Ez 17, 22-24 (1ª lectura Domingo XI Tiempo Ordinario)

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p style=”text-align:justify;”>Estamos ante un texto que es difícilmente comprensible si lo desconectamos de los versículos que le preceden en este capítulo 17. En ese texto anterior, utilizando
la alegoría de dos águilas
que simbolizan a Babilo
nia y Egipto, nos habla el
profeta Ezequiel de Jerusalén antes de su derrota y ocupación, y su tema
principal es el juicio que
venía sobre la ciudad. Todavía había tiempo para el arrepentimiento y evitar así la amenaza del desastre. Pero años más tarde, y aquí entramos ya en nuestro texto, cuando Jerusalén era una ciudad arruinada y devastada, el profeta pone cada vez más su atención en el futuro y expresa su esperanza de que Dios intervenga aportando su salvación para una situación que humanamente parecía sin salida. La figura del cedro y de la viña, que significan el pueblo de Israel y están presentes en las dos parte de este capítulo, relacionan la totalidad del mensaje de Ezequiel, la parte negativa y positiva de sus palabras.

Las palabras de la futura restauración ya no mencionan a los reyes de Egipto o Babilonia, sino que Dios es el único protagonista. Ezequiel declara que Dios arrancará una rama del alto cedro y la plantará, y una más tierna establecerá su raíz «en la cima de un monte elevado» (v.22). Allí florecerá el cedro, pájaros «de toda pluma» buscarán en él su refugio y pondrán en él sus nidos. Y los demás árboles del bosque reconocerán la soberanía de Dios sobre la naturaleza y su misericordia que se manifestará en los árboles florecidos (v.23-24).

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p style=”text-align:justify;”>La interpretación de este texto es clara. Se refiere al restablecimiento de Israel en su tierra en el futuro. Más específicamente, la rama del alto cedro se refiere a un futuro rey de la línea de David, cuyo trono, el «cedro noble», será establecido por Dios en el futuro. Y al restablecerse el trono real en Israel, las demás naciones, los «árboles silvestres», reconocerán el señorío del Dios de Israel, no solo sobre la naturaleza, sino sobre el curso de la historia humana.
La profecía tiene así un tono claro de esperanza, frente al tema del juicio de los versículos que le precedían. Pero no es solo el contenido de la profecía diferente, la situación de los que oyen el mensaje es también radicalmente distinta. Los que oyen la primera parte del mensaje tienen todavía la oportunidad del arrepentimiento y la conversión. Ahora, en la situación que está detrás de estos versículos del 22 al 24, el tiempo del arrepentimiento ha pasado, el pueblo elegido no tiene futuro desde una perspectiva humana, a no ser que Dios actúe movido por su misericordia. De forma que la imagen de la rama plantada por Dios está ex- presando su gracia en medio de su pueblo exiliado. El horizonte de esperanza y de gracia permanece un misterio en sus detalles, pero pone los cimientos de un futuro restaurador para el pueblo de Israel. En un primer momento, este oráculo alimentó la esperanza de una vuelta a la patria con la dinastía legítima renovada, más tarde se leyó como una profecía mesiánica. Así, el mensaje de esperanza se modula y se concreta a lo largo de la historia en función de las necesidades y el contexto que vivió el pueblo de Dios a lo largo de la historia.

Luis Fernando García Viana, S.J.