II Vísperas – Domingo X de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ¿DONDE ESTÁ MUERTE, TU VICTORIA?

¿Dónde está muerte, tu victoria?
¿Dónde está muerte, tu aguijón?
Todo es destello de su gloria,
clara luz, resurrección.

Fiesta es la lucha terminada,
vida es la muerte del Señor,
día la noche engalanada,
gloria eterna de su amor.

Fuente perenne de la vida,
luz siempre viva de su don,
Cristo es ya vida siempre unida
a toda vida en aflicción.

Cuando la noche se avecina,
noche del hombre y su ilusión,
Cristo es ya luz que lo ilumina,
Sol de su vida y corazón.

Demos al Padre la alabanza,
por Jesucristo, Hijo y señor,
denos su espíritu esperanza
viva y eterna de su amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Cristo es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Ant 2. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

Salmo 113 B – HIMNO AL DIOS VERDADERO.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria;
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

Ant 3. Alabad al Señor sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alabad al Señor sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA BREVE   2Ts 2, 13-14

Nosotros debemos dar continuamente gracias a Dios por vosotros, hermanos, a quienes tanto ama el Señor. Dios os eligió desde toda la eternidad para daros la salud por la santificación que obra el Espíritu y por la fe en la verdad. Con tal fin os convocó por medio del mensaje de la salud, anunciado por nosotros, para daros la posesión de la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

V. Nuestro Señor es grande y poderoso.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Su sabiduría no tiene medida.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que hace la voluntad de Dios es mi hermano y mi hermana y mi madre.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que hace la voluntad de Dios es mi hermano y mi hermana y mi madre.

PRECES

Demos gloria y honor a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive para interceder en su favor, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate, Señor, de tu pueblo.

Señor Jesús, sol de justicia que iluminas nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche te pedimos por todos los hombres,
que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz.

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre
y santifica a tu iglesia para que sea siempre inmaculada y santa.

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,
que tú elegiste como morada de tu gloria.

Que los que están en camino tengan un viaje feliz
y regresen a sus hogares con salud y alegría.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge, Señor, a tus hijos difuntos
y concédeles tu perdón y la vida eterna.

Terminemos nuestras preces con la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Luchar contra el mal, con el Espíritu de Jesús

1.- También los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Jesús expulsaba a los demonios, al mal, con el poder del espíritu que le había dado su Padre, Dios, es decir, con el poder del Espíritu Santo. Jesús luchaba contra el mal, contra los malos espíritus, por amor a las personas, porque no podía ver sufrir a las personas sin hacer nada para liberarlas del sufrimiento y del dolor. Y esto es lo que tenemos que hacer los cristianos: ayudar a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los que pasan hambre, defender la vida siempre y defender a los que la pierden injustamente; en definitiva, defender y ayudar a cualquier persona que sufre por culpa de la injusticia humana. Esto naturalmente nunca sale gratis, porque las personas a las que ayudamos son personas, en su mayor parte, que sufren por culpa de otras personas que se quieren aprovechar de ellas, que salen ganando, aprovechándose de su debilidad y vulnerabilidad. Hay pobres porque hay ricos injustos, hay marginados porque hay personas orgullosas y soberbias, hay miles de enfermos que padecen enfermedad, hay muertes injustas precisamente porque los que tienen el poder y el dinero no hacen nada para remediarlo, hay personas que pasan hambre y sed porque a muchas personas y a muchos Estados les interesa más gastar el dinero en provecho propio, que en remediar el hambre, la sed, la enfermedad, el mal, la muerte injusta, que podían combatir y remediar, al menos en gran parte. Esto debemos analizarlo a nivel de Estados, de empresas, y también de personas particulares. Cada uno de nosotros debemos analizar nuestra conducta y ver si realmente también nosotros estamos contribuyendo a aumentar el mal en el mundo en el que vivimos, o no hacemos todo los que podemos hacer para remediarlo. Jesús nunca se quedó indiferente ante el mal y la vida; tampoco los cristianos podemos, ni debemos hacerlo.

2. – “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Jesús vivió en familia muchos años de su vida, mientras crecía en gracia y santidad. Nunca despreció a su familia natural. Pero cuando le llegó el momento de dedicar toda su actividad y su vida a predicar el Reino, la Buena Nueva, abandonó su casa materna y a sus padres; su única casa y su única familia pasaron a ser desde entonces todos los que querían seguirle, todos los que querían hacer y cumplir la voluntad de Dios. Nosotros, los que queremos seguir a Cristo y hacer su voluntad, somos familia de Cristo, familia de Dios. Es evidente que debemos seguir amando a nuestra familia natural, pero, en el orden espiritual nuestra única familia es Cristo y todos los que hacen la voluntad de Dios. Esto no sólo es aplicable a las personas consagradas, sino a todos los seglares comprometidos con la defensa del Reino de Dios en este mundo.

3.- Aunque nuestro hombre exterior se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva cada día… No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno. Por supuesto que san Pablo, en esta su carta a los Corintios, habla desde la fe, no desde la evidencia de los sentidos externos. Sin fe en la transcendencia, el mundo y la vida son puro materialismo. Tenemos que ser personas de fe, saber mirar la vida con ojos de fe, de lo contrario nunca podremos dar el salto desde este mundo material en el que vivimos hasta el mundo espiritual, el mundo de Dios. Los ojos corporales de nuestro cuerpo sólo ven realidades transitorias, sólo con los ojos de la fe podemos ver el mundo eterno. Todo es distinto para el hombre de fe, que para el hombre que no tiene fe. Por la fe sabemos que Dios está presente y vive en cada uno de nosotros, que lo divino que hay en cada uno de nosotros es Dios mismo. Cristo fue el principal testigo y anunciador de la presencia de Dios en nosotros. Los cristianos sabemos muy bien que comulgando con Cristo comulgamos con Dios y con todas las personas que viven en Dios y con Dios. Así lo han vivido todos los santos y personas religiosas que han vivido en este mundo. Así lo debemos de vivir también cada uno de nosotros. Defendamos los intereses de Dios, con el Espíritu de Jesús, por encima de nuestros mezquinos intereses, defendamos la verdad y el bien, defendamos, en definitiva, lo que Cristo defendió mientras vivió en nuestro mundo. Sólo así podremos llamarnos en verdad cristianos, discípulos de Cristo.

Gabriel González del Estal

Domingo X de Tiempo Ordinario

Siempre me impresiona la primera pregunta de Dios al hombre: “¿Dónde estás?”. Seguro que Él sabía dónde estaba, pero toma la iniciativa de buscarlo, de ir hacia Adán, aunque este se esconda.

La pregunta del Creador a Adán revela que Dios no abandona a su suerte a los humanos, ni les deja perecer en su desobediencia y pecado. El Creador no nos ha hecho para desentenderse de nosotros, que somos sus criaturas; por el contrario, siempre nos dará la oportunidad de encontrarnos con Él, porque Él desea encontrarse con nosotros.

El papa Francisco valora positivamente en muchas de sus enseñanzas sobre la misericordia este sentimiento del pecador, como esta respuesta de Adán a Dios, de que estaba escondido, avergonzado de su desnudez.

En el discurso que pronunció en el primer encuentro con los Misioneros de la Misericordia, nos dijo: “Quisiera, por último, recordar un elemento del que no se habla mucho, pero que es, por el contrario, determinante: la vergüenza. No es fácil ponerse frente a otro hombre, incluso sabiendo que representa a Dios, y confesar el propio pecado. Se siente vergüenza tanto por lo que se ha cometido, como por tener que confesarlo a otro. La vergüenza es un sentimiento íntimo que incide en la vida personal y que exige por parte del confesor una actitud de respeto y de ánimo. Muchas veces la vergüenza te deja mudo y…, el gesto, el lenguaje del gesto. Desde las primeras páginas, la Biblia habla de la vergüenza. Después del pecado de Adán y Eva, el autor sagrado observa de inmediato: «Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron» (Gén 3, 7). La primera reacción de esta vergüenza es la de esconderse delante de Dios” (cf. Gén 3, 8-10) (Audiencia 10 de febrero, 2016).

Dios no dejó a los primeros padres sumergidos en su intemperie vergonzante, sino que Él mismo tejerá unas túnicas y se las colocará, para rescatarlos de su sentimiento doloroso y humillante. El salmista reza: “Del Señor viene la misericordia y la redención copiosa”. “De Dios procede el perdón y así infunde respeto”. Dios no desea que la relación que quiere mantener con nosotros nazca de la amenaza, ni del miedo al castigo, sino por haber experimentar su entrañable misericordia, de la que debe nacer a la vez el agradecimiento y la capacidad de perdonar.

Dice Jesús en el Evangelio: “Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan”. Solo la soberbia camuflada de desesperanza impide el perdón, porque significa resistirse al regalo del Espíritu Santo. Fue la reacción primera de Pedro, cuando Jesús se puso a sus pies. Si no te dejas perdonar no tienes parte con el Señor. 

Amigo: “¿Dónde estás? ¿Estás escondido de Dios, avergonzado; o humilde en su presencia?

Buenafuente del Sistal

Domingo X de Tiempo Ordinario

Lo primero, que llama la atención en este relato, es que las relaciones de Jesús con su familia no fueron fáciles. Aquí se nos dice que los familiares de Jesús lo tenían por loco; más adelante, en Mc 6, 1-6, se nos informa de que los parientes más cercanos de Jesús no creían en él. Es más, el evangelio de Lucas (4, 28-29) llega a decir públicamente que, en su pueblo (Nazaret), quisieron matar a Jesús despeñándolo por el tajo de un barranco. ¡Qué difícil y complicado es comprender a Jesús! Es duro aceptar su mensaje y su proyecto de vida.

Pero es frecuente, en la vida, que quienes no comprenden las exigencias del Evangelio, en lugar de comprender y aceptar la propia incomprensión, lo que suelen hacer es insultar a los profetas de Dios y a la «imagen de Dios», que es Jesús. Llegando a decir que incluso Jesús, no trae la salvación ni la solución que necesita este mundo, sino que en realidad lo que trae es el demonio que nos endemonia a todos. Lo que entraña una mentira y una contradicción sin pies ni cabeza.

Y es que, en el mensaje de Jesús, la relación humana y fraterna entre los discípulos —si esa relación es verdaderamente humana y fuerte— tiene un poder que está por encima incluso de las relaciones más fundamentales de familia.

Cuando estamos dispuestos a eso, es decir, cuando ponemos de verdad a Jesús en el centro de nuestras vidas, tiene más poder y es más determinante que el amor a una madre y a unos hermanos. Esto es capital para empezar a entender la vida y la enseñanza de Jesús.

José María Castillo

10 de junio – Sagrado Corazón

LA CRUZ

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios, que por medio del Corazón de tu Hijo, herido por nuestras culpas, te dignas, en tu misericordia infinita, darnos los tesoros de tu amor; te pedimos nos concedas que, al presentarte el devoto obsequio de nuestra piedad, le ofrezcamos también el homenaje de una digna satisfacción. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

CONSIDERACIÓN DEL DÍA

La Cruz es el faro que ilumina nuestra inteligencia, nos habla del infinito amor de Dios y nos muestra el término de nuestra vida. Pensemos en lo que nos espera.

 

LETANÍAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Padre Eterno, Dios de los cielos, ten piedad de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros

Corazón de Jesús, Hijo del Eterno Pa­dre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, templo santo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, tabernáculo del Al­tísimo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hoguera ardiente de caridad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, asilo de justicia y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien están to­dos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, deseo de los eter­nos collados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paciente y de mu­cha misericordia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rico para todos los que te invocan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, saciado de opro­bios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte, Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, perforado por una lanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de toda con­solación, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, víctima de los pecadores, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, perdónanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, escúchanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, ten piedad de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

 

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, mira el corazón de tu amadísimo Hijo y las alabanzas y sa­tisfacciones que te dio en nombre de los pecadores, y concede propicio el perdón a los que imploran tu misericordia, en nombre de tu mismo Hijo Jesucristo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, que tus santos misterios infundan en nosotros el fervor divino, con el que, recibida la bondad de tu dulce Corazón, aprendamos a despreciar lo terreno y amar lo celestial. Tu que vives y reinas por siglos infinitos. Amén.

Ecclesia in Medio Oriente

80. En la celebración de la Eucaristía, la Iglesia experimenta cotidianamente también la comunión de sus miembros con vistas al testimonio diario en la sociedad, que es una dimensión esencial de la esperanza cristiana. Así, la Iglesia toma conciencia de la unidad intrínseca de la esperanza escatológica y del compromiso en el mundo cuando hace memoria de toda la economía de la salvación: desde la encarnación hasta la parusía. Esta noción se podría profundizar más en una época en que la dimensión escatológica de la fe se ha debilitado, y en la que el sentido cristiano de la historia, como camino hacia su cumplimiento en Dios, se desvanece en favor de proyectos limitados únicamente al horizonte humano. Peregrinos en camino hacia Dios, siguiendo a innumerables ermitaños y monjes, buscadores del Absoluto, los cristianos que viven en Oriente Medio sabrán encontrar en la Eucaristía la fuerza y la luz necesarias para testimoniar el evangelio, a menudo contra corriente y a pesar de innumerables limitaciones. Se apoyarán en la intercesión de los justos, santos, mártires y confesores, y de todos los que han agradado al Señor, como se canta en nuestras liturgias de Oriente y Occidente.

Lectio Divina – 10 de junio

Lectio: Domingo, 10 Junio, 2018

Tiempo Ordinario

Marcos 3:20-35

1)    Oración Inicial

Dios amable y amoroso,

gobernante de todas las cosas en el cielo y en la tierra,

escucha favorablemente la oración de Tu pueblo

y concédenos tu paz en nuestros días.

Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, Tu Hijo,

quien vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,

Un Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

2)    Lectura del Evangelio – Marcos 3:20-35

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado». Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios». Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir, y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llega a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa. 

Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre». Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».

Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera». Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

3)    Reflexión

Jesús ya no vive entre Sus parientes en Nazaret. Su hogar ahora está en Cafarnaúm (Mc 2:1). Su familia viaja a una distancia de aproximadamente 40 km para encontrarlo allí y atraparlo porque creen que Él está «fuera de sí». Tal vez habían escuchado que Jesús no se comportaba con normalidad. Es posible que hayan pensado que estaba poniendo en peligro la reputación de la familia. Está claro que la relación de Jesús con sus parientes se estaba viendo afectada. En el antiguo Israel, el clan (la familia extendida) era la forma de garantizar la protección mutua, canalizando la tradición y defendiendo la identidad judía. En Galilea en la época de Jesús, debido al sistema romano introducido e impuesto bajo el gobierno de Herodes el Grande (37 aC a 4 aC) y de su hijo Herodes Antipas (4 aC a 39 dC), todo esto había dejado de existir o existía cada vez menos. El clan (comunidad) se estaba debilitando más.

Los impuestos que debían pagarse al gobierno y al Templo, el creciente endeudamiento personal, la mentalidad individualista del helenismo, las frecuentes amenazas de opresión violenta por parte de los romanos, la obligación de aceptar a los soldados romanos y de darles alojamiento, los desafíos cada vez mayores para la supervivencia: todos estos factores llevaron a las familias a aislarse de los demás y a centrarse en sus propias necesidades. La hospitalidad ya no se practicaba, ni tampoco el compartir, ni la comunión alrededor de la mesa, ni la aceptación de los excluidos. Esta concentración en la familia inmediata se vio reforzada por las prácticas religiosas de la época. La observancia de las normas de pureza fue un factor en la marginación de muchas personas: mujeres, niños, samaritanos, extranjeros, leprosos, enfermos, lisiados, recaudadores de impuestos, parapléjicos. Estas normas, en lugar de favorecer la aceptación y el intercambio, provocaron la separación y la exclusión.

Los escribas en el Evangelio de hoy acusan a Jesús de ejercer un poder diabólico: «por el gobernante de los demonios echa fuera a los demonios». Habían hecho su juicio y no permitirían nada, ni buenas obras, ni mensajes de vida, ni alegría, para penetrar en su conciencia y modificar su opinión. Jesús llama a esa actitud una blasfemia contra el Espíritu Santo. Es una forma de idolatría a través de la cual divinizamos nuestra propia opinión o dogma, rehusándonos a permitir que Dios o alguien avance para ampliar nuestra visión. Este pecado es imperdonable («un pecado eterno») porque las personas que voluntariamente se aprisionan a sí mismas en una ideología se bloquean a sí mismas de la gracia e inician su propio rigor mortis. La condena de Jesús de esa actitud fue la crítica más dura de la que habló en los Evangelios. Lo dirigió a personas que se habían atrapado tanto que solo irían de mal en peor, para al final planear su crucifixión.

El otro grupo, cuyo juicio escuchamos, es su familia. Jesús se había convertido repentinamente en una figura pública y estaba enojando a las autoridades. Tal vez tuvieron algún tipo de reunión familiar, cuya decisión fue enviar un grupo de representantes para encontrar a Jesús y llevarlo. Ellos tenían su propia idea de quién Él debería ser como miembro de la familia, y él no se estaba ajustando a esto. Jesús proclama que sus lazos más cercanos no están forjados por sangre o herencia. Para Jesús, sus parientes reales son aquellos que se relacionan con Dios en el amor como Él mismo lo hace («El que hace la voluntad de Dios …»). Estas son las personas a las que protegería, como protegería a su madre y a sus hermanos, a las personas que trataría como coherederos con Él para todo lo que el Padre prometió. En lugar de permanecer encerrado en su pequeña familia, Jesús extiende los límites de la familia y crea comunidad. Entiende el profundo significado de la familia, el clan y la comunidad como una expresión de la encarnación del amor de Dios en el amor hacia el prójimo.

4)    Preguntas Personales

 

¿De qué manera la vida familiar ayuda o dificulta la participación en la comunidad cristiana más amplia?

¿Aceptas a Jesús en sus propios términos, o solo aceptarás a un Mesías que cumpla tus expectativas?

La calumnia (como la acusación dirigida a Jesús por parte de los escribas: «Está poseído por Beelzebul») es el brazo o arma de los débiles. ¿Alguna vez has experimentado esto?

Ser parte del círculo más íntimo de Jesús nos exigirá que dejemos de reclamar ser importantes según la raza, el género, la etnia, la riqueza, el estatus religioso, etc. ¿Estás dispuesto a hacer eso?

5)    Oración Conclusiva

Oh Señor, Tú nos has buscado y conocido.

Sabes cuándo nos sentamos y cuando nos levantamos;

Tú disciernes nuestros pensamientos desde lejos.

Pruébanos y conoce nuestros pensamientos.

Ve si hay alguna maldad en nosotros,

y guíanos por caminos de eternidad. Amén.

                             (del Salmo 139)

Revoloteos

El móvil en la iglesia

Tenía que pasar alguna vez. Y ocurrió el domingo. En la iglesia. Era de esperar. Por lo que he oído, ha pasado en el teatro, hasta en una sala de conciertos y durante una audiencia papal. Y por tanto no hay por qué extrañarse de que el incidente desagradable haya sucedido en la iglesia, precisamente en las primeras palabras de la predicación.

Sí, el móvil. El señor S., un tipo un poco fanfarrón, que se da aire de gran hombre de negocios, siempre con prisa, aunque parece que su pequeña hacienda navega por aguas borrascosas, se deja ver por todas partes con el móvil pegado a la oreja, casi como una prótesis ya insustituible.

El domingo lo olvidó encendido en el bolsillo, y el móvil de improviso comenzó a sonar, sin respeto alguno por el lugar sagrado. La mejor solución para él fue alcanzar por pies la salida, apurado pero no demasiado, mientras la zarandaja infernal llenaba con sus sonidos impertinentes toda la nave, provocando la diversión de muchos (y no sólo de los muchachos) y la desaprobación de algunos (la cara, normalmente pálida, de la señorita Evelina, se puso color rojo púrpura, mientras de su dentadura postiza silbaban frases no precisamente benévolas en relación a «aquel bellaco»).

Personalmente pensé que el asunto podía tener un lado positivo, y si hubiese estado en el lugar del cura (¡una vez más!, es una fijación…) lo habría pillado al vuelo.

Más o menos así. Cuando resuena la palabra de Dios, deberíamos imaginar que dentro de nosotros suena algo que se asemeja a un móvil. Sí, un móvil invisible que se deja oír en nuestra intimidad. Y una voz, imperceptible, que nos advierte: «Quiero hablar contigo personalmente. Tengo algo que decirte que te afecta. La predicación es para todos, pero yo quiero comunicarte un mensaje para ti solo. La comunicación está reservada para ti y no para los otros. ¿Estás preparado?

No me digas: ‘en este momento estoy ocupado (o distraído) por otra línea, llamaré yo más tarde’. Sé muy bien que no me llamarás, que continuarás estando ocupado en otros asuntos que consideras más urgentes. Por tanto, responde ahora, presta atención…».

Paradójicamente, cuando ha sonado el móvil del señor S., el predicador estaba comentando la pregunta dirigida por Dios a Adán: «¿Dónde estás?». Sí, ¿dónde estoy cuando de improviso resuena esa voz? ¿dónde estoy con el corazón, con los pensamientos?

No he vuelto a ver al señor S. con su inseparable móvil. Quizás, después del coloquio, se ha colocado prudentemente al fondo de la iglesia, para no salir de ojo. O, más probablemente, se escabulló con el pretexto de un compromiso del que no podía librarse de ninguna manera, los negocios son los negocios…

Importa poco. Yo me preocupaba de no apagar el móvil secreto

La predicación en revoloteos

El predicador, estando ausente todavía el párroco, era el coadjutor con su perilla de sabio. Se ha exhibido en un género de predicación que le es particularmente connatural. Después de aquella «tipo globo» del maestro, con la que se nos castigó el domingo, el discípulo nos ha ofrecido un retazo significativo de «predicación en revoloteos».

Hablaba, a propósito de la narración conocidísima del Génesis—los protagonistas, el Creador en primer lugar, Adán y Eva, la serpiente como pérfida persuasora oculta, de mito y «símbolos arcaicos», de filones narrativos y de géneros literarios, de relación entre fe y ciencia, de representaciones infantiles que hay que superar…

Revoloteos, evoluciones acrobáticas, piruetas.

Se le ofrecía la posibilidad de posarse en el terreno concreto de nuestras tentaciones, de indicar las más frecuentes, señalar los modernos persuasores no tan ocultos, aludir a las apetitosas variantes modernas de la manzana prohibida y a las distintas formas que puede asumir a nuestros ojos. Nada de eso.

El continuaba, impertérrito, trazando ringorrangos de humo en los cielos de la abstracción.

Había además unas frases de Pablo que hubieran merecido ser martilleadas con vigor. Primero, «…creí, por eso hablé». El joven curita sabidillo daba la impresión de interpretarlo así: «He estudiado, por eso hablo».

La otra frase que comienza «y una tribulación pasajera y liviana», lo reconozco, para ser comentada adecuadamente, exigía una madurez y una experiencia de vida distinta. Y aquí no se daba el caso. Lástima: yo, por ejemplo, tendría mucho que decir acerca de esa «tribulación liviana»…

El continuaba con sus revoloteos y con sus despreocupadas piruetas sobre nuestras cabezas. En algunos momentos, parece que bajaba un poco, pero después volvía a alcanzar cota con subidas vertiginosas. No se decidía a aterrizar en el terreno de lo concreto. Y hay que decir que Pablo le estaba ofreciendo una amplia pista para tocar tierra con esta declaración: «Lo que se ve, es transitorio, lo que no se ve, es eterno».

He esperado en vano que aclarase cómo la especialización del creyente consiste precisamente en la capacidad de ver lo invisible, de ver lo que los otros no alcanzan a ver, de aferrarse a la realidad que otros dejan de lado.

El cristiano es un poco loco

Finalmente ahí estaba la página perturbadora del evangelio, en que Jesús es tachado de endemoniado por sus adversarios y considerado loco por sus familiares. Mientras el curita se perdía en divagaciones en torno a la «página anti-mariana de Marcos» («¿quiénes son mi madre…?»), y explicaba el sentido exacto de la expresión «hermanos y hermanas de Jesús» (una cuestión que ciertamente no nos quita el sueño), yo reflexionaba sobre el hecho de que el cristiano, si quiere serlo, debe aparecer un poco loco a los ojos de la gente «sensata».

«No está en sus cabales» sentenciaban los parientes de Jesús cuando se dan cuenta de que, junto al grupo de aquellos discípulos desordenados, no tiene tiempo ni para comer.

Intentaba sugerir al acróbata temerario: mira lo que es el cristiano. Uno «fuera» de la lógica común, de la mentalidad corriente, de los intereses dominantes, de los apetitos voraces de tanta gente. «Fuera» de las picardías varias, de los juegos de poder, de las competiciones para acaparar puestos bien visibles y óptimamente remunerados. «Fuera» del espectáculo, de la publicidad. Más que «fuera de sí» está «fuera de ellos». «Fuera» de la representación común.

Cuando uno no ve la pista de aterrizaje

En cuanto a la «predicación de los revoloteos», o de las divagaciones, tengo que concluir que el cura revela, cuando se abandona a este estilo, que está «fuera de nosotros», quiero decir de nuestros problemas, de nuestras exigencias, de nuestras dificultades.

Para usar la imagen del avión, no me atrevo a decir que el cura deba necesariamente despegar de nuestra situación, y de nuestras preocupaciones. No, que el cura parta de la palabra de Dios, porque esa es la pista obligada de despegue. Pero después, en el momento oportuno, debe estar dispuesto a identificar a tiro fijo la pista de aterrizaje para la palabra, que es necesariamente la de nuestra realidad concreta, de nuestras necesidades, de nuestros interrogantes. Partir de la palabra y llegar hasta donde estamos nosotros. Para esto hace falta un radar interior, que no se nos enseña en las escuelas, sino que está hecho de sensibilidad, intuición, experiencia.

Con otras palabras, es indispensable que el predicador, antes, conozca este terreno, lo explore pacientemente, con atención. De otra manera, cuando está en lo alto, peligra de no reconocer la pista de aterrizaje o de equivocarla clamorosamente.

El, con su doctrina y erudición, va a posar las ruedas quién sabe dónde y nosotros nos quedamos esperando inútilmente, en lo que es nuestro territorio familiar, y que debería ser también el suyo.

No basta traducir en lengua vulgar, hay que traducir en vida corriente.Y este es un esfuerzo cotidiano, al que el hombre de la palabra no puede sustraerse. A veces resulta más fácil levantarse en vuelo sobre los folios ligeros de los textos preparados, que hundir los pies en el polvo y en el fango; a veces sólo hace falta posarlos en el asfalto de las carreteras y en el cemento de las aceras.

En una palabra, el problema planteado por el sermón no es el arranque (la palabra de Dios debería bastar para dar la velocidad suficiente y levantarse del campo de lo «visible»). El verdadero problema está en establecer dónde se quiere llegar y lograr llegar sin defraudar nuestras esperas. Porque alguno puede también cansarse de esperar vanamente un discurso que le afecte, e irse a otra parte.

Para admirar evoluciones, las verdaderas manifestaciones aéreas dan unos escalofríos muy distintos.

«Se hará…»

A la salida me he cruzado con el sabio doctor Lino, con el que siempre es un placer pararse. El tema, esta vez, casi era obligado: «la predicación de los revoloteos» del coadjutor con pico sabio.

«¿Qué remedio sugiere, doctor? ¿lo enviamos de nuevo a la escuela o lo hacemos aterrizar más en nuestra realidad?».

Me ha respondido con un tono pacato:

«No sabría establecer con seguridad cuál sería la terapia más apta. Se trataría de convencer a estos jóvenes un poco presuntuosos, si bien no desprovistos de dotes apreciables y bien preparados desde un punto de vista intelectual, que hay que llevar los libros a la vida. Ellos, sin embargo, tienden a aprisionar la vida en los textos que han estudiado… De todos modos, no debemos ser excesivamente severos con ellos. Démosles tiempo para crecer y para… desaprender».

He pensado que también nosotros debemos ayudarles, con delicadeza, para que caigan en la cuenta de que la vida está en otra parte. Y que las realidades invisibles ayudan a descubrir, no a esconder, las realidades visibles.

Con otras palabras: la frecuentación de las cosas invisibles (asunto que nos afecta a todos, no sólo a los curas) tiene que llevar a ver las cosas visibles. Quizás de otra manera.

La dificultad, para todos, está en enganchar lo «transitorio» a lo eterno.

A. Pronzato

Locos y locuras

Muchas veces empleamos la palabra “locura” no sólo para hablar de la pérdida del juicio o la razón, sino también con otros significados. Hablamos de “locuras de juventud” para referirnos a acciones o decisiones que se hacen durante esos años pero que en la vida adulta ni nos planteamos; decimos que “hay que estar locos” para practicar determinados deportes de riesgo; amamos a alguien “con locura”; cuando alguien lleva a cabo una acción desacertada, o toma una decisión fuera de lo común, decimos que “ha cometido una locura”; cuando lo pasamos muy bien, decimos que ha sido “de locura”… La misma palabra la utilizamos tanto en sentido positivo como negativo. Todos hemos hecho nuestras propias “locuras”, con mejores o peores consecuencias: unas veces simplemente nos habremos salido del camino trillado, de “lo que todos hacen”; otras veces nuestra “locura” ha echado a perder algo bueno que teníamos, y después nos arrepentimos amargamente.

El Evangelio de hoy nos presenta un hecho que quizá nos ha pasado bastante desapercibido: Jesús volvió a casa y al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Los parientes de Jesús creen que está loco: sus palabras y sus obras las consideran una locura y quieren que deje de actuar así. Los letrados aprovechan la situación y aún hacen una acusación más grave: Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios. Acusan a Jesús no ya de estar loco, sino lo que es peor, de estar endemoniado, algo que estaba castigado con la lapidación.

Y visto que Jesús sigue con su “locura”, llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera lo mandaron llamar. No pensemos que María también pensaba que Jesús se había vuelto loco; más bien debemos ver ante todo la lógica preocupación de una madre por su hijo, una Madre que, ante el Misterio de su Hijo, desde la Encarnación hasta la Cruz tuvo a menudo que “meditar todas estas cosas en su corazón”, como indican los Evangelios, para seguir comprendiendo y fiándose de Dios.

Jesús se defiende, primero, de la acusación más grave, la de estar endemoniado, dejando patente lo absurdo de esa afirmación con una respuesta muy cuerda: ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido.

Y después se defiende ante su familia con otra respuesta que no daría alguien que está loco: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Jesús no reniega de los lazos de sangre, sino que amplía el concepto de “familia”, de parentesco. Y María, que escuchó esta respuesta, no vio en ella un desprecio, sino la total coherencia y “cordura” de Jesús, ya que Ella fue la primera que dijo: Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38) al recibir por el anuncio del Ángel la noticia de la Encarnación del Hijo de Dios, algo por lo que muchos también la considerarían “loca”.

Quizá también a nosotros nos consideren unos “locos” por ser cristianos, por seguir creyéndonos estas cosas. Pero la verdadera locura consiste en ignorar a Dios, como nos ha mostrado el relato (que no hay que interpretar literalmente) de la 1ª lectura. Lo realmente “cuerdo” es cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida, aun cuando esto extrañe o provoque rechazo en los demás. 

¿Qué “locuras” he cometido en mi vida? ¿Qué consecuencias han tenido? ¿Parientes o amigos cercanos me han acusado alguna vez de estar “loco” por ser cristiano? ¿Cómo me sentí, cómo reaccioné? ¿Qué hago para conocer, meditar y cumplir la voluntad de Dios, como María?

Contemplar a Jesús siendo tachado de loco hasta por sus parientes más cercanos nos invita también a nosotros a ser unos “locos”, porque como decía la 2ª lectura, creemos que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará. Y desde esta fe, la Palabra de Dios hoy nos invita a cometer “locuras”, porque venga lo que venga creemos que todo es para vuestro bien; porque no nos desanimamos aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo; porque no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Seamos “locos”, sin miedo, porque entonces seremos hermanos, hermanas y madres de Jesús, que por su locura de amor hacia nosotros, se encarnó, murió y resucitó por nuestra salvación.

Formas de creer

El que cumple la voluntad de Dios…

La fe no es una reacción automática, sino una decisión personal que ha de madurar cada individuo. Por eso, cada creyente ha de hacer su propio recorrido. No hay dos formas iguales de vivir ante el misterio de Dios.

Hay personas intuitivas que no necesitan reflexionar mucho ni detenerse en análisis complejos para captar lo esencial de la fe; saben que todos caminamos en medio de tinieblas y vislumbran que lo importante es confiar en Dios. Otros, por el contrario, necesitan razonarlo todo, discutirlo, comprobar la racionabilidad del acto de fe. Solo entonces se abrirán al misterio de Dios.

Hay también personas muy espontáneas y vitalistas, que reaccionan con prontitud ante un mensaje esperanzador; escuchan el evangelio y rápidamente se despierta en su corazón una respuesta confiada. Otros, sin embargo, necesitan madurar más lentamente sus decisiones; escuchan el mensaje cristiano, pero han de ahondar despacio en su contenido y sus exigencias antes de asumirlo como principio inspirador de sus vidas.

Hay gentes pesimistas que subrayan siempre los aspectos negativos de las cosas. Su fe estará probablemente teñida de pesimismo: «Se está perdiendo la religión», «la Iglesia no reacciona», «por qué permite Dios tanto pecado e inmoralidad?» Hay también personas optimistas que tienden a ver lo positivo de la vida, y viven su fe con tono confiado: «Esta crisis purificará al cristianismo», «el Espíritu de Dios sigue actuando también hoy», «el futuro está en manos de Dios».

Hay personas de estilo más contemplativo, con gran capacidad de «vida interior». No les resulta tan dificil hacer silencio, escuchar a Dios en el fondo de su ser y abrirse a la acción del Espíritu. Pero hay también personas de temperamento más bien activo. Para éstas, la fe es, sobre todo, compromiso práctico, amor concreto al hermano, lucha por un mundo más humano.

Hay gente de mentalidad conservadora, que tiende a vivir la fe como una larga tradición recibida de sus padres y que ellos han de transmitir, a su vez, a los hijos; les preocupa, sobre todo, conservar fielmente las costumbres y guardar las tradiciones y creencias religiosas. Otros, por el contrario, tienen la mirada puesta en el futuro. Para ellos, la fe debería ser un principio renovador, una fuente permanente de creatividad y de búsqueda de caminos nuevos para la acción de Dios.

El temperamento y la trayectoria de cada uno condicionan, por tanto, el modo de creer de la persona. Cada uno tiene su estilo de creer. En cualquier caso, Jesús le da importancia decisiva a una cosa: Es necesario «hacer la voluntad de Dios». Esta búsqueda realista de la voluntad de Dios caracteriza siempre al verdadero creyente.

José Antonio Pagola