Homilía – Domingo XI Tiempo Ordinario

LA LEY DEL CRECIMIENTO

El Espíritu de Dios está promoviendo hoy en la Iglesia todo un proceso de conversión radical. Muchos cristianos «viejos» quieren replantear honestamente la fe que viven; los jóvenes se plantean la opción de la fe de una manera radical y responsable; no pocos alejados vuelven a interesarse por el fenómeno de una Iglesia que quiere ser fiel al Reino de Dios y que ellos, escandalizados, un día abandonaron.

 

1.- Tres tentaciones que acechan a los convertidos.

Son tres procesos de conversión que se dan en medio de nosotros. La conversión es ese camino que el hombre recorre para conformarse a las exigencias del Reine de Dios. En este camino pueden asaltar varias tentaciones, en las que si no se tiene cuidado sucumbimos. La primera, es creer que uno se convierte rápidamente. La conversión no se puede con- fundir con el movimiento primero en que decidimos convertirnos, respondiendo a la llamada de Dios. Otra tentación es la de creer que todo es bueno en nosotros, una vez que nos hemos convertido. Es la imagen vulgar de que una vez que alcanzamos el perdón de los pecados somos todo gracia, no queda en nosotros ninguna sombra. La tercera, es el triunfalismo; consiste en creerse un tipo estupendo. ¿Cómo puede concebirse este triunfalismo con la conciencia de pecado que se supone en el convertido?

El evangelio de hoy, con dos parábolas admirables y una sencillez que raya en lo sublime, nos advierte de estos peligros, al narrarnos la naturaleza del Reino de Dios y su proceso de crecimiento.

2.- La lentitud del Reino.

La lentitud, es una característica del Reino y de la conversión. «La semilla germina, va creciendo…, primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto… ha llegado la siega» (Mc 4, 27-29). Cada fase requiere su tiempo y llega a su tiempo. Esta lentitud, debe llenarnos de paciencia a nosotros que en seguida nos ponemos nerviosos. Nada más comenzar la conversión, ya nos queremos ver «comprometidos». Y no podemos. Cada cosa a su tiempo. Si la semilla es lenta, el hombre lo es mucho más. El Reino de Dios exige que el hombre vuelva a renacer (Jn 3, 3-5). Si la ley biológica del nacimiento es lenta, el proceso de nacimiento de nuestra persona es más lento aún: tenemos que desmontar y edificar, que matar y revivificar. El hombre nuevo no nace en nosotros, sino a costa de dar muerte al hombre viejo del pecado (Ef 4, 20-24).

La impaciencia tenemos que guardarla. El avance depende de nuestro esfuerzo, pero también de la gracia de Dios. Esta no la podemos manejar a nuestro antojo. «La semilla va creciendo sin que el hombre sepa cómo» (Mc 4, 27 s.). «Yo planté, Apolo regó, más fue Dios quien dio el incremento» (I Cor 3, 6). Como el centinela que espera la aurora, como la tierra agrietada que recibe el rocío, así el convertido debe estar esperando la lluvia de la Palabra de Dios (Is 55, 10).

3.- Crecen, a la vez, el trigo y la cizaña.

El hombre no es trigo limpio. No sin razón se habla del pecado original; estamos heridos desde la raíz. No es que Dios haya sembrado en nosotros el mal. En nuestro campo se sembró trigo, «pero vino el ene- migo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue» (Mt 13, 25). Crece en nosotros el trigo y la cizaña. Hemos de reconocerlo. Tenemos que aceptar nuestro propio bien y nuestro propio mal.

Esto nos sugiere la idea de que debemos tener paciencia; no hay que precipitarse. Cuando nos convertimos nos parece que todo va a ser magnífico. En seguida nos desengañamos. Surge el pecado, la cizaña, las malas hierbas. Tenemos que ser realistas; el pecado no desaparece del todo. Sólo desaparecerá completamente al final, en la consumación del Reino de Dios. Sin embargo, a pesar de todo esto, no somos pesimistas. Sabemos que en nuestro campo hay más trigo que cizaña, y que al final, en la cosecha, nuestro saldo resultará positivo. Somos portadores de más gracia que de pecado, estamos empistados en el camino de la regeneración, en esperanza, pertenecemos al mundo de las nuevas creaturas; mundo cuyas primicias ya poseemos.

4.- Los débiles son los que prosperan.

Se convierten los que descubren la verdad de su vida: la pobreza. No los que se hacen pobres; no nos tenemos que hacer débiles, porque lo somos. Esta cristiana sencillez de reconocerse tal y como se es, es la única manera de crecer. «La semilla más pequeña… se hace más alta que las demás hortalizas» (Mc 4, 32). Este es «el hombre prudente que edifica su casa sobre la roca» (Mt 7, 24). Esta es la ley del crecimiento del hombre: «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos» (Mc 10, 43-44).

Siguiendo la imagen de los árboles, Ezequiel nos ofrece las perspectivas de la realización del plan salvador de Dios: «Plantará en la cima de un monte elevado (una rama tierna…). Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes» (Ezeq 17, 22.24). Sin creerse grande, reconociéndose sin méritos ante Dios, llamándose «esclava del Señor», El «engrandece a la creatura» (Lc 1, 39). María, haciendo un resumen de la historia de la salvación, nos dice: «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 52-53).

Celebremos con paciencia, con sentimientos de arrepentimiento y de verdad, la Eucaristía, que es sacramento del Reino que esperamos, y en el que se nos conceden las primicias de la gloria futura.

Jesús Burgaleta