Revoloteos

El móvil en la iglesia

Tenía que pasar alguna vez. Y ocurrió el domingo. En la iglesia. Era de esperar. Por lo que he oído, ha pasado en el teatro, hasta en una sala de conciertos y durante una audiencia papal. Y por tanto no hay por qué extrañarse de que el incidente desagradable haya sucedido en la iglesia, precisamente en las primeras palabras de la predicación.

Sí, el móvil. El señor S., un tipo un poco fanfarrón, que se da aire de gran hombre de negocios, siempre con prisa, aunque parece que su pequeña hacienda navega por aguas borrascosas, se deja ver por todas partes con el móvil pegado a la oreja, casi como una prótesis ya insustituible.

El domingo lo olvidó encendido en el bolsillo, y el móvil de improviso comenzó a sonar, sin respeto alguno por el lugar sagrado. La mejor solución para él fue alcanzar por pies la salida, apurado pero no demasiado, mientras la zarandaja infernal llenaba con sus sonidos impertinentes toda la nave, provocando la diversión de muchos (y no sólo de los muchachos) y la desaprobación de algunos (la cara, normalmente pálida, de la señorita Evelina, se puso color rojo púrpura, mientras de su dentadura postiza silbaban frases no precisamente benévolas en relación a «aquel bellaco»).

Personalmente pensé que el asunto podía tener un lado positivo, y si hubiese estado en el lugar del cura (¡una vez más!, es una fijación…) lo habría pillado al vuelo.

Más o menos así. Cuando resuena la palabra de Dios, deberíamos imaginar que dentro de nosotros suena algo que se asemeja a un móvil. Sí, un móvil invisible que se deja oír en nuestra intimidad. Y una voz, imperceptible, que nos advierte: «Quiero hablar contigo personalmente. Tengo algo que decirte que te afecta. La predicación es para todos, pero yo quiero comunicarte un mensaje para ti solo. La comunicación está reservada para ti y no para los otros. ¿Estás preparado?

No me digas: ‘en este momento estoy ocupado (o distraído) por otra línea, llamaré yo más tarde’. Sé muy bien que no me llamarás, que continuarás estando ocupado en otros asuntos que consideras más urgentes. Por tanto, responde ahora, presta atención…».

Paradójicamente, cuando ha sonado el móvil del señor S., el predicador estaba comentando la pregunta dirigida por Dios a Adán: «¿Dónde estás?». Sí, ¿dónde estoy cuando de improviso resuena esa voz? ¿dónde estoy con el corazón, con los pensamientos?

No he vuelto a ver al señor S. con su inseparable móvil. Quizás, después del coloquio, se ha colocado prudentemente al fondo de la iglesia, para no salir de ojo. O, más probablemente, se escabulló con el pretexto de un compromiso del que no podía librarse de ninguna manera, los negocios son los negocios…

Importa poco. Yo me preocupaba de no apagar el móvil secreto

La predicación en revoloteos

El predicador, estando ausente todavía el párroco, era el coadjutor con su perilla de sabio. Se ha exhibido en un género de predicación que le es particularmente connatural. Después de aquella «tipo globo» del maestro, con la que se nos castigó el domingo, el discípulo nos ha ofrecido un retazo significativo de «predicación en revoloteos».

Hablaba, a propósito de la narración conocidísima del Génesis—los protagonistas, el Creador en primer lugar, Adán y Eva, la serpiente como pérfida persuasora oculta, de mito y «símbolos arcaicos», de filones narrativos y de géneros literarios, de relación entre fe y ciencia, de representaciones infantiles que hay que superar…

Revoloteos, evoluciones acrobáticas, piruetas.

Se le ofrecía la posibilidad de posarse en el terreno concreto de nuestras tentaciones, de indicar las más frecuentes, señalar los modernos persuasores no tan ocultos, aludir a las apetitosas variantes modernas de la manzana prohibida y a las distintas formas que puede asumir a nuestros ojos. Nada de eso.

El continuaba, impertérrito, trazando ringorrangos de humo en los cielos de la abstracción.

Había además unas frases de Pablo que hubieran merecido ser martilleadas con vigor. Primero, «…creí, por eso hablé». El joven curita sabidillo daba la impresión de interpretarlo así: «He estudiado, por eso hablo».

La otra frase que comienza «y una tribulación pasajera y liviana», lo reconozco, para ser comentada adecuadamente, exigía una madurez y una experiencia de vida distinta. Y aquí no se daba el caso. Lástima: yo, por ejemplo, tendría mucho que decir acerca de esa «tribulación liviana»…

El continuaba con sus revoloteos y con sus despreocupadas piruetas sobre nuestras cabezas. En algunos momentos, parece que bajaba un poco, pero después volvía a alcanzar cota con subidas vertiginosas. No se decidía a aterrizar en el terreno de lo concreto. Y hay que decir que Pablo le estaba ofreciendo una amplia pista para tocar tierra con esta declaración: «Lo que se ve, es transitorio, lo que no se ve, es eterno».

He esperado en vano que aclarase cómo la especialización del creyente consiste precisamente en la capacidad de ver lo invisible, de ver lo que los otros no alcanzan a ver, de aferrarse a la realidad que otros dejan de lado.

El cristiano es un poco loco

Finalmente ahí estaba la página perturbadora del evangelio, en que Jesús es tachado de endemoniado por sus adversarios y considerado loco por sus familiares. Mientras el curita se perdía en divagaciones en torno a la «página anti-mariana de Marcos» («¿quiénes son mi madre…?»), y explicaba el sentido exacto de la expresión «hermanos y hermanas de Jesús» (una cuestión que ciertamente no nos quita el sueño), yo reflexionaba sobre el hecho de que el cristiano, si quiere serlo, debe aparecer un poco loco a los ojos de la gente «sensata».

«No está en sus cabales» sentenciaban los parientes de Jesús cuando se dan cuenta de que, junto al grupo de aquellos discípulos desordenados, no tiene tiempo ni para comer.

Intentaba sugerir al acróbata temerario: mira lo que es el cristiano. Uno «fuera» de la lógica común, de la mentalidad corriente, de los intereses dominantes, de los apetitos voraces de tanta gente. «Fuera» de las picardías varias, de los juegos de poder, de las competiciones para acaparar puestos bien visibles y óptimamente remunerados. «Fuera» del espectáculo, de la publicidad. Más que «fuera de sí» está «fuera de ellos». «Fuera» de la representación común.

Cuando uno no ve la pista de aterrizaje

En cuanto a la «predicación de los revoloteos», o de las divagaciones, tengo que concluir que el cura revela, cuando se abandona a este estilo, que está «fuera de nosotros», quiero decir de nuestros problemas, de nuestras exigencias, de nuestras dificultades.

Para usar la imagen del avión, no me atrevo a decir que el cura deba necesariamente despegar de nuestra situación, y de nuestras preocupaciones. No, que el cura parta de la palabra de Dios, porque esa es la pista obligada de despegue. Pero después, en el momento oportuno, debe estar dispuesto a identificar a tiro fijo la pista de aterrizaje para la palabra, que es necesariamente la de nuestra realidad concreta, de nuestras necesidades, de nuestros interrogantes. Partir de la palabra y llegar hasta donde estamos nosotros. Para esto hace falta un radar interior, que no se nos enseña en las escuelas, sino que está hecho de sensibilidad, intuición, experiencia.

Con otras palabras, es indispensable que el predicador, antes, conozca este terreno, lo explore pacientemente, con atención. De otra manera, cuando está en lo alto, peligra de no reconocer la pista de aterrizaje o de equivocarla clamorosamente.

El, con su doctrina y erudición, va a posar las ruedas quién sabe dónde y nosotros nos quedamos esperando inútilmente, en lo que es nuestro territorio familiar, y que debería ser también el suyo.

No basta traducir en lengua vulgar, hay que traducir en vida corriente.Y este es un esfuerzo cotidiano, al que el hombre de la palabra no puede sustraerse. A veces resulta más fácil levantarse en vuelo sobre los folios ligeros de los textos preparados, que hundir los pies en el polvo y en el fango; a veces sólo hace falta posarlos en el asfalto de las carreteras y en el cemento de las aceras.

En una palabra, el problema planteado por el sermón no es el arranque (la palabra de Dios debería bastar para dar la velocidad suficiente y levantarse del campo de lo «visible»). El verdadero problema está en establecer dónde se quiere llegar y lograr llegar sin defraudar nuestras esperas. Porque alguno puede también cansarse de esperar vanamente un discurso que le afecte, e irse a otra parte.

Para admirar evoluciones, las verdaderas manifestaciones aéreas dan unos escalofríos muy distintos.

«Se hará…»

A la salida me he cruzado con el sabio doctor Lino, con el que siempre es un placer pararse. El tema, esta vez, casi era obligado: «la predicación de los revoloteos» del coadjutor con pico sabio.

«¿Qué remedio sugiere, doctor? ¿lo enviamos de nuevo a la escuela o lo hacemos aterrizar más en nuestra realidad?».

Me ha respondido con un tono pacato:

«No sabría establecer con seguridad cuál sería la terapia más apta. Se trataría de convencer a estos jóvenes un poco presuntuosos, si bien no desprovistos de dotes apreciables y bien preparados desde un punto de vista intelectual, que hay que llevar los libros a la vida. Ellos, sin embargo, tienden a aprisionar la vida en los textos que han estudiado… De todos modos, no debemos ser excesivamente severos con ellos. Démosles tiempo para crecer y para… desaprender».

He pensado que también nosotros debemos ayudarles, con delicadeza, para que caigan en la cuenta de que la vida está en otra parte. Y que las realidades invisibles ayudan a descubrir, no a esconder, las realidades visibles.

Con otras palabras: la frecuentación de las cosas invisibles (asunto que nos afecta a todos, no sólo a los curas) tiene que llevar a ver las cosas visibles. Quizás de otra manera.

La dificultad, para todos, está en enganchar lo «transitorio» a lo eterno.

A. Pronzato