recorrido?

* Al considerar el pasaje de este Evangelio, tal vez no sospechaba que me llevaría a considerar la relación con el pasaje del Bautismo y con la experiencia fundamental y motora del trato con Dios Padre. Sin embargo, el Señor ha querido revelarme una vez más su gran amor; él no se echa atrás ante ningún cansancio, ante ningún obstáculo, con tal de alcanzarme. ¿Cómo está, sin embargo, en este momento, ante  Él  mi corazón? ¿Distingo la voz del Padre que me habla y me llama “hijo”, mientras pronuncia mi nombre? ¿Consigo acoger esta declaración de amor suya? ¿Me fío de Él, lo creo, me entrego a Él? ¿Elijo el Cielo, o sigo eligiendo la tierra?

* Pienso que no debo acabar esta meditación sin dar mi respuesta.  Jesús me lo pide expresamente: su “Respondedme” hoy va dirigido también a mí. He aprendido que no puede haber una verdadera respuesta sin una verdadera escucha, y que la verdadera escucha sólo puede nacer de la humildad… ¿Deseo dar estos pasos? ¿Deseo, por el contrario, seguir respondiendo guiado sólo por mis convicciones, por mis viejas maneras de pensar y de sentir, por mi presunción y autosuficiencia?

* Una cuestión final. Al mirar mi corazón por dentro, ¿me veo también yo algo dividido, como los adversarios de Jesús? ¿Llevo en mí alguna herida que me atraviesa y no me permite ser cristiano de una pieza, amigo de Cristo, seguidor suyo? 

Oración final

Los preceptos del Señor alegran el corazón.
La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma;
 el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.
Los mandamientos del Señor son rectos y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.
La voluntad del  Señor es pura y eternamente estable;
los mandamientos del  Señor son verdaderos y enteramente justos.
Más preciosos que el oro, más que el oro fino;
más dulces que la miel de un panal que destila.
(Salmo 18, 8-11)

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En la festividad del Corpus Christi, el día en que la Iglesia propone a sus fieles recordar lo que significa y representa la Eucaristía para todos los creyentes en Jesús el Señor, tendríamos que pensar a fondo lo que está ocurriendo con la misa. ¿Respetamos realmente los cristianos lo que nos dejó dicho Jesús sobre este asunto capital? Jesús, en efecto, dijo: “Haced esto en memoria mía”. Es decir, Jesús nos dejó un mandato que tenemos que respetar y al que no deberíamos jamás quitarle importancia. Porque lo que nos dejó dicho el Señor fue lo siguiente: “Haced esto (lo que yo estoy haciendo) para que os acordéis de mí”. Pero, si somos sinceros, tenemos que preguntarnos: ¿Sigue la Iglesia haciendo lo que hizo Jesús aquella noche? ¿Lo seguimos haciendo nosotros? ¿Nos importa mucho, o poco, si se hace o se deja de cumplir aquella orden que Jesús nos impuso a todos? Jesús nos dejó dicho esto precisamente la noche en que se despedía de los que nos precedieron. Fue su última voluntad. ¿Qué estamos haciendo con aquel deseo y lo que dejó dispuesto Jesús?

Pensemos, por un momento, no en las teologías y los documentos. Vamos a pensar en los hechos. En lo que está pasando en la Iglesia. Es un hecho que la Iglesia ha dispuesto las cosas de manera que, hoy en día, tal como la autoridad eclesiástica ha legislado que se tiene que celebrar la Eucaristía, la consecuencia es que más de la mitad de las parroquias del mundo no tienen, ni pueden tener misa al menos una vez a la semana. La cosa es evidente: en lugar de hacer lo que hizo Jesús aquella noche (compartir mesa y mantel con un grupo que, al menos en principio, se querían), se ha organizado una teología y un ritual, que, tal como se han puesto las cosas, no es posible cumplir el mandato del Señor. Se necesita un sacerdote que haya estudiado, que esté soltero, que sea hombre (y nunca mujer), que tenga la aprobación del obispo (y el obispo la ha de tener de Roma…. ). ¿Estamos seguros de que la Iglesia tiene autoridad (dada por Dios) para hacer lo que está haciendo?

Y lo más preocupante no es lo que está pasando, sino que se ve venir para dentro de pocos años. Se sabe que, en poco tiempo (los últimos diez años), el número de sacerdotes (en la Iglesia católica) ha disminuido en un 45%. En los seminarios no entran jóvenes para ocupar el puesto de los que enferman, se mueren, abandonan el sacerdocio, etc. Esto quiere decir, por lo menos, que el problema se agrava cada año que pasa. ¿Podemos permitir que este estado de cosas se mantenga y se agrave de día en día? Por supuesto, merece todo nuestro respeto y nuestra devoción la procesión del Corpus con lo que ella representa. Pero, si leemos despacio los evangelios, ¿no tendríamos que manifestar nuestro desacuerdo con el esmero que se pone en la observancia de los ritos sagrados, al tiempo que se olvida de forma escandalosa el mandato de Jesús? Y conviene terminar recordando que lo importante no es cenar juntos, sino hacer vida y actualidad lo que representó aquella cena de despedida. Vamos a pensar en eso.

José María Castillo

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Ganas de soñar

¿No os ha ocurrido jamás, en la iglesia, sentiros atrapados por el deseo de soñar? Aclaremos las cosas: no de dormir sino de soñar, que es muy distinto. No sabría precisar si se trata de un deseo legítimo, o de una tentación.

Me pasó el domingo. Y he consentido inmediatamente, antes incluso de las lecturas. He soñado, durante unos minutos, en las hermosas, grandiosas procesiones del día de Corpus de hace unos años, con un alborozo de flores y de colores, las sábanas bordadas colgadas en los balcones, los angelitos con sus alas rígidas, el perfume del incienso, y el cura, sudoroso, que sostenía la custodia, pesada y preciosa, bajo el palio, mientras la gente cantaba a voz en grito: «Cantemos al amor de los amores…».

Pero después comenzó la predicación, y he tenido, de mala gana, que interrumpir el sueño. Nuestro párroco ha arrancado inmediatamente con un ataque frontal, planteando algunas preguntas provocadoras. ¿Cómo es posible que, después de tantas comuniones, después de años y años de participación eucarística, permanezcamos con los mismos defectos y no cambie nada en nuestras vidas? ¿cómo es posible que, después de tantas eucaristías celebradas juntos, la vida de la comunidad parroquial no se desarrolle, no se haga más verdadera, intensa, significativa? ¿existe una diferencia, perceptible para los demás, el día en que no participamos de la eucaristía?

Y terminó su diagnosis descarnada, con esta observación: evidentemente algo no funciona en nuestra manera de concebir la eucaristía, de celebrarla, y sobre todo de vivirla.

Después ha propuesto a nuestra reflexión los «siete verbos» característicos de la eucaristía (he logrado completar la lista, recurriendo a mi ya mala memoria y también a la ayuda de los hijos): tener hambre, compartir la mesa, recordar, entregarse, anticipar, tragar a Jesús (y, en este momento, a la señorita Evelina seguramente le ha dolido la garganta), bendecir.

Se ha detenido sobre todo en el verbo «entregarse», que resulta extraño respecto a nuestra cultura y mentalidad, en las que se conjugan precisamente los opuestos: apropiarse, conservar, retener, acumular, poseer, administrarse. Acostumbrados como estamos a la lógica del cálculo, de la medida y de la cautela, no es fácil entrar en la lógica de la eucaristía, que es la lógica del don (don no sólo de cosas, sino de sí), del perder, del no pertenecerse.

Muy hermosa también la interpretación del verbo «anticipar». Lo ha explicado más o menos así: La eucaristía nos revela cómo deberá ser el futuro: una humanidad reconciliada y fraterna; una mesa para todos, sobre la que circularán el pan y la palabra; una comunidad reunida en torno al Resucitado, participando en su vida. «Acercándose a ella a partir de la experiencia dolorosa de un mundo dividido y fragmentado, nuestra esperanza se rehace al celebrar, anticipadamente la realización del sueño de Dios sobre el mundo».

Y ha añadido: Vivir la eucaristía como anticipación significa imaginarse el mundo tal como el Padre lo quiere, y volver a la vida ordinaria con más capacidad para perdonar, más determinados a trabajar para ensanchar los espacios en los que cada hombre y cada mujer reencuentren su puesto en torno a la mesa común, más dispuestos a ser pan compartido y presencia real del amor de Dios por los últimos.

En cuanto al verbo «tragar» (indigesto, con toda evidencia, para la señorita Evelina), ha dicho: es fácil para nosotros sacar la lengua y tender la mano para comulgar y tragar el pan, e inmediatamente después volver a nuestro lugar con una postura más o menos recogida y, en la mejor de las hipótesis, dar gracias.

Sería bueno, al menos alguna vez, sustituir «comulgar» por «tragar», «engullir», para caer en la cuenta de lo que significa engullir su mentalidad, tener los mismos sentimientos de Jesucristo, sus preferencias, sus opciones prioritarias, su estilo de vida, su modo de pensar y de actuar.

Es cuestión de tragar el mensaje y las paradojas evangélicas, las exigencias «imposibles» de Jesús.

En una palabra, una presentación nueva del discurso eucarístico, y del impacto que debe tener en el terreno existencial.

Exposiciones

Tendría que añadir a la lista un verbo suplementario: exponerse. Antes, en la iglesia se hacían muchas exposiciones del santísimo sacramento. Hoy, por lo que veo, un poco menos.

Pero creo que existe un equívoco. El Señor quizás no necesita ser expuesto demasiado (en todo caso él ha elegido esconderse). Más bien somos nosotros quienes debemos exponernos a él, dejarnos penetrar por su luz, por sus sentimientos, por sus energías, por su fuerza transformadora. Pero sobre todo debemos exponernos a los otros. Quien recibe la eucaristía está condenado a exponerse, tanto personal como comunitariamente.

Creo intuir por qué casi han desaparecido las procesiones del Corpus, tal como se hacían antes. Es miedo a exponerse. Y eso que aquel modo de exponerse (colgaduras, cosas preciosas) no era excesivamente comprometedor…

Hoy hay gente dispuesta a exhibirse. Pero exponerse es otra cosa, mucho más arriesgada. Comulgar el cuerpo de Cristo significa, precisamente, aceptar exponerse. Exponerse en cuanto constructores de paz, anhelantes de justicia, creadores de fraternidad, individuos capaces de compartir.

Pero nosotros preferimos escondernos. Logramos esconder la eucaristía en la que participamos.

Los curas están preocupados con razón por tantas personas que van desenvueltamente a comulgar sin pasar por el confesonario, ni siquiera cuando sería oportuno y hasta necesario.

Yo diría que también hay que preocuparse porque muchos de nosotros van a recibir al Señor para esconderlo después, para hacerlo desaparecer. «El cuerpo de Cristo. Amén». Y todo termina ahí. Después ya no se ve nada, no se llega a entender en qué ha terminado aquel pan, qué ha cambiado dentro y fuera de nosotros.

La abuela, que va a misa casi todos los días, cuando nosotros queremos impedirlo porque hace mal tiempo o sus condiciones de salud no son buenas, protesta: «Si no comulgo, tengo la impresión de que me falta algo…».

Jamás se me pasaría por la cabeza predicar a la abuela (me gustaría tener una brizna de su fe). Sin embargo, me parece, que cuando no celebramos la Eucaristía, o también, incluso celebrándola, no vivimos sus consecuencias, no nos exponemos, deberían ser los otros, los que se nos acercan, quienes advirtieran que falta algo, que les privamos de algo a lo que tendrían derecho a esperar de gente que se acerca a este sacramento.

Una procesión con muchas custodias

Quizás me he adormecido en la iglesia, mientras el párroco continuaba explicándonos los verbos característicos de la Eucaristía. Y he soñado que había vuelto a hacerse la procesión del Corpus. Pero era una procesión extraña, sin custodia preciosa, sin palio, sin cirios, sin cantos, sin incienso, sin flores. En compensación había muchas custodias que caminaban a pie. Y era una visión preciosa. Una cosa sorprendente.

Sí, no hacía falta la gran custodia recubierta de piedras preciosas (a lo mejor falsas, pero no importa). Estábamos nosotros. Llevábamos dentro el pan de la vida. Y por fuera aparecían solamente pequeñas señales, pero suficientes para que alguno entendiese.

Un procesión extraña. Cada uno, ya fuera de la iglesia, enfilaba el propio camino e iba a llevar lo que había recibido en el altar.

Tenía la impresión de que eran semillas las que se esparcían por el camino. Un milagro sorprendente. El pan que se hace semilla.

En verdad una procesión hermosa. Que tenía todas las intenciones de no acabar nunca.

A. Pronzato

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LA CRUZ

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios, que por medio del Corazón de tu Hijo, herido por nuestras culpas, te dignas, en tu misericordia infinita, darnos los tesoros de tu amor; te pedimos nos concedas que, al presentarte el devoto obsequio de nuestra piedad, le ofrezcamos también el homenaje de una digna satisfacción. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

CONSIDERACIÓN DEL DÍA

La Cruz es la escalera por la cual podemos subir al Cielo. Quien pretenda salvarse por otro camino, se equivoca y va a su eterna ruina. Abracémonos con la Cruz.

LETANÍAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Padre Eterno, Dios de los cielos, ten piedad de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros

Corazón de Jesús, Hijo del Eterno Pa­dre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, templo santo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, tabernáculo del Al­tísimo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hoguera ardiente de caridad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, asilo de justicia y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien están to­dos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, deseo de los eter­nos collados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paciente y de mu­cha misericordia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rico para todos los que te invocan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, saciado de opro­bios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte, Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, perforado por una lanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de toda con­solación, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, víctima de los pecadores, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, perdónanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, escúchanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, ten piedad de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

 

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, mira el corazón de tu amadísimo Hijo y las alabanzas y sa­tisfacciones que te dio en nombre de los pecadores, y concede propicio el perdón a los que imploran tu misericordia, en nombre de tu mismo Hijo Jesucristo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, que tus santos misterios infundan en nosotros el fervor divino, con el que, recibida la bondad de tu dulce Corazón, aprendamos a despreciar lo terreno y amar lo celestial. Tu que vives y reinas por siglos infinitos. Amén.

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72. Los medios de comunicación modernos pueden ser un instrumento apto para el anuncio de la Palabra, y favorecer su lectura y meditación. Con una explicación sencilla y accesible de la Biblia, se contribuirá a despejar muchos prejuicios o ideas erróneas sobre ella, de las cuales provienen controversias inútiles y humillantes[71]. En este sentido, sería oportuno que incluyera las distinciones necesarias entre inspiración y revelación, puesto que la ambigüedad de estos dos conceptos en el espíritu de muchos falsea su modo de entender los textos sagrados, lo que no deja de tener consecuencias para el futuro del diálogo interreligioso. Estos medios pueden ayudar también a la difusión del magisterio de la Iglesia.


[71] Cf. Propositio 2.

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Palabra

La Iglesia, cada uno de nosotros, vivimos en camino; pero con frecuencia no lo aceptamos; nos acomodamos, protegidos por nuestras seguridades. La Eucaristía nos recuerda que el Señor está con nosotros, realmente presente; pero sólo perceptible sacramentalmente, en la fe, ya que lo que vemos es pan y vino, y lo que creemos, el Cuerpo y la Sangre del Señor.

El Deuteronomio nos describe la tentación que tenemos de asentarnos y nos exhorta a confiar en el futuro. Ningún motivo más palpable, paradójicamente palpable, que la Eucaristía: ¿Qué más podemos desear que a Dios mismo? Pero sólo cabe poseerlo en la fe.

Cada frase de Jesús en Jn 6 es estremecedora. ¿Es posible que algo tan maravilloso esté a nuestra disposición cada semana, cada día incluso? ¡Cuánto nos cuesta creerlo! ¡Con qué poca pasión lo comemos!
 

Vida

Se nota en nuestra vida qué poco peso tiene la Eucaristía. No lo decimos en el sentido que muchos cristianos no practicantes o los ateos nos lo dicen: «No son mejores los que van a misa que los que no van». Por desgracia, tienen sobrada razón; pero esa misma frase presupone una incomprensión radical de la vida cristiana. ¡Como si ser mejores fuese algo medible con prácticas religiosas!

Hacer de la Eucaristía vida presupone haber superado la idea de la Eucaristía como fuerza mágica que otorga la Gracia y haber descubierto la Gracia como fundamento de la vida.

Ciertamente, no hay Eucaristía sin sentido de comunión fraterna y de solidaridad (cf. segunda lectura); pero el amor al prójimo no consiste en hacer cosas buenas por los demás, sin más. Transformar el corazón en disponibilidad es lo que pretende la Eucaristía (¡Cuerpo entregado y sangre derramada!), y esto, normalmente, es un proceso lento.

Por eso, los que comulgamos con frecuencia nos sentimos juzgados por la entrega de amor de Jesús (representado en la Eucaristía); pero nos sentimos, sobre todo, infinitamente agradecidos. ¿Qué sería de nosotros si no comulgásemos, si no contáramos con su Presencia? ¿Qué sería de nuestra capacidad de amar sin El?

Javier Garrido

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