Creemos, por eso hablamos

Seguimos la lectura de Marcos. El texto de hoy nos recuerda el nivel en que se sitúa la fraternidad del Reino y su anuncio.

¿Quién ha perdido el juicio?

Jesús es seguido con tal entusiasmo por el pueblo que no lo dejan comer (cf. v. 20). La crítica que hace a las instituciones religiosas forjadas por quienes se consideran intérpretes autorizados de la ley preocupa a «su familia» (v. 21); se trata de personas cercanas a él, incluyendo a los que están unidos por lazos de sangre. Ellos se inquietan ante una predicación desconcertante, quieren sacarlo de en medio de la multitud que lo sigue. Temen incluso que Jesús haya perdido el juicio (cf. v. 21). La reacción es dura, pero nos hace ver lo difícil que era, y es, aceptar el mensaje de Jesús. En nuestro tiempo el coraje y el espíritu evangélico de monseñor Romero dio lugar a que los privilegiados de su país hicieran circular el rumor (hasta con volantes impresos), en los días mismos de su funeral, que todo era resultado de un desequilibrio psicológico del arzobispo. Los pobres de El Salvador no lo dejaban, en cambio, ni comer.

La resistencia al mensaje de Jesús se empecina. Lo acusan de estar de parte de quienes se oponen a Dios (la palabra Satanás significa precisamente «adversario»). Jesús demuestra con dos breves parábolas lo ridículo del cargo (cf. v. 22-27), y pasa al ataque. Dios está siempre dispuesto a perdonar nuestros pecados y ofensas, pero rechazar el Reino de vida aduciendo que quien lo anuncia está poseído de un espíritu inmundo es una grave falta contra el Espíritu (cf. v. 28-29). Ese comportamiento no es ocasional, no es un fallo, es una actitud pensada y sistemática. Es una perversión de la fe misma y expresa el propósito de permanecer en ella. Un grave pecado, de allí el recuerdo del pecado de Adán (cf. la lectura del Génesis).

La familia de Jesús

Madre y hermanos (es decir, familiares cercanos) buscan a Jesús. El Señor aprovecha la ocasión para precisar el nivel en que se halla su verdadera familia, el criterio es la puesta en práctica de la voluntad de Dios (cf. v. 31-35). No es una negación de los vínculos familiares, es una profundización de ellos. La maternidad física de María es inseparable de su aceptación de la voluntad de Dios; libremente acogió en su cuerpo al Hijo de Dios. En ella se confunden la mujer y la creyente. Marcos no menciona aquí el nombre de María (en verdad sólo lo hace una vez en su evangelio, cf. 6, 7). Esa discreción sobre la que un teólogo contemporáneo llama «la primera creyente», contribuye a resaltar el contenido de la fe de María: Jesús y su puesta en práctica de la voluntad del Padre.

Esa fe debe ser comunicada. La vivencia de la fe lleva a la palabra. «Creemos, por eso hablamos» dice Pablo (cf. 2 Cor 4, 13) inspirándose en un salmo. Hablar significa hacer que el «hombre interior» (v. 16), el «hombre nuevo», se afirme y que se desmorone el «hombre exterior» (v. 16), el «hombre viejo», que considera al Reino una locura o algo demoníaco.

Gustavo Gutiérrez