Homilía (Domingo X de Tiempo Ordinario)

EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO

Lo demoníaco existe. Quizá no con cuernos, rabo y tridente en mano, como nos lo hicieron imaginar en la catequesis y las pinturas. Lo demoníaco es esa fuerza del mal, resultado de todo el mal individual que existe en nosotros; fuerza que nos supera a cada uno en particular y que, no pocas veces, nos esclaviza. Fuerza de tentación al mal, de provocación, de contradicción, de pecado palpable, encarnada en grupos de personas y en instituciones.

 

1.- El pecado contra el Espíritu Santo.

Una de las manifestaciones de lo diabólico es lo que el evangelio llama hoy la «blasfemia o pecado contra el Espíritu Santo» (Mc 3, 29). Consiste: en tergiversar las obras de Dios, en confundir las manifestaciones de Espíritu de Dios con las obras del espíritu del mal. El poder de Jesús de Nazaret es atribuido por los letrados judíos a influencia de Belcebú, príncipe de los demonios (Mc 3, 22).

Este pecado crea en el hombre una situación tal que le cierra automáticamente al plan de Dios y a la obediencia a su Palabra. Es el pecado de obstinación, de repulsa absoluta. El hombre se cierra a sí mismo el camino: el bien le parece la obra engañosa del mal. La fidelidad al evangelio de Jesucristo es hoy pensada como infiltración satánica en la Iglesia y en el mundo. La predicación seria y encarnada del Reino de Dios, un modo folklórico de hacer política y provocar la subversión; abogar por la reforma de la Iglesia, en comunión entrañable con ella, se interpreta como maquinaciones programadas para destruirla desde dentro. Uno canta a Dios, como cantan hoy las gentes, y se ven en la obligación de denunciar; como si fuera más noble el órgano que la guitarra; como si tuviere más santidad la melodía que el ritmo. ¿Qué les acontece a esos hombres que no pueden aguantar el que la comunidad exprese su fe de un modo digno, humilde y espontáneo? ¿Acaso Dios ha ordenado que las oraciones escritas en el siglo VI, fueran las únicas que se le podían dirigir a lo largo de la historia del mundo? ¿No tenemos hoy nosotros nada que decirle a nuestro Dios? Surgen en la comunidad el gesto de la paz, el abrazo fraternal o el beso de la comunión, y se interpreta como resultado de unos móviles inconfesables.

La blasfemia o el pecado contra el Espíritu Santo «no tendrán jamás perdón: cargará el hombre su pecado para siempre» (Mc 3.29). Este pecado supone admitir la contradicción como sistema y estructura permanente. Es el absurdo, el desconcierto organizado, la trastocación de todos los valores. Es el juego más sagaz del mal: consigue que el bien aparezca como producto de los demonios, para provocar la des- confianza. Es la presencia de lo demoníaco en el mundo, la posesión  diabólica, el «no» del hombre frente al Sí incondicional de la Palabra de Dios que salva al mundo. Este pecado confunde a Dios con el diablo. Ante este huracán, a veces incontenible, escurridizo, programado, apoyado, sin determinar y sin localización posible, es fruto de la sagacidad del Padre de la mentira (Jo 8, 43-44), el cristiano tiene poco que hacer: nos sentimos radicalmente pobres, impotentes, humildes y humillados. Ni tan siquiera Dios puede atajar esto: es un pecado imperdonable; el mal no tiene salvación, es la nada, la muerte, el absurdo. Sólo sabemos que el bien merece la pena hacerlo, que es lo real y lo que tiene un porvenir; sabemos que el Siervo de Dios, clavado en la cruz por las fuerzas del mal, no fue destruido. Esto es lo que nos dice la fe y de aquí nace nuestra esperanza y confianza. Creemos en Dios y en las obras del Espíritu de Dios.

 

2.- Modos concretes de pecar contra el Espíritu.

Este es el pecado radical contra el Espíritu Santo, que hemos de tener en cuenta para poder interpretar el significado de lo que acontece en medio de nuestra convivencia en el mundo. Ello nos capacita para asumirlo cristianamente.

Pero hay en nosotros, también, unos atisbos de pecado contra el Espíritu Santo que tenemos que descubrir y atajar:

— El recelo frente al testimonio del otro. La Palabra de Dios nos llega por el testimonio del hermano y el amor de Dios por la entrega del hermano. Sin embargo, frente a los demás nos sobra suspicacia, nos falta ingenuidad; somos incapaces de descubrir la novedad del otro, ese evangelio sencillo del que es portador, ese misterio que hace nuevo lo eternamente viejo, que rejuvenece lo marchito. La suspicacia, el pensar mal, el no abrirnos con cierta candidez e inocencia, el no ser como «niños» ante la Palabra que nos llega por los otros, nos impide «escuchar la Palabra y cumplirla». Nos cerramos voluntariamente ante ella y muy difícilmente crecerá nuestra fe o se nos arrancará el pecado.

— Hay otro aspecto de pecado contra el Espíritu Santo: es el excesivo uso de la crítica destructiva: cerramos los ojos a lo que hay de bueno entre nosotros, nos encerramos en la crítica de lo que no hacemos aún. En lugar de venir a la comunidad a dar testimonio de la fe, a llenarnos de esperanza, a proclamar las obras de Dios, esto parece un muro de lamentaciones. De esta manera no salimos confortados, sino desanimados, sin fuerzas, sin gracia. Es verdad que debe haber una autorrevisión constante, pero no sólo esto. En lugar de reunimos para criticar, ¿cuántas veces lo hemos hecho para ver lo que podemos hacer? Hace falta mucha imaginación, coraje, constancia y trabajo. Hagámoslo. Dejemos de criticar y criticarnos. No hacemos sino dar vueltas sobre nosotros mismos. Parece que no hemos nacido, sino para destruirnos. Somos demasiados retorcidos. Vamos siempre buscando pegas a todo. No tenemos perspectiva: nos falta paciencia y esperanza. Carecemos de sencillez ante la Palabra de Dios.

Busquemos lo bueno que hay en nosotros, profundicemos en los caminos del Espíritu, no destruyamos lo que sólo es aún una intuición, una invitación de la Palabra de Dios a nuestras vidas. De lo contrario, estamos pecando contra el Espíritu Santo.

El que escucha con humildad la Palabra es hijo de Dios, hermano de Jesús (Mc 3, 35). La que dijo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra», regeneró el mundo, por obra del Espíritu Santo.

Jesús Burgaleta