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Archive for 11/06/18

SAN BERNABÉ, apóstol. (MEMORIA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: COLUMNAS DE LA IGLESIA, PIEDRAS VIVAS.

¡Columnas de la Iglesia, piedras vivas!
¡Apóstoles de Dios, grito del Verbo!
Benditos vuestros pies, porque han llegado
para anunciar la paz al mundo entero.

De pie en la encrucijada de la vida,
del hombre peregrino y de los pueblos,
lleváis agua de Dios a los cansados,
hambre de Dios lleváis a los hambrientos.

De puerta en puerta va vuestro mensaje,
que es verdad y es amor y es Evangelio.
no temáis, pecadores, que sus manos
son caricias de paz y de consuelo.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Salmo 44 I – LAS NUPCIAS DEL REY.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Ant 2. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Salmo 44 II

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   Col 1, 3b-6a

Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, en todo momento, rezando por vosotros, al oír hablar de vuestra fe en Jesucristo y del amor que tenéis a todos los santos, por la esperanza que os está reservada en los cielos, sobre la cual oísteis hablar por la palabra verdadera de la Buena Noticia, que se os hizo presente, y está dando fruto y prosperando en todo el mundo igual que entre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

V. Contad a los pueblos la gloria del Señor.
R. Contad a los pueblos la gloria del Señor.

V. Sus maravillas a todas las naciones.
R. Contad a los pueblos la gloria del Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Contad a los pueblos la gloria del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Toda la asamblea guardó silencio y escucharon a Pablo y a Bernabé, que contaban todas las señales y prodigios que, por su medio, había obrado Dios entre los gentiles.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Toda la asamblea guardó silencio y escucharon a Pablo y a Bernabé, que contaban todas las señales y prodigios que, por su medio, había obrado Dios entre los gentiles.

PRECES

Invoquemos a Dios, fuente de toda luz, que por medio del Evangelio de su Hijo nos ha llamado a la fe verdadera, y oremos por su pueblo santo, diciendo:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Padre santo, que sacaste de entre los muertos a Jesús, gran pastor de las ovejas,
haz que nosotros seamos testigos de Cristo hasta los confines del mundo.

Padre santo, tú que enviaste a tu Hijo al mundo para dar la Buena Noticia a los pobres,
haz que el Evangelio sea proclamado a toda la creación.

Tú que enviaste a tu Hijo a sembrar la semilla de la palabra,
haz que, sembrando también tu palabra con nuestro esfuerzo, recojamos sus frutos con alegría.

Tú que enviaste a tu Hijo para que reconciliara el mundo contigo,
haz que también nosotros cooperemos a la reconciliación de los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que quisiste que tu Hijo resucitara el primero de entre los muertos,
concede a todos los que son de Cristo resucitar con él, el día de su venida.

Oremos ahora al Padre, como Jesús enseñó a los apóstoles:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que, después de haber infundido en abundancia la fe y el Espíritu Santo en San Bernabé, lo destinaste para que anunciara a los pueblos paganos el mensaje de salvación, haz que el Evangelio de Cristo, que él predicó valerosamente, sea proclamado con fidelidad por nuestras palabras y nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Lunes, 11 Junio, 2018

Tiempo Ordinario

1) ORACIÓN INICIAL

¡Oh Dios!, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas; y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del santo Evangelio según Mateo 5,1-12
Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

3) REFLEXIÓN

• A partir de hoy, inicio de la 10ª Semana del Tiempo Ordinario, hasta final de la 21ª Semana del Tiempo Ordinario, los evangelios estarán sacados del evangelio de Mateo. A partir del inicio de la 22ª Semana del Tiempo Ordinario, hasta fin del año litúrgico, estarán sacados del evangelio de Lucas.

• En el Evangelio de Mateo, escrito para las comunidades de judíos convertidos de Galilea y Siria, Jesús es presentado como el nuevo Moisés, el nuevo legislador. En el AT la Ley de Moisés fue codificada en cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Imitando el modelo antiguo, Mateo presenta la Nueva Ley en cinco grandes Sermones dispersos en el evangelio: a) el Sermón del Monte (Mt 5,1 a 7,29); b) el Sermón de la Misión (Mt 10,1-42); c) El Sermón de las Parábolas (Mt 13,1-52); d) el Sermón de la Comunidad (Mt 18,1-35); e) El Sermón del Futuro del Reino (Mt 24,1 a 25,46). Las partes narrativas, intercaladas entre los cinco Sermones, describen la práctica de Jesús y muestran como él observaba la nueva Ley y la encarnaba en su vida.

• Mateo 5,1-2: El solemne anuncio de la Nueva Ley. De acuerdo con el contexto del evangelio de Mateo, en el momento en que Jesús pronunció el Sermón del Monte, había apenas cuatro discípulos con él (cf. Mt 4,18-22). Poca gente. Pero una multitud inmensa le seguía (Mt 4,25). En el AT, Moisés subió al Monte Sinaí para recibir la Ley de Dios. Al igual que Moisés, Jesús sube al Monte y, mirando a la multitud, proclama la Nueva Ley. Es significativo : Es significativa la manera solemne como Mateo introduce la proclamación de la Nueva Ley: “Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo:«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” Las ocho Bienaventuranzas forman una solemne apertura del “Sermón de la Montaña”. En ellas Jesús define quien puede ser considerado bienaventurado, quien puede entrar en el Reino. Son ochos categorías de personas, ocho puertas para entrar en el Reino, para la Comunidad. ¡No hay otras entradas! Quien quiere entrar en el Reino tendrá que identificarse por lo menos con una de estas categorías.

• Mateo 5,3: Bienaventurados los pobres de espíritu. Jesús reconoce la riqueza y el valor de los pobres (Mt 11,25-26). Define su propia misión como la de “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4,18). El mismo, vive como pobre. No posee nada para sí, ni siquiera una piedra donde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Y a quien quiere seguirle manda escoger:¡o Dios, o el dinero! (Mt 6,24). En el evangelio de Lucas se dice: “¡Bienaventurados los pobres!” (Lc 6,20). Entonces, ¿quién es “pobre de espíritu”? Es el pobre que tiene el mismo espíritu que animó a Jesús. No es el rico. Ni es el pobre como mentalidad de rico. Es el pobre que, como Jesús, piensa en los pobres y reconoce su valor. Es el pobre que dice: “Pienso que el mundo será mejor cuando el menor que padece piensa en el menor”.

1. Bienaventurados los pobres de espíritu  => de ellos es el Reino de los Cielos
2. Bienaventurados los mansos => heredarán la tierra
3. Bienaventurados los que lloran => serán consolados
4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia => serán saciados
5. Bienaventurados los misericordiosos => obtendrán misericordia
6. Bienaventurados los limpios de corazón => verán a Dios
7. Bienaventurados los que trabajan por la paz => serán hijos de Dios
8. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia => de ellos es el Reino de los Cielos

• Mateo 5,4-9: El nuevo proyecto de vida. Cada vez que en la Biblia se intenta renovar la Alianza, se empieza estableciendo el derecho de los pobres y de los excluidos. Sin esto, ¡la Alianza no se rehace! Así hacían los profetas, así hace Jesús. En las bienaventuranzas, anuncia al pueblo el nuevo proyecto de Dios que acoge a los pobres y a los excluidos. Denuncia el sistema que ha excluido a los pobres y que persigue a los que luchan por la justicia. La primera categoría de los “pobres en espíritu” y la última categoría de los “perseguidos por causa de la justicia” reciben la misma promesa del Reino de los Cielos. Y la reciben desde ahora, en el presente, pues Jesús dice “¡de ellos es el Reino!” El Reino ya está presente en su vida. Entre la primera y la última categoría, hay tres otras categorías de personas que reciben la promesa del Reino. En estos tres dúos transpare el nuevo proyecto de vida que quiere reconstruirla en su totalidad a través de un nuevo tipo de relaciones: con los bienes materiales (1er dúo); con las personas entre sí (2º dúo); con Dios (3er dúo). La comunidad cristiana debe ser una muestra de este Reino, un lugar donde el Reino empieza a tomar forma desde ahora.

• Los tres: Primera dúo: los mansos y los que lloran: Los mansos son los pobres de los que habla el salmo 37. Se les quitó su tierra y la van a heredar de nuevo (Sal 37,11; cf Sal 37.22.29.34). Los afligidos son los que lloran ante la injusticia en el mundo y entre la gente (cf. Sl 119,136; Ez 9,4; Tob 13,16; 2Pd 2,7). Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación con los bienes materiales: la posesión de la tierra y el mundo reconciliado.

Segundo dúo: los que tienen hambre y sed de justicia y los misericordiosos. Lo que tienen hambre y sed de justicia son los que desean renovar la convivencia humana, para que esté de nuevo de acuerdo con las exigencias de la justicia. Los misericordiosos son los que tienen el corazón en la miseria de los otros porque quieren eliminar las desigualdades entre los hermanos y las hermanas. Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación entre las personas mediante la práctica de la justicia y de la solidaridad.

Tercer dúo: los puros de corazón y los pacíficos: Los puros de corazón son los que tienen una mirada contemplativa que les permite percibir la presencia de Dios en todo. Los que promueven la paz serán llamados hijos de Dios, porque se esfuerzan para que la nueva experiencia de Dios pueda penetrar en todo y realice la integración de todo . Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación con Dios: ver la presencia actuante de Dios en todo y ser llamado hijo e hija de Dios.

• Mateo 5,10-12: Los perseguidos por causa de la justicia y del evangelio. Las bienaventuranzas dicen exactamente lo contrario de lo que dice la sociedad en la que vivimos. En ésta, el perseguido por la justicia es considerado como un infeliz. El pobre es un infeliz. Feliz es el que tiene dinero y puede ir al supermercado y gastar según su voluntad. Los infelices son los pobres, los que lloran. En la televisión, las novelas divulgan este mito de la persona feliz y realizada. Y sin darnos cuenta, las telenovelas se vuelven el patrón de vida para muchos de nosotros. ¿Quizás si en nuestra sociedad todavía hay lugar para estas palabras de Jesús: “¡Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia y del evangelio! ¡Felices los pobres! ¡Felices los que lloran!”? Y para mí que soy cristiano y cristiana, de hecho ¿quién es feliz?

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Todos queremos ser felices. ¡Todos y todas! Pero ¿somos realmente felices? Por qué sí? ¿Por qué no? ¿Cómo entender que una persona puede ser pobre y feliz al mismo tiempo?

• ¿Cuáles son los momentos en tu vida en que te has sentidor realmente feliz? ¿Era una felicidad como la que fue proclamada por Jesús en las bienaventuranzas, o era de otro tipo?

5) ORACIÓN FINAL

Alzo mis ojos a los montes,
¿de dónde vendrá mi auxilio?
Mi auxilio viene de Yahvé,
que hizo el cielo y la tierra. (Sal 121,1-2)

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“¡Arrepentíos, porque está cerca el reino de los cielos!” (Mt 4,17). El sermón de la montaña suena como un comunicado gubernamental en tiempos de crisis. Se propone en él una reconversión, un restablecimiento de la carta fundamental del Reino. Pero ¿quiénes son los elegidos del pueblo? Ante Jesús, hombres y mujeres sin importancia, de quienes no se espera que se sienten un día en los bancos de la corte real, gentes sencillas en las que no confiaría nadie para emprender una reconversión económica o política. Hay que ser Jesucristo para comenzar su reinado apoyándose en ellos…

Entre ellos, los hay que lloran, porque han sido golpeados por el dolor. Otros pertenecen al grupo de los que, en tono de conmiseración, son llamados dulces, misericordiosos… Algunos parecen quizá más interesados por la renovación de la sociedad: tienen hambre y sed de justicia, pero han optado por las soluciones pacíficas, quieren la paz y no el conflicto… Una cosa es cierta: todos están aquí con lo que Jesús llama “un corazón pobre”, una disponibilidad total, una confianza casi demasiado ingenua en el futuro, una especie de fe que no entiende de cálculos.

Jesús los mira; él ya sabe que los insultarán por su causa, que se dirá toda clase de maldades sobre ellos, que los perseguirán, como fueron per- seguidos los profetas, desde el momento en que no se plieguen al orden establecido. Pero he aquí que el discurso del trono se transforma en felicitaciones, en bienaventuranzas y en palabras de aliento. El rey está en las antípodas de esos políticos que sólo tienen en los labios palabras pesimistas o inconscientes; toma en sus manos a esos pobres que están con él y los pone en pie para que afronten su tarea. Antes, incluso, de que hayan hecho nada, ¡los declara bienaventurados!

Ciertamente, llegará el momento en que habrá que precisar la tarea que les ha sido encomendada, y el sermón de la montaña subrayará sus exigencias fundamentales, pero, por el momento, el rey se dirige a su auditorio en medio de la alegría. ¡El Reino es suyo! El Reino es ofrecido como un don, como una gracia, y los pobres cumplirán nueva ley por fidelidad a esta gracia, no por su aptitud.

La conversión evangélica está contenida entera en esta pobreza y en esta alegría. A la medida de su deseo, los pobres recibirán la tierra prometida y la paz; nada podrá privarles de ellas si permanecen fieles a su pobreza. El Reino está en el corazón del hombre, y la alegría de los pobres es la de un corazón limpio que ya ve a Dios.

En la montaña, aquel día, unos hombres vieron a Dios. Vieron a un hombre que les decía: “¡Bienaventurados!” Y, como comprendieron que aquel hombre les hablaba al corazón, reconocieron desde el principio que hablaba en nombre de Dios.

Te damos gracias,
Dios y Padre nuestro,
Señor del cielo y de la tierra,
porque en tu benevolencia,
has descubierto tu misterio
a los humildes y a los pobres.
No es a los poderosos imbuidos de sí mismos
a quienes prometes la tierra,
sino a los dulces y buenos para con sus hermanos.
A tu lado,
la pobreza es riqueza,
y el que te lo entrega todo, recibe tu Reino centuplicado.
La felicidad sustituye a las lágrimas,
y los corazones misericordiosos son transfigurados
porque se les da la paz como herencia.

Bendito seas, Padre
por tu Reino, tierra nueva,
y por Jesucristo, tu Hijo,
que vino a buscar y a salvar a los que estaban perdidos.
El invitó a seguirle
a los que arrastraban penosamente su carga;
él cargó con la cruz de lodos ellos
y los condujo hasta el reposo.
Pero él, antes de gozar de ese reposo y de esa paz,
se hizo pobre, despojándose de todo,
y llevó su misericordia al extremo de perdonar
y entregar su vida por quienes lo entregaban.

Escucha nuestra oración:
haz que, siguiendo a Cristo,
nos hagamos también sencillos y pacíficos.
Conserva a tu Iglesia en la dicha
del don que le has dado:
haz que prodigue generosamente sus riquezas
entre los hombres que tienen hambre y sed de ti.
Que tu pueblo, cada día,
conozca la alegría perfecta cantándote a ti,
Padre nuestro, tal como Jesús te ha revelado,
y bendiciendo a tu Hijo
tal como tu amor nos lo ha dado.

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LA LANZADA

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios, que por medio del Corazón de tu Hijo, herido por nuestras culpas, te dignas, en tu misericordia infinita, darnos los tesoros de tu amor; te pedimos nos concedas que, al presentarte el devoto obsequio de nuestra piedad, le ofrezcamos también el homenaje de una digna satisfacción. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

CONSIDERACIÓN DEL DÍA

Lanzada contra el Corazón de Cristo es la blasfemia, o la proferida por labios inmundos, o la declamada en la tribuna, o la impresa en el libro impío. ¡Aborrezcámosla!

 

LETANÍAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Padre Eterno, Dios de los cielos, ten piedad de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros

Corazón de Jesús, Hijo del Eterno Pa­dre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, templo santo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, tabernáculo del Al­tísimo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hoguera ardiente de caridad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, asilo de justicia y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien están to­dos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, deseo de los eter­nos collados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paciente y de mu­cha misericordia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rico para todos los que te invocan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, saciado de opro­bios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte, Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, perforado por una lanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de toda con­solación, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, víctima de los pecadores, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, perdónanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, escúchanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, ten piedad de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

 

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, mira el corazón de tu amadísimo Hijo y las alabanzas y sa­tisfacciones que te dio en nombre de los pecadores, y concede propicio el perdón a los que imploran tu misericordia, en nombre de tu mismo Hijo Jesucristo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, que tus santos misterios infundan en nosotros el fervor divino, con el que, recibida la bondad de tu dulce Corazón, aprendamos a despreciar lo terreno y amar lo celestial. Tu que vives y reinas por siglos infinitos. Amén.

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81. El sacramento del perdón y de la reconciliación, del que junto con los Padres sinodales deseo una renovación en su comprensión y en su práctica entre los fieles, es una invitación a la conversión del corazón[76]. En efecto, Cristo pide claramente: Cuando vayas a «presentar tu ofrenda sobre el altar…, vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-24). La conversión sacramental es un don que requiere ser mejor acogido y practicado. El sacramento del perdón y de la reconciliación perdona ciertamente los pecados, pero también cura. Recibirlo con mayor frecuencia favorece la formación de la conciencia y la reconciliación, ayudando a superar los diferentes miedos y a luchar contra la violencia. Pues sólo Dios da la paz auténtica (cf. Jn14,27). En este sentido, exhorto a los pastores, así como a los fieles que están a su cuidado, a purificar incesantemente la memoria individual y colectiva, liberando de prejuicios los espíritus a través de la aceptación mutua y la colaboración con las personas de buena voluntad. Exhorto también a promover toda iniciativa de paz y reconciliación, incluso en medio de las persecuciones, para ser de verdad discípulos de Cristo según el espíritu de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12). Es necesario que la «buena conducta» de los cristianos (cf. 1 P 3,16) se convierta por su ejemplaridad en levadura en la masa humana (cf. Lc13,20-21), pues se funda en Cristo, que invita a la perfección (cf. Mt 5,48; St 1,4; 1 P 1,16).


[76] Cf. Propositio 37.

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LA LEY DEL CRECIMIENTO

El Espíritu de Dios está promoviendo hoy en la Iglesia todo un proceso de conversión radical. Muchos cristianos «viejos» quieren replantear honestamente la fe que viven; los jóvenes se plantean la opción de la fe de una manera radical y responsable; no pocos alejados vuelven a interesarse por el fenómeno de una Iglesia que quiere ser fiel al Reino de Dios y que ellos, escandalizados, un día abandonaron.

 

1.- Tres tentaciones que acechan a los convertidos.

Son tres procesos de conversión que se dan en medio de nosotros. La conversión es ese camino que el hombre recorre para conformarse a las exigencias del Reine de Dios. En este camino pueden asaltar varias tentaciones, en las que si no se tiene cuidado sucumbimos. La primera, es creer que uno se convierte rápidamente. La conversión no se puede con- fundir con el movimiento primero en que decidimos convertirnos, respondiendo a la llamada de Dios. Otra tentación es la de creer que todo es bueno en nosotros, una vez que nos hemos convertido. Es la imagen vulgar de que una vez que alcanzamos el perdón de los pecados somos todo gracia, no queda en nosotros ninguna sombra. La tercera, es el triunfalismo; consiste en creerse un tipo estupendo. ¿Cómo puede concebirse este triunfalismo con la conciencia de pecado que se supone en el convertido?

El evangelio de hoy, con dos parábolas admirables y una sencillez que raya en lo sublime, nos advierte de estos peligros, al narrarnos la naturaleza del Reino de Dios y su proceso de crecimiento.

2.- La lentitud del Reino.

La lentitud, es una característica del Reino y de la conversión. «La semilla germina, va creciendo…, primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto… ha llegado la siega» (Mc 4, 27-29). Cada fase requiere su tiempo y llega a su tiempo. Esta lentitud, debe llenarnos de paciencia a nosotros que en seguida nos ponemos nerviosos. Nada más comenzar la conversión, ya nos queremos ver «comprometidos». Y no podemos. Cada cosa a su tiempo. Si la semilla es lenta, el hombre lo es mucho más. El Reino de Dios exige que el hombre vuelva a renacer (Jn 3, 3-5). Si la ley biológica del nacimiento es lenta, el proceso de nacimiento de nuestra persona es más lento aún: tenemos que desmontar y edificar, que matar y revivificar. El hombre nuevo no nace en nosotros, sino a costa de dar muerte al hombre viejo del pecado (Ef 4, 20-24).

La impaciencia tenemos que guardarla. El avance depende de nuestro esfuerzo, pero también de la gracia de Dios. Esta no la podemos manejar a nuestro antojo. «La semilla va creciendo sin que el hombre sepa cómo» (Mc 4, 27 s.). «Yo planté, Apolo regó, más fue Dios quien dio el incremento» (I Cor 3, 6). Como el centinela que espera la aurora, como la tierra agrietada que recibe el rocío, así el convertido debe estar esperando la lluvia de la Palabra de Dios (Is 55, 10).

3.- Crecen, a la vez, el trigo y la cizaña.

El hombre no es trigo limpio. No sin razón se habla del pecado original; estamos heridos desde la raíz. No es que Dios haya sembrado en nosotros el mal. En nuestro campo se sembró trigo, «pero vino el ene- migo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue» (Mt 13, 25). Crece en nosotros el trigo y la cizaña. Hemos de reconocerlo. Tenemos que aceptar nuestro propio bien y nuestro propio mal.

Esto nos sugiere la idea de que debemos tener paciencia; no hay que precipitarse. Cuando nos convertimos nos parece que todo va a ser magnífico. En seguida nos desengañamos. Surge el pecado, la cizaña, las malas hierbas. Tenemos que ser realistas; el pecado no desaparece del todo. Sólo desaparecerá completamente al final, en la consumación del Reino de Dios. Sin embargo, a pesar de todo esto, no somos pesimistas. Sabemos que en nuestro campo hay más trigo que cizaña, y que al final, en la cosecha, nuestro saldo resultará positivo. Somos portadores de más gracia que de pecado, estamos empistados en el camino de la regeneración, en esperanza, pertenecemos al mundo de las nuevas creaturas; mundo cuyas primicias ya poseemos.

4.- Los débiles son los que prosperan.

Se convierten los que descubren la verdad de su vida: la pobreza. No los que se hacen pobres; no nos tenemos que hacer débiles, porque lo somos. Esta cristiana sencillez de reconocerse tal y como se es, es la única manera de crecer. «La semilla más pequeña… se hace más alta que las demás hortalizas» (Mc 4, 32). Este es «el hombre prudente que edifica su casa sobre la roca» (Mt 7, 24). Esta es la ley del crecimiento del hombre: «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos» (Mc 10, 43-44).

Siguiendo la imagen de los árboles, Ezequiel nos ofrece las perspectivas de la realización del plan salvador de Dios: «Plantará en la cima de un monte elevado (una rama tierna…). Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes» (Ezeq 17, 22.24). Sin creerse grande, reconociéndose sin méritos ante Dios, llamándose «esclava del Señor», El «engrandece a la creatura» (Lc 1, 39). María, haciendo un resumen de la historia de la salvación, nos dice: «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 52-53).

Celebremos con paciencia, con sentimientos de arrepentimiento y de verdad, la Eucaristía, que es sacramento del Reino que esperamos, y en el que se nos conceden las primicias de la gloria futura.

Jesús Burgaleta

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La imagen de la semilla y la siembra da unidad a uno de los pocos “discursos” que aparecen en el evangelio de Marcos (4,1-33). Tres parábolas, dos observaciones sobre la finalidad y exigencias de la enseñanza en parábolas y la explicación de la “parábola del sembrador”, forman esta breve sección. Como termina diciendo el narrador al final del bloque, Jesús anunció el mensaje «con muchas parábolas como éstas». Aquí se recogen solamente estas tres: el sembrador, el grano que crece por sí solo y el grano de mostaza. Este domingo se escuchan la segunda y la tercera.

Con una introducción similar: «Así es el reino de Dios», « ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?», el evangelista pone en la pista de que estas parábolas sirven para «dar a conocer los secretos del reino», completando los signos con los que Jesús hace realidad que el reino de Dios ya está actuando a través de su vida. Se trata, por tanto, de “parábolas del reino”.

La parábola de la semilla que crece por sí sola presenta un fuerte contraste entre la “inactividad” del sembrador, por una parte, y la “callada y oculta actividad” de la semilla, por otra. Aquel, siembra y recoge, pero durante el proceso de crecimiento de la semilla permanece al margen; nada tiene que hacer en este tiempo: «duerma o vele… sin que él sepa cómo». El centro de la parábola está en la semilla, en su proceso de crecimiento espontáneo y por sí misma. El sembrador es quien “pone en marcha” el proceso y quien, después de un tiempo, recoge el fruto de la semilla. Pero permanece pasivo cuando la semilla se va desarrollando.

En contraste con la figura del sembrador se presenta la semilla. En el silencio de la tierra, «germina y crece, sin que él sepa cómo». La concentración de verbos y expresiones señalan esta actividad: germina, crece, da fruto: hierba, espiga, trigo. El contraste destaca la fuerza interior de la semilla que, aunque no lo parezca, de un modo callado, casi imperceptible, es capaz de dar fruto en abundancia. Así es el reino de Dios: tal vez no lo percibimos, nos cuesta descubrir sus señales, pero está ahí, trabajando en medio de la realidad. Es reconfortante saber que, aunque de manera oculta y silenciosa, Dios va llevando adelante su plan de salvación con toda la humanidad.

El grano de mostaza era, en tiempos de Jesús, la semilla más pequeña de cuantas se conocían y, por eso, representaba un buen ejemplo para una nueva “parábola del reino”. Aquí se destaca fuertemente este hecho: «la semilla más pequeña de todas las semillas que hay sobre la tierra». Tras el contraste contemplado entre la semilla que crece por sí misma y el sembrador, ahora se espera un nuevo contraste iniciado con «la más pequeña de todas las semillas».

El crecimiento del grano de mostaza se muestra espectacular comparado con su pequeñez cuando es plantado. Tres imágenes destacan su crecimiento: «crece y se hace mayor que cualquier hortaliza», «hecha ramas grandes» y «los pájaros pueden anidar en sus ramas». El con- traste es superlativo: la semilla «más pequeña»

se hace «el más grande de todos los arbustos». Así es el reino de Dios: una semilla pequeña, apenas perceptible, pero que crece con una fuerza imparable. Dios está actuando en la realidad, una presencia oculta, callada, pero con una fuerza que manifestará su grandeza.

Ambas parábolas supusieron un fuerte mensaje de ánimo para las primeras comunidades cristianas. En medio de dificultades y sufrimientos, cuando parecía que el proyecto de Jesús no avanzaba, recordaron que el reino de Dios, a pesar de ser una realidad embrionaria, de forma callada dará un fruto abundante.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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