Lunes IX de Tiempo Ordinario

Hoy es 4 de junio, lunes de la IX semana de Tiempo Ordinario.

Jesús hablaba para gente familiarizada con el trabajo del campo y el cuidado de las viñas. Sabían bien del esfuerzo y la atención que hacen falta para conseguir un fruto abundante, unos racimos dulces y de buena calidad. Pero sabían también, como a veces, algunas cepas, no dan el fruto esperando, a pesar de tanta inversión de cariño puesto en ellas. Quizás nosotros, a nuestra manera, hemos tenido la experiencia de fracasar en algún proyecto o en una relación a pesar de haber invertido mucho en ellos. Y esto nos prepara para comprender mejor esta parábola que nos propone Jesús.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 12, 1-12):

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo apalearon y lo despidieron con las manos vacías. Les envió otro criado; a éste lo insultaron y lo descalabraron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos los apalearon o los mataron. Le quedaba uno, su hijo querido. Y lo envió el último, pensando que a su hijo lo respetarían. Pero los labradores se dijeron: «Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia.» Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Que hará el dueño de la viña? Acabará con los ladrones y arrendará la viña a otros. ¿No habéis leído aquel texto: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»?»

Intentaron echarle mano, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon.

Las palabras de Jesús suscitan polémica. En la primera parte del texto, una serie de acciones positivas describen la conducta del dueño: plantar, rodear, cavar, construir, arrendar, reclamar, enviar criados y finalmente a su hijo. Los verbos que expresan la respuesta de los arrendatarios, son de una dureza sobrecogedora: agarrar, apalear, despedir, insultar, apalear, arrojar fuera, matar.

Estamos ante la narración dramática de una relación y se te invita a contemplarla. Dios volcándose con su pueblo elegido y entregándole a su hijo querido, no para que muera, sino para ser respetado y como expresión de la máxima entrega.

Deja que esa secuencia de acciones por parte de Dios te llegue al corazón. Trata de sentir que es a ti a quien están dirigidas.

En la conclusión de la parábola aparece otra imagen con mucha fuerza simbólica, la de la piedra angular. Jesús la toma de uno de los salmos más conocidos de Israel en el que se narra, con otra imagen, una historia semejante a la de la viña. Ahora son los arquitectos los que desechan una piedra pero Dios mismo la coloca como piedra angular. Una piedra evoca firmeza, apoyo, solidez, seguridad. Contempla así a Jesús y siéntelo como piedra angular de tu existencia.

Señor, aquí estoy ante ti como una viña escogida por ti. Cuidada por tu amor, colmada de bendiciones. Gracias por todo lo que hay en mi vida de don tuyo y sobretodo por haberme enviado a Jesús, tu hijo amado. Perdóname por haber respondido tantas veces a tu amor con mi desamor. Quiero pegarme ahora a Jesús como un sarmiento que se adhiere a la vid. Sólo así, llegaré a dar ese fruto que tú esperas de mí. Que me entregue a mis hermanos lo mismo que tú te has entregado a mí. Ponme con tu hijo para que él sea también la piedra angular que sostiene el edificio de mi vida.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Liturgia 4 de junio

LUNES DE LA IX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido, Prefacio común.

Leccionario: Vol. III

  • 2Pe 1, 2-7. Se nos han concedido las preciosas promesas, para que, por medio de ellas, seáis partícipes de la naturaleza divina.
  • Sal 90.Dios mío, confío en ti.
  • Mc 12, 1-12.Agarrando al hijo amado, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

Antífona de entrada          Sal 17, 19-20
El Señor fue mi apoyo: me sacó a un lugar espacioso, me libró porque me amaba.

 

Oración colecta
CONCÉDENOS, Señor,
que el mundo progreso
según tu designio de paz para nosotros,
y que tu Iglesia se alegre en su confiada entrega.
Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios,

que nos das lo que hemos de ofrecerte
y vinculas esta ofrenda a nuestro devoto servicio,
imploramos tu misericordia,
para que cuanto nos concedes
redunde en mérito nuestro
y nos alcance los premios eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Antífona de comunión          Cf. Sal 12, 6
Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho, cantaré al nombre del Dios Altísimo.

     O bien:          Mt 28, 20
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos, dice el Señor.

 

Oración después de la comunión
SACIADOS con los dones de la salvación,

invocamos, Señor, tu misericordia,
para que, mediante este sacramento
que nos alimenta en nuestra vida temporal,
nos hagas participar, en tu bondad, de la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Pedro de Verona

SAN PEDRO DE VERONA, MARTIR

(† 1252)

No podemos comenzar la vida de San Pedro Mártir con la frase que acuñaron los antiguos hagiógrafos: «nacido de padres virtuosos y santos» .

Pedro nació en Verona en 1206 y sus padres fueron cátaros, los herejes que en la Edad Media renovaron las doctrinas de los maniqueos.

En cambio, casi podríamos decir que nació predestinado para fraile dominico, según nos lo revelará la anécdota que más abajo referiremos.

Porque los cátaros, que infestaban en los comienzos del siglo XIII el centro y norte de Italia, eran los mismos albigenses que ya Santo Domingo estaba combatiendo en el sur de Francia.

Cómo surgieron estos herejes se ignora; pero conocemos su puritanismo, su desprendimiento de los bienes terrenos, su carácter belicoso, su espíritu de secta, su expansión por toda la cuenca mediterránea, que les hizo llegar hasta Constantinopla y tener iglesias en el Cercano Oriente.

En los dominicos habrían de encontrar quienes los redujeran con sus mismas armas: la pobreza y la polémica.

En aquellos tiempos las gentes gustaban de las justas y los torneos. Batallas militares o luchas y escaramuzas intelectuales. Era de ver cómo se congregaban las muchedumbres en la Provenza o en el Lanquedoc, en la Toscana o en el Milanesado para asistir a aquellos torneos espirituales que eran las disputas religiosas.

Santo Domingo aceptaba y aun provocaba el reto, y saltaba al palenque arremetiendo a los contrarios como un paladín que invocaba a su Dama, la Virgen María, y se presentaba lisamente, sin boato ni ostentación mundanal, que tanto daño había hecho a otros controversistas, pues su riqueza contrastaba con la austeridad de los albigenses.

San Pedro mártir, sí, nació predestinado para combatir a los nuevos maniqueos, los patarini, como los llamaban en Italia.

Su familia, aunque maniquea, no hallando maestro de su secta en Verona, consiente en que la educación del niño corra a cargo de un maestro católico. Progresa rápidamente en ciencia y en virtud, y tenemos la primera anécdota.

Un tío de Pedro le encuentra en la calle al volver de sus lecciones, y le pregunta por la marcha de sus estudios. El no titubea; de corrida dice el Credo, en cuyo primer artículo está la refutación del maniqueísmo con la doctrina de un Dios creador absoluto de cielo y tierra.

El tío insiste en que Dios no puede ser autor del mal; pero el pequeño polemista contesta con gracia y además cierra la discusión con unas frases terribles: «Quien no crea esta primera verdad de la fe no tendrá parte en la salvación eterna».

El viejo hereje se emociona. Le gusta el desparpajo del sobrino, pero presiente también que de allí puede salir quien combata las creencias de su secta. Advierte de ello a su hermano, pero el padre de Pedro no hace demasiado caso, confiando en torcer más adelante estas primeras inclinaciones.

Entretanto el niño ha crecido. Y la universidad de Bolonia, allí cerca, goza del máximo prestigio. Pedro marcha lleno de ilusiones a la nueva ciudad. Gracias que, mediante la oración, el retiro y el trabajo, sabe sustraerse al ambiente frívolo de la vida estudiantil.

Por aquella época había en Bolonia algo que le daba más fama que la propia universidad. Era Santo Domingo, anciano ya, rodeado de discípulos, con la aureola de fundador y martillo de herejes.

Al convento de los predicadores vuela un día Pedro, doncel de dieciséis años. Pide, y al fin alcanza la gracia de recibir el hábito blanco de las propias manos de Santo Domingo. Sería una de sus postreras satisfacciones si su espíritu profético supo leer en la mirada candorosa del estudiante veronés la gloria que reservaba a su naciente Orden.

Pedro se aplicó con entusiasmo al estudio, a la oración y a la penitencia. Sobre todo a la penitencia, hasta caer enfermo. Hubo que moderar su fervor. Entonces se quedó con la oración y el estudio de las Escrituras. Allí, en las Sagradas Letras aprendía el espíritu de la sabiduría. Y, acabada su formación escolástica, recibe la ordenación sacerdotal y es nombrado, joven y fogoso, predicador contra los herejes.

Bolonia, la Romaña, la Toscana y el Milanesado conocen las andanzas apostólicas del fraile dominico. ¿Logró convertir a sus propios padres? Lo ignoramos. Lo cierto es que resultó verdad la predicción del tío. Pedro era el martillo de los cátaros.

Pero no todo habría de ser aureola de orador y gloria de polemista. La tribulación prensa las almas en el lagar para purificarlas y acercarlas. Aquí fue la calumnia. Se le acusó de dar consejos imprudentes en el confesonario. A un joven que había dado una patada a su anciana madre el Santo le recordó el consejo evangélico:

«Si tu pie te sirve para pecar córtatelo». Y el penitente, conmovido, lo tomó al pie de la letra y se cortó el pie. Pero la intervención de Pedro, trazando la señal de la cruz sobre la extremidad mutilada, devolvió el pie a su lugar.

Con esto creció su prestigio. Pero después vendrá otra acusación peor. Pedro es un místico, tiene revelaciones de lo alto. Las santas vírgenes Catalina, Inés y Cecilia hablan con él en su celda. Los otros frailes han oído extraños cuchicheos, y sin más llevan la noticia al prior. En público capítulo es reprendido Pedro por violar la clausura y hacer penetrar mujeres en su habitación. Se le exhorta a defenderse, pero él se contenta con declararse pobre pecador.

Le retiran las licencias de confesar y le destierran a un monasterio de la Marca de Ancona, donde se entrega en la soledad y el retiro al estudio y a la oración.

Al fin la verdad se esclarece, y el propio Gregorio IX, que conoce su ciencia y su celo, le nombra inquisidor general en 1232. Pedro ataca vigorosamente el vicio y el error y obtiene ruidosas conversiones en Roma, Florencia, Milán y Bolonia. Cuando baja del púlpito se encierra en el confesonario para ponerse en contacto directo con los fieles, que le exponen sus dificultades, o con los propios herejes, que piden aclaraciones a sus dudas antes de decidir la abjuración de sus errores. Los milagros autorizan además su predicación.

Célebre fue el caso de un hereje milanés que quiso desprestigiar el poder taumatúrgico del Santo. Fingiéndose enfermo hizo que le llevaran a su presencia, solicitando la salud. Pedro lo comprendió todo y se limitó a decirle: «Ruego al Creador de todo cuanto existe que, si vuestra enfermedad es cierta, os dé la salud; pero, si se trata de una farsa, que os trate según vuestros méritos».

Los efectos fueron inmediatos. El pretendido enfermo se sintió presa de terribles dolores, debiendo ser llevado de verdad por los que se prestaron a la hipócrita comedia. A los pocos días el hereje llamaba humildemente al Santo para arrepentirse de su pecado y abjurar sinceramente su herejía. El siervo de Dios, viéndole cambiado, hizo sobre él la señal de la cruz y le otorgó la salud del cuerpo y del alma.

Otro milagro espectacular fue el que obró con motivo de una disputa pública que había congregado una muchedumbre inmensa en la mayor plaza de Milán. El contrincante, cátaro famoso que ostentaba entre los de su secta la categoría de obispo, viéndose constreñido por la argumentación del religioso quiso alejar de sí la dialéctica de Pedro y dijo: «Impostor y falsario, si eres tan santo como dice este pueblo del que tanto abusas, ¿por qué consientes que se ahogue con este calor asfixiante? Pide a Dios que una nube le proteja contra el sol».

—»Lo haré como quieres —replicó el Santo— si prometes abjurar de tu herejía.»

Entonces se produjo un gran revuelo entre los partidarios del hereje, pues unos querían que se aceptase el reto, otros que prosiguiese la discusión. Al fin el Santo hizo la señal de la cruz y sobre el cielo sereno se dibujó una nube refrescante, la cual no se disolvió hasta terminar la disputa.

Pero San Pedro no trabajaba solamente con la predicación y los milagros; siguiendo la regla paulina elevaba al cielo fervorosas oraciones y castigaba su cuerpo con terribles penitencias. Además, se esforzó en mantener viva la disciplina religiosa en los conventos de Como, Piacenza y Génova, donde ejerció los cargos de prior. El claustro era una colmena de estudio y oración.

Al subir al solio pontificio en 1243 Inocencio IV, confirmó a Pedro de Verona en todos sus poderes y le demostró su confianza encargándole de otras misiones especiales. Por entonces le envió a Florencia para examinar los orígenes, constituciones y género de vida de los servitas, que con razón le tienen por segundo fundador, pues su informe favorable influyó para que el Papa les otorgara la aprobación definitiva.

En 1251 fue encargado de convocar un sínodo en Cremona que trabajase en la extirpación de la herejía.

Ante tanta actividad, los herejes italianos prohibieron a sus adictos el acudir a las predicaciones del santo inquisidor, y, por último, organizaron una conjuración para darle muerte. El precio convenido fue de cuarenta libras milanesas, que depositaron en manos de Tomás de Guissano. Los esbirros encargados de llevar a cabo el crimen fueron un tal Piero Balsamon, apodado Carín, y Auberto Porro. El siervo de Dios tuvo noticia de lo que se tramaba, pero no tomó providencia alguna, dejando su suerte en las manos de Dios. Solamente en su sermón del Domingo de Ramos (24 de marzo de 1252) dijo ante más de diez mil oyentes: «Sé que los maniqueos han decretado mi muerte, y que ya está depositado el precio de la misma. Pero que no se hagan ilusiones los herejes, pues haré más contra ellos después de muerto que lo que les he combatido vivo».

El Santo salió de Milán para ir a Como, de cuyo convento era prior. Los conjurados dejaron pasar las fiestas de Pascua, y Carín permaneció tres días en aquella ciudad. El sábado de la octava de Pascua, 6 de abril, cuando el Santo retornaba a Milán, salió Carín en su persecución, y, al llegar a un bosque espeso que hay cerca de la aldea de Barsalina, le esperaba Auberto. Carín fue el primero en herir al Santo con dos golpes de hacha en la cabeza. San Pedro comenzó a recitar el Credo en voz alta; cuando ya las fuerzas le faltaban para seguir rezándolo, mojando el dedo en su propia sangre escribió en el suelo: Creo. Carín mató al siervo de Dios clavándole un puñal hasta los gavilanes en el corazón. A su acompañante, fray Domingo, le dejaron tan mal herido, que murió pocos días después.

Así murió Pedro de Verona, proclamando la fe que de niño aprendiera, y por cuya defensa había luchado toda su vida. Tenía cuarenta y seis años, y hacía treinta que profesara en la Orden de Santo Domingo.

Su cuerpo fue llevado de momento a la iglesia de San Simpliciano, de Milán, como el propio Santo había predicho, y después enterrado en la iglesia de los padres predicadores, llamada de San Eustorgio. El asesino Carín, horrorizado de su crimen, abjuró de la herejía y tomó el hábito de hermano lego para hacer penitencia por el resto de su vida.

Los milagros del Santo fueron tantos y tan clamorosos que antes del año le canonizaba Inocencio IV, el día 25 de marzo de 1253. Su fiesta, por coincidir frecuentemente el 6 de abril con Pascua, fue retrasada al 29 del mismo mes, y Sixto V la extendió al calendario de la Iglesia universal.

Los dominicos honran a San Pedro de Verona como al protomártir de su Orden, y los servitas le retienen por su segundo fundador. Es un santo muy popular en toda la Edad Media, sobre todo en el norte de Italia, y también en España, tierra de lucha con herejes, judaizantes y falsos cristianos. Este Santo y San Pedro de Arbués son ejemplo de que los panfletistas que escriben contra la Inquisición no suelen mostrarse muy objetivos al exponer los hechos, porque solamente narran las víctimas de una sola parte. Desde luego los herejes no tenían el espíritu de resignación de los mártires cristianos, pues con frecuencia asesinaban a sus «verdugos».

El que esto escribe tiene la dicha de regentar una iglesia dedicada a San Pedro mártir. La residencia provincial de Toledo fue antaño convento de la Orden dominicana. Para mí ha sido un gozo restaurar este grandioso templo y restaurar también la hermosa talla a la que otros herejes del siglo XX dieron segundo martirio, cuando la revolución marxista. Pero ahora paseamos todos los años en procesión al Santo de Verona, con su carita compungida, el hacha sobre la cabeza y el puñal en el corazón. Y le cantamos unas vísperas que da gloria oírlas para que no añore los tiempos de sus frailes y para que nos otorgue aquella fe robusta que le valió el martirio.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

Laudes – Lunes IX de Tiempo Ordinario

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R.Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant.Entremos a la presencia del Señor dándole gracias.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.Entremos a la presencia del Señor dándole gracias.

Himno: DEJADO YA EL DESCANSO DE LA NOCHE

Dejado ya el descanso de la noche,
despierto en la alegría de tu amor,
concédeme tu luz que me ilumine
como ilumina el sol.

No sé lo que será del nuevo día
que entre luces y sombras viviré,
pero sé que, si tú vienes conmigo,
no fallará mi fe.

Tal vez me esperen horas de desierto
amargas y sedientas, mas yo sé
que, si vienes conmigo de camino,
jamás yo tendré sed.

Concédeme vivir esta jornada
en paz con mis hermanos y mi Dios,
al sentarnos los dos para la cena,
párteme el pan, Señor.

Recibe, Padre santo, nuestro ruego,
acoge por tu Hijo la oración
que fluye del Espíritu en el alma
que sabe de tu amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz.

Salmo 5, 2-10. 12-13 – ORACIÓN DE LA MAÑANA DE UN JUSTO PERSEGUIDO

Señor, escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos,
haz caso de mis gritos de auxilio,
Rey mío y Dios mío.

A ti te suplico, Señor;
por la mañana escucharás mi voz,
por la mañana te expongo mi causa,
y me quedo aguardando.

Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor.

Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con toda reverencia.

Señor, guíame con tu justicia,
porque tengo enemigos;
alláname tu camino.

En su boca no hay sinceridad,
su corazón es perverso;
su garganta es un sepulcro abierto,
mientras halagan con la lengua.

Que se alegren los que se acogen a ti,
con júbilo eterno;
protégelos, para que se llenen de gozo
los que aman tu nombre.

Porque tú, Señor, bendices al justo,
y como un escudo lo rodea tu favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz.

Ant 2. Alabamos, Dios nuestro, tu nombre glorioso.

Cantico: SÓLO A DIOS HONOR Y GLORIA 1Cro 29, 10-13

Bendito eres, Señor,
Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra,
tú eres rey y soberano de todo.

De ti viene la riqueza y la gloria,
tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos.

Por eso, Dios nuestro,
nosotros te damos gracias,
alabando tu nombre glorioso.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.Alabamos, Dios nuestro, tu nombre glorioso.

Ant 3. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

Salmo 28 – MANIFESTACIÓN DE DIOS EN LA TEMPESTAD.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Dios de la gloria hace oír su trueno,
el Señor sobre las aguas torrenciales.

La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica,
la voz del Señor descuaja los cedros,
el Señor descuaja los cedros del Líbano.

Hace brincar al Líbano como a un novillo,
al Sarión como a una cría de búfalo.

La voz del Señor lanza llamas de fuego,
la voz del Señor sacude el desierto,
el Señor sacude el desierto de Cadés.

La voz del Señor retuerce los robles,
el Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: ¡Gloria!

El trono del Señor está encima de la tempestad,
el Señor se sienta como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.Postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

LECTURA BREVE   2Ts 3, 10b-13

Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado que hay entre vosotros algunos que viven desconcertados, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A éstos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan. Vosotros, hermanos, no os canséis de hacer el bien.

RESPONSORIO BREVE

V. Bendito el Señor ahora y por siempre.
R.Bendito el Señor ahora y por siempre.

V.Solo él hizo maravillas.
R.Ahora y por siempre.

V.Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R.Bendito el Señor ahora y por siempre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Bendito sea el Señor, Dios nuestro.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.Bendito sea el Señor, Dios nuestro.

PRECES

Proclamemos la grandeza de Cristo, lleno de gracia y del Espíritu Santo, y acudamos a él diciendo:

Concédenos, Señor, tu Espíritu.

Concédenos, Señor, un día lleno de paz, de alegría y de inocencia
para que, al llegar a la noche, podamos alabarte con gozo y limpios de pecado.

Que baje hoy a nosotros tu bondad
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Muéstranos tu rostro propicio y danos tu paz
para que durante todo el día sintamos cómo tu mano nos protege.

Mira con bondad a cuantos se han encomendado a nuestras oraciones
y enriquécelos con toda clase de bienes.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Terminemos nuestra oración con la plegaria que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Tu gracia, Señor, inspire nuestras obras, las sostenga y acompañe; para que todo nuestro trabajo brote de ti, como de su fuente, y tienda a ti, como a su fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Oficio de lecturas – Lunes IX de Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Entremos a la presencia del Señor dándole gracias.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: DIOS DE LA TIERRA Y DEL CIELO

Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.

Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,

danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.

Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

Salmo 6 – ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?

Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.

Apartaos de mí los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.

Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

Ant 2. El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.

Salmo 9 A I – ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo
y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!

Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho
sentado en tu trono como juez justo.

Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.

Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.

El será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.

Ant 3. Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.

Salmo 9 A II

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda,
y no olvida los gritos de los humildes.

Piedad, Señor; mira como me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.

Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.

Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
El no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.

Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.

V. Enséñame a cumplir tu voluntad.
R. Y a guardarla de todo corazón.

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Gálatas 1, 13-2, 10

VOCACIÓN Y APOSTOLADO DE PABLO

Hermanos: Habéis oído hablar de cómo me portaba yo en otro tiempo en el judaísmo: cómo perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios y la devastaba; cómo, en el celo por el judaísmo, iba más allá que muchos compatriotas de mi edad y me mostraba celoso partidario de las tradiciones paternas.

Pero, cuando aquel que me eligió desde el seno de mi madre me llamó por su gracia y tuvo a bien revelarme a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin pedir consejo a hombre alguno y sin subir a Jerusalén para hablar con los que eran apóstoles antes que yo, partí hacia Arabia, de donde luego volví a Damasco. Tres años más tarde, subí a Jerusalén a visitar a Cefas, y estuve con él quince días. No vi a ninguno otro de los apóstoles, fuera de Santiago, el hermano del Señor. Por el Dios que me está viendo, que no miento en lo que os escribo.

Después vine a las regiones de Siria y de Cilicia, pero las Iglesias de Judea, que están en Cristo, no me conocían personalmente. Sólo oían decir: «El que antaño nos perseguía ahora va anunciando la Buena Nueva de la fe, que en otro tiempo quería destruir.» Y glorificaban a Dios, reconociendo su obra en mí.

Luego, al cabo de catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito. Y subí por motivo de una revelación. Les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles y traté en particular con los más calificados, no fuera a ser que hubiese corrido en vano.

Pues bien, ni siquiera a Tito, mi compañero, con todo y que era griego, lo obligaron a circuncidarse. Y esto a pesar de los intrusos, de los falsos hermanos, que solapadamente se habían infiltrado, para espiar arteramente la libertad de que gozamos en Cristo Jesús, y que querían esclavizarnos. Pero nosotros ni por un momento cedimos terreno para someternos a ellos, a fin de salvaguardar firmemente para vosotros la verdad del Evangelio.

Las personas de más consideración -nada me interesa lo que hubieran sido antes, pues en Dios no hay acepción de personas- no me impusieron ninguna nueva obligación.

Al contrario, reconocieron que yo había recibido la misión de predicar el Evangelio a los gentiles, como Pedro la de predicarlo a los judíos; porque aquel que dio poder a Pedro para ejercer el apostolado entre los judíos me lo dio a mí para ejercerlo entre los gentiles. De este modo reconocieron que Dios me había dado esa gracia. Y Santiago, Cefas y Juan, los considerados como columnas, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de comunión y conformidad: nosotros nos dirigiríamos a los gentiles, ellos a los judíos. Sólo nos pidieron que nos acordásemos de los pobres, cosa que he procurado yo cumplir con toda solicitud.

RESPONSORIO    1Co 15, 10; Ga 2, 8

R. Por la gracia de Dios, soy lo que soy; * y la gracia que él me concedió no quedó infecunda en mí, y permanece siempre en mí.
V. Aquel que dio poder a Pedro para ejercer el apostolado entre los judíos me lo dio a mí para ejercerlo entre los gentiles.
R. Y la gracia que él me concedió no quedó infecunda en mí, y permanece siempre en mí.

SEGUNDA LECTURA

De las Instrucciones de san Doroteo, abad.
(Instrucción 7, Sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)

LA CAUSA DE TODA PERTURBACIÓN CONSISTE EN QUE NADIE SE ACUSA A SÍ MISMO

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción? ¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: «Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno.»

En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano, porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto. A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano. También pueden aducirse otras causas. Pero, si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz. Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso, a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables, si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo, sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas.

RESPONSORIO    1Jn 1, 8. 9; Pr 28, 13

R. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos; * pero si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es Dios para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad.
V. Al que oculta sus crímenes no le irá bien en sus cosas.
R. Pero si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es Dios para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios, cuya providencia no se equivoca en sus designios, te pedimos humildemente que apartes de nosotros todo lo que pueda causarnos algún daño, y nos concedas lo que pueda sernos de provecho. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.