Gén 3, 9-15 (1ª Lectura Domingo X de Tiempo Ordinario)

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p style=»text-align:justify;»>Si todo lo que Dios había creado era muy bueno (Gén 1, 31), ¿de dónde viene la muerte, la situación desigual del hombre y la mujer, la dureza del trabajo y los sufrimientos? A estas preguntas va a intentar responder el capítulo 3 del libro del Génesis en un texto que tradicionalmente es conocido como el relato de
la caída. Esta narración, que
aparece en parte en la primera lectura de la eucaristía
 de este domingo 10, refleja 
bien lo que es el pecado en 
la vida de la humanidad.
Pero no podemos hacer de
este relato una lectura ingenua y fundamentalista como
se hizo en el pasado. Adán y Eva no son dos personajes históricos que al pecar provocaron una catástrofe para la humanidad que venía después de ellos. De hecho, en ningún texto del Antiguo Testamento el pecado humano y su culpa se relacionan con este relato de Gén 3.

Este texto nos habla más bien, no del primer pecado, sino de todo pecado humano de ayer, de hoy y de siempre. Nos habla, pues, de un rasgo de la humanidad de todos los tiempos, su posibilidad de ser pecador si se aparta de los caminos del Dios de la alianza. De manera que podemos leer este texto como un paradigma de todo pecado: describe lo que ocurre cada vez que alguien desobedece a Dios. La esencia del pecado es el rechazo de los mandamientos de Dios, prefiriendo en su lugar la sabiduría y el orgullo humano («seréis como dioses», 3,5). La consecuencia inmediata del pecado es la ruptura de las relaciones, introduciendo la alienación entre Dios y la humanidad y entre una persona y otra. Es algo que está expresado dramáticamente en nuestro texto en los diálogos de Dios con Adán y con Eva.

No estamos, pues, ante un texto que interpreta el pecado de Adán y Eva, como se hizo tradicionalmente, como la causalidad protohistórica de la situación pecadora en la que vive toda persona, sino que se debe entender como la explicación de una experiencia humana permanente.

Nuestro relato intenta, por tanto, mostrar lo que siempre es, narrando lo que nunca fue.

La primera pareja se enfrentó a la tentación, como nos ocurre también a nosotros, en la que caerá por querer ser «como dioses». El relato es una pieza maestra de perspicacia psicológica en el que el hombre se oculta de Dios y la mujer echa la culpa a la serpiente, no queriendo asumirla ella misma. En cualquier caso, la ruptura y la desarmonía de las relaciones entre Dios y la humanidad, entre el hombre y la mujer, son el resultado del pecado de la humanidad. No hay en cualquier caso en el texto la más mínima insinuación de que Adán haya pasado su pecado y su culpa a sus descendientes.

El relato termina con una nota de gracia, una promesa un tanto misteriosa: el mal será finalmente vencido (v.15). Tradicionalmente este versículo ha sido llamado el Protoevangelio y entendido como la primera profecía mesiánica.

Esta comprensión es tan antigua como la versión griega realizada en Alejandría (s. III a.C.), cuya traducción, no muy fiel al texto hebreo, acerca este texto a una comprensión mesiánica. En una lectura cristiana de este relato podemos decir que esta palabra de gracia, que en el original hebreo nos habla de un futuro nada claro, nos habla de la misericordia de Dios ante esa situación pecadora de la humanidad cristalizada en la figura de Cristo. Así lo expresa Pablo en su carta a los Romanos.

Luis Fernando García Viana