El amor es la prueba de autenticidad

1. La Eucaristía, compromete a la comunidad cristiana. De la síntesis temática de las tres lecturas bíblicas de hoy se concluye que el pan y el vino ofrecido por Melquisedec (1ª lect.) y los panes que multiplica Jesús para la gente (evang.) son figura de la Eucaristía, cuya celebración en la comunidad cristiana es memorial y anuncio de la muerte y resurrección del Señor, así como compromiso y solidaridad en el compartir el pan, la vida y el amor (2ª lect.).

El relato de la multiplicación de cinco panes y dos peces por Jesús, según Lucas, es el contenido del evangelio de hoy. La muchedumbre que sigue a Cristo arriesga su propia seguridad y su comida sólo por oírle hablar del reino de Dios. En correspondencia él provee a su necesidad; pero no realiza un simple acto de demagogia. Aquella cena improvisada se convirtió en signo del reino que Jesús acababa de anunciar, y que con tanta frecuencia en las parábolas evangélicas es comparado a un banquete. El pan es repartido a los pobres de Dios y a los hambrientos de este mundo, pero en fraternidad y no con filantropía paternalista.

Sorprende que Jesús dijera a los Doce: «Dadles vosotros de comer». Si antes les había enviado a repartir el pan de la palabra, ahora les confía el pan material. De hecho les está invitando a servir y a compartir con los más pobres su propia pobreza, es decir, los cinco panes y los dos peces que tienen. La colaboración de los apóstoles con Jesús en el anuncio del reino de Dios y en el alimento a la muchedumbre hambrienta apunta en esta dirección: compromiso eclesial con la liberación humana.

Del gesto de Cristo se concluye que la Eucaristía significa un compromiso con los pobres por parte de la comunidad cristiana que celebra la cena del Señor. Como Jesús, los cristianos han de tomar partido y acción en favor de los pobres y hambrientos del mundo, para que su participación en los bienes de la tierra sea un fruto real de la liberación, la justicia y la fraternidad.

2. Compartir el pan y el amor con los hermanos. No está en nuestra mano el milagro de multiplicar los panes, pero sí compartir lo nuestro con los demás, multiplicar el pan del amor y del cariño que a tantos falta, y practicar la solidaridad con los más desheredados. Ponerse del lado de cuantos necesitan el pan de cada día quiere decir empeñarse en que sea realidad en nuestro entorno cuanto el término «pan» encierra: alimento, vivienda, familia, trabajo, cultura, libertad, religión, dignidad personal y derechos humanos. Todo esto no se aviene con las discriminaciones de cualquier tipo, sea de personas o de grupos, ni con la opresión y explotación de los semejantes. Los bienes de Dios, los de su reino y los de la tierra, son para todos.

La opción de los cristianos por la justicia y el amor, es decir, la tarea de igualdad, fraternidad y coparticipación es el compromiso más serio que tenemos para una celebración digna y auténtica de la cena del Señor. Así lo apunta san Pablo al corregir los abusos del ágape que precedía a la Eucaristía en la comunidad de Corinto, y que fue lo que motivó el tema eucarístico en su primera carta a los corintios, de la que se toma hoy la segunda lectura.

De la carta de san Pablo se concluye que la celebración eucarística es «memorial» en que actualizamos y anunciamos la muerte y resurrección del Señor hasta que vuelva de nuevo en gloria. Pero no haremos memoria fiel a Jesús con sólo recordar su muerte y repetir los gestos y palabras del Señor en la última cena. Habremos de pasar: del recuerdo a la lección de su ejemplo, que es el amor y la solidaridad; del signo sacramental a lo significado, que es la entrega ilimitada de Cristo; de la ofrenda cultual a la reconciliación con los hermanos; en una palabra, del rito a la vida, es decir, a través de la comunión eucarística hemos de llegar a la comunión de la existencia. Porque «los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, lo son también de los discípulos de Cristo» (GS 1).

3. El amor es la prueba de autenticidad. De lo contrario: la misa dominical, o diaria, es una rutina, un cumplimiento, un rito vacío de los que condenaba Jesús en línea con los profetas; el padrenuestro será una mentira en nuestros labios endurecidos por el desamor; y la comunión un hacer mesa y plato aparte sin que nos importen el mundo y los demás.

Hoy es «Día de la Caridad», aunque deben serlo todos, pues el amor no es una programación añadida, sino algo connaturalmente cristiano. Hemos de optar por el amor frente al egoísmo insolidario, si queremos sobrevivir. El día del Corpus nos brinda la oportunidad de revisar nuestras celebraciones eucarísticas y nuestras comuniones.

¿Queremos un test para saber si han de calificarse, como dice san Pablo, de dignas o indignas, auténticas o falsas? Hay una prueba de autenticidad que no falla: es el amor en el compartir con los hombres nuestros hermanos. Hemos de purificarnos de cuanto nos separa de este amor para que nuestro sacrificio eucarístico, real aunque no cruento, sea agradable a Dios como la ofrenda espiritual del pan y del vino que Melquisedec, sacerdote y rey de Jerusalén, ofreció al Dios altísimo en acción de gracias por la victoria de Abrahán (1ª lect.).

Al comulgar repetimos: «El Cuerpo de Cristo: Amén». Esta breve fórmula es una admirable síntesis de fe eucarística, es todo un programa de vida, un amén muy serio, un gesto de compromiso maduro (como el de comulgar en la mano cual adultos), un sí rotundo al amor fraterno, del cual el sacramento de la Eucaristía es, y debe ser ante los demás, signo visible y eficaz.
 

Hoy, Padre, nuestra oración es de profunda gratitud por el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo, que él nos dejó como memorial de su amor sin medida, como Pascua cristiana y como sacrificio de la nueva alianza.

Haz, Señor, que la Eucaristía dominical y diaria renueve a fondo la vida y el ritmo de nuestras comunidades, y que se prolongue en el sacrificio espiritual de nosotros mismos como hostia viva, víctima santa y agradable a tu majestad.

Que tu Espíritu, Señor, renueve nuestras asambleas eucarísticas; y que sepamos transvasarlas a la vida, a la práctica del amor, y al testimonio de la esperanza entre nuestros hermanos. Amén.

B. Caballero